Limpieza de bajos

Como lo suelo mandar todo, generalmente, a tomar por el culo… de cuando en cuando limpio un poco lo que me rodea, por ver si todavía existe algo debajo de la mierda…

después de unas cuantas borracheras, de buscar a mi sombra por las barras de los bares, manteniendo absurdos equilibrios de los que ya no me disculpo, buscando mi casa, joder, tengo demasiados pilotos automáticos programados… una sombra me dice alcobendas, una vomitona tres cantos, una piedra salamanca, un perro que ladra vigo… ¿dónde cojones estoy?…

vengo de que me rapen… la paisana, como no había pedido hora, se ha vengado amputándome las patillas con la disculpa de siempre: “tenías una más larga que la otra… te queda mejor así”… esto es un pueblo, pueblo que se reduce a un barrio, el barrio a una tienda, la tienda a los habituales: “¿eres de bilbao?” , vale, prefiero el acento vasco al gallego y, sobre todo, al madrileño… pero no sé cómo lo he conseguido… en todo caso, me gusta seguir siendo de fuera de león…

muevo el cuello, retuerzo la espalda en una extraña danza que tiene como único fin el volver a sentir la vida, que cruja la vida… el dolor de espalda va remitiendo, las borracheras ya no lo mitigan como antes, quizá han sido pocas, he de consultarlo con el de cabecera… miro a mi alrededor: todo son restos, la resaca no se lleva los papeles tirados por la habitación, las colillas, los gallumbos sucios de mi ceniza, la mirada de la paisana que jugaba con la mirada en el espejo, asistiendo con ojos húmedos a la ejecución de mis patillas, la cajonera que iba encastrada en una mesa de despacho, que ahora me sirve de mesilla, lleva muchos miles de kilómetros conmigo, desde la basura de un polígono en madrid, señora, que estamos mal acostumbrados, lo tiramos todo y yo ya llevo amuebladas tres casas con lo que se encuentra en la basura, al lado de ikea, que los hay que vivimos de su estética, y la estética es consumismo y manda renovarse continuamente, por eso hicieron de Bukowski una moda de la que ahora reniegan y mañana retomarán, no me mire, que a lo mejor me empalmo y se va a creer la peluquera que es por la parte baja de su barriga en la que desaparece mi codo, es así, no hay criterio, aunque puede ser bueno, el no tenerlo… pero con agallas…

me gusta que a Bukowski le guste knut hamsun, quizá porque su vida fue errante y anduvo un poco antes los caminos del hambre, aunque, al igual que a Céline, en su desesperación por encontrar una solución a esta puta sociedad, le deslumbró un fantasma, el de la locura, señora, por el que me trae y me lleva el viento que calienta su mirada y que ha pelado mi cabeza, el que rellena de aire los meatos de su pelo, de mi cuerpo que me insufla el vicio caduco de sus ojos, las manos de la peluquera en mi nuca, que lo aprendí de una gallega, me alquilaba una habitación en tres cantos, su madre la había dejado en casa de unos señores a los doce años, a servir, y joder si servía, ¡cómo se buscaba la vida la hijaputa!, comía las sobras de las verduras de los mercados, hacía la ronda de los polígonos, cada dos semanas cargaba el coche de cachivaches y montaba un mercadillo en su pueblo en lugo, joder, alquilaba su habitación los fines de semana a graduados alemanes que venían a conocer el terreno para hacer prácticas en danone, sólo la vi, en los nueve meses que viví con ella, enternecerse una vez, y para ella enternecerse fue beber una copa de orujo después de haberse liao a hostias con un mueble-cama para transformarlo en una estantería, escuchando una canción de maritrini, entonces me miró y me dijo: “estás perdiendo forma”, y debajo de su cama sacó un banco de abdominales plegable y me lo endiñó por un talego, dios, creo que fue la época que mejor cagué de mi vida, señora, la casa empezó a llenarse de francesitas y alemanes, habíamos conseguido echar a los seminaristas que se laceraban las espaldas porque chueca les tiraba, la eterna lucha contra el instinto, al refugio de las américas que se iban, a los niños neurótico-depresivos que sus padres largaban de casa unos meses a ver si estabilizaban, a ese moro de ojos del color del polen y cara afilada como la navaja que siempre enseñaba, yo había conseguido curro, ya éramos una familia… de cobayas, como usted, señora, que he hecho demasiadas prácticas mal pagadas y sé lo que se cuece, en este caso su pelo, únalo a mis patillas, a mi calva, a todo lo que está por el suelo de mi habitación, todo lo caído, las putas vueltas que da un pelo en su derrota hacia la escoba, y siempre el zumbido de la guillotina en nuestra nuca, de eso hablan mis libros, es lo que tengo en mi cara, los dolores de espalda que me restan, las borracheras del tratamiento paliativo bajo prescripción médica, el deseo que se muere entre espejos, lo que usted fue, lo que me resta por ser, por hacer, levantar los libros de la cajonera, limpiarlos de las cenizas de los faros que arden en mi insomnio, donde poco a poco se van revelando las imágenes de mi derrota, del viaje a ningún sitio que me regresó al principio de la noche, a la deriva, buscando la vida en primera línea, allí donde se dan y reciben las hostias, y no ante el espejo, señora, que por los extremos de la mesita pululan muchas voces, que no se pierden en unos de los bucles de douglas r. hofstadter que me llevan de gödel a escher a bach en una fuga a seis voces por donde aparecen dos ensayos sobre satán, el secreto de la flor de oro de jung y wilheim, mi admirada plaza de dante de dragan velikic, los tres tomos de los sonámbulos de broch, maestro broch, dos o tres estudios sobre jazz y blues, los señores de los dragones de jack vance, novela editada en pulp, ganadora de un hugo, siguen las fugas, heráclito, los diarios de musil, parnaso en llamas de vicente muñoz álvarez, siempre el libro que me sosiega de pessoa, un libro de khalil gibran, el profeta, debajo de un destartalado nuevo testamento, y, cómo no, shakespeare

en el título de un libro de Bukowski:

“shakespeare nunca lo hizo”,

ni usted, señora, pero yo sí conozco a mucha gente que lo hace, que vive su vida como hay que vivirla, embriagado, como la vivió el viejo Hank, y no hablo sólo de sus borracheras, hablo de la gente que le echa pasión, alma y sinceridad a las cosas, en sus diversos trabajos, en sus diversas vidas, y caminan abriendo senderos de los que beberán muchos para después renegar de lo que les dio la vida, porque Bukowski es vida, sinceridad, un pelotazo suyo me reconforta de las marañas donde se pierde mi cabeza, su literatura es una puta explosión de palabras que a todos nos baña y a mí me limpia y me deja suave, como han quedado mis mejillas sin las patillas, como era la francesa con la que hacía abdominales sobre la tabla, que nos tiraba los yogures caducados que traía la patrona de cáritas, y rellenaba la nevera de las prácticas que hacían en danone, dios, hizo yogures con mi lefa y el aroma de su coño, yogures impensables al estilo que suponen de todos los países del mundo, joder, también los demás empezaron a cagar bien, todo fluía, por mi polla, por su culo, joder, recuerdo que a los de aquí, decía que nos gustaba la nata, cómo no, siempre dándonos de hostias, como las que le dio la gallega de medio metro a un enorme alemán que hacía de la casa el laboratorio de sus mohos, los mismos que corren por los espejos señora, los suyos, los míos, lo que va quedando en el suelo por donde hoy miro, debajo de la cama, donde guardo algún trasto inservible que pillé en los polígonos, un maletín, que me hizo una ilusión del copón en su momento, donde voy guardando las piedras que recojo del camino,

cuando limpio los bajos

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Nota de la Redacción: Este primer capítulo de Limpieza de bajos fue publicado en Hank-Over (resaca) Homenaje a Charles Bukowski (2008) de la Editorial Caballo de Troya. Con este post el magnífico escritor Alfonso Xen Rabanal iniciaba su colaboración especial en Generación. Era un anuncio de continuidad de lo que sería una novela… escrita en directo para vosotros, como ya lo fue en otro blog su primera novela: La cámara de Niebla. Meses después de publicar este primer post la novela-blog se desparrama, aquí, en caída libre.

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