La princesa galesa en calesa
27-mayo-2009 · Imprimir este artículo
Por Raúl Herrero

Con su atinada capacidad para la observancia Carl T. Dreyer escribió en 1922: “Es preciso que los autores que tienen la posibilidad escriban directamente para el cine”. El tiempo le dio la razón a Dreyer. Pero lo que no suponía el director, en una vuelta de tuerca, eran a la narrativa y la novela presas en un campo de pruebas del cine. Es decir, no me refiero a la escritura de guiones por parte de autores, sino de la invasión de narradores que redactan sus novelas con la vista puesta en el cine y, sobre todo, en los posibles beneficios que tal asunción les puede suponer. No se trata de un intento de trasladar técnicas cinematográficas a la narrativa, como hiciera, por ejemplo, Vicente Huidobro en Cagliostro, sino de una escritura con los márgenes de lo visual, en las que las palabras se transmutan no en oro sino en un mecanismo vacío. ¿A qué nos conduce esta “manía” de los narradores hoy? Lo describe a la perfección el siguiente extracto de la novela Defensa de Montjüic por las donas de Barcelona de Federico González Frías: “…la narrativa moderna verdadera, la auténtica, no se propone contar desde un punto de vista lineal con predominio de lo psicológico, como es el modelo chato de lo literal y de la literatura infantil para adultos actualmente de moda…”. Esta tendencia, a lo que podríamos calificar como de “embrutecimiento”, nada que ver con el art brut, se resume en el sopor que se apodera del lector. Por otro lado, en el extremo contrario, por fortuna, también encuentro un buen número de escritores en los que se encuentra la esperanza de la literatura del futuro y en los que confío para que mantengan la antorcha de las almas de buena voluntad.
Entre los segundos, entre los que no toman al lector por idiota, entre los que nos desafían, al tiempo que poseen la capacidad de acometernos con historias subyugantes (aunque esto último tampoco resulte imprescindible) se encuentra Julián Ríos. No citaré a otros autores por los que siente idéntica afición como Fernando Arrabal o Antonio Fernández Molina, Milan Kundera, o las novelas de Francisco Nieva, por no herir susceptibilidades.
Nuestro autor se inició en el mundo de la literatura con Larva, un clásico, que viene a ser como si diéramos a un recién nacido una vaca de aperitivo… No entraré en esta obra admirable, ni en el resto de sus trabajos, pero sí manifestaré que devoro, con la absoluta falta de comedimiento que me caracteriza, todas sus entregas. A continuación me centraré en la obra que hoy nos ocupa, la reciente: Puente de Alma.
Decir que se trata, como reza la contraportada, de “la primera novela en cualquier idioma sobre la muerte de Diana de Gales” es decir algo, si bien es decir poco, a la vista de la lectura de las páginas. Muchos de los capítulos podrían considerarse, de encontrarse aislados, algunos de los mejores “cuentos” que he leído en los últimos tiempos. Pero el magma de los personajes en torno a la imagen de la “Llama dorada”, sobre el puente donde murió Lady Di, aporta a la novela una dimensión que devora al propio lector y que la transforma en una novela completa, si bien, claro está, alejada de esquemas decimonónicos donde todavía hoy una parte de la crítica (y de los autores) encierra la idea de “novela”.
La aparición del “barco de las almas”, con supuestos actores que imitan a los “famosos” que en París han sido, la historia del bulevar del Crimen, entre otras, manifiestan la capacidad de Julián Ríos para construir una novela sobre palabras (los juegos literarios sería imposible trasladarlos a la pantalla por mucho que puedan serlo las historias), al tiempo que despierta en el lector la curiosidad por “saber” el final del proceso de la narración, con una firme capacidad para la intriga sin que, por ello, la calidad decaiga ni un instante.
Las historias de la novela se engarzan en la proporción de la primera literatura del ser humano, es decir, en la traslación oral de historias. Este recurso de contadores sucesos lo empleó magistralmente, desde luego entre otros muchos, Camilo José Cela. Las páginas en ocasiones se traducen en un devenir de intervenciones y deambulaciones de personajes -fantasmas.
La presencia de la pintura, de Miró (como un mago en una de las más redondas partes de la novela) también, como en casi todos sus libros, se aborda sin complejos, con una especial elocuencia para hermanar la literatura y la plástica, no sólo en la novela, sino también en los instantes cotidianos que en ella se describen.
¿Qué más les puedo decir sin revelar ningún secreto de la alquimia del libro? ¿Qué hay en él al menos dos princesas?
Puente de Alma.
Julián Ríos
Galaxia Gutenberg/ Círculo de Lectores, Barcelona 2009.





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