El intruso

4-noviembre-2009 · Imprimir este artículo

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Cristian Cámara Outes

Un buen día se presentó en casa el anterior inquilino. Se había visto forzado a marcharse, me explicó, pero ahora había vuelto. Esa aparición repentina me hizo sentir violento, pero no vi el modo de objetar, pues en cierto modo comprendía bien el derecho que le asistía: había tenido que marcharse, ahora volvía, y así estaban las cosas. Empezó una convivencia que en los primeros días no fue sin tiranteces. Era inevitable que, en esa habitación tan pequeña, tropezásemos y nos interrumpiésemos constantemente. Tomábamos medidas, tanto defensivas como de ataque o de asedio. Estaba claro que para él tampoco había resultado sencillo. La prueba es que había tenido necesidad de recurrir a una pobreza extrema para venir a buscarme, y que a pesar de todo aún vacilaba.

También estaban los momentos de los raros equilibrios. De estos había dos tipos: los equilibrios del día y los de la noche, ambos de una pobreza extrema en sus medios de expresión.

Una vez el intruso me propuso el juego de las palabras. A partir de entonces ésa fue nuestra ocupación la mayor parte del tiempo. Era una competición léxica sin demasiados protocolos, con la que ventilábamos nuestra hostilidad de una manera civilizada. Había cosas que, simplemente, no funcionaban, aunque es difícil de explicar con precisión por qué. Se valía acumular palabras que tuviesen alguna semejanza, real o inventada: agotar el campo léxico de las frutas tropicales, de las marcas de productos lácteos del supermercado. Se valía ensartar nombres de medicamentos, o palabras que empezasen con una misma sílaba, lo más extraña posible.

Pronto se vio que, por algún motivo, las narraciones con un principio y un final, y unos pocos personajes a los que les pasaran cosas buenas o malas, eran completamente inútiles, y las evitábamos con mucho cuidado. En cambio, comprobamos que las descripciones eran imbatibles. Se trataba de ostentar y agredir, y para eso una buena descripción era sencillamente un arma temible, siempre que se procediese con el debido cuidado.

Una descripción podía continuarse de manera casi indefinida, según la minuciosidad con que se encarase su ejecución, el arrastre de las metáforas propuestas, el agregado de otros objetos visibles por entero o fragmentados por el desgaste. Desde ahí, una segunda puerta podría abrirse, una bombilla de luz más fuerte que aclarase la escena, lo que explicaría la presencia de sombras salientes muy opacas que se alargaban sobre el embaldosado, y tal vez también, zancuda y estirada, la de un personaje que se había mantenido hasta ese momento escondido. También habría ruidos o silencio, y un olor de pólvora, de alga, de rata muerta. No quedaba otra solución que continuar, a pesar del error hoy evidente.

Había también mañanas atroces, llenas de vergüenza, de verrugas y animales muertos.

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