Londres. El eterno retorno.
18-octubre-2009 · Imprimir este artículo

Trafalgar Square
Será porque uno de los últimos símbolos de la ciudad es un “ojo” redondo que da vueltas sin fin, o porque según Samuel Johnson dijo en 1777 cuando un hombre se cansa de Londres está cansado de la vida, el caso es que siempre acabo regresando a esta ciudad.
Llegué a ella un mes de septiembre, en 2002, ante una perspectiva laboral madrileña triste, por decir algo, y con aparentes ganas de practicar un idioma que se suponía que hablaba bastante bien para la media española. Me encontré con unas estaciones de metro/underground diminutas pobladas por ratones grises noctámbulos que camuflándose entre las vías, con una libra que al cambio se cotizaba en 250 pesetas, ahí es nada, y una urbe enorme en la que no entendía ni papa. O ni pope.
Me pasé tres meses viviendo el ambiente navideño, que aquí empieza en octubre, cuando todo el mundo ha perdido con los regalos ya la poca cordura que le queda el resto del año. Regresé a España y fue tan sólo para tornar a la pérfida Albión, aunque esta vez con otro destino más al sur. Lo cual no evitó que la gran ciudad me atrajese como la gravedad me mantiene atado a la tierra: realicé varias escapadas al gigante de piedra y hormigón que me atrapaba con su tamaño y su historia. Dejé la isla en 2004 y en 2006 la visité brevemente, para reencontrarme con esta fuente de vida, adrenalina y soledad que es para mí London. Es mirando a las Casas del Parlamento, desde el puente, sobre el Támesis, donde me siento tan pequeño y vulnerable como frente al mar; pero aún más solo. Será porque estoy rodeado de gentes cuyo idioma sigue sonándome a lata isabelina, a lengua vampírica, a drama grabado con letras de oro, a romanticismo victoriano y prerrafaelita: tan extraño y seductor como una sirena milenaria. En 2009 me ha tocado regresar y he caminado por las calles en plena noche, perdiéndome donde es imposible hacerlo, sintiéndome una pequeña llama que baila en mitad del oscuro universo.
Es un tópico, pero lo encuentro real: aquí puedes encontrarte los estilismos más agresivos, incoherentes, coloristas, punkies, góticos, mafiosos y clásicos, y también los más cheese cursis sin que nadie se digne observarlos más de una décima de segundo: no importa cómo te vistas, no importa quién seas: la ciudad siempre tiene espacio para ti. Te acogerá y te ignorará como la insignificancia humana que eres.
He visitado París, Roma, Berlín, Lisboa, Ámsterdam, Toledo, Madrid… capitales de imperios, ciudades inolvidables; pero si alguna merece el apelativo de ciudad del imperio transoceánico por excelencia, ésa es el corazón de Inglaterra. A medida que vengo voy conociendo sus interiores, desde los grandiosos y populosos (una hormiga más entre las masas de turistas): Westminster Abbey, Saint Paul Cathedral, National Gallery, British Museum, Tate Britain, Tate Modern… y los íntimos rincones de personas que marcaron un estilo John Soane House, Haendel House, Wallace Collection… más me doy cuenta de que sigo sin conocer esta ciudad. Imposible abarcarla. Silenciosa y antigua cuando un domingo por la mañana The Mall, frente al St. James Park, está vacío o cuando se mira de cerca la madera de las ventanas todavía de estilo georgiano; o multicultural y turística cuando ponen en tu mano un panfleto anunciado Las cuatro estaciones en Saint Martin in the Field o cuando pides que te saquen una foto, henchido el pecho por tu perfecta pronunciación británica, y te contestan en castellano.
Me atrapa, me confunde, me pierde. La sede del reconstruido teatro The Globe (supuestamente recreando aquel escenario de Shakespeare que aún tengo que visitar); la casa de la Torre de Londres, sangriento lugar teñido de azul por el derramado líquido vital de tanta nobleza; el único emplazamiento donde una estructura de catedral contiene en realidad un museo con esqueleto fósil de dinosaurio en lugar de bancos para fieles creyentes, y unas vidrieras blancas que quizá pretendan dejar pasar sólo la pura luz de la verdad, sin colorearla.
Algo me dice que pasará mucho tiempo antes de que regrese. Y aunque aún no he salido de ella todavía, ya siento la nostalgia. No me hice adulto aquí, a pesar de tener que asumir mis primeras facturas. No me he hecho adulto todavía. Pero algo se rompió, algo crujió en mi interior con la primera foto que me hice saliendo de una cabina roja. Y parece que sólo vuelve a unirse cuando camino por estas calles… de enormes dimensiones, llenas de tiendas, abrumadas por el materialismo y la superficialidad de una sociedad que a duras penas recuerda sus orígenes.
Si alguien lo entiende, que me lo explique.
A pesar de todo… intuyo que volveré. Y lo deseo. Pero puede que no sea solo.

LibertySan Jorge





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