Por Crismón y Satiricón (en Sol mayor)

“El mundo está dominado por niños bonitos, hijos de papá… ¡Dios, basta ya de mierdas light! Basta ya de colonias, de anuncios de coches, de aguas minerales… ¡no queremos oler bien, no queremos adelgazar! Sólo quedamos nosotros, todo el mundo es gilipollas o moderno”. Esta brutal llamada de atención del filósofo y terrorista espacial Ramón Yarritu expresada a finales del siglo pasado continúa estando presente más que nunca en los tiempos que corren. El bello acto de pasear por una calle repleta de comercios se ha convertido en una costumbre más elitista que durante la Restauración. La localización geográfica da lo mismo, lo importante es dejarse ver. Llámenlo Fuencarral, R.E.S.A.D. o los mismísimos Soportales de Antón. En cinco minutos te verás arrollado por clones de Russian Red, descafeinados impersonators con sombreritos de Peter Doherty e infinidad de mutantes púberes recién salidos de la serie “Skins”. El jugar a “cool o no cool” en estos parajes no tiene precio. No hay salida, hace un par de años tú tenías esa edad y no recuerdas haber sido como ellos. En dos minutos eres un abuelo o un espantajo si cometes el error de intentar emularlos. La mitología de semejante legión de troners va desde la sentimentalidad díldica de Tokio Hotel a la nueva obra maestra electrónica de la irrepetible Lady (po-po-po-po) Gaga, pasando por la última banda tendenciosamente estúpida descubierta a través de Spotify. ¿El mundo está perdido y realmente debemos encomendarnos a Albin Grau?
Desde el comienzo de las masas ha existido la histeria fan (incluso el feto de Kubrick en “2001” era fan de Roxy Music) con una finalidad muy marcada: encontrar a otros “diferentes” con los que compartir unas mismas creencias musicales y menospreciar a los demás. En los sesenta fue la locura de The Beatles y el canonizado (falso) comienzo del pop; en los setenta, todo buen inglés iba maquillado con purpurina y vestido de punta en blanco gracias a David Bowie y a su alter ego espacial; los ochenta nos trajeron cardados de infarto y buen “mal gusto” gracias a Blondie o Queen; en los noventa la falsa revolución personificada en la aparición del britpop nos trajo a Oasis, Pulp y Blur. En esta última década nos ha tocado aguantar la muerte y advenimiento de vacuas bandas de revival como Coldplay, Keane o The Killers.
El concepto de mercantilización del arte es algo tremendamente arraigado en la sociedad moderna (postmoderna o lo que sea este gran zulo mundial en el que nos encontramos), especialmente en el sector música. Tal y como estamos, el problema no es la ausencia total de originalidad o que todo sea prefabricado, sino que la peste sea mortal. Triste, pero cierto. Puede ser que escuchar el canto de las ratas o ponerse de Omega-3 hasta arriba sean las únicas opciones rupturistas que nos quedan. ¿Con esto quiero decir que todo era perfecto cuando éramos más pequeños? En ningún momento, el mítico Yarritu se hubiese frotado las manos al ver a la horda de niñas semitravestidas de mujeres intentando emular el zorrerío de las Spice Girls, o con la devoción fálica a boybands como New Kids on the Block o Take That. Un pasado oscuro que todo moderno actual quiere esconder asesinando a sus compañeros de actuación, actuación de fiesta de Instituto en la que imitaban a los Backstreet Boys (o, por lo menos, haciendo desaparecer el VHS que lo recoge). Pero todavía queda alguna esperanza. Busquen entre la basura musical actual y encontraran nuevos genios como Zach Condon (más conocido por el nombre de su proyecto Beirut), Patrick Wolf o Natasha Khan (Bat for Lashes). Realmente no dejan de ser sino una revisión del folk (el primero), de la épica canción tradicional mezclada con Bowie (el segundo) y una nueva Kate Bush (la tercera). Tampoco subvertirán el mercado discográfico, pero da gusto oírles.
Por supuesto que este texto puede sonar a manifiesto cultureta de barra de bar (aunque no tiene potencia ni para eso) y que hacer chanzas sobre preadolescentes, universitarios y licenciados de Comunicación Audiovisual es algo fácil y triste, pero el ver a Kurt Cobain reducido a la mínima expresión conceptual como texto de unas zapatillas Converse ha actuado, cual magdalena proustiana, provocando el nacimiento y el tono de este artículo. Tampoco se puede olvidar el factor de divertimento a la hora de plasmar estos juicios de valor aún más egocéntricos que los sujetos sobre los que se realizan. Epatar por epatar que diría alguno. Pero ya saben, vendan su alma al capital (y así serán mucho más felices). Pero YO no lo haré, YO no soy como todos vosotros. YO LO QUE QUIERO ES UNA NOVIA COMO PARIS HILTON Y UN NUEVO PAR DE CONVERSE.

Comentarios

¿Quieres dejar un comentario?