Tíbet: El genocidio impune
9-abril-2008 · Imprimir este artículo
El mundo y la prensa empiezan a despertar ante la brutal represión del gobierno chino sobre los manifestantes tibetanos. La cifra de muertos asciende sin parar pero sin saberse el número de ceros que la censura china oculta. Los mismos reflejos de brutalidad e impunidad típicos de todas las dictaduras.
Pero no hablamos de la dictadura de una pequeña republica bananera o país africano, estamos hablando de un gigante militar y económico que tiene el honor de albergar los próximo Juegos Olímpicos el próximo mes de Agosto. El país con un gobierno con el espíritu quizás menos olímpico y más represivo sobre la faz de la tierra.
El pasado 10 de marzo, una vez más el pueblo tibetano, ha decidido abiertamente rechazar el poder impuesto desde Pekín desde hace más de medio siglo. No es casual que en este día, siete monjes tibetanos decidieran manifestarse pacíficamente en la capital del Tíbet, Lhasa, enarbolando banderas tibetanas, celebrando el día del levantamiento nacional tibetano de 1959 ante la ocupación militar china, 10 años después de la invasión en el año 1949. Pronto las protestas se extendieron a todo el territorio del Tíbet y la espiral de violencia asimétrica volvió a reproducirse alimentada como siempre por la represión salvaje del poderoso y bien armado y la frustración del indefenso pueblo tibetano.
Todo empezó con la ocupación ilegal del entonces Estado independiente del Tíbet. Ya en aquel entonces a las protestas le siguieron por una parte, el exilio del Dalai Lama a India, y por otra, una represión violenta por parte del Ejército de Liberación Popular, que en pocos días se cobró miles de víctimas. Meses después de esta tragedia, la Comisión Internacional de Juristas en un informe que distintos Estados llevaron a la Asamblea General de la ONU, calificaron los hechos de genocidio.
Y de nuevo la historia se repite, y desde este incidente de hace unos días que acabó con el arresto inmediato de los manifestantes pacíficos a palizas, de nuevo en el Tíbet se han encendido las llamas de la protesta. Esa misma tarde más de 300 monjes del monasterio de Drepung, situado a las afueras de Lhasa, intentaron dirigirse al barrio antiguo del Barkhor para manifestarse, pero las fuerzas paramilitares chinas sitiaron todo el enclave monástico, impidiendo la salida de los manifestantes. En éstos, y en días sucesivos, miles de tibetanos de todas las antiguas regiones tibetanas de Amdo y Kham (territorios que tras la invasión fueron separados de la hoy llamada Región Autónoma de Tíbet para integrarse en las nuevas provincias chinas de Gansu, Qinghai, Sichuan, Yunnan) salieron a la calle con banderas nacionales tibetanas y retratos de su líder espiritual, el Dalai Lama, desafiando con ello al poder impuesto por China.
Como consecuencia de estas protestas generalizadas, días después, el 14 de marzo, se impuso un toque de queda en la capital, que muchos tibetanos desafiaron. Las autoridades chinas no dudaron en ordenar ocupar las calles por los tanques y los militares, y ese mismo día más de 80 tibetanos fueron asesinados en Lhasa. La escalada de la violencia y de las protestas tibetanas no ha cesado, como tampoco ha dejado de aumentar el número de manifestantes asesinados y de detenciones y torturas en los centros de detención. La envergadura precisa de la represión se desconoce, ya que de inmediato tanto los turistas como la prensa internacional han sido expulsados del Tíbet con la misma rapidez, con la que los refuerzos del Ejército de Liberación Popular se han dirigido al interior del Tíbet.
Según los datos publicados por el Gobierno Tibetano en el Exilio, más de un millón de tibetanos han muerto desde la ocupación del país, como consecuencia directa de la nueva dominación china. Estos últimos hechos, no son acontecimientos nuevos o aislados, sino que son una perpetuación de las mismas acciones y actitudes. Además la represión política y judicial del Partido Comunista Chino a la oposición tibetana, las detenciones arbitrarias, las ejecuciones arbitrarias y extrajudiciales, las frecuentes torturas en las cárceles del Tíbet, las desapariciones forzosas, los abortos y esterilizaciones obligatorias, el control policial de los monasterios, la supresión violenta de las manifestaciones pacíficas como las recientes, la violación de las libertades de movimiento y de expresión, y la discriminación en la salud, el empleo, la educación, la cultura y la vivienda de todo un pueblo, apuntan a una política que las Naciones Unidas, ya ha denunciado en casos similares como los de Sudáfrica, de régimen racista y apartheid. A todo ello debe añadirse, que el masivo traslado de población, junto con la explotación humana y de los recursos naturales del Tíbet, comprometen la futura supervivencia de este pueblo neo-colonial, que según Pekín goza plenamente de los beneficios de ser una Región Autónoma y tiene como único instigador del descontento del pueblo tibetano al Dalai Lama, “un monje disfrazado de lobo”, según una de las últimas declaraciones de Zhang Qingli, máximo responsable de la represión actual en Tíbet, al estar ocupando el cargo de Secretario del Partido Comunista Chino en esta región. Tampoco resulta extraño que dicho cargo obviamente sigue a pies juntillas los dictados del máximo líder en China, el Presidente Hu Jintao, el cual de entre su amplio currículum cuenta con ser el ejecutor personal en 1989 de una represión de las mismas características en Tíbet, cuando ocupaba precisamente el mismo cargo que su actual sucesor, Zhang Qingli.
Todos estos hechos están siendo investigados en la Audiencia Nacional que el 10 de Enero del 2006 admitió a trámite una querella criminal por genocidio, crímenes contra la humanidad, torturas y terrorismo de estado con las autoridades chinas. La primera vez en la historia que se denunciaban y reconocían estos crímenes en un Tribunal. La querella fue presentada por la pequeña ONG Comité de Apoyo al Tíbet (CAT) en nombre de las víctimas tibetanas. El denunciar cualquier crimen no es solo un derecho sino una obligación y los crímenes universales como el genocidio no son una excepción. Consideramos por tanto la admisión trámite de esta querella como una buena noticia histórica que por más que digan y como veremos mas adelante, demuestra que sí existe un sana separación de poderes (judicial y ejecutivo) en la democracia española. Gracias a dios no todo es una vergüenza.
Respecto a las reacciones de Occidente, queremos apuntar a los hechos que nos siguen produciendo sonrojo y los que de alguna forma nos pueden permitir escapar de ese bochorno individual y colectivo. Veamos:
Los lideres de nuestras “grandes democracias occidentales” a los que se le llena la boca de consignas genéricas de libertad, democracia y justicia, callan, permiten y miran hacia otro lado cuando es el gigante chino quien comete los abusos. Sorprende y avergüenza que estos encorbatados y poderosos “hombres de estado” no se atrevan ni a recibir, cuando visita nuestros países, al Dalai Lama, Premio Nobel de la Paz y embajador de la no violencia, un simple monje tibetano con mucho que decir. No se atreven ni siquiera para tomar un té con pastas con la primera dama. Claro, no vaya a protestar la Embajada China y cancelar alguna visita comercial. Luego no cancelan nada porque necesitan nuestro negocio igual o más que nosotros el suyo. Sin embargo el miedo, la ignorancia o la hipocresía política persiste y en unos 15 años de varias visitas del Dalai Lama a España no se dignan a recibirle ni los Presidentes del PSOE, ni los del PP. Mientras tanto la maquinaria económica diplomática avanza como una apisonadora sobre los principios y derechos humanos en Tíbet y China y con masivos encuentros y fastos económicos, culturales y “Reales” con nuestro Gobierno, que desenrolla la alfombra roja invitando al Presidente Hu Jintao y su inmenso sequito como si de un idilio comercial se tratara. Y es exactamente eso de lo que se trata.
El problema por supuesto no es tanto el idilio comercial-económico sino el precio de credibilidad que se paga al bajar la cabeza y silenciar cualquier critica o denuncia a la situación de los derechos humanos en Tíbet y China.
Pero para paliar parte de este vergonzoso espectáculo llega la sorpresa hace unos meses y una “mujer de Estado”, la Canciller alemana Angela Merkel, decide que piensa saludar al Dalai Lama cuando visite Hamburgo. Los medios de comunicación de todo el mundo se estremecen como si se tratara de acercarse a Hanibal Lecter o como dice el propio gobierno chino a “un monje disfrazado de lobo”. Seguimos hablando de uno de los personajes más pacíficos y sabios que nadie pueda tener la oportunidad de conocer. Más sorpresas: Ahora el Primer Ministro Británico Gordon Brown que no iba a recibir al Dalai Lama en su próxima visita al Reino Unido parece que si le va a recibir. Y antes de las revueltas recientes el Príncipe Carlos de Inglaterra se niega a ir a los Juegos Olímpicos por la ocupación China del Tibet, Spielberg dimite como director artístico de los Juegos por la implicación de China en el genocidio de Darfur, la actriz Uma Thurman, hija de un prestigioso y querido tibetólogo de la Universidad de Columbia le recuerda que podría haber incluido al Tíbet en sus razones para dimitir sin gastar mucha más tinta y la genial Bjork en un reciente concierto en Shangai se pone a gritar Tíbet, Tíbet!!! en una canción con segundas, sobre la independencia, que originalmente se refería al yugo danés sobre Islandia. Tardarán en volver a invitarla y han anunciado que investigarán y censurarán con más cuidado el repertorio de los grupos que actúen en China… los grupos, los periodistas, Google, Youtube y un largo etc, para intentar contener la falta de libertad, las mentiras y el descontento que se acumulan.
A estas alturas del artículo esperamos que haya quedado más o menos claro lo que ha pasado y está pasando en el Tíbet pero sobre todo, los elementos más sangrientos, frustrantes e incompresibles de la historia y las actitudes que nos acercan o nos alejan de esta vergüenza incomprensible. Para terminar queremos acercaros a organizaciones y gente que trabajan desde hace tiempo para alejarse de la vergüenza y acercarse a la solidaridad echando una mano a la causa del Tíbet. Quizá la única manera de que toda esta pesadilla sirva para algo y no para incrementar el número de muertos desde la invasión del Tíbet, es informarse, movilizarse, asociarse y ayudar de mil maneras al trabajo de las organizaciones que ya lo están haciendo. Todo menos formar parte de la vergüenza del silencio, la pasividad o el miedo.
¡Es tiempo de actuar, y no de silencios complacientes!
La mejor manera de hacerlo estos días es:
En España:
- CAT: Comité de Apoyo al Tíbet y su organización hermana en los campus del mundo: Students for a Free Tíbet (SFT)
- Fundación Casa del Tíbet
Enlaces a nivel internacional
- Para participar en la campaña de los Juegos Olímpicos: BeijingWideOpen.org
- Por favor firmad la petición creada por Avaaz, una de las redes de activistas más importantes del mundo, que está ayudando con un millón de firmas para presionar a China para que la violencia en el Tíbet termine.
- Por favor, firmen ésta otra petición para presionar al Comité Olímpico Internacional para que no lleven a cabo el plan de pasar la antorcha Olímpica por el Tíbet.
- Para apoyar la histórica Marcha al Tíbet:aquí y aquí.
No entido por qué el cine español quiere dejar de ser insignificante
3-diciembre-2007 · Imprimir este artículo

No entiendo por qué el cine español quiere dejar de ser insignificante. Amenábar y sus pupilos nos meten en caserones donde asistimos al gran espectáculo del mundo. Se aseguran, así, un recibimiento caluroso más allá de nuestras fronteras, pero, ¿quién quiere ser universal? ¿Quién quiere ser comprendido, aplaudido, interpretado en los salones ojerosos de los festivales de cine y de las entregas de premios?
Con lo bonito que es ser localista e insignificante. Fijémonos en Volver (2006), la última película de Pedro Almodóvar: ¿se puede ser más vallecana que Penélope? O en Princesas (2005), de Fernando León de Aranoa: ¿se puede hacer un cine social verista y una égloga pastoril al mismo tiempo? ¿Quién quiere ser verosímil? ¿Quién quiere ser vallecana?
En nuestro país existen, afortunadamente, “autores” a los que esto de la verosimilitud se la trae al pairo. Pongamos a Julio Medem. Su Caótica Ana (2007), proporciona estados de ridículo más allá de la sensatez, y también más allá del genio. Su completa desconexión con nuestras ansias de verosimilitud no le detiene, no obstante, a la hora de componer una obra multicultural, poliédrica, como un ser mitológico de múltiples cabezas al que nadie retará en duelo por pura y simple estupefacción. Medem, con su rico mundo interior y su globo terráqueo en el ombligo, está muy lejos de la insignificancia. Tal vez si nos movemos hacia historias que tengan que ver con nuestro poso cultural nos encontramos con un cine español menos huérfano y no tan comido por sus referentes. Pero pongamos a Emilio Martínez Lázaro. Después de sus comedias musicales que tratan el tema de cómo a unos buenos tipos les suceden cosas ocurrentes y dinámicas, ahí va una de la Guerra Civil: Las trece rosas (2007). Las dos Españas. Lágrimas, dignidad y memoria histórica. Nada que ver con las dos Españas que Carlos Saura retratara en Deprisa, deprisa (1981), filmando un duelo verbal y generacional muy significativo en pleno Valle de los Caídos. No, la cosa ha cambiado. Ahora hay que lavar y vender muy bien una imagen, y decir luego eso de que hay historias que deben ser contadas (como si hubiese historias mayores y menores, vidas y muertes más relevantes que otras). La de Ramón Sampedro también era una historia que debía ser contada, mejor si además va al compás de las arias de Puccini. Nuestro cine está lejos de ser insignificante; es enorme, gigantesco.
En la periferia de este ente azaroso llamado “cine español” también encontramos adalides de la modernidad (también llamados ‘francotiradores’), lo que no quiere decir, necesariamente, que sus pretensiones tengan menos significación. La tienen, y mucha. Una película tan esquiva como Las horas del día (2003), de Jaime Rosales, contiene dos crímenes que no por inexplicables dejan de ser grandiosos. En esa línea, La soledad (2007), del mismo director, resulta más satisfactoria a nivel argumental e interpretativo, si bien Rosales es un enamorado de la filigrana, con todo el derecho del mundo. Viva la catarsis. Dentro de esta corriente de cine menos comercial, nos encontramos auténticos subgéneros como el de los barceloneses de clase media-alta que se retiran a los Pirineos catalanes a encontrarse consigo mismos, como es el caso de Remake (2006) de Roger Gual o Ficción (2006), de Cesc Gay (una de las películas más estimables de los últimos años). En otra rama aún más marginal (que en el caso de el “cine español” ya es decir) se encuentra el género documental, circuito en el que se agradece la presencia de José Luis Guerín, excepcionando cuando se copia a sí mismo, y en el que se observan casos como el del culto convocado alrededor de El cielo gira (2005), de Mercedes Álvarez, un intento desesperado de trascendencia fílmica que no mejora las cosas incluyendo la voz en off de la propia directora. Todo tiene un significado apabullante en el cine que se hace en este país. Queremos películas grandes sobre gente grande. Pongamos Alatriste (2006), dirigida por Agustín Díaz-Yanes, relato del maravilloso subgénero de Flandes que comienza como una película del subgénero de Vietnam para convertirse en una gran cantidad de tiempo en la que se cuenta una gran cantidad de nada. Eso sí, con muchos personajes.
Todos los años hay una película española importante que todo el mundo va a ver. Es normal que, al calor de su éxito, se alcen las críticas que perciben un todo a uno en el “cine español”. Porque no siempre se tiene el dinero para imitar las fórmulas que creemos que funcionan y que conviene perpetuar. Está claro, entonces, cuál es el panorama actual: una renuncia ciega ante nuestro fracaso, una sobre-exposición, y una vulneración de la auténtica materia de la que están hechas las historias, que no es otra que la absoluta insignificancia del ser humano. Voy a ser decididamente imparcial: el cine que me gusta no transmite el discurso oficial sobre las relaciones humanas, y con lo cual no suele estar dentro del juego de la meritocracia que tanto se practica en este país. Curiosamente, las dos películas españolas que más impacto me han provocado desde comienzos de este siglo han sido dos óperas primas, León y Olvido (2004) de Xavier Bermúdez, y La línea recta (2006), de José María de Orbe Klingenberg (productor de la ya mencionada Las horas del día). Termino con ésta última, a la que considero una obra emblemática. La línea recta tiene la virtud de no contar nada especial, nada concreto. Es imprecisa y áspera, casi antipática, con colores que inspiran virus gripales y aspereza. Aína Calpe, su protagonista, hace la más desapasionada de las interpretaciones mientras transita de un lado a otro de Barcelona dibujando fragmentos incompletos de una radiografía que es tan sincera como radicalmente comprometida con el lenguaje fílmico y sus formas. Todo un canto al vacío que somos y al vacío que dejamos.
Desventuras del cine español
3-diciembre-2007 · Imprimir este artículo
Por generacion.net
Por Santiago Rubín de Celis y José Antonio Jiménez de las Heras
Resulta raro hablar de “cine español”, así, utilizando un genérico, cuando el espectro de una fractura parece querer descomponer el término. ¿El cine español es solo uno?
Cada vez parece más radical la ruptura, dentro de la producción cinematográfica realizada en nuestro país, entre dos conceptos, culturas, éticas y estéticas del cine bien diferenciadas. Entre una minoría, un cierto cine construido a partir de la búsqueda, del riesgo, de la reflexión y la consciencia; y una mayoría, que las más de las veces no solo no tiene nada que contar sino que, además, ni siquiera se plantea cómo hacerlo, y que se reproduce gracias a una industria puramente mercantilista y endogámica. Hoy me gustaría ocuparme de este último, pues él es la cara pública del “cine español”, el producto –nunca mejor dicho– que se esconde detrás de una etiqueta conciliadora y homogeneizadora.
El cine español, las estadísticas nos lo han confirmado, pierde cada año más y más espectadores. Su fisura con el público es cada vez mayor. Hay aquí dos razones posibles. Una (cierta, aunque generalmente utilizada como simple justificación; tampoco el cine coreano, alemán o argentino pueden competir con él) es la “oficial”: nuestro pequeño y desvalido cine no puede hacer frente al monopolio de Hollywood. La otra (mucho más grave) radica en el hecho de que ese público le da la espalda como demostración de su falta de interés y conexión por/con él. ¿Cuáles pueden ser los motivos de esa deserción? Sin duda, varios. De un lado el que ese cine, tan abiertamente comercial, haya perdido todo asomo de personalidad al resultar una (mala) imitación de modelos importados; el que resulte previsible al apoyarse en una rudimentaria narrativa de manual, obsesionada con un respeto clásico al guión, que, sin embargo, confunde casi siempre la perfección con el formulismo. También, el que su principal valor referencial sea la palabra en vez de la imagen; un dominio de lo textual/escritural que reduce el hecho cinematográfico a un grado cero visual. A esto, habría que sumarle una muy significativa influencia cada vez mayor de la ficción televisiva sobre nuestro cine que ha provocado inmediatamente el uso estandarizado de fórmulas expresivas propias de la pequeña pantalla y sobre todo el desarrollo de un “costumbrismo televisivo”, caracterizado principalmente por el protagonismo coral, la estructuración del relato en torno a un núcleo argumental común, la fuerte tipificación de unos personajes supuestamente cotidianos y representativos de nuestra sociedad, la diversidad en el tono (que mezcla drama y comedia con denuncia social) y el apoyo referencial de un medio en el otro –decisivamente cimentado en un star system que utiliza la tele como cantera, en una continuidad tanto argumental como a nivel de personajes entre ambos medios, en el uso de los roles desempeñados por determinados actores televisivos para conformar sus posteriores personalidades cinematográficas, además, por supuesto, de todo lo anterior–, que nada tiene que ver con el mundo real que nos rodea. Esta influencia, lejos de haber resultado positiva, como lo fue, por ejemplo, la irrupción de la generación de la televisión en el cine norteamericano a finales de la década de los años cincuenta, ha conseguido ayudar a desactivar un poco más la creación cinematográfica nacional tanto en lo que respecta a sus temáticas como en sus aspectos narrativos y estructurales. Pero, sin embargo, existe una problemática aún más grave a la hora de provocar esa desactivación: la imposibilidad de que ese cine esté en relación con lo real, que dé cuenta del mundo que nos rodea, ya que su idea de representación –me niego aquí a hablar de modo–, artificial y falsa, nos proporciona, a lo sumo, un simulacro de realidad. ¿Es o no preocupante, entonces, la gravedad de la situación del “nuevo cine español”?
El cine español, las estadísticas nos lo han confirmado, pierde cada año más y más espectadores. Su fisura con el público es cada vez mayor.
Un manifiesto por el cambio global de la educación.
6-noviembre-2007 · Imprimir este artículo
Por generacion.net
Por Claudio Naranjo
Estoy convencido de que la educación sea nuestra mejor esperanza, pero de ninguna manera la educación que tenemos. Tenemos una educación para que nuestra próxima generación se nos parezca, pero nos urge tener una educación que nos ayude a evolucionar –personal y socialmente- para que podamos así dejar atrás nuestras plagas. Más específicamente, necesitamos una educación para trascender la mentalidad patriarcal, raíz de casi todos nuestros problemas colectivos y meollo de nuestra siempre más grave problemática: una educación que nos inste a dejar atrás modos de pensar y vivir peligrosamente obsoletos.
Cada vez se nos hace más evidente que nuestra vida civilizada surgió como respuesta al reto de un hecho cataclísmico en la historia de la Tierra: el calentamiento y desertificación que sucedieron al fin de los glaciares y de las inundaciones de su deshielo durante nuestra tardía prehistoria. Los territorios del actual Sahara, el cercano Oriente y las estepas rusas fueron un día un oasis verde que constituyó algo así como un jardín del Edén para nuestros antepasados, hacia el fin de nuestro último periodo glacial. Se piensa hoy que con el calentamiento y menor rendimiento agrícola de estas tierras, la adaptación de sus habitantes a la vida sedentaria dejó ya de servirles, y éstos, para poder sobrevivir, no sólo debieron volverse nuevamente nómadas, sino nómadas depredadores, violentos e insensibles. De tales nómadas somos nosotros los descendientes, pues tales “bárbaros” fueron aquellos que conquistaron, invadieron, “civilizaron” o reemplazaron a las poblaciones antiguas de Europa, India y el lejano Oriente.
Decía Gurdjieff que los problemas de la humanidad derivan de que los seres humanos, siendo tricerebrados, no consiguen conciliar sus tres cerebros; y ha descubierto la neurofisiología un cuarto cerebro —la corteza prefrontal— que por su función integrativa respecto al intelecto, la emoción y la instintividad pudiera decirse el asiento de la humanidad propiamente tal.
Decía Tótila Albert que los problemas del mundo derivan de la desarmonía entre nuestras tres personas interiores. Gran parte de mi trabajo ha sido inspirado por las ideas de Gurdjieff y de Tótila Albert, quien, yendo un poco mas allá de Bachofen (historiador suizo que descubrió el matriarcado a fines del siglo XIX), planteaba que nuestra historia ha atravesado por una etapa de nomadismo original “filiarcal” (en que dominaron los valores de la juventud y la instintividad animal), luego la etapa “matriarcal” del temprano Neolítico y finalmente la era patriarcal, iniciada hace unos seis mil años. Planteaba también que estas tres formas de vida fueron la respuesta a las situaciones traumáticas del momento, y que ya es hora de que nos tornemos en hombres completos, en cuya vida familiar, valores culturales y sobre todo, mundo interno, se establezca un “abrazo a tres” entre Padre, Madre e Hijo. Entreveía una era “de los tres”, más allá de la sociedad patriarcal. Pero pensaba que sólo podría ser alcanzada tal sociedad sana a través de la realización de la plenitud “trinitaria” en el corazón de muchos; lo que entrañaría algo así como un cruce colectivo de un “mar Rojo” de la conciencia: un proceso de búsqueda, sanación e iluminación colectivas del que dependerá que dejemos atrás nuestra condición crítica.
Tótila Albert hablaba de una integración entre padre, madre e hijo en nuestra “familia interior”. Pero yo he traducido su lenguaje de las tres “personas interiores” a uno que contempla tres amores: el eros o amor-goce, que se expresa en el amor a sí mismo y ejerce la libertad en la búsqueda de la felicidad; el ágape, benévolo y materno, que subyace al amor al prójimo; y el amor-respeto o philia, que deriva del amor del niño hacia el padre.
En La civilización, un mal remediable, expliqué la “mente patriarcal” como un desequilibrio en el cual se ve exaltado el amor-respeto (que mira hacia los padres, las autoridades y los ideales), se ha eclipsado y falsificado el amor materno, e inconscientemente criminalizado el eros. Por ello, vengo proponiendo una “educación trifocal” dirigida a las partes “padre”, “madre” e “hijo” de nuestras mentes. He sugerido, también, que a la actual educación eminentemente intelectual que ofrecen hoy en día nuestras escuelas se incluya una “educación del corazón”, y que no se olviden el aspecto emancipatorio de la educación o su relevancia a la felicidad (inseparable de la salud y de la virtud). También me parece evidente que la educación (más relevante ahora a pasar exámenes que a comprender el mundo y la vida) deba ayudar también a la gente a conocer su mundo interno y no solo su mundo exterior, y que con ello deba dejar de lado su orientación excesivamente tecnológica.
Pero para que la educación llegue a ser así, es evidente que necesitaremos formadores especialmente preparados. Y será vital para la transformación de la educación, así, la transformación de los educadores a través de un proceso educativo mucho más amplio y profundo que el proporcionado por las actuales escuelas de pedagogía. Además, para que pueda haber tal formación de formadores que se ocupe de proporcionar aquellas competencias que Salamanca non presta, será necesario un método de educación transformador, eficiente y rápido. Y es este, diría yo, mi más significativo aporte a la posible transformación de la educación.
Años atrás me sentía como un campesino de cuento de hadas que, después de mucho tiempo de cultivar los frutos de su tierra experimentando con toda clase de híbridos, se encuentra con algo así como un tesoro: una planta cuyo jugo pudiera matar al dragón que está asolando la comarca.
De pronto me vi habiendo inventado (casi sin quererlo) lo que hacía falta para una transformación rápida y masiva de la educación en el mundo occidental. Sin ignorar el hecho de que la educación ha sido una de las más retrógradas de nuestras instituciones, albergaba la loca esperanza de que pudiera hacerse el milagro. Pues parecía hacerse obvio que nuestra salvación depende de un cambio de conciencia y que solo la educación podría permitirnos inducir masivamente tal cambio evolutivo en el mundo.
Proponía que está en nuestras manos llegar a educar seres más sabios, benévolos y libres de lo que nosotros hemos sido y dejarles la Tierra por herencia a nuestros hijos a través de un acto que nos haría salvadores de nuestra especie. Hablaba para todos porque la comprensión compartida por todos tendría un poder determinante para cómo se desarrollasen las cosas.
Pero ya no me siento como uno que puede decir que es posible transformar la mente patriarcal por medio de la educación. Me parece que, más bien, tal transformación “podría ser posible”.
Pues hay resistencias, ¡y qué resistencias! Ni son muchos quienes quieren el cambio de la educación entre los profesores, cansados, desmotivados, decepcionados e insuficientemente dispuestos a arriesgar sus puestos; ni parecen quererla los ministerios, según ha estado siempre a la vista a pesar de innumerables comités para la Reforma. No la esperan ya los estudiantes, no interesa a los que dictan políticas educativas y menos aún parece quererla el espíritu del imperio comercial global, que solo parece querer que se pueda seguir repitiendo business as usual. Así, digo ahora más bien que tenemos la visión, la metodología y hasta la estrategia, pero no podemos decir que la educación pueda cambiar; sólo que podría cambiar si llega a haber suficiente voluntad política a través de la maduración de la conciencia de los poderosos; o si llega a haber suficiente claridad y consenso en la opinión pública, de cuya legitimación —más tarde que temprano— todo depende.
Les hablo a las autoridades, que tal vez algo pueden hacer en vez de rendirse al imperio comercial pseudodemocrático de Mamón. Les hablo a los profesores, instándoles a que dejen atrás su resignación depresiva y se hagan agentes de un gran sueño. Les hablo muy especialmente a los potentados anodinos, cuyo despotismo oligárquico se oculta tras la máscara de un supuestamente benigno y democrático despotismo del mercado. Y les hablo muy especialmente a los funcionarios de los grandes organismos del comercio global, con la esperanza de comprender colectivamente cómo no solo nos convendría a todos, sino a ellos mismos, cumplir con la responsabilidad que nos cabe de velar por el rumbo de nuestra nave espacial Tierra.
Monarquía y nacionalidades
28-octubre-2007 · Imprimir este artículo
Por generacion.net
Por Jesús Neira
La legislatura agoniza como ha vivido, bajo presión constante de los partidos nacionalistas sobre el Gobierno que se apoya en ellos. La debilidad del Ejecutivo es extraordinaria ante nacionalistas que no engañan sobre sus intenciones. Ejercen el método del “consenso” de Gramsci consistente en “sustituir una palabra por otra que dé menos miedo”. Juego de apariencias para una sociedad infantil. Se sustituye “autodeterminación” por “derecho a decidir”. La finalidad permanece y las tácticas se adaptan ante un gobierno en el alambre.
Restan cinco meses hasta los idus de marzo, si se mantiene el empate entre PSOE y PP quien gane se verá sometido al “aro” de los partidos nacionalistas para repetir una historia de presiones y chantajes con precio al alza. La legislatura moribunda ilustra la trayectoria de un Gobierno que ha exhibido y mantiene las grandes estrellas de su acción política. La primera, a lomos del falso “derecho a decidir” en el Estatuto de Autonomía de Cataluña. La segunda ha sido el mal llamado “proceso de paz”, sobre otras cuestiones de menor calado.
Con “derecho a decidir” en el Estatuto de Cataluña quedó patente la voluntad de quebrar la Constitución. Los nacionalistas son tan conscientes de su inconstitucionalidad que han pedido al PP que retire su recurso ante el TC. La directriz es inequívoca: “Cataluña es una nación”, cosa que no se atrevieron a introducir en el texto de la propia Constitución en la que participaron los nacionalistas sin convocar al poder constituyente. Han usado la peor técnica de reforma de una constitución, la mutación constitucional en materia tan grave como la forma de Estado. Desde una ley orgánica cambiar una norma de rango superior. La finalidad la han señalado Maragall al decir que “Cataluña será una nación reconocida en la Constitución de su Estado”, y Pujol al afirmar que “la Constitución ha de adaptarse a Cataluña y respetarla”. Queda patente la formidable barbaridad. Parece ser que Cataluña es la nación y el Estado, los demás tienen que plegarse a su antojo.
Los nacionalistas no solo han ejercido el “chantaje” con los recursos financieros del Estado y las Comunidades Autónomas, también apuntan al Poder Judicial, al blindaje de competencias y otras importantes cuestiones. No les importa que el Estatuto surge de la Constitución, que el “derecho a decidir” es propio del poder soberano y que éste es el pueblo español en su conjunto, no una parte insignificante (10%), como es el cómputo nacionalista global. La parte –y minúscula- no decide por la Nación. Guste o no.
El Gobierno es dócil instrumento de intereses y objetivos nacionalistas, con saldo en fracaso absoluto: el Estatuto de Cataluña en el Tribunal Constitucional, al que ha puesto en trance. El llamado “proceso de paz” con la T-4, los atentados, extorsiones, amenazas etc. Basta una imagen de la legislatura de ZP –léase el Zote del Proceso- con de Juana Chaos paseando con escolta de dos policías. Resultado, un presidente del gobierno en lo peor que se puede decir de un gobernante, en la alta traición a su pueblo. Negociando en secreto y sin enseñar lo que negoció con ETA a la espera de retomar el proceso si pasa los Idus de marzo.
En quiebra flagrante de la legalidad se queman fotografías del Rey. Acto simbólico, sí, pero violencia simbólica de quienes rechazan a España. El Rey ha tenido un aviso de su desnudez política. Zapatero no fue al Congreso a presentar la respuesta del Gobierno por esos actos vandálicos, como hubiese ocurrido en una monarquía parlamentaria como la inglesa. Recuérdese que Major tuvo que defender a la Corona en los Comunes, igual que tuvo que hacer Blair. Aquí, copiadores malos de una pésima forma de gobierno, el presidente del Gobierno sólo terció con unas palabras desde su estancia en la ONU (fuera del territorio nacional) y algunas palabras en el Senado. Ha recibido el Rey una lección de lo que puede esperar.
Nacionalidades y monarquía son dos pactos de la Transición. Cuando la forma de Estado se intenta cambiar sin el concurso del poder constituyente se le da una advertencia al Rey. Es una secuencia cómica porque quienes pretenden atacar al Rey quieren mantener la misma forma de gobierno que les ha permitido atentar contra la forma de Estado. Ya lo advirtieron los nacionalistas vascos en el Senado a comienzos de los años noventa cuando defendían una confederación de Estados, unidos por el hilo inane y suprimible de la Corona.
Es evidente que el régimen de la transición, del consenso, nos ha deparado este rumbo de las nacionalidades. Es hora de decir que la solución proviene del cambio de la forma de gobierno para pasar o bien a una monarquía donde se elija directamente al jefe de gobierno que represente al pueblo español por mayoría directa de sufragios e impida toda pretensión nacionalista de ejercer el chantaje o bien a una república presidencialista. El Rey en su papel constitucional “moderador” no ha moderado ni la corrupción, ni el crimen, ni el asalto al Estado por parte de los nacionalistas. Por tanto lo que hay que superar es un gobierno débil en su diseño constitucional que impida estos espectáculos. No se trata de quemar, sino de razonar y dar la solución superadora, con monarquía o sin ella, a un gobierno sólido, firme, fuerte y garantista de la independencia frente a los tortuosos y torticeros nacionalismos.
Tras la Universidad: Mileuristas
1-febrero-2007 · Imprimir este artículo
Por generacion.net
Por Eduardo M. Rico
El “Una injusticia”, dicen algunos. “No saben valorar el mérito”, dicen otros. Pero esto lo hemos ido creando entre todos. Aunque como dice Enrique Alcat, experto en management: “No debemos echarle la culpa a los otros y dejar la casa sin barrer”. Hasta sus enemigos, hasta los que le niegan “el pan y la sal” porque así funcionan las cosas, reconocen que se trata de “la generación mejor formada de España”, un estribillo que se repite a poco que uno habla de los famosos “mileuristas”.
Tienen másters, doctorados, carreras mil, son más políglotas y viajeros que Willy Fogg, y son competentes, muy competentes… pero cobran mil euros, o menos. En realidad lo hacen todo, lo saben hacer todo, pero cobran muy poco. Ése es el problema.
Nada es tan fácil: “A mí no me salen las cuentas”, dice Felipe González, profesor del Colegio San Pablo CEU: “Es al empezar cuando ganan mil euros, luego la cosa va subiendo. Yo veo a mi hijo y a mis sobrinos con coches, saliendo los jueves, yendo a esquiar en cuanto pueden. Si ganaran mil euros no podrían hacer todas estas cosas.”
La generación-Volcán. Tiene un funcionamiento subterráneo, porque apenas les dejan mostrar su valía, poseen unas ansias sexuales, pseudo-reprimidas, tremendas, de conectar con el otro, de diálogo, de ser comprendidos. Su formación llega a lo estratosférico; pero se supone que las empresas no están dispuestas a pagar, aunque parece claro que próximamente España tendrá que ponerse al nivel verdadero de Europa, quizá para superarlo, y tendrá que ser esta generación “hiperformada”, más que la de sus hermanos mayores, y no tan contaminada por los videojuegos y la Nintendo como la de sus menores, la que tendrá que pilotar el país, por la cuenta que nos trae. Sí, es un volcán que estallará tarde o temprano y nadie la podrá parar.
Esto lo tiene claro el Profesor Felipe González: “Estoy seguro de que esta generación va a sacar adelante al país. Hasta los veinticinco años son unos descerebrados, beben mucho, conducen muy rápido… pero yo hubiera sido igual. Estoy seguro de que lo van a sacar incluso mejor que nosotros, porque no parten de cero: el país ya funciona”.
Paciencia, ya nos reconocerán
Parece que el problema del mileurista es sólo cuestión de paciencia, que tarde o temprano la sociedad acaba reconociendo su valía y pronto llegará el dinero. “Sigo pensando –continúa Felipe González- que es la generación más preparada, aunque “especialista”, que eso es lo que menos me gusta de ellos. Porque se puede ser especialista en algo y un inculto, un maleducado”. A los padres de mis alumnos les pasa mucho eso: pueden ser triunfadores, con muchas casas y muchos coches, pero son especialistas ignorantes y maleducados”.
El prestigioso economista Juan Velarde Fuertes llama la atención sobre “la uniformidad de esta generación. Se ha vuelto un pecado el ser diferente, algo que se señala como algo espeluznante. Quieren sacrificar la individualidad a lo colectivo, con lo que aumenta la ramplonería. Éste es el problema, y va en aumento”. Quizá esto se deba a la formación uniforme de todos ellos, pero ¿qué es mejor: un país de gente hiper-preparada, o, exagerando, de genios muy originales? ¿Un país de maestros, cada uno en lo suyo, o de genios excéntricos o friquis? Ojalá se llegue al término medio, y haya lo que todos vamos necesitando según los momentos. Que no falte nada ni nadie cuando lo necesitemos.
Un mileurista que prefiere mantener el anonimato llama la atención sobre un detalle: “Nuestros padres están preocupados de nuestra situación, incluso tenemos un poco complejo de inútiles y aprovechados, porque vivimos en sus casas; pero yo trabajo en la empresa de un amigo de mi padre, por menos de mil euros, mientras que otro amigo mío trabaja en la empresa de mi padre…”.
Un perro que se muerde la cola
Porque los mileuristas, naturalmente, trabajan con jefes y empresarios de la generación de sus padres. Es un “perro que se muerde la cola”, como señala el Profesor de Literatura Española de la Universidad Complutense, Ignacio Díez: “Es una injusticia. Pero llega un momento en que tienen que despertar. Mostrarse seguros de sí mismos, y plantarse. Decir “no” a lo que no se puede tolerar… A mí, por ejemplo, me ofrecieron dar una conferencia en la Casa de la Moneda y no me querían pagar. Yo les dije que era una contradicción hablar en ese lugar sin cobrar, y el hecho de que fueran sindicatos –que lo eran- no acababa con la paradoja”.
Es cierto que no todos pueden hacer lo que un profesor de Universidad, pero Enrique Alcat hace un llamamiento a la gente de esta generación: “Hay muchas empresas; no hay por qué quedarse en donde nos tratan mal o nos pagan mal. Hay que moverse e intentarlo en otras. Eso sí, aceptando que nos pueden decir que no, pero no pasa nada”.
Una novela sobre los mileuristas
Julio Valdeón es un escritor nacido en Valladolid en 1976 con varios libros y cientos de artículos a sus espaldas. Acaba de publicar Palomas eléctricas, que se puede entender como una novela sobre los mileuristas. Valdeón plantea una serie de vidas que se cruzan unas a otras y que muestran todas las contradicciones de la generación: “… Thompson escribió que “lo tuvimos todo de nuestro lado y nos subimos a la cresta de una bella ola; desde aquí podemos ver ahora dónde rompió exactamente la ola y cómo se replegó al final”. Y ésa es la clave, a eso intento ajustar mis artículos, a la ola, al detalle, minucioso, único, y no voy de escritor, no creas, oh, no, lo mío es más sencillo, sólo periodismo, si me dejan, periodismo, carajo, que agarre la realidad por el puto cuello, periodismo de batalla, pero con clase”.
Valdeón es una prueba en cierto modo fehaciente de lo que ha escrito. Emigróa Nueva York, desde donde manda columnas y reportajes a varias publicaciones españolas. Muchos jóvenes tienen que irse al extranjero, como es el caso, sobre todo, de los investigadores universitarios.
El panorama general de Velarde
Juan Velarde relaciona lo que le está sucediendo a esta generación, con una situación general: “En la política se acepta sin crítica una serie de planteamientos ramplones; la televisión avanza por la ramplonería; es visible en lo que el teatro se está convirtiendo, y surgen teatros de vanguardia, pero el teatro-teatro puede desaparecer…; el cine es de baja calidad…”. Según Velarde estos síntomas van muy lejos, son problemas de fondo, profundo y están en movimiento, afectando a otros: “Cae el léxico, y nos encontramos con palabras como “tío” constantemente, eliminando cualquier capacidad de ampliación; como expuso Ionesco, aumenta la palabra rinoceronte…”. El planteamiento de Velarde es casi apocalíptico por lo negativo: “En la religión toda propuesta aséptica, interesante, desaparece; es el pan nuestro de cada día acelerado porque todo el mundo hace prácticamente lo mismo, y hay una variedad cada vez menos grande”.
Pero ¿cómo nos ve alguien de fuera? Mohammed El Afifi, egipcio, diplomático de carrera, portavoz de la Mezquita de Madrid (M-30), lleva más de veinte años en España, pero nos puede dar una visión más objetiva de nosotros mismos: “No estamos en el camino correcto en lo que se refiere a la valía de la gente. Y me estoy refiriendo a gente con carreras, másters, idiomas… que cobra 800 euros. No me parece bien, sino perjudicial. Hay un desprecio total a la formación de la gente. Y a los que les sucede se les quita las ganas de seguir este camino; van a Gran Hermano o se dedican a chismorrear sobre los famosos en televisión…”.
Y sí es una contradicción que un Doctor en Físicas, por ejemplo, cobre ochocientos euros como investigador, mientras, como dice Afifi, otros, y es lo que parece que prima, “salen en programas basura para decir que se han acostado con alguien, y le pagan por media hora el sueldo de esa gente en seis años…”. ¿Puede una sociedad responsable, adulta, sabia, consentir, permitirse este despropósito?
Mundo Freaky
30-diciembre-2000 · Imprimir este artículo
Por generacion.net
«Dejad en paz a los niños, y no les estorbéis de venir a mí; porque de los que son como ellos es el Reino de los Cielos».
(Mateo, capítulo XIX, versículo 19)
La muerte de la imaginación
Uno de los inconvenientes de vivir en una sociedad como la nuestra, que a pesar de estar al borde de la exterminación solamente piensa en llegar a fin de mes, es que determinados conceptos o estilos de vida que deberían ser tomados con normalidad resultan socialmente castigados. Cuanto más sutil es el concepto más y mayor el castigo. Posiblemente en España el más fustigado esté siendo la imaginación, redefinida por los señores del marketing con el término de «creatividad».
Tan fuerte es la agresión que antiguos y añorados conceptos han mutado de tal forma que ahora son casi irreconocibles. El concepto de freaky (homo frikisiensis), esa extraña especie que mochila en hombro y ataviado con una camiseta de Lobezno pululaba por tiendas de Rol y cómics de nuestro país, ha sido extorsionado hasta convertirse en los personajes que pueblan la telemierda. Ya todo vale y los términos se inventan y reinventan con total impunidad porque al otro lado del tubo catódico no hay nadie. El receptor ha dejado de existir.
Y es que, queridos amigos, a la imaginación la están matando la estupidez y la hipoteca y la está enterrando la televisión, con gran regocijo de los que dicen preocuparse por nuestros intereses. El freaky ha sido siempre un tipo que no quiere dejar de ser niño y que consume todo lo necesario para seguir atado a esa cándida etapa de reafirmación de identidad y ardores sexuales, sazonado todo ello por el impulso consumista del bondadoso capitalismo. Nada que ver, por lo tanto, con los espantapájaros desdentados que inundan las noches televisivas –y las tardes y las mañanas- de los españolitos cansados después de tanto curro y tan poco sueldo.
Visto lo visto, es de justicia hacer un recorrido por el auténtico mundo freaky del cómic, el rol y similares, antes de que pueda desaparecer, acuciado de una dolencia grave de realidad, necesidades artificiales y estupidez social generalizada.
¿Es un pájaro? ¿Es un avión?
El cómic está moribundo. Y es una lástima porque durante mucho tiempo -el desierto de la posguerra-, fue el medio favorito de expresión visual de toda una generación, que aunque nunca se la denominó freaky, vivió este arte como si lo fuera.
El gran problema del cómic occidental actual –del español no hablo porque con el cierre inminente de El Víbora nos quedamos en cuadro- es que su población de consumidores se ha frenado y ya no entra savia nueva. En el mundillo freaky del cómic seguimos estando los mismos que estábamos en la edad dorada de éste, los ochenta, aquel tiempo donde parecía que todo era nuevo.
1984, Conan o Cimoc fueron las referencias de los freaky de la España donde el entusiasmo intelectual –a pesar de cierto tufillo snob- contagiaba muchas de las facetas creativas que ahora tan solo son reductos de especies en extinción. Los adolescentes que antes perseguían el último cómic de La Patrulla X ahora persiguen el último móvil multimedia o la moto de Pedrosa.
Los americanos se han comido también un buen marrón en esto de la no renovación generacional. Sólo el cine últimamente ha logrado evitar la bancarrota de Marvel, la empresa americana que mayor rentabilidad había sacado a esos forzudos héroes con los calzoncillos por encima de los pantalones.
Sin lugar a dudas, el milagro comercial en España de las historias contadas a través de viñetas está siendo el Manga. Si hablamos de freakies, en lo referente al cómic japonés tendremos que hablar de Otakus -término despectivo en Japón e identificativo aquí- y que agrupa a todos aquellos que animan las ferias de cómics con sus disfraces, concursos de karaoke y ventas, cuentas estas últimas que son las que realmente importan al sector nacional. Desde que en el siglo XVIII el término Manga se uniera al de interpretación dibujada, el cómic japonés fue conteniendo su explosión hasta reventar en las últimas dos décadas del siglo pasado. No sabemos si las partículas generadas por las bombas de Hiroshima y Nagasaky dejaron una impronta invisible en los padres de la que sería la gran generación de dibujantes de Manga de los ochenta y noventa pero, sin lugar a dudas, esta forma de ver el mundo está siendo la influencia más importante de los últimos años en el planeta. Y que dure.
Rol is not a crime
De todos los numerosos y variados tipos de freakies, aquél que juega a Rol en nuestro país, es el peor mirado. Desde los tristes acontecimientos del mal llamado «crimen del Rol» -el crimen es crimen y punto- este juego, a mitad de camino entre los mundos virtuales y la creación mágica, ha sido vituperado por nuestros mal llamados también «medios de comunicación». Es normal que la gente tenga miedo al rol. Siempre se tiene miedo a lo que no se conoce. Y cada vez se conoce menos, o se tiene menos interés por conocer.
Y es que el Rol no es un juego cualquiera. Desde que Gary Gigax hace treinta años entara las bases de este entretenimiento y el chamán Greg Stafford desarrollara en ellos las visiones mágicas de mundos distantes que le acompañaban desde su más tierna infancia, los juegos de Rol se han convertido para muchos en la experiencia lúdica más interesante e intelectual de la historia. (Interesante e intelectual, dos palabras que su mera evocación en el fragor de nuestra vivencia diaria provocan el rechazo compulsivo de la masa).
La unión subliminal entre magia ceremonial y juegos de rol que encuentra Erik Davis en su fantástico trabajo «Calling Cthulhu», la apuesta por los mundos alternativos por el simple hecho de lanzar el dado que refleja Luke Reinhart en su libro «El hombre de los Dados», o la experiencia psicodramática de Michal Oracz convierten al juego de rol en un lujo estético de primera magnitud.
Después de años de bache en gran parte producidos por la aparición de formatos distintos a los habituales de «libro y dados» y la falta de reflejo mediático justo, en España los juegos de interpretación renacen de sus cenizas. El freaky del Rol ha comenzado a decir abiertamente que juega a él, pasando de estigma a signo de reconocimiento como una tribu urbana más. Cosas del Marketing…
Mundos virtuales
Con la llegada de los juegos de ordenador y consolas de última generación –antes simplemente llamados «maquinitas»- un nuevo freaky ha visto la luz. Participa de la virtualidad de los juegos de píxeles, utiliza palabras extrañas, y un motón de controles para manejar el mundo bastardo del rol a base de poliedros. Son los últimos en llegar y su medio de diversión es consecuencia directa de las nuevas tecnologías, aunando en ellos todos los defectos de la sociedad que los ha generado: soledad, aislamiento voluntario y lejanía. En Japón, siempre a la cabeza en todo lo que a mundos virtuales se refiere, ya empieza a hablarse de estos freakies como auténticas patologías: no salen de casa, se mantienen permanentemente conectados a Internet y no pueden desenchufarse de la tecnología multimedia. Aquí, al tipo de freaky en ciernes enganchado al ordenata, se les denomina «niños raros». Seguro que la definición que den los japos es más original.
Tristemente, también hay un asesino nacional: «el de la katana», y una vez más los mass media españoles se cebaron con el asunto de que el protagonista de la lamentable historia se cortara el pelo como el ídolo de su videojuego favorito. Para qué preguntarse nada más.
Sin lugar a dudas, este freaky sí que está en clara expansión. Generaciones de niños son callados por sus padres a golpe de consola para que no molesten. Ese sí que es el mejor caldo de cultivo: padres consentidores que piensan que si dan al botoncito sus niños, aparte de descansar ellos, de mayores serán «telecos».
Independientemente del medio en el que el freaky desarrolla sus anticuerpos a la madurez, ese ser sigue existiendo a pesar del ambiente, cada vez más hostil. La madurez, los lazos maritales o de pareja a jornada completa, la falta de tiempo para todo -salvo para trabajar- y la omnipresencia del bar de turno y la Champions ponen a prueba cualquier resistencia.
Algunos -aun a costa de sacrificar puntos de sociabilidad- seguimos participando en todo esto, aunque las corbatas pasen más tiempo del que queremos alrededor de nuestros cuellos. Unas buenas risas alrededor de una mesa, unos cuantos dados, un buen cómic antes de acostarse o una tarde «matando marcianos» siguen siendo para muchos, pese a quien pese, insustituibles.
La verdadera fe del Imperio
29-diciembre-2000 · Imprimir este artículo
Por José Cervera
En el Suroeste de los Estados Unidos de América, en la meseta que es Arizona entre el Gran Cañón y la región de Four Corners y el Cañón de Chelly, el cielo parece físicamente más grande. De horizonte a horizonte hay mayor cantidad de azul, como si allí la tierra estuviese más cerca del cielo y las personas estuviesen fuera de lugar. Las obras humanas, carreteras, edificios, silos, parecen diminutas y tenues, esparcidas por la llanura interminable. Entre los rascacielos de Nueva York, en cambio, el cielo apenas existe: tan sólo un fondo gris indistinto proporciona techo a los profundos cañones artificiales que minimizan a la gente hasta hacerla desaparecer.
Las dos Américas
En las praderas y montañas del corazón de Norteamérica la naturaleza hace pequeño al Hombre. En las ciudades de las franjas costeras es la arquitectura la que proporciona la humildad. Una grandeza remite a dios; otra, a la obra humana. Son las dos Américas, la roja y la azul. Una confía en sí misma, en su capacidad de domar la naturaleza y en su privilegiada relación con sus dioses, que les convierte en el pueblo elegido. La otra conoce las complejidades del matiz, el mundo y la historia; sabe que vencer a la naturaleza no soluciona todos los problemas, y es consciente de que los dioses a veces marcan a sus elegidos para la destrucción.
Paradójicamente cada fracción conoce bien los límites de aquello que venera. Los colonos del Medio Oeste supieron corregir a sus dioses con su esfuerzo, domesticando una tierra que les era ajena, y por eso son partidarios de la acción, de tomar su destino en sus propias manos. Los habitantes de las metrópolis de la costa están orgullosos de las monumentales obras de sus antepasados, pero llevan siglos sobreviviendo en medio de la arquitectura monumental; por ello son más cautelosos a la hora de actuar, pues aún las mayores obras del Hombre no resuelven todos los problemas. A veces los crean nuevos.
Las dos formas de ser estadounidense
Hay dos modos generales de ser estadounidense dentro de los Estados Unidos. Pero sólo hay una de serlo fuera, con respeto al resto del mundo. Y para entender por qué la religión divina no es la explicación de la victoria de George W. Bush en las elecciones estadounidenses, hay que entender la otra religión. Para lo cual hay que ir al principio. Hay que volver a Europa.
Rivalidad entre hermanos
Estados Unidos se fundó en oposición a Europa. Y, sin embargo, en ambas orillas del Atlántico nos parecemos mucho. Nuestras relaciones recuerdan a las de dos hermanos; a veces nos peleamos por nuestras diferencias, otras veces porque nos parecemos demasiado. Compartimos idiomas, una base cultural, una historia de amistades y enemistades, una idea del futuro, un régimen político, un historial religioso, muchas variantes distintas de dios…
Pero Estados Unidos se fundó en oposición a Europa. En su mito fundacional se creó para que un grupo de personas pudiese venerar a su dios a su modo sin la intervención de su gobierno; se fundó para rechazar las monarquías de la (ya entonces) vieja Europa, para ofrecer a quien quisiese vivir allí una política basada en la Razón y no en el Derecho Divino. Pues ha sido costumbre de los países europeos hasta muy recientemente la de matar a grandes cantidades de gente de modo organizado por causa de su religión, o su política, o ambas.
Huyendo de esa Europa nacieron los Estados Unidos de América, la ‘brillante ciudad de la colina’. El resultado hubiese podido ser un país sin religión. Conspiraron la historia y la geografía, y en su lugar nació un país con dos religiones.
Una de ellas tiene muchos nombres y dioses, infinitas sectas, decenas de libros sagrados, sacerdotes, jerarquías, iglesias, mezquitas, templos, cementerios y otras posesiones inmobiliarias. Más del 80% de la población estadounidense se declara creyente en uno u otro dios; más del 60% afirman que la religión es un factor importante en sus vidas.
La otra religión se llama patriotismo, se expresa en un desmesurado amor por el país, sus símbolos, su historia y su futuro; y a efectos prácticos la comparte el 100% de los nacionales.
La contradictoria, sabia y sutil idea fundacional de los Estados Unidos de América combinó el gobierno para el pueblo, la religión para el que la quiera, y ambas cosas separadas. Mil religiones en el cielo, y una sola en la tierra. Venera al dios que desees, pero ama sobre todas las cosas al país que te permite venerarlo.
Y ¿por qué no? Más que la mayoría de las naciones, los ciudadanos de los Estados Unidos de América tienen derecho a sentirse orgullosos de su país. Grande, poderoso, rico, en general noble, abogado de las buenas causas, casi siempre en el bando correcto, aunque sea tras haber, como ironizaba Churchill, probado todo lo demás… Hay muchas luces en la historia, toda luces y sombras siempre, en este país-continente. Mucho de lo que estar plenamente orgulloso.
Mil y una religiones
Y es que los Estados Unidos de América, afortunado país, no conoce las matanzas de religión, las cruzadas, las teocracias o la intervención de (o contra) la iglesia en el gobierno. No ha experimentado lo que ocurre cuando los servidores terrestres de un dios o sus adversarios alcanzan poder político. No ha tenido alguna interpretación religiosa, o su negación, inserta en sus leyes y hecha cumplir por policía y jueces.
Pero los Padres Fundadores de los Estados Unidos acabaron en Massachusetts huyendo de la monarquía británica, y lo recuerdan.
La Europa oficial no es atea por maldad, sino por necesidad. Hemos tenido abundantes gobiernos religiosos y antirreligiosos, y nos ha ido mal. Muy mal. No confiamos en las religiones. Tampoco en los gobiernos.
Estados Unidos de América, bienaventurado sea, carece de esta experiencia. La suya es una historia de coexistencia más o menos pacífica de religiones, de integración de pueblos con diferentes dioses que han sido capaces (con sus más y sus menos, pero capaces) de fundir sus diferencias para crear un país único, poderoso, rico; un ejemplo de gobierno para la Humanidad. Bajo un cielo enorme, en un terreno repleto de maravillas naturales, han demostrado que es posible superar sin olvidar las diferencias que traen cien países, mil idiomas, diez mil dioses, e integrarlas para así construir el País Indispensable.
Un país donde cada uno venera al dios que le da la gana con la menor interferencia de nadie de fuera. Un país cuyo éxito demuestra que sus habitantes son los elegidos de dios. De todos los dioses.
Y como todos los elegidos generosos, están llenos de celo misionero.
No sólo saben que la verdad está de su lado: ellos mismos son la prueba de que diferentes gentes y religiones pueden coexistir pacíficamente: tan sólo necesitan un sistema de gobierno adecuado para resolver enfrentamientos religiosos y políticos. Un sistema como el suyo. La democracia al estilo Estados Unidos de América, piensan, es la cura de todos los problemas. A ellos les ha funcionado. ¿Por qué no proporcionar su receta a quien la necesita?
Estados Unidos no es un país hipócrita. Toman la medicina que venden. Y su verdadero credo, el producto que ofrecen, su religión, es política: la democracia representativa y laica.
Éste es el credo que ganó las elecciones para Bush. No la Biblia, ni el matrimonio homosexual, la plegaria en las escuelas o acabar con el aborto. La Guerra Cultural que divide a la sociedad estadounidense desde los años 60 sigue ahí, sí, entre las costas y sus ciudades inhumanas por una parte y las praderas y montañas despobladas del centro continental por otra; entre los blancos y negros de la certeza y los grises de la indecisión. Pero el factor decisivo en estas elecciones ha sido otra guerra, y una posible forma de ganarla, especialmente atrayente para los generosos y creyentes fieles en los Estados Unidos de América: exportar democracia. Aunque sea a hostias.
No ha sido una guerra elegida. Los Estados Unidos fueron atacados, y en lo más hondo. Con la audacia de los seguros de sí mismos golpearon a quienes les habían golpeado, y barrieron Afganistán. Con el celo misionero de los fieles decidieron resolver para siempre el problema aplicando el único método que conocen: su Bálsamo de Fierabrás. Con la megalomanía de quien ha rehecho continentes a su imagen, decidieron reconvertir Oriente Medio en un paraíso de democracia, clases medias y consumo. Con la rapidez de los fuertes, actuaron.
La religión que propulsa a Bush no es sólo la de dios. Algo profundamente estadounidense se ha agitado. Algo que, coyunturalmente, separa de nuevo a los hermanos de ambas orillas del Atlántico.
Nosotros, aquí en Europa, pensamos que estas soluciones no funcionan. Quien más quien menos, todos los países de por aquí hemos intentado exportar civilización, progreso, medicina y religión a cañonazos. El Imperio Británico fue el ejemplo más duradero, pero todos (ingleses, franceses, españoles, alemanes, italianos, belgas, holandeses, etc,) hemos masacrado nativos con el entusiasmo de saber que es por su propio bien. Lo hicimos en toda América, en África, en Asia u Oceanía. Lo hemos hecho durante siglos, propulsados por una letal mezcla de sentimiento de superioridad patriótico y genuino amor por la Humanidad. Lo único que nos queda de todas esas aventuras misioneras es el convencimiento de su futilidad y el recuerdo del dolor causado, y soportado.
Dolor que nunca cesa
El Sahara español, Costa de Marfil, Argelia, Ruanda y Burundi, Nigeria, Etiopía y Somalia, India y Pakistán, son ejemplos de lugares donde Europa derrochó antaño entusiasmo, dinero y sangre propia y ajena en fútiles intentos de mejora que siempre han salido mal. Y que siguen sangrando mucho tiempo después de que Europa haga sus maletas y regrese a casa, dejando atrás la ilusión y una responsabilidad que jamás se borra del todo.
Contemplamos pues el vigor y el celo misionero de nuestro hermano de allende el charco con una mezcla de cansino cinismo y envidia de su vigor. Estados Unidos de América, a su vez, nos mira como al pariente viejo y cobarde, demasiado apoltronado y cansado de vivir como para protegerse siquiera de un enemigo poderoso y malvado.
Nada es tan sencillo. Ambos lados del Atlántico tenemos mucho que aprender. Europa deberá quitarse las telarañas del pasado y redescubrir al menos un poco de ese patriotismo que tanto vigoriza. Los Estados Unidos de América tendrán que aceptar que discrepar en los métodos no significa tener distintos objetivos, y tal vez escarmentar en cabeza ajena para evitarse daños en la propia. Nosotros contamos con nuestra historia; ellos, con su fe. De momento, seguimos siendo dos hermanos, peleados por una simple cuestión de teología. Peleados por la verdadera fe del imperio: la cósmica confianza en que uno tiene razón. Bendita fe.
Más cultura, señores… es la guerra
26-diciembre-2000 · Imprimir este artículo
Por generacion.net
Por Jesús Palacios
Lo ha dicho el Reverendo Marilyn Manson, y su palabra va a misa (negra, desde luego): la política y la religión de hoy están en el arte. Yo especificaría que están en la cultura, en su sentido más amplio, y, especialmente, en la cultura popular. Mientras caen torres y vuelan estaciones de tren a nuestro alrededor (y sé bien lo que digo: la estación de Atocha está a diez minutos de mi casa), la televisión, Internet, la música pop, el cine, los multimedia, el cómic y todo lo que conforma nuestro entorno artístico y cultural cotidiano, son el campo de batalla experimental sobre el que se libran combates de los que depende nuestro futuro más inmediato y real. No exagero.
Todo está en los libros
Antes de que el terrorismo islámico comenzara su jihad mundial, destruyendo vidas con esa tranquila furia fanática que solo la religión puede imbuir en sus adeptos, Salman Rushdie había sido ya condenado por escribir novelas blasfemas. Antes de que los Estados Unidos recomenzaran su tarea imperialista de apoderarse de Oriente Medio, ya novelistas como Tom Clancy habían llenado la cabeza de sus lectores de amenazas islámicas y terroristas musulmanes imaginarios… Que ahora se han convertido en realidad. Incluso ETA, tiene un origen literario y artístico: los folkloristas y etnógrafos vascos y vascofranceses que, a finales del siglo XIX y principios del XX, reinventaron el euskera, “descubrieron” el origen atlante de los vascos y recrearon una mitología popular para los hijos de Aitor. Lo primero que ardió en la Alemania Nazi fueron los libros, mientras el “arte decadente” era retirado de los museos… Para ir a decorar los palacios privados de los altos dirigentes del partido. Z (pronúnciese Zi) Budapest, una bruja feminista americana, nacida en Hungría, cuyo culto excluye por completo a los hombres, lo ha expresado con lúcida sencillez: “La mitología es la madre de las religiones, y la abuela de la historia. La mitología es una creación humana, producto de artistas, narradores y gente del espectáculo, de todos los tiempos. Abreviando, los hacedores de cultura son los soldados de la historia, más efectivos que pistolas y bombas. Las revoluciones se ganan realmente en los campos de batalla culturales.”
El huevo mitológico antes que la gallina monstruosa
Por banal que pueda sonar esto cuando el gobierno de nuestro país ha cambiado de manos, en gran medida como producto de un atentado terrorista literalmente explosivo, una vez más no hay que olvidar que el huevo mitológico, religioso, cultural, va siempre antes que la gallina monstruosa que rompe su cascarón para salir al exterior, pisoteándonos como Godzilla. Es muy probable que todavía nos queden muchos horrores más que ver y sentir. Muchas torres pueden caer todavía, y los cimientos de nuestra falsa seguridad de civilizados individuos occidentales volverán, sin duda, a temblar en muchas más ocasiones… Pero el mundo del arte y la cultura nos está avisando con sus guerras particulares, privadas y públicas, y un atento análisis del mismo, puede llevarnos a evitar que sus monstruosidades más evidentes afloren en la realidad material de pérdidas humanas y daños irreparables. Un mundo en el que la televisión como espectáculo de la humillación humana, continua y constante (desde Gran Hermano hasta todas sus actuales variantes), es lo más visto y vendido, en el que se limitan las libertades informativas y las opciones estéticas de los espectadores y lectores sin que estos apenas sean conscientes de ello, prepara sin duda a sus habitantes para convertir la humillación moral en forma de vida, en el trabajo y la familia, y la censura en hábito mental, que no será siquiera necesario instituir políticamente.
Control, Manipulación, Censura
Continuamente el mundo del arte y del espectáculo es utilizado como campo de pruebas para nuevas y devastadoras armas, tan potentes como las peores armas químicas que nunca tuviera Iraq. En los informativos televisivos, según la cadena de que se trate, un mismo acontecimiento es completamente distinto, o se ignoran los detalles del mismo que puedan ser molestos, o inconvenientes, para sus espectadores. Este año, hemos visto la ceremonia de entrega de los Oscar de Hollywood, con cinco segundos de diferencia entre el tiempo real y su emisión televisiva… Tiempo de sobra para convertir ya la teta de Janet Jackson en todo un símbolo de la libertad de expresión y la libertad individual. En muy pocos años se ha evidenciado la guerra cultural entre quienes se pretenden enemigos de lo políticamente correcto, mientras aplican la corrección política en su propio entorno, contra quienes desconfiamos de cualquier tipo de corrección.
Elegir entre Tarantino o Ken Loach ha llegado a significar algo más que preferir un tipo de cine (por cierto, ¿qué oscura maniobra tramarán esos a quienes nunca gustó Tarantino y ahora alaban Kill Bill, su film más pop, violento, sangriento y aparentemente banal?). A lo largo de los 90 se han producido flagrantes casos de censura y prohibición, o al menos serios intentos de lo segundo, sometiendo a persecución mediática y judicial a dibujantes de cómic como Vuillemin o Miguel Ángel Martín, o a libros como Todas putas, de Hernán Migoya, sin que, salvo en este último y delirante caso, a nadie haya parecido importarle. Se pueden seguir las fluctuaciones del poder político atendiendo a los cambios de registro y a las subvenciones que reciben o dejan de recibir festivales de cine, música y teatro, mucho mejor que siguiendo las noticias políticas. Dice más sobre nuestros gobernantes o sobre ciertas comunidades y regiones el festival de cine que tienen, que su supuesta posición política o social. Tras una galería de arte moderno puede concentrarse un insospechado poder político y económico, mientras la globalización mundial es criticada por medios informativos que pertenecen todos a un mismo holding empresarial, que diversifica su capital creando empresas distintas solo en apariencia, mientras globaliza y monopoliza la opinión y la cultura de la misma manera que finge criticar políticamente la globalización.
El fin del mundo tal y como lo conocemos
Puede que este no sea el momento más apropiado para decirlo. Quizá por ello, convenga hacerlo: las bombas que estallan causando cientos de muertos y heridos, afectando a miles de ciudadanos inocentes, han estallado antes de forma aparentemente incruenta en el teatro bélico del arte y la cultura. Provienen del mismo fuego divino e infernal que ha quemado libros, condenado autores y censurado películas. Proceden del mismo universo cultural que ha creado o resucitado arquetipos míticos delirantes, desquiciados, prehistóricos… Pero útiles para sus fines. Fines que pueden ser el final de todo o, al menos, como decían REM en una de sus mejores canciones, “el fin del mundo tal y como lo conocemos”.
El gobierno de los sabios: SOS
25-diciembre-2000 · Imprimir este artículo
Por generacion.net
Por Raúl Fernández Vítores
¿Qué hacer con la Universidad?
«La sociedad necesita buenos profesionales –jueces, médicos, ingenieros- y por eso está ahí la Universidad con su enseñanza profesional. Pero necesita antes que eso y más que eso asegurar la capacidad en otro género de profesión: la de mandar.».
Lo escribe Ortega en su famoso ensayo de 1930, Misión de la Universidad. La Universidad como formación del mando. No es nuevo. Ya Platón soñó con el filósofo rey. Por lo que toda su educación, la paideía platónica tiene como fin la producción del gobernante sabio. ¡Que uno sean sabiduría y poder! Y por eso a la cabeza de las cinco formas de gobierno concebidas por él puso la aristocracia, que literalmente significa gobierno de los áristoi, los mejores, y nada tiene que ver con el «color» de la sangre. Pero es verdad que sólo imaginó la democracia como antesala de la tiranía. Fue su alter ego, Aristóteles quien reconoció también en el gobierno del pueblo el rango aristocrático. Ortega prefería hablar de «nobleza». Pero no sigamos por esta vía que nos lleva a una idea mistificada de Universidad. ¡Escuela de gobernantes! Los poderosos siempre han podido ir a la escuela; bien es verdad que no siempre han querido. Quedémonos con la más modesta producción de profesionales.
Queda la Universidad como fábrica de profesionales. Y aún añade Ortega otra función, muy minoritaria: la investigación. Tres funciones, pues, asigna Ortega a la Universidad. Transmisión de cultura, que permite «estar a la altura de los tiempos», en primer lugar. No seguiremos por aquí. Ya lo hemos dicho. En segundo lugar: enseñanza de las profesiones… «altas»: jueces, médicos, ingenieros, no chupatintas ni contables. Y, por último, formación de nuevos científicos especialistas.
El profesionalismo y la especialización eran, a los ojos del filósofo español, las dos caras de la nueva barbarie que asolaba Europa. Pensaba él que el hombre europeo era un integrum roto. La profesión y el saber especializado debían ser «compensados» por la cultura. Cabe cuestionar, sin embargo, esta última prescripción. Cuando un cirujano me opera a corazón abierto lo único que deseo es que verdaderamente sepa de lo que se trae entre manos; sus reflexiones sobre el puesto del hombre en el cosmos me son del todo indiferentes. Y cuando un profesor enseña química lo primero y primordial es que sepa química, cuanto más mejor, no que sea un buen padre o tutor. Cabe dudar, sobre todo, de que una de las misiones de la Universidad haya de ser la compensación cultural. Tal vez ésta sea más propia de una enseñanza media o secundaria.
Enseñar lo que se puede aprender
El diagnóstico de Ortega es en extremo simple: la Universidad vive una crisis porque pretende enseñar lo que no puede aprenderse. Más simple si cabe es el remedio: «En vez de enseñar –escribe- lo que, según un utópico deseo, debería enseñarse, hay que enseñar solo lo que se puede enseñar; es decir, lo que se puede aprender…» Extremadamente simple, el diagnóstico, y, desde nuestra perspectiva actual, extremadamente optimista: «con inconcebible obcecación –se queja-, la enseñanza partía del saber y del maestro». Había, pues, maestros y había el saber. El error radicaba, a los ojos de Ortega, en no haber tenido en suficiente consideración al alumno. Vuelve su mirada a Rousseau. Y, efectivamente, en el Emilio encontramos una pedagogía natural y paidocéntrica, es decir, centrada en el aprendiz y ajena –esto último tiende a obviarse con pasmosa facilidad- al encierro escolar: ne substituez jamais le signe à la chose. (Y traduce Luis Aguirre Prado para la editorial Edaf: «no sustituyáis nunca el signo por la cosa». ¡Todo un síntoma!).
Las reformas educativas que ha conocido y sufrido mi generación se han hecho todas en nombre del paidocentrismo. En aras de esta tendencia pedagógica se aprobó en 1983 la LRU (Ley de Reforma Universitaria) que acabó con el predominio de la cátedra y el protagonismo de las asignaturas en los planes de estudios universitarios. Se respondía así al fenómeno de la masificación que, en apenas dos décadas, de 1960 a 1980, había multiplicado por más de nueve el número de alumnos universitarios, pasando de 71.000 a 650.000. Hacía cinco años que el Estado había renunciado «constitucionalmente» a intervenir en la ordenación y planificación de la educación superior. ¿Acaso no tenía ya necesidad de «buenos profesionales»?
Paidocentrismo hemos dicho. Pero entonces la crisis de la Universidad es antes que nada la crisis de la Enseñanza Media, hoy llamada –y con razón- «Enseñanza Secundaria». Si hay que adaptar el nivel de exigencia universitaria al nivel real del alumno que estudia en la Universidad, habrá que preguntarse entonces por qué todas las reformas educativas promovidas por el Estado desde finales de los años 60 hasta hoy han ido encaminadas certeramente hacia la destrucción del nivel académico del bachiller, es decir, de aquel que accede a los estudios universitarios. Dicho de otra forma: ¿por qué desde 1970 el Bachillerato, esto es, la vía general de acceso a la Universidad no ha hecho otra cosa que acortarse, pasando de los siete años que duraba antes de que fuese aprobada la LGE (Ley General de Educación) a los insuficientes dos años que dura hoy? Para contestar esta pregunta es necesario dar antes un pequeño rodeo.
La intervención del Estado en los procesos educativos se remonta en España a 1857, año de promulgación de la Ley de Instrucción Pública, propuesta por el ministro Claudio Moyano, que prescribía por primera vez la escolarización obligatoria. Se trata de una intervención de iure. De facto, esta intervención estatal comienza con el impulso ministerial de Romanones en los albores del siglo XX: «de lo que estamos faltos –decía el conde- es de obreros inteligentes, de obreros que tengan ese grado intermedio de cultura entre el que no sabe nada y el ingeniero facultativo, que no puede descender a las operaciones secundarias». El Estado buscaba entonces mano de obra cualificada. Aún no se había iniciado la revolución informacional.
La Ley Moyano prescribía tres años (desde los seis años de edad hasta los nueve) de enseñanza primaria obligatoria. En 1909, la escolarización forzosa afectaba a todos los niños entre seis y doce años. Desde 1945, se distinguía entre primaria «general», cuatro años (de 6 a 10), y primaria «especial» (de 10 a 12). Lo relevante es que a los diez años de edad, el alumno ingresaba (o no) en un proceso no obligatorio de formación y selección orientado fundamentalmente hacia la Universidad. Siete años de Bachillerato, que conoció diversas formas. En plena Guerra Civil, en 1938, siendo ministro Sainz Rodríguez, se instauró un Bachillerato «humanista» (o no «de ciencias») muy ideologizado que, no obstante, culminaba con un severísimo examen, el Examen de Estado, que era el que abría las puertas de la Universidad. Pero la «gran» ley de la cualificación media en España es la LOEM (Ley de Ordenación de la Enseñanza Media), propuesta por el ministro Ruiz-Giménez. Esta ley de 1953 contemplaba un ciclo elemental y común de Bachillerato (cuatro años en total) y un ciclo superior de dos años que podía cursarse en la modalidad de «letras» o en la de «ciencias»; a estos seis años seguía otro, el Preuniversitario.
La llamada «Ley Villar», en honor (más que dudoso) del ministro Villar Palasí, esto es, la Ley General de Educación de 1970 supuso una verdadera estocada a un modelo de Bachillerato perfectible pero en modo alguno revocable. Se acabó de un plumazo con el ciclo elemental de Bachillerato, precipitando sus cuatro años de duración en el indiferenciado mar de la Enseñanza General Básica. La obligatoriedad se había extendido ya (en 1964) hasta los catorce años de edad. El Bachillerato quedaba reducido a tres años de BUP (Bachillerato Unificado y Polivalente) y uno de COU (Curso de Orientación Universitaria). La puntilla la dio la LOGSE (Ley de Ordenación General del Sistema Educativo) de 1990, comprimiendo el Bachillerato en dos años y, eso sí, alargando todavía más el tiempo de escolarización obligatoria, dos años más, hasta los dieciséis.
¡Selección! Palabra maldita
A lo largo de todos estos años de reformas o más bien de contrarreformas se ha pasado, como quien no quiere la cosa, del «intransigente» examen al control «continuo», se ha hablado ad nauseam de la «autoestima» del alumno y han hecho fortuna expresiones muy desafortunadas desde el punto de vista académico. ¿Qué es ESO de «promoción automática»? La Ley de Calidad de la ministra Pilar del Castillo es a todas luces insuficiente y demagógica.
En un momento en que el Estado se ha puesto a régimen, adelgaza o más bien adelgazan sus prestaciones sociales hasta la anorexia, ¿qué cabe exigir al Estado en materia de educación? En primer lugar, cabe exigirle que la enseñanza sea verdadera enseñanza, es decir, un proceso de formación intelectual lo menos formalista posible, pero un proceso intelectualmente exigente y selectivo. ¡Selección! Palabra maldita, con inevitables ecos concentracionarios. Aun así, es preciso repetir y subrayar: selectivo intelectualmente, pues donde parece que no hay selección es porque ésta en realidad se realiza según un criterio exclusivamente económico. En segundo lugar, cabe exigir al Estado la total gratuidad de la enseñanza en todos sus niveles, también en los superiores. ¿Que se dispara el gasto? ¡Déjense de zarandajas! Porque, en tercer lugar, cabe exigir al Estado la drástica reducción del tiempo de escolarización obligatoria. ¡Que la enseñanza no siga siendo la coartada del control!





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