limpieza de bajos, segunda imagen

puedes contar las ausencias, las sombras, las mujeres que se fueron, los juguetes infantiles, el ejército de soldaditos de plástico que desplegabas debajo de la mesa, cientos de jichos de un centímetro que defendían tu soledad, ponerles nombre a todos, darles la bandera de una república imaginaria, recordar sus nombres, pasar lista, ellos defenderían tus fronteras, tú eras su dios, Catapum te llamaban, eras anterior a su Conciencia, les sacabas de la bolsa, les dabas la vida, un sentido, una disciplina, una noche y un día, y ellos luchaban por hacerse un hueco junto a ti, por jurarte lealtad, y se inventaban una rutina, unas leyes, te hacían sacrificios para calmar la cólera de tu pierna entumecida que les diezmaba, inventaban teologías exculpándote de toda maldad, no podías ser tú el creador de todas sus catástrofes, tú eras bueno, los pecadores eran ellos, tenía que existir la Sombra, un diablo, la maldad no podía partir de ti, pero tú eras el creador, ¿por qué permitías la maldad?, era una prueba, eso, una prueba en este cosmos debajo de una mesa, es así, otra vida vendrá donde no existan las piernas entumecidas, ni los segundos que pasan lentamente en el exilio del trabajo solitario y nocturno, todo se espesa, los contrastes se espacian, por los huecos que disimula la frenética actividad del día fluye la niebla de los recuerdos, las ausencias, miradas sin nombre y ya sin luz, llega un momento que sólo puedes intentar sacarles brillo, y escupes sobre los recuerdos, por intentar escapar de la locura, de la rutina de un espacio en blanco que te atrapa, por eso cuentas los reflejos, pero te olvidas de contar los días de insomnio, las cajetillas de tabaco que son el hilo narrativo de tu derrota, las resacas, los veinte kilómetros que conduces en el amanecer para regresar a esa cama donde te espera el silencio, siempre húmedo, siempre frío, de la que compartía contigo habitación y comida en Tres Cantos

“… ella lloraba todo el día, todas las noches, todos los días…”

- “Hijos Míos: en verdad os digo que próximo es el día en el que vuestra raza de pecadores será destruida por Mi Ira. Me estáis entumeciendo. Adoráis a falsos ídolos. Es vuestra senda la lujuria. Pudísteis elegir la Luz pero hacéis de vuestro paso un reino de Sombras. Camináis sin sentido entre los vicios. Ya no defendéis las fronteras. Habéis relajado la disciplina. Os entregáis a la vagancia. A la contemplación de vuestra imagen en el espejo…”

“… ella lloraba todo el día, todas las noches, todos los días…”

cuando la derrota es deriva, los acontecimientos simplemente suceden, se suceden como los paseos solitarios por el parque, deseando que el amanecer acabe de romper los sueños de los justos, ni uno más, ni uno menos, de los que serán salvados en el fin de los tiempos, los que cumplen a rajatabla las normas sociales, las modas religiosas, de aquellos que dan a su vida un matiz ligeramente diferente bajo el mismo palio, y se creen especiales porque viven en un pueblo artificial, alejado de las callles estrechas y sucias de Madrid, de amplias avenidas de cemento y asfalto, en lujosos chalés apareados y endosados por la moda de creerse libre y natural con una parcela de césped que consume el agua que no corría por este erial, consumidores de productos macrobióticos, lectores de miles de terapias, adictos a las flores secas, a los aromas orientales, a la bicicleta de paseo en familia por la acera, a la leche de burra, al chip, a la telefonía móvil, a la realidad virtual que se empezaba a gestar entre las paredes de los polígonos industriales de alta tecnología y las sedes de televisiones, aburridos, mortalmente aburridos con su taichí de mañana en ese parque, con sus terapias de empresa por la calle sin bares, sus enormes coches, su aire informal de marca cara, con sus niñeras filipinas, sus manos sin callos, su piel pulida, su espalda suave, sus entrenadores personales, sus guías espirituales del yoga nocturno, aburridos, Tres Cantos es el pueblo más aburrido que he visto en mi vida, todo artificial, no bullía la vida, la gente respetaba los pasos de cebra, pero atropellaban sin miramientos a los competidores en la empresa, son elllos, los justos, en calles donde no había pobreza, donde nadie paseaba con dolor, donde se había maquillado la vida, pueblo perfecto que no quería ver más allá de su ombligo, paradigma del triunfo social, feo, frío, como fría era la cama que me esperaba, los días que se sucedían sin ningún sentido, las noches que perdía intentando buscar soluciones a sus lágrimas, noches que alargaba para que ella se integrase en el mundo de los justos, para intentar evitar seguir perdiendo mi energía entre sus brazos, entre esas calles donde siempre fui el contraste que les justificaba, por no verla seguir llorando sus contradicciones, alienada a una secta de la quiso escapar y a la que pagábamos tributo por la energía que recibía del más allá, y yo en el parque, al lado de la casa, contando los perros pijos, las academias de baile, las consultas de los fisios, los herbolarios, las farolas todavía encendidas en mi día de noche, intentando mantenerme de pie, fumando, rezando por un puto bar, por una puta barra donde apoyarme y respirar, coger fuerzas para meterme en una cama húmeda de lágrimas y contarlas una a una, una a una, intentando encontrar un sentido a la locura del insomnio, un calor que no tenía, un puto rayo de luz en la deriva

“- … purgad vuestros pecados, purificaos, alabadme… Pues Yo soy vuestro Creador, yo soy la Luz en vuestras sombras, yo soy la Razón, de Mí partís y hacia Mí devenís, castrad vuestros instintos y Yo os haré libres…

“… ella lloraba todo el día, todas las noches, todos los días…”

las mañanas eran absurdas, largas, no podía concentrarme para leer, hacía tiempo que no escribía, no tenía el consuelo de mirar, nada ofrecía contrastes, todo era demasiado perfecto, los centros comerciales nunca me atrajeron, Madrid quedaba demasiado lejos, daba vueltas en la cama escuchando el ruido del ascensor, imaginando las rutinas de los vecinos, me levantaba, una ducha de agua fría, nada, seguía viendo la realidad distorsionada, las formas se difuminaban, paseaba, ella llamaba llorando, no preguntaba si podía dormir, sólo existía su puñetero mundo, los compañeros la hacían el vacío, no podía enfrentarse con la máquina, no tenía ropa, sus compañeras la marginaban, su madre llevaba meses en la cama, llamaba llorando al trabajo de su hija, su marido la maltrataba, la secta sí tenía ropa, y comida, y nuestro dinero, pero no sus lágrimas, ese era mi terreno, la estética del vacío, allí donde caía la mierda de todo el mundo, una puta cadena de vomitonas de la que yo pendía, aferrado al último eslabón, balanceándome sobre el agujero de la locura, miraba al techo, saltaba de la cama, daba un paseo, soñaba despierto, sólo quería dormir, quitarme de encima el paso lento de las horas, el círculo vicioso que me roía por no poder dormir, que derivaba en un estado de ansiedad perpetua que me impedía dormir, necesitaba una copa, un amigo, pero no había nada, sólo la espera de la hora para volver al curro de doce horas, la espera de otra llamada, otro problema, otro río de lágrimas que regase este erial de césped, entumecido, acabado el recuento, vacío, a cientos de kilómetros de alguien que algún día fue afín, con ganas de destrozar un mundo de mentiras, sólo con el poder de destrozar el mío, la derrota en deriva, esperando el viento, una cama caliente como la que tenían los inmigrantes sudamericanos en Alcobendas, cada ocho horas entraba una familia distinta en la habitación, y dormían, la vida bullía, reían y cantaban, estaban jodidos pero luchaban, sabían aguantar, intentaba aprender de ellos, esperaba una corriente, un puto milagro de su dios extraterreste, y sólo tenía una cama fría, decorada de mentiras, lágrimas de la decadencia de Occidente, la puta espera del cadalso, las lentejas congeladas para comer, toda la semana lentejas congeladas, la anterior alubias, toda la semana anterior alubias congeladas, la siguiente garbanzos, había que organizarse, cocinar una olla los fines de semana y congelar, todo frío, ni un puto bar, una simple tapa caliente

“-… orad, arrepentíos, venid a Mí. Yo soy la Fuerza que os guía y vosotros Mi rebaño. Yo os he de conducir al Paraíso y al Paraíso sólo se llega por Mi senda, cumpliendo Mis leyes. Los que se pierdan por otras sendas serán exterminados, arderán el Oscuridad por toda la eternidad, serán un vacío…”

“… ella lloraba todo el día, todas las noches, todos los días…”

después de comer caía en un estado catártico, me fundía durante un par de horas, con una diarrea de sueños extraños que me impedían descansar, era como dormir, de hecho, a eso le llamaba dormir, pero los ruidos, los sonidos del día se entremezclaban con los sueños desesperados del que llevaba varios meses sin follar, del que únicamente buscaba ya una simple caricia, un puñetero beso, un abrazo sin desesperación, un poco de calor, me dejaba ir, los soldaditos de plástico lloraban rasgándose las vestiduras, se flagelaban con cilicios, fusilaban a las ovejitas disidentes, las que pillaban, juraban fidelidad a las leyes, pero no me dejaban moverme, sí, era mi república, ellos eran creación mía, pero necesitaba moverme, dormir, follar, soñar que vivía, que comía, que algún día viajaría más allá de mí, que podría romper este puto muro, que ella se liberaría y podríamos tener algo de calor, un calor sin iluminados, orgullosos egotistas que se inventaron un jefe extraterrestre para dominar, castrar, adocenar y manejar la mente de los incautos, yo luchaba contra ellos, creía firmemente que podría salvarla, un incauto, es lo que yo era, un soldadito que regresa de la oscuridad para decir que existe otro mundo más real fuera del cosmos de la mesa, uno más para el cadalso, sangre para mi entumecimiento, el sueño, va llegando, pero lo que llega es el huracán de la patrona, grita mi nombre, me llama puñetero vago, todo el puto día rascándome los huevos, sal de la jodida habitación, ponte algo, que te crees que no sé que andas en pelotas por la casa cuando no hay nadie, bendita paciencia que tiene tu compañera, tenías que verla llorar por ti todo el día, que algún día las mujeres se liberarán de haraganes como tú, algún día serán como yo, que tengo más huevos que tú, nunca lo discutí, sal, jodido, que traigo un nuevo inquilino, y allí estaba ella, la francesita, acojonada, y la otra gritando y organizando, enséñale la casa, no entréis al salón, se paga religiosamente y si no a la puta calle, no se pone la calefacción, que estáis amariconados, acabaréis como los que tengo que aguantar en cáritas, todo el puto día limpiando su mierda de vida, pon esta silla en la cocina, tengo que arreglarla, ten cuidado al poner tu culo en ella, la gente lo tira todo, tú, mete la maleta, me-te-la-ma-le-ta, joder, no sé qué hacéis aquí si no entendéis, vamos, movimiento

“-… No digáis que no fuisteis avisados. Os envié profetas que asesinásteis. Señales que no quisisteis ver… Es el fin de vuestros tiempos…”

cuenta ausencias, sombras, las mujeres que se fueron, las que vienen, los juguetes infantiles, el ejército de soldaditos de plástico que desplegabas debajo de la mesa, cientos de jichos de un centímetro que defendían tu soledad, ponerles nombre a todos, darles la bandera de una república imaginaria, recordar sus nombres, pasar lista, ellos defenderían tus fronteras, tú eras su demonio, ellos corrían para evitar el zarpazo que destruía su mundo, que les devolvía a esa oscuridad en la bolsa de plástico, a la muerte de los justos, los que pillabas entre tus manos, contando los segundos de insomnio, las horas vacías de ti, de ella…


Una llamada:


“… ella lloraba todo el día, todas las noches, todos los putos días…”

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