La removida

23-diciembre-2000 · Imprimir este artículo

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Por Victoria Diges*

La mitificada Movida Madrileña, que de tanto darle vueltas, en lugar de movida, se convirtió en removida, no ha dejado de ser el santo y seña referencial, en los últimos veinte años, cuando se habla de modernidad y cultura en este país. Y esto da que pensar… porque veinte años ¡son veinte años!, y dan mucho de sí como para que el tema de la movida no estuviera ya bien claro y bien zanjado, con todos los correspondientes méritos, condecoraciones y las obligadas menciones especiales para los muertos caídos en el campo de batalla, bien distribuidos entre el batallón de “nuevaoleros”. Pues fíjense que no, porque aquí los que más debieran de callar, son los que más ruido hacen, afanándose en atribuirse los puestos más elogiosos de aquella incipiente modernidad española y tratando de sacarle más punta al “negocio” en el que, los más avispados, han convertido aquellos años 80 que fueron testigo de su primera juventud. En cambio, aquellos que debieran hablar, porque de alguna manera, fueron los auténticos ideólogos (y me consta que esta palabra no es la más acertada tratándose de La Movida), los que aportaron algo más que juventud y ganas de salir por las noches, callan porque ya no están para contarlo, y los que sí que están y pueden hablar, lo hacen de manera esporádica y mesurada porque andan un poco hartos del tratamiento cansino y desmedido, que en muchas ocasiones, se le ha dado al tema.

Pero a pesar de lo visto y lo leído en los muchos testimonios, lógicamente parciales (porque cada uno cuenta la feria según le va), que nos han llegado por distintos cauces: libros dedicados al tema, reportajes dedicados al tema, suplementos dominicales dedicados al tema, artículos dedicados al tema, series documentales dedicadas al tema, entrevistas dedicadas al tema… seguimos sin tener una visión clara y bien estructurada del fenómeno, más bien de la consistencia profunda de La Movida como hecho cultural. Porque como es sabido, un movimiento socio-cultural de la índole y del tipo que sea, siempre se ha sostenido con pilares más sólidos que unas buenas dosis de maquillaje, alteradores de conciencia varios, música de importación y unas copas tomadas en Rockola. Y que conste que todo eso está muy bien, además es justo y necesario, pero no valida a la Nueva Ola como quintaesencia, en esto de los movimientos culturales. Ellos se manifestaban, pero sin manifiesto fundacional, tocaban, hacían cortos, algunos pintaban, los menos escribían, y la mayoría se consagraba al sano asunto de patrullar la ciudad amparándose en razones de alevosía y nocturnidad. Creando entre todos un espectro de tremenda heterogeneidad, lo cual siempre es una riqueza, y contrasta de manera gratificante con los tiempos que corren, en los que la singularidad es una especie en peligro de extinción, e incluso está mal vista por el conformado grueso social. Pero tanta diversidad personal, en aquel entonces, hizo que del grupo surgiera el grupito, y de éste, el grupúsculo; por lo que todavía era más difícil que se organizasen de alguna forma, para vehicular y dar sentido de cohesión al movimiento, que fluía y fluía sin orden ni concierto, ¡perdón! rectifico: sin orden pero con mucho concierto.

Obviamente, algo estaba pasando, y la incontrolable espiral de color que fue La Movida Madrileña, crecía y se alimentaba con unos y con otros, hasta llegar al paroxismo de la convulsión y de la forma. Y después de tantos años y de tantos estertores, contemplamos con asombro que España no olvida a los vástagos de La Movida, o quizás sean algunos de ellos los que se niegan a ser olvidados y relegados al, también mítico, baúl de los recuerdos.

A veces, un concepto se convierte en concepto, o una verdad en verdad, a partir de repeticiones constantes y taladrantes en la conciencia y en la memoria colectiva, y algo de esto ha pasado con el tema que hoy nos ocupa. ¿En qué momento se dejó de considerar a la Nueva Ola como eclosión, para darle un honorable rango de episodio entramado y organizado? Quizás desde que algunos de sus miembros, motivados por un justificable afán de pervivencia y validación, comenzaron a contarnos, una y otra vez, lo que acontecía en esos años desde una perspectiva sesgada, parcial y mitificadora. Cosa que, por ejemplo, nunca hicieron los integrantes de la, siempre dudosa como tal, Generación del 27. Ellos también hicieron cine, pintaron cuadros y escribieron magníficamente, aunque la verdad es que de música iban cortitos y en lo de salir por la noche en plan masivo, creo que tampoco estarían aprobados. Pero lo cierto es que coincidieron en un tiempo y un espacio concreto de pura creación y, paradójicamente, casi ninguno de ellos aceptó la denominación de “Generación del 27”, porque pensaban que lo único que les vinculaba era el hecho de compartir territorio y temporalidad durante unos años, pero nada más. Por eso no querían el respaldo de lo que consideraban una ficticia generación, y tal vez tampoco lo necesitaban, porque creyeron que su obra era aval suficiente para asegurar su entrada en la posteridad. Cosa que quizás no suceda con los pocos, porque son sólo unos pocos, los que se han apropiado de la memoria y la legitimidad de la sufrida y resignada Movida Madrileña.

En cualquier caso, está claro que entre 1980 y 1984 todo el espectro social se alteró, y hasta se sustantivó el verbo mover, para bautizar al fenómeno: “La Movida” que, por cierto, es un gran nombre por su plasticidad y capacidad de captar el espíritu de esta etapa desorganizada, desestructurada, donde nada estaba en su sitio y en ello radicaba su auténtica riqueza y su auténtica belleza. Estamos hablando de esa España del postfranciscazo, donde las ganas de desaprender lo enseñado, y de volver a crear con libertad y nuevos criterios, lo impregnaban todo. Tras cuarenta años de estancamiento, estaba todo patas arriba, todo por hacer, y bien es cierto que La Movida, en muchos sentidos, fue el primer paso para crear el posterior orden que siempre sobreviene al caos. Lo curioso es que los protagonistas de la Nueva Ola, ni siquiera habían nacido cuando la endogamia y el aburrimiento cultural ya estaban confortablemente acomodados en nuestro país pero, sin embargo, si tuvieron la necesaria receptividad para percibir la estéril herencia que nos había dejado el anterior régimen, y entender la urgente necesidad de realizar cambios mas a siniestro que a diestro. Y cada uno desde su ser y su estar se pusieron a ello como buenamente pudieron, quisieron y supieron desde ese ojo de huracán que era el Madrid de la época, y además tenían lo que hay que tener para estos casos: la edad perfecta. La juventud retozona de la época tomaba las calles, iban a locales recién inaugurados, quedaban en el rastro o en el “Penta” para hablar de tendencias, pegaban carteles y escribían fancines, diseñaban ropa de vanguardia, iban a Londres (y de manera automática quedaban convertidos en árbitros de la moda), dibujaban comics, y la música, que quizás es el rasgo de identidad más claro de este fenómeno, llegaba a todos los rincones en una sucesión interminable de conciertos, ensayos de los grupos, discos de importación y creación propia. Por primera vez, los grupos nacionales comenzaron a desarrollar unas corrientes musicales inéditas hasta el momento, y sembraron un caldo de cultivo que permanece vigente en la actualidad del panorama musical.

Todo este paisaje, como es lógico tras un largo período de dictadura, iba acompañado de exhibiciones extremas del uso de la propia libertad, por lo que se salía cada noche en busca de la empatía con el tópico del sexo, de las drogas y del rock and roll. Y muchos circunscribieron su presencia en las filas de La Movida, limitándose exclusivamente a esto último, y dejando el tema de la creación para otros más avispados y sagaces, que fueron los menos.

Podríamos, para ir terminando, decir que el fenómeno de la Nueva Ola, fue algo absolutamente lógico, teniendo en cuenta la coyuntura sociopolítica reinante. ¿Qué juventud no hubiera reaccionado en busca de su libertad y de sus cauces de expresión después de tantos años de imposición? Eran jóvenes, bellos y repletos de esa osadía provocadora que siempre otorga la falta de edad y la ausencia de prejuicios, no tenían nada que perder y todo que ganar, y una ciudad, por fin, abierta al cambio donde quedaban muchas cosas por hacer. Pero el problema viene ahora, cuando los otrora adolescentes de La Movida ya no lo son, cuando gozamos de una democracia más virtual que otra cosa, cuando los medios de comunicación bombardean nuestros cerebros con abyectos subproductos, cuando la tecnologización de nuestras vidas nos han convertido en cómodos animales de sofá y televisión, cuando el pensamiento único y falaz engaña a nuestros cerebros, y la cultura se nos muere a borbotones mientras que la juventud, en lugar de reaccionar y movilizarse como hacían nuestros amigos de La Movida, se contentan con estúpido aletargamiento y complacencia consumista, sin lograr entender que ideología y compromiso son términos que exceden en significado a los viejos panfletos del mayo del 68.

Por todo esto, vamos a dejarnos de movidas y de historias, y los melancólicos del período, en vez de dedicarse a dignificar, a golpe de recuerdo la Nueva Ola, que se dediquen a mantener vivo el espíritu del que tanto predican. Y fomenten la reacción de esta nueva juventud, que más que perdida, está no encontrada.

(Victoria Diges es periodista y directora del programa Musical La Conjura Pirata, que se emite de lunes a miércoles 22-23 horas, en Radio Intercontinental, 918 A.M. )

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