Monarquía y nacionalidades

28-octubre-2007 · Imprimir este artículo

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Por Jesús Neira

La legislatura agoniza como ha vivido, bajo presión constante de los partidos nacionalistas sobre el Gobierno que se apoya en ellos. La debilidad del Ejecutivo es extraordinaria ante nacionalistas que no engañan sobre sus intenciones. Ejercen el método del “consenso” de Gramsci consistente en “sustituir una palabra por otra que dé menos miedo”. Juego de apariencias para una sociedad infantil. Se sustituye “autodeterminación” por “derecho a decidir”. La finalidad permanece y las tácticas se adaptan ante un gobierno en el alambre.

Restan cinco meses hasta los idus de marzo, si se mantiene el empate entre PSOE y PP quien gane se verá sometido al “aro” de los partidos nacionalistas para repetir una historia de presiones y chantajes con precio al alza. La legislatura moribunda ilustra la trayectoria de un Gobierno que ha exhibido y mantiene las grandes estrellas de su acción política. La primera, a lomos del falso “derecho a decidir” en el Estatuto de Autonomía de Cataluña. La segunda ha sido el mal llamado “proceso de paz”, sobre otras cuestiones de menor calado.

Con “derecho a decidir” en el Estatuto de Cataluña quedó patente la voluntad de quebrar la Constitución. Los nacionalistas son tan conscientes de su inconstitucionalidad que han pedido al PP que retire su recurso ante el TC. La directriz es inequívoca: “Cataluña es una nación”, cosa que no se atrevieron a introducir en el texto de la propia Constitución en la que participaron los nacionalistas sin convocar al poder constituyente. Han usado la peor técnica de reforma de una constitución, la mutación constitucional en materia tan grave como la forma de Estado. Desde una ley orgánica cambiar una norma de rango superior. La finalidad la han señalado Maragall al decir que “Cataluña será una nación reconocida en la Constitución de su Estado”, y Pujol al afirmar que “la Constitución ha de adaptarse a Cataluña y respetarla”. Queda patente la formidable barbaridad. Parece ser que Cataluña es la nación y el Estado, los demás tienen que plegarse a su antojo.

Los nacionalistas no solo han ejercido el “chantaje” con los recursos financieros del Estado y las Comunidades Autónomas, también apuntan al Poder Judicial, al blindaje de competencias y otras importantes cuestiones. No les importa que el Estatuto surge de la Constitución, que el “derecho a decidir” es propio del poder soberano y que éste es el pueblo español en su conjunto, no una parte insignificante (10%), como es el cómputo nacionalista global. La parte –y minúscula- no decide por la Nación. Guste o no.
El Gobierno es dócil instrumento de intereses y objetivos nacionalistas, con saldo en fracaso absoluto: el Estatuto de Cataluña en el Tribunal Constitucional, al que ha puesto en trance. El llamado “proceso de paz” con la T-4, los atentados, extorsiones, amenazas etc. Basta una imagen de la legislatura de ZP –léase el Zote del Proceso- con de Juana Chaos paseando con escolta de dos policías. Resultado, un presidente del gobierno en lo peor que se puede decir de un gobernante, en la alta traición a su pueblo. Negociando en secreto y sin enseñar lo que negoció con ETA a la espera de retomar el proceso si pasa los Idus de marzo.

En quiebra flagrante de la legalidad se queman fotografías del Rey. Acto simbólico, sí, pero violencia simbólica de quienes rechazan a España. El Rey ha tenido un aviso de su desnudez política. Zapatero no fue al Congreso a presentar la respuesta del Gobierno por esos actos vandálicos, como hubiese ocurrido en una monarquía parlamentaria como la inglesa. Recuérdese que Major tuvo que defender a la Corona en los Comunes, igual que tuvo que hacer Blair. Aquí, copiadores malos de una pésima forma de gobierno, el presidente del Gobierno sólo terció con unas palabras desde su estancia en la ONU (fuera del territorio nacional) y algunas palabras en el Senado. Ha recibido el Rey una lección de lo que puede esperar.

Nacionalidades y monarquía son dos pactos de la Transición. Cuando la forma de Estado se intenta cambiar sin el concurso del poder constituyente se le da una advertencia al Rey. Es una secuencia cómica porque quienes pretenden atacar al Rey quieren mantener la misma forma de gobierno que les ha permitido atentar contra la forma de Estado. Ya lo advirtieron los nacionalistas vascos en el Senado a comienzos de los años noventa cuando defendían una confederación de Estados, unidos por el hilo inane y suprimible de la Corona.
Es evidente que el régimen de la transición, del consenso, nos ha deparado este rumbo de las nacionalidades. Es hora de decir que la solución proviene del cambio de la forma de gobierno para pasar o bien a una monarquía donde se elija directamente al jefe de gobierno que represente al pueblo español por mayoría directa de sufragios e impida toda pretensión nacionalista de ejercer el chantaje o bien a una república presidencialista. El Rey en su papel constitucional “moderador” no ha moderado ni la corrupción, ni el crimen, ni el asalto al Estado por parte de los nacionalistas. Por tanto lo que hay que superar es un gobierno débil en su diseño constitucional que impida estos espectáculos. No se trata de quemar, sino de razonar y dar la solución superadora, con monarquía o sin ella, a un gobierno sólido, firme, fuerte y garantista de la independencia frente a los tortuosos y torticeros nacionalismos.

Animalismo, una causa humana.

5-octubre-2007 · Imprimir este artículo

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galgoPor Ruth Toledano
El animalismo es la defensa de los derechos de los animales no humanos, un movimiento social emergente en todo el mundo. Consiste en devolver a los animales lo que les pertenece desde su condición de seres sintientes: el derecho a la vida, a no ser secuestrados, torturados o utilizados como objetos. Parte de un sentimiento de compasión, del respeto a la alteridad y de una visión del mundo no especista, es decir, que no contempla la supremacía de la especie humana frente a otras especies. La misma visión que abomina de la supremacía de las razas, los géneros o las tendencias sexuales humanas, es decir, del racismo, del machismo o de la homofobia. Una sociedad éticamente avanzada debe concienciarse de la necesidad de liberar a esas criaturas de otras especies a las que la especie humana inflige terribles sufrimientos (un auténtico holocausto), así como de la oportunidad de acabar con estas injusticias que nos brinda el enorme potencial demostrado en el siglo XX por otros activismos.

Peletería: su piel les pertenece y sólo es bella sobre su cuerpo
Miles de crías de foca son asesinadas a palos cada año en Canadá para que alguien como Jennifer López luzca un abrigo confeccionado con su espantoso dolor: tras atontarlas a golpes, la piel se considerará de mejor acabado si es arrancada cuando el bebé aún está vivo. Cientos de miles de otros animales, millones, viven encerrados en jaulas minúsculas en granjas de la industria peletera hasta que alcanzan el tamaño considerado adecuado. Su existencia es espantosa y su muerte, brutal.
Los visones, cuyo hábitat natural es la orilla de arroyos y ríos, permanecen en cautividad en jaulas en las que apenas pueden darse la vuelta; el estrés les enloquece y tienden a la automutilación. Se les mata retorciéndoles el cuello manualmente, encerrándolos en cajas con monóxido de carbono donde tardan más de 30 minutos en morir por asfixia o se les inyecta un narcótico en el corazón, aunque difícilmente se atina a la primera. Los zorros viven en condiciones semejantes. Para no dañar su piel, los cuelgan vivos del cuello con un gancho, les introducen un electrodo en la boca y
otro en el ano con una barra metálica que suele atravesar las paredes del intestino y los electrocutan. Si aún es necesario, se recurre a la lenta agonía del monóxido de carbono. Con el terrible sufrimiento de visones y zorros, alguien como John Galliano o Elena Benarroch confecciona preciadas estolas. Para un abrigo de visón son necesarios entre 60 y 80 ejemplares; para uno de zorro o nutria, 15; para uno de marta, 55. El astrakán procede de las crías de ovejas de Afganistán. Se necesitan 35 ejemplares para hacer un abrigo, por lo que mueren más de 30 millones de crías al año. Cuando aún están vivas, se les arranca la piel empezando por una pata trasera, donde se introduce una caña de bambú por la que se sopla para que se despegue mejor. El animal aún se mueve mientras es desollado.
Para aumentar las camadas, y por tanto la producción peletera, en las granjas se recurre a una manipulación hormonal que provoca en los animales desequilibrio y descalcificación y los convierte en máquinas reproductoras. El negocio peletero también recurre a la caza con trampas y cepos, de los que los animales intentan inútilmente escapar desagarrando sus miembros y donde acaban muriendo con indecible angustia y dolor. Sólo en EEUU, 2,7 millones de animales mueren en las granjas peleteras y 3,5 millones de animales destinados a la peletería mueren a manos de los tramperos. En España se crían 400.000 visones en cautividad, el 80% en Galicia. En China matan cada año 2 millones de perros y gatos cuyas pieles son exportadas a EEUU y Europa. Mueren ahorcados y apaleados y su piel se destina a la elaboración de muñecos, llaveros, guantes o juguetes.

Alimentación: “Me niego a ingerir agonías”, Marguerite Yourcenar
El foie gras (literalmente, “hígado gordo”) es el hígado enfermo de una oca o un pato que ha sido obligado a ingerir comida varias veces al día, tragando gran cantidad en pocos segundos a través de un tubo metálico que va de su garganta a su estómago. El ave enferma de esteatosis hepática: mientras que un hígado sano pesa 50 gramos, para que un hígado alcance la denominación de origen de foie gras la industria alimenticia exige un peso mínimo de 300 gramos. El ave lucha por liberarse cuando se le introduce el tubo por la garganta, sufre vómitos y diarrea y el crecimiento del hígado le impide respirar y le produce dolores extremos. Para facilitar la manipulación, a muchas aves se les corta el pico con unas tenazas, sin anestesia. Ya de camino al matadero, y tras una vida en cajones donde apenas pueden moverse, la mayoría sufre fracturas de huesos. Mueren 30 millones al año. Esta vida de esclavitud, angustia y dolor es la que da prestigio a ciertas mesas, carentes de la más mínima consideración ética.
En las granjas avícolas, las gallinas ponedoras criadas en batería viven en un hacinamiento extremo, no disponiendo del espacio mínimo necesario para moverse, anidar o asearse. Muchas mueren de asfixia. Forzadas a mantenerse en pie sobre los finos alambres de las jaulas, sus patas sufren deformaciones, heridas y fracturas. Sometidas a un agudo estrés, se automutilan o se atacan unas a otras, lo que se evita cortándoles en vivo un trozo del pico, por lo que, incapaces de comer a causa del dolor, muchas mueren deshidratadas. Aparte de una razón ética, los huevos de estas gallinas concentran una enorme carga de sufrimiento que al ser ingerido formará parte de nosotros si no estamos atentos a consumir huevos identificados como de producción ecológica o camperos.

Vivisección: cruel y obsoleta experimentación con animales
Es la disección, amputación y/o mutilación en vivo, con frecuente resultado de muerte, que se practica sobre un animal sano para hacer estudios o pruebas experimentales de productos destinados al consumo humano en el sector de la medicina, alimentación, cosmética, colorantes, higiene, limpieza, tejidos, alimentación de mascotas, ingeniería genética, armamento convencional, nuclear, biológico y bacteriológico. Vivisección significa literalmente “cortar”, pero se ha convertido en un término genérico para designar todos los experimentos con animales aunque no supongan intervención quirúrgica, como los test de toxicidad. Alrededor de 8 millones de animales mueren al año en los laboratorios europeos destinados a estos fines. Más de 100 millones son utilizados al año en laboratorios de todo el mundo (unos 11 millones en EEUU).
Para la experimentación se utiliza una amplia gama de especies. Las ratas y ratones, porque son fáciles de manejar y baratos de mantener, ocupan poco espacio y tienen muchas crías, a las que espera el mismo destino. Los conejos se utilizan para pruebas de ojos por su fácil manejo y su dificultad para expulsar sustancias de los ojos. Las cobayas van mejor para pruebas de piel. Los perros (principalmente de raza beagle, por su buen carácter y su tamaño manejable) y los primates (chimpancés, babuinos, macacos y titís) son utilizados para pruebas de toxicidad, investigaciones cerebrales y prácticas odontológicas y de cirugía. Antes de proseguir, recordemos una vez más que todas estas pruebas se realizan en vivo. También se utilizan gatos, aves, cerdos, caballos, peces ovejas, hamsters y otros.
Todos los experimentos causan dolor y sufrimiento y casi todos los productos que los humanos usamos y consumimos a diario en todo el mundo han sido testados en animales en algún punto del proceso. En un laboratorio, un animal puede ser envenenado; privado de comida, agua o sueño; recibir productos irritantes para los ojos o la piel; lo pueden dejar paralítico; mutilarlo quirúrgicamente; aplicarle radiaciones; quemarlo; gasearlo; darle alimentación de manera forzada; electrocutarlo. Cuando nos ponemos un producto cosmético testado en animales nos embadurnamos de semejante sufrimiento. Los experimentos militares prueban en animales los efectos de gases venenosos, de la descompresión, daños por armas explosivas, quemaduras y radiaciones, así como el umbral del dolor en ciertas técnicas.
Aparte de las razones éticas, la extrapolación de resultados entre especies completamente distintas biológica y psicológicamente no es un hecho fiable. Los experimentos realizados en animales dan información sobre animales, no sobre humanos: la aspirina es mortal para los gatos; los antibióticos matan a las cobayas; la insulina, imprescindible para humanos diabéticos, provoca terribles deformaciones en ratones, conejos y pollos. Una sustancia nunca es segura hasta que no se han hecho ensayos clínicos en humanos. Sólo en EEUU mueren cada año alrededor de 100.000 personas por reacciones adversas a alguna medicina previamente testada en animales.
Actualmente existen técnicas de investigación que no requieren la utilización de animales, como cultivos celulares, modelos de ordenador o sistemas artificiales. Existen compañías, como la británica Pharmagene Laboratories, que sólo recurren a datos humanos, tejidos y ordenadores, y que crean medicinas seguras. Muchas empresas de productos cosméticos o de limpieza (de la calidad y el prestigio de Chanel, Clinique, Estée Lauder o Revlon) realizan sus productos sin experimentar con animales.

Tauromaquia y fiestas populares: vergüenza nacional
Miles de toros mueren cada año en España secuestrados, acosados, martirizados y asesinados en el ruedo, un espectáculo sanguinario regulado por la Administración Pública. La llamada “fiesta nacional” es el paradigma de la crueldad institucionalizada: antes de ser obligado a saltar a la arena, y para provocar al toro de manera que se defienda envistiendo, se le somete a golpes en riñones y testículos, y se le clava en la espalda un arpón con los colores de la divisa. Una vez en la plaza, la puya y las banderillas le desgarrarán tejidos internos, por lo que quedará debilitado e incapaz de levantar la cabeza, y la espada de hasta un metro de largo le destrozará pulmones, hígado, diafragma o corazón. Si la espada no es suficiente se le clavará el “descabello” y probablemente también la “puntilla”, armas que penetran entre las cervicales e intentan seccionar la médula espinal y dejar al toro incapaz de mover ningún músculo, siendo común que llegue aún vivo al matadero.
Pero su calvario no se produce sólo en la plaza. Cientos de pueblos españoles celebran sus fiestas populares y patronales maltratando animales, principalmente toros y vaquillas. Los más célebres, el “Toro de la Vega”, en Tordesillas (Valladolid), donde es perseguido por jinetes que alancean todo su cuerpo hasta la muerte; el “Toro de San Juan”, en Coria (Cáceres), donde se le lanzan dardos hasta ocupar todo su cuerpo, clavados incluso en los ojos y en las fosas nasales, por lo que es conocido también como “toro del acerico”, en alusión a las almohadillas donde los sastres clavan sus alfileres; el “Toro Jubilo”, en Medinaceli (Soria), donde se le colocan en los cuernos unas bolas con material inflamable que al encenderse le envuelven en fuego y de las que chorrea material inflamable que le abrasa los ojos y la piel. Toros embolados, toros ensogados, toros al agua, toros del aguardiente, encierros, capeas, cortes, recortes… Es ensordecedor el largo etcétera de sus lamentos.
Sólo Canarias prohíbe los espectáculos taurinos sin excepción, a través de su ley autonómica de protección animal, pero ya Barcelona, a la que han seguido decenas de localidades, se ha declarado ciudad antitaurina y se ha fundado el PACMA (Partido Antitaurino Contra el Maltrato Animal), que supone un paso cualitativo en la apreciación política del movimiento. La ministra Narbona está dando los primeros y valientes pasos (la alusión) para acabar, a través de la Ley, con esta ignominia que nos avergüenza frente a Europa y el mundo, pero, en un país donde son abandonados al año más de 300.000 perros, se encuentra con importantes obstáculos: una idea de la tradición que identifica tortura con cultura (las tauromaquias de Picasso no pueden justificar el crimen, como el canibalismo alegórico en el arte latinoamericano no justifica la antropofagia ni los fusilamientos de Goya han de suponer una apología de la guerra; tradicional es, en ciertos lugares, la ablación del clítoris, indefendible mutilación genital femenina); los enormes beneficios económicos generados por el negocio ganadero; y el apoyo a estas salvajadas de la iglesia católica y de las instituciones públicas, empezando por el Rey.

Caza: el placer de disparar

Llaman deporte a disparar por diversión contra animales de otras especies, acción que ejercida contra individuos de la especie humana está considerada, naturalmente, un crimen. A quienes practican tal entretenimiento no les tiembla el pulso apretando el gatillo para matar corzos, jabalíes, zorros o conejos, en sanguinarias batidas que mueven ingentes cantidades de dinero, que rompen el equilibrio ecológico (las rapaces, el lince ibérico o el lobo se alimentan en su entorno natural de las especies de caza deportiva) y provocan la extinción de ciertas especies. Actualmente, algunos cazadores justifican sus agresivas prácticas autodenominándose ecologistas. Son quienes provocan, por ejemplo, el plumbismo, envenenamiento del campo y de los animales que lo habitan por el plomo que desperdigan los millones de cartuchos y perdigones empleados para la caza.
Además de la muerte, éticamente injusta y violenta por definición, de miles de animales, la caza conlleva una extrema crueldad, dado que muchos de ellos no mueren en el acto, al ser heridos pero no rematados, o agonizan durante días atrapados en cepos, redes o lazos. La caza con liga, aplicada principalmente contra pájaros, supone que queden apresados en un producto, pegajoso en extremo, que les impedirá batir sus alas y les causará una muerte segura pero angustiosamente lenta. El “tiro de pichón” consiste en disparar a una cría de ave que es lanzada a presión desde una caja metálica. Una vez abatidos a perdigonazos, los pichones se tiran a la basura, algunos aún moribundos. En España existe la “Copa del Rey de tiro de pichón”, aunque en algunas zonas del territorio nacional, como Cataluña, esta práctica está prohibida por ley.
Durante la caza, muchos otros animales son destrozados por las destelladas de unos perros hambrientos y azuzados que, a su vez, suelen vivir hacinados y maltratados, y ser abandonados por sus explotadores cuando son viejos o no les sirven para seguir cazando. Es tristemente célebre el destino de miles de galgos, ahorcados por los cazadores al final de la temporada. Lo llaman “ponerlos a tocar el piano”. Este salvaje sistema consiste en dejar a los perros atados, de pie, con una soga corrediza al cuello, abandonados sin alimento ni comida; cuando no resisten más el agotamiento y la inanición, ellos mismos se ahorcan al sentarse. Mientras caen rendidos y agonizantes sobre sus cuartos traseros, intentan apoyarse de nuevo en sus patas delanteras, realizando con ellas unos movimientos desesperados e inútiles que a sus desalmados verdugos les recuerdan el noble e incomparable gesto de unas manos sobre el teclado.
Para satisfacer los patológicos placeres que provoca la práctica de este autodenominado deporte no sólo se persigue, acosa y abate a animales salvajes, sino que determinadas especies son criadas en granjas de forma masiva con el único fin de servir en su momento de víctimas de los escopeteros. Por otra parte, ciertos cazadores con dinero matan en otros países (generalmente pobres o sin ley) especies que no pueden abatir en nuestro país. El monarca español, por ejemplo, participa en cacerías de osos o bisontes (protegidos en la Unión Europea y en peligro de extinción) en lugares como Rumanía, Polonia o Rusia.

Fuente principal: Fundación Altarriba (www.altarriba.org)
Otras fuentes: Liberación animal, Peter Singer, Ed. Trotta; www.animanaturalis.org; www.equanimal.org; www.bienestar-animal.org

Tras la Universidad: Mileuristas

1-febrero-2007 · Imprimir este artículo

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Por Eduardo M. Rico

El “Una injusticia”, dicen algunos. “No saben valorar el mérito”, dicen otros. Pero esto lo hemos ido creando entre todos. Aunque como dice Enrique Alcat, experto en management: “No debemos echarle la culpa a los otros y dejar la casa sin barrer”. Hasta sus enemigos, hasta los que le niegan “el pan y la sal” porque así funcionan las cosas, reconocen que se trata de “la generación mejor formada de España”, un estribillo que se repite a poco que uno habla de los famosos “mileuristas”.

Tienen másters, doctorados, carreras mil, son más políglotas y viajeros que Willy Fogg, y son competentes, muy competentes… pero cobran mil euros, o menos. En realidad lo hacen todo, lo saben hacer todo, pero cobran muy poco. Ése es el problema.

Nada es tan fácil: “A mí no me salen las cuentas”, dice Felipe González, profesor del Colegio San Pablo CEU: “Es al empezar cuando ganan mil euros, luego la cosa va subiendo. Yo veo a mi hijo y a mis sobrinos con coches, saliendo los jueves, yendo a esquiar en cuanto pueden. Si ganaran mil euros no podrían hacer todas estas cosas.”

La generación-Volcán. Tiene un funcionamiento subterráneo, porque apenas les dejan mostrar su valía, poseen unas ansias sexuales, pseudo-reprimidas, tremendas, de conectar con el otro, de diálogo, de ser comprendidos. Su formación llega a lo estratosférico; pero se supone que las empresas no están dispuestas a pagar, aunque parece claro que próximamente España tendrá que ponerse al nivel verdadero de Europa, quizá para superarlo, y tendrá que ser esta generación “hiperformada”, más que la de sus hermanos mayores, y no tan contaminada por los videojuegos y la Nintendo como la de sus menores, la que tendrá que pilotar el país, por la cuenta que nos trae. Sí, es un volcán que estallará tarde o temprano y nadie la podrá parar.

Esto lo tiene claro el Profesor Felipe González: “Estoy seguro de que esta generación va a sacar adelante al país. Hasta los veinticinco años son unos descerebrados, beben mucho, conducen muy rápido… pero yo hubiera sido igual. Estoy seguro de que lo van a sacar incluso mejor que nosotros, porque no parten de cero: el país ya funciona”.

Paciencia, ya nos reconocerán

Parece que el problema del mileurista es sólo cuestión de paciencia, que tarde o temprano la sociedad acaba reconociendo su valía y pronto llegará el dinero. “Sigo pensando –continúa Felipe González- que es la generación más preparada, aunque “especialista”, que eso es lo que menos me gusta de ellos. Porque se puede ser especialista en algo y un inculto, un maleducado”. A los padres de mis alumnos les pasa mucho eso: pueden ser triunfadores, con muchas casas y muchos coches, pero son especialistas ignorantes y maleducados”.

El prestigioso economista Juan Velarde Fuertes llama la atención sobre “la uniformidad de esta generación. Se ha vuelto un pecado el ser diferente, algo que se señala como algo espeluznante. Quieren sacrificar la individualidad a lo colectivo, con lo que aumenta la ramplonería. Éste es el problema, y va en aumento”. Quizá esto se deba a la formación uniforme de todos ellos, pero ¿qué es mejor: un país de gente hiper-preparada, o, exagerando, de genios muy originales? ¿Un país de maestros, cada uno en lo suyo, o de genios excéntricos o friquis? Ojalá se llegue al término medio, y haya lo que todos vamos necesitando según los momentos. Que no falte nada ni nadie cuando lo necesitemos.

Un mileurista que prefiere mantener el anonimato llama la atención sobre un detalle: “Nuestros padres están preocupados de nuestra situación, incluso tenemos un poco complejo de inútiles y aprovechados, porque vivimos en sus casas; pero yo trabajo en la empresa de un amigo de mi padre, por menos de mil euros, mientras que otro amigo mío trabaja en la empresa de mi padre…”.

Un perro que se muerde la cola

Porque los mileuristas, naturalmente, trabajan con jefes y empresarios de la generación de sus padres. Es un “perro que se muerde la cola”, como señala el Profesor de Literatura Española de la Universidad Complutense, Ignacio Díez: “Es una injusticia. Pero llega un momento en que tienen que despertar. Mostrarse seguros de sí mismos, y plantarse. Decir “no” a lo que no se puede tolerar… A mí, por ejemplo, me ofrecieron dar una conferencia en la Casa de la Moneda y no me querían pagar. Yo les dije que era una contradicción hablar en ese lugar sin cobrar, y el hecho de que fueran sindicatos –que lo eran- no acababa con la paradoja”.

Es cierto que no todos pueden hacer lo que un profesor de Universidad, pero Enrique Alcat hace un llamamiento a la gente de esta generación: “Hay muchas empresas; no hay por qué quedarse en donde nos tratan mal o nos pagan mal. Hay que moverse e intentarlo en otras. Eso sí, aceptando que nos pueden decir que no, pero no pasa nada”.

Una novela sobre los mileuristas

Julio Valdeón es un escritor nacido en Valladolid en 1976 con varios libros y cientos de artículos a sus espaldas. Acaba de publicar Palomas eléctricas, que se puede entender como una novela sobre los mileuristas. Valdeón plantea una serie de vidas que se cruzan unas a otras y que muestran todas las contradicciones de la generación: “… Thompson escribió que “lo tuvimos todo de nuestro lado y nos subimos a la cresta de una bella ola; desde aquí podemos ver ahora dónde rompió exactamente la ola y cómo se replegó al final”. Y ésa es la clave, a eso intento ajustar mis artículos, a la ola, al detalle, minucioso, único, y no voy de escritor, no creas, oh, no, lo mío es más sencillo, sólo periodismo, si me dejan, periodismo, carajo, que agarre la realidad por el puto cuello, periodismo de batalla, pero con clase”.

Valdeón es una prueba en cierto modo fehaciente de lo que ha escrito. Emigróa Nueva York, desde donde manda columnas y reportajes a varias publicaciones españolas. Muchos jóvenes tienen que irse al extranjero, como es el caso, sobre todo, de los investigadores universitarios.

El panorama general de Velarde

Juan Velarde relaciona lo que le está sucediendo a esta generación, con una situación general: “En la política se acepta sin crítica una serie de planteamientos ramplones; la televisión avanza por la ramplonería; es visible en lo que el teatro se está convirtiendo, y surgen teatros de vanguardia, pero el teatro-teatro puede desaparecer…; el cine es de baja calidad…”. Según Velarde estos síntomas van muy lejos, son problemas de fondo, profundo y están en movimiento, afectando a otros: “Cae el léxico, y nos encontramos con palabras como “tío” constantemente, eliminando cualquier capacidad de ampliación; como expuso Ionesco, aumenta la palabra rinoceronte…”. El planteamiento de Velarde es casi apocalíptico por lo negativo: “En la religión toda propuesta aséptica, interesante, desaparece; es el pan nuestro de cada día acelerado porque todo el mundo hace prácticamente lo mismo, y hay una variedad cada vez menos grande”.

Pero ¿cómo nos ve alguien de fuera? Mohammed El Afifi, egipcio, diplomático de carrera, portavoz de la Mezquita de Madrid (M-30), lleva más de veinte años en España, pero nos puede dar una visión más objetiva de nosotros mismos: “No estamos en el camino correcto en lo que se refiere a la valía de la gente. Y me estoy refiriendo a gente con carreras, másters, idiomas… que cobra 800 euros. No me parece bien, sino perjudicial. Hay un desprecio total a la formación de la gente. Y a los que les sucede se les quita las ganas de seguir este camino; van a Gran Hermano o se dedican a chismorrear sobre los famosos en televisión…”.

Y sí es una contradicción que un Doctor en Físicas, por ejemplo, cobre ochocientos euros como investigador, mientras, como dice Afifi, otros, y es lo que parece que prima, “salen en programas basura para decir que se han acostado con alguien, y le pagan por media hora el sueldo de esa gente en seis años…”. ¿Puede una sociedad responsable, adulta, sabia, consentir, permitirse este despropósito?

Mundo Freaky

30-diciembre-2000 · Imprimir este artículo

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«Dejad en paz a los niños, y no les estorbéis de venir a mí; porque de los que son como ellos es el Reino de los Cielos».
(Mateo, capítulo XIX, versículo 19)

La muerte de la imaginación

Uno de los inconvenientes de vivir en una sociedad como la nuestra, que a pesar de estar al borde de la exterminación solamente piensa en llegar a fin de mes, es que determinados conceptos o estilos de vida que deberían ser tomados con normalidad resultan socialmente castigados. Cuanto más sutil es el concepto más y mayor el castigo. Posiblemente en España el más fustigado esté siendo la imaginación, redefinida por los señores del marketing con el término de «creatividad».

Tan fuerte es la agresión que antiguos y añorados conceptos han mutado de tal forma que ahora son casi irreconocibles. El concepto de freaky (homo frikisiensis), esa extraña especie que mochila en hombro y ataviado con una camiseta de Lobezno pululaba por tiendas de Rol y cómics de nuestro país, ha sido extorsionado hasta convertirse en los personajes que pueblan la telemierda. Ya todo vale y los términos se inventan y reinventan con total impunidad porque al otro lado del tubo catódico no hay nadie. El receptor ha dejado de existir.

Y es que, queridos amigos, a la imaginación la están matando la estupidez y la hipoteca y la está enterrando la televisión, con gran regocijo de los que dicen preocuparse por nuestros intereses. El freaky ha sido siempre un tipo que no quiere dejar de ser niño y que consume todo lo necesario para seguir atado a esa cándida etapa de reafirmación de identidad y ardores sexuales, sazonado todo ello por el impulso consumista del bondadoso capitalismo. Nada que ver, por lo tanto, con los espantapájaros desdentados que inundan las noches televisivas –y las tardes y las mañanas- de los españolitos cansados después de tanto curro y tan poco sueldo.
Visto lo visto, es de justicia hacer un recorrido por el auténtico mundo freaky del cómic, el rol y similares, antes de que pueda desaparecer, acuciado de una dolencia grave de realidad, necesidades artificiales y estupidez social generalizada.

¿Es un pájaro? ¿Es un avión?

El cómic está moribundo. Y es una lástima porque durante mucho tiempo -el desierto de la posguerra-, fue el medio favorito de expresión visual de toda una generación, que aunque nunca se la denominó freaky, vivió este arte como si lo fuera.
El gran problema del cómic occidental actual –del español no hablo porque con el cierre inminente de El Víbora nos quedamos en cuadro- es que su población de consumidores se ha frenado y ya no entra savia nueva. En el mundillo freaky del cómic seguimos estando los mismos que estábamos en la edad dorada de éste, los ochenta, aquel tiempo donde parecía que todo era nuevo.

1984, Conan o Cimoc fueron las referencias de los freaky de la España donde el entusiasmo intelectual –a pesar de cierto tufillo snob- contagiaba muchas de las facetas creativas que ahora tan solo son reductos de especies en extinción. Los adolescentes que antes perseguían el último cómic de La Patrulla X ahora persiguen el último móvil multimedia o la moto de Pedrosa.

Los americanos se han comido también un buen marrón en esto de la no renovación generacional. Sólo el cine últimamente ha logrado evitar la bancarrota de Marvel, la empresa americana que mayor rentabilidad había sacado a esos forzudos héroes con los calzoncillos por encima de los pantalones.

Sin lugar a dudas, el milagro comercial en España de las historias contadas a través de viñetas está siendo el Manga. Si hablamos de freakies, en lo referente al cómic japonés tendremos que hablar de Otakus -término despectivo en Japón e identificativo aquí- y que agrupa a todos aquellos que animan las ferias de cómics con sus disfraces, concursos de karaoke y ventas, cuentas estas últimas que son las que realmente importan al sector nacional. Desde que en el siglo XVIII el término Manga se uniera al de interpretación dibujada, el cómic japonés fue conteniendo su explosión hasta reventar en las últimas dos décadas del siglo pasado. No sabemos si las partículas generadas por las bombas de Hiroshima y Nagasaky dejaron una impronta invisible en los padres de la que sería la gran generación de dibujantes de Manga de los ochenta y noventa pero, sin lugar a dudas, esta forma de ver el mundo está siendo la influencia más importante de los últimos años en el planeta. Y que dure.

Rol is not a crime

De todos los numerosos y variados tipos de freakies, aquél que juega a Rol en nuestro país, es el peor mirado. Desde los tristes acontecimientos del mal llamado «crimen del Rol» -el crimen es crimen y punto- este juego, a mitad de camino entre los mundos virtuales y la creación mágica, ha sido vituperado por nuestros mal llamados también «medios de comunicación». Es normal que la gente tenga miedo al rol. Siempre se tiene miedo a lo que no se conoce. Y cada vez se conoce menos, o se tiene menos interés por conocer.

Y es que el Rol no es un juego cualquiera. Desde que Gary Gigax hace treinta años entara las bases de este entretenimiento y el chamán Greg Stafford desarrollara en ellos las visiones mágicas de mundos distantes que le acompañaban desde su más tierna infancia, los juegos de Rol se han convertido para muchos en la experiencia lúdica más interesante e intelectual de la historia. (Interesante e intelectual, dos palabras que su mera evocación en el fragor de nuestra vivencia diaria provocan el rechazo compulsivo de la masa).

La unión subliminal entre magia ceremonial y juegos de rol que encuentra Erik Davis en su fantástico trabajo «Calling Cthulhu», la apuesta por los mundos alternativos por el simple hecho de lanzar el dado que refleja Luke Reinhart en su libro «El hombre de los Dados», o la experiencia psicodramática de Michal Oracz convierten al juego de rol en un lujo estético de primera magnitud.

Después de años de bache en gran parte producidos por la aparición de formatos distintos a los habituales de «libro y dados» y la falta de reflejo mediático justo, en España los juegos de interpretación renacen de sus cenizas. El freaky del Rol ha comenzado a decir abiertamente que juega a él, pasando de estigma a signo de reconocimiento como una tribu urbana más. Cosas del Marketing…

Mundos virtuales

Con la llegada de los juegos de ordenador y consolas de última generación –antes simplemente llamados «maquinitas»- un nuevo freaky ha visto la luz. Participa de la virtualidad de los juegos de píxeles, utiliza palabras extrañas, y un motón de controles para manejar el mundo bastardo del rol a base de poliedros. Son los últimos en llegar y su medio de diversión es consecuencia directa de las nuevas tecnologías, aunando en ellos todos los defectos de la sociedad que los ha generado: soledad, aislamiento voluntario y lejanía. En Japón, siempre a la cabeza en todo lo que a mundos virtuales se refiere, ya empieza a hablarse de estos freakies como auténticas patologías: no salen de casa, se mantienen permanentemente conectados a Internet y no pueden desenchufarse de la tecnología multimedia. Aquí, al tipo de freaky en ciernes enganchado al ordenata, se les denomina «niños raros». Seguro que la definición que den los japos es más original.

Tristemente, también hay un asesino nacional: «el de la katana», y una vez más los mass media españoles se cebaron con el asunto de que el protagonista de la lamentable historia se cortara el pelo como el ídolo de su videojuego favorito. Para qué preguntarse nada más.

Sin lugar a dudas, este freaky sí que está en clara expansión. Generaciones de niños son callados por sus padres a golpe de consola para que no molesten. Ese sí que es el mejor caldo de cultivo: padres consentidores que piensan que si dan al botoncito sus niños, aparte de descansar ellos, de mayores serán «telecos».

Independientemente del medio en el que el freaky desarrolla sus anticuerpos a la madurez, ese ser sigue existiendo a pesar del ambiente, cada vez más hostil. La madurez, los lazos maritales o de pareja a jornada completa, la falta de tiempo para todo -salvo para trabajar- y la omnipresencia del bar de turno y la Champions ponen a prueba cualquier resistencia.
Algunos -aun a costa de sacrificar puntos de sociabilidad- seguimos participando en todo esto, aunque las corbatas pasen más tiempo del que queremos alrededor de nuestros cuellos. Unas buenas risas alrededor de una mesa, unos cuantos dados, un buen cómic antes de acostarse o una tarde «matando marcianos» siguen siendo para muchos, pese a quien pese, insustituibles.

La verdadera fe del Imperio

29-diciembre-2000 · Imprimir este artículo

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En el Suroeste de los Estados Unidos de América, en la meseta que es Arizona entre el Gran Cañón y la región de Four Corners y el Cañón de Chelly, el cielo parece físicamente más grande. De horizonte a horizonte hay mayor cantidad de azul, como si allí la tierra estuviese más cerca del cielo y las personas estuviesen fuera de lugar. Las obras humanas, carreteras, edificios, silos, parecen diminutas y tenues, esparcidas por la llanura interminable. Entre los rascacielos de Nueva York, en cambio, el cielo apenas existe: tan sólo un fondo gris indistinto proporciona techo a los profundos cañones artificiales que minimizan a la gente hasta hacerla desaparecer.

Las dos Américas

En las praderas y montañas del corazón de Norteamérica la naturaleza hace pequeño al Hombre. En las ciudades de las franjas costeras es la arquitectura la que proporciona la humildad. Una grandeza remite a dios; otra, a la obra humana. Son las dos Américas, la roja y la azul. Una confía en sí misma, en su capacidad de domar la naturaleza y en su privilegiada relación con sus dioses, que les convierte en el pueblo elegido. La otra conoce las complejidades del matiz, el mundo y la historia; sabe que vencer a la naturaleza no soluciona todos los problemas, y es consciente de que los dioses a veces marcan a sus elegidos para la destrucción.

Paradójicamente cada fracción conoce bien los límites de aquello que venera. Los colonos del Medio Oeste supieron corregir a sus dioses con su esfuerzo, domesticando una tierra que les era ajena, y por eso son partidarios de la acción, de tomar su destino en sus propias manos. Los habitantes de las metrópolis de la costa están orgullosos de las monumentales obras de sus antepasados, pero llevan siglos sobreviviendo en medio de la arquitectura monumental; por ello son más cautelosos a la hora de actuar, pues aún las mayores obras del Hombre no resuelven todos los problemas. A veces los crean nuevos.

Las dos formas de ser estadounidense

Hay dos modos generales de ser estadounidense dentro de los Estados Unidos. Pero sólo hay una de serlo fuera, con respeto al resto del mundo. Y para entender por qué la religión divina no es la explicación de la victoria de George W. Bush en las elecciones estadounidenses, hay que entender la otra religión. Para lo cual hay que ir al principio. Hay que volver a Europa.

Rivalidad entre hermanos

Estados Unidos se fundó en oposición a Europa. Y, sin embargo, en ambas orillas del Atlántico nos parecemos mucho. Nuestras relaciones recuerdan a las de dos hermanos; a veces nos peleamos por nuestras diferencias, otras veces porque nos parecemos demasiado. Compartimos idiomas, una base cultural, una historia de amistades y enemistades, una idea del futuro, un régimen político, un historial religioso, muchas variantes distintas de dios…

Pero Estados Unidos se fundó en oposición a Europa. En su mito fundacional se creó para que un grupo de personas pudiese venerar a su dios a su modo sin la intervención de su gobierno; se fundó para rechazar las monarquías de la (ya entonces) vieja Europa, para ofrecer a quien quisiese vivir allí una política basada en la Razón y no en el Derecho Divino. Pues ha sido costumbre de los países europeos hasta muy recientemente la de matar a grandes cantidades de gente de modo organizado por causa de su religión, o su política, o ambas.

Huyendo de esa Europa nacieron los Estados Unidos de América, la ‘brillante ciudad de la colina’. El resultado hubiese podido ser un país sin religión. Conspiraron la historia y la geografía, y en su lugar nació un país con dos religiones.
Una de ellas tiene muchos nombres y dioses, infinitas sectas, decenas de libros sagrados, sacerdotes, jerarquías, iglesias, mezquitas, templos, cementerios y otras posesiones inmobiliarias. Más del 80% de la población estadounidense se declara creyente en uno u otro dios; más del 60% afirman que la religión es un factor importante en sus vidas.
La otra religión se llama patriotismo, se expresa en un desmesurado amor por el país, sus símbolos, su historia y su futuro; y a efectos prácticos la comparte el 100% de los nacionales.

La contradictoria, sabia y sutil idea fundacional de los Estados Unidos de América combinó el gobierno para el pueblo, la religión para el que la quiera, y ambas cosas separadas. Mil religiones en el cielo, y una sola en la tierra. Venera al dios que desees, pero ama sobre todas las cosas al país que te permite venerarlo.

Y ¿por qué no? Más que la mayoría de las naciones, los ciudadanos de los Estados Unidos de América tienen derecho a sentirse orgullosos de su país. Grande, poderoso, rico, en general noble, abogado de las buenas causas, casi siempre en el bando correcto, aunque sea tras haber, como ironizaba Churchill, probado todo lo demás… Hay muchas luces en la historia, toda luces y sombras siempre, en este país-continente. Mucho de lo que estar plenamente orgulloso.

Mil y una religiones

Y es que los Estados Unidos de América, afortunado país, no conoce las matanzas de religión, las cruzadas, las teocracias o la intervención de (o contra) la iglesia en el gobierno. No ha experimentado lo que ocurre cuando los servidores terrestres de un dios o sus adversarios alcanzan poder político. No ha tenido alguna interpretación religiosa, o su negación, inserta en sus leyes y hecha cumplir por policía y jueces.

Pero los Padres Fundadores de los Estados Unidos acabaron en Massachusetts huyendo de la monarquía británica, y lo recuerdan.

La Europa oficial no es atea por maldad, sino por necesidad. Hemos tenido abundantes gobiernos religiosos y antirreligiosos, y nos ha ido mal. Muy mal. No confiamos en las religiones. Tampoco en los gobiernos.

Estados Unidos de América, bienaventurado sea, carece de esta experiencia. La suya es una historia de coexistencia más o menos pacífica de religiones, de integración de pueblos con diferentes dioses que han sido capaces (con sus más y sus menos, pero capaces) de fundir sus diferencias para crear un país único, poderoso, rico; un ejemplo de gobierno para la Humanidad. Bajo un cielo enorme, en un terreno repleto de maravillas naturales, han demostrado que es posible superar sin olvidar las diferencias que traen cien países, mil idiomas, diez mil dioses, e integrarlas para así construir el País Indispensable.

Un país donde cada uno venera al dios que le da la gana con la menor interferencia de nadie de fuera. Un país cuyo éxito demuestra que sus habitantes son los elegidos de dios. De todos los dioses.

Y como todos los elegidos generosos, están llenos de celo misionero.

No sólo saben que la verdad está de su lado: ellos mismos son la prueba de que diferentes gentes y religiones pueden coexistir pacíficamente: tan sólo necesitan un sistema de gobierno adecuado para resolver enfrentamientos religiosos y políticos. Un sistema como el suyo. La democracia al estilo Estados Unidos de América, piensan, es la cura de todos los problemas. A ellos les ha funcionado. ¿Por qué no proporcionar su receta a quien la necesita?

Estados Unidos no es un país hipócrita. Toman la medicina que venden. Y su verdadero credo, el producto que ofrecen, su religión, es política: la democracia representativa y laica.

Éste es el credo que ganó las elecciones para Bush. No la Biblia, ni el matrimonio homosexual, la plegaria en las escuelas o acabar con el aborto. La Guerra Cultural que divide a la sociedad estadounidense desde los años 60 sigue ahí, sí, entre las costas y sus ciudades inhumanas por una parte y las praderas y montañas despobladas del centro continental por otra; entre los blancos y negros de la certeza y los grises de la indecisión. Pero el factor decisivo en estas elecciones ha sido otra guerra, y una posible forma de ganarla, especialmente atrayente para los generosos y creyentes fieles en los Estados Unidos de América: exportar democracia. Aunque sea a hostias.

No ha sido una guerra elegida. Los Estados Unidos fueron atacados, y en lo más hondo. Con la audacia de los seguros de sí mismos golpearon a quienes les habían golpeado, y barrieron Afganistán. Con el celo misionero de los fieles decidieron resolver para siempre el problema aplicando el único método que conocen: su Bálsamo de Fierabrás. Con la megalomanía de quien ha rehecho continentes a su imagen, decidieron reconvertir Oriente Medio en un paraíso de democracia, clases medias y consumo. Con la rapidez de los fuertes, actuaron.

La religión que propulsa a Bush no es sólo la de dios. Algo profundamente estadounidense se ha agitado. Algo que, coyunturalmente, separa de nuevo a los hermanos de ambas orillas del Atlántico.

Nosotros, aquí en Europa, pensamos que estas soluciones no funcionan. Quien más quien menos, todos los países de por aquí hemos intentado exportar civilización, progreso, medicina y religión a cañonazos. El Imperio Británico fue el ejemplo más duradero, pero todos (ingleses, franceses, españoles, alemanes, italianos, belgas, holandeses, etc,) hemos masacrado nativos con el entusiasmo de saber que es por su propio bien. Lo hicimos en toda América, en África, en Asia u Oceanía. Lo hemos hecho durante siglos, propulsados por una letal mezcla de sentimiento de superioridad patriótico y genuino amor por la Humanidad. Lo único que nos queda de todas esas aventuras misioneras es el convencimiento de su futilidad y el recuerdo del dolor causado, y soportado.

Dolor que nunca cesa

El Sahara español, Costa de Marfil, Argelia, Ruanda y Burundi, Nigeria, Etiopía y Somalia, India y Pakistán, son ejemplos de lugares donde Europa derrochó antaño entusiasmo, dinero y sangre propia y ajena en fútiles intentos de mejora que siempre han salido mal. Y que siguen sangrando mucho tiempo después de que Europa haga sus maletas y regrese a casa, dejando atrás la ilusión y una responsabilidad que jamás se borra del todo.

Contemplamos pues el vigor y el celo misionero de nuestro hermano de allende el charco con una mezcla de cansino cinismo y envidia de su vigor. Estados Unidos de América, a su vez, nos mira como al pariente viejo y cobarde, demasiado apoltronado y cansado de vivir como para protegerse siquiera de un enemigo poderoso y malvado.

Nada es tan sencillo. Ambos lados del Atlántico tenemos mucho que aprender. Europa deberá quitarse las telarañas del pasado y redescubrir al menos un poco de ese patriotismo que tanto vigoriza. Los Estados Unidos de América tendrán que aceptar que discrepar en los métodos no significa tener distintos objetivos, y tal vez escarmentar en cabeza ajena para evitarse daños en la propia. Nosotros contamos con nuestra historia; ellos, con su fe. De momento, seguimos siendo dos hermanos, peleados por una simple cuestión de teología. Peleados por la verdadera fe del imperio: la cósmica confianza en que uno tiene razón. Bendita fe.

Más cultura, señores… es la guerra

26-diciembre-2000 · Imprimir este artículo

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Por Jesús Palacios

Lo ha dicho el Reverendo Marilyn Manson, y su palabra va a misa (negra, desde luego): la política y la religión de hoy están en el arte. Yo especificaría que están en la cultura, en su sentido más amplio, y, especialmente, en la cultura popular. Mientras caen torres y vuelan estaciones de tren a nuestro alrededor (y sé bien lo que digo: la estación de Atocha está a diez minutos de mi casa), la televisión, Internet, la música pop, el cine, los multimedia, el cómic y todo lo que conforma nuestro entorno artístico y cultural cotidiano, son el campo de batalla experimental sobre el que se libran combates de los que depende nuestro futuro más inmediato y real. No exagero.

Todo está en los libros
Antes de que el terrorismo islámico comenzara su jihad mundial, destruyendo vidas con esa tranquila furia fanática que solo la religión puede imbuir en sus adeptos, Salman Rushdie había sido ya condenado por escribir novelas blasfemas. Antes de que los Estados Unidos recomenzaran su tarea imperialista de apoderarse de Oriente Medio, ya novelistas como Tom Clancy habían llenado la cabeza de sus lectores de amenazas islámicas y terroristas musulmanes imaginarios… Que ahora se han convertido en realidad. Incluso ETA, tiene un origen literario y artístico: los folkloristas y etnógrafos vascos y vascofranceses que, a finales del siglo XIX y principios del XX, reinventaron el euskera, “descubrieron” el origen atlante de los vascos y recrearon una mitología popular para los hijos de Aitor. Lo primero que ardió en la Alemania Nazi fueron los libros, mientras el “arte decadente” era retirado de los museos… Para ir a decorar los palacios privados de los altos dirigentes del partido. Z (pronúnciese Zi) Budapest, una bruja feminista americana, nacida en Hungría, cuyo culto excluye por completo a los hombres, lo ha expresado con lúcida sencillez: “La mitología es la madre de las religiones, y la abuela de la historia. La mitología es una creación humana, producto de artistas, narradores y gente del espectáculo, de todos los tiempos. Abreviando, los hacedores de cultura son los soldados de la historia, más efectivos que pistolas y bombas. Las revoluciones se ganan realmente en los campos de batalla culturales.”

El huevo mitológico antes que la gallina monstruosa
Por banal que pueda sonar esto cuando el gobierno de nuestro país ha cambiado de manos, en gran medida como producto de un atentado terrorista literalmente explosivo, una vez más no hay que olvidar que el huevo mitológico, religioso, cultural, va siempre antes que la gallina monstruosa que rompe su cascarón para salir al exterior, pisoteándonos como Godzilla. Es muy probable que todavía nos queden muchos horrores más que ver y sentir. Muchas torres pueden caer todavía, y los cimientos de nuestra falsa seguridad de civilizados individuos occidentales volverán, sin duda, a temblar en muchas más ocasiones… Pero el mundo del arte y la cultura nos está avisando con sus guerras particulares, privadas y públicas, y un atento análisis del mismo, puede llevarnos a evitar que sus monstruosidades más evidentes afloren en la realidad material de pérdidas humanas y daños irreparables. Un mundo en el que la televisión como espectáculo de la humillación humana, continua y constante (desde Gran Hermano hasta todas sus actuales variantes), es lo más visto y vendido, en el que se limitan las libertades informativas y las opciones estéticas de los espectadores y lectores sin que estos apenas sean conscientes de ello, prepara sin duda a sus habitantes para convertir la humillación moral en forma de vida, en el trabajo y la familia, y la censura en hábito mental, que no será siquiera necesario instituir políticamente.


Control, Manipulación, Censura

Continuamente el mundo del arte y del espectáculo es utilizado como campo de pruebas para nuevas y devastadoras armas, tan potentes como las peores armas químicas que nunca tuviera Iraq. En los informativos televisivos, según la cadena de que se trate, un mismo acontecimiento es completamente distinto, o se ignoran los detalles del mismo que puedan ser molestos, o inconvenientes, para sus espectadores. Este año, hemos visto la ceremonia de entrega de los Oscar de Hollywood, con cinco segundos de diferencia entre el tiempo real y su emisión televisiva… Tiempo de sobra para convertir ya la teta de Janet Jackson en todo un símbolo de la libertad de expresión y la libertad individual. En muy pocos años se ha evidenciado la guerra cultural entre quienes se pretenden enemigos de lo políticamente correcto, mientras aplican la corrección política en su propio entorno, contra quienes desconfiamos de cualquier tipo de corrección.

Elegir entre Tarantino o Ken Loach ha llegado a significar algo más que preferir un tipo de cine (por cierto, ¿qué oscura maniobra tramarán esos a quienes nunca gustó Tarantino y ahora alaban Kill Bill, su film más pop, violento, sangriento y aparentemente banal?). A lo largo de los 90 se han producido flagrantes casos de censura y prohibición, o al menos serios intentos de lo segundo, sometiendo a persecución mediática y judicial a dibujantes de cómic como Vuillemin o Miguel Ángel Martín, o a libros como Todas putas, de Hernán Migoya, sin que, salvo en este último y delirante caso, a nadie haya parecido importarle. Se pueden seguir las fluctuaciones del poder político atendiendo a los cambios de registro y a las subvenciones que reciben o dejan de recibir festivales de cine, música y teatro, mucho mejor que siguiendo las noticias políticas. Dice más sobre nuestros gobernantes o sobre ciertas comunidades y regiones el festival de cine que tienen, que su supuesta posición política o social. Tras una galería de arte moderno puede concentrarse un insospechado poder político y económico, mientras la globalización mundial es criticada por medios informativos que pertenecen todos a un mismo holding empresarial, que diversifica su capital creando empresas distintas solo en apariencia, mientras globaliza y monopoliza la opinión y la cultura de la misma manera que finge criticar políticamente la globalización.


El fin del mundo tal y como lo conocemos

Puede que este no sea el momento más apropiado para decirlo. Quizá por ello, convenga hacerlo: las bombas que estallan causando cientos de muertos y heridos, afectando a miles de ciudadanos inocentes, han estallado antes de forma aparentemente incruenta en el teatro bélico del arte y la cultura. Provienen del mismo fuego divino e infernal que ha quemado libros, condenado autores y censurado películas. Proceden del mismo universo cultural que ha creado o resucitado arquetipos míticos delirantes, desquiciados, prehistóricos… Pero útiles para sus fines. Fines que pueden ser el final de todo o, al menos, como decían REM en una de sus mejores canciones, “el fin del mundo tal y como lo conocemos”.

El gobierno de los sabios: SOS

25-diciembre-2000 · Imprimir este artículo

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Por Raúl Fernández Vítores

¿Qué hacer con la Universidad?

«La sociedad necesita buenos profesionales –jueces, médicos, ingenieros- y por eso está ahí la Universidad con su enseñanza profesional. Pero necesita antes que eso y más que eso asegurar la capacidad en otro género de profesión: la de mandar.».

Lo escribe Ortega en su famoso ensayo de 1930, Misión de la Universidad. La Universidad como formación del mando. No es nuevo. Ya Platón soñó con el filósofo rey. Por lo que toda su educación, la paideía platónica tiene como fin la producción del gobernante sabio. ¡Que uno sean sabiduría y poder! Y por eso a la cabeza de las cinco formas de gobierno concebidas por él puso la aristocracia, que literalmente significa gobierno de los áristoi, los mejores, y nada tiene que ver con el «color» de la sangre. Pero es verdad que sólo imaginó la democracia como antesala de la tiranía. Fue su alter ego, Aristóteles quien reconoció también en el gobierno del pueblo el rango aristocrático. Ortega prefería hablar de «nobleza». Pero no sigamos por esta vía que nos lleva a una idea mistificada de Universidad. ¡Escuela de gobernantes! Los poderosos siempre han podido ir a la escuela; bien es verdad que no siempre han querido. Quedémonos con la más modesta producción de profesionales.

Queda la Universidad como fábrica de profesionales. Y aún añade Ortega otra función, muy minoritaria: la investigación. Tres funciones, pues, asigna Ortega a la Universidad. Transmisión de cultura, que permite «estar a la altura de los tiempos», en primer lugar. No seguiremos por aquí. Ya lo hemos dicho. En segundo lugar: enseñanza de las profesiones… «altas»: jueces, médicos, ingenieros, no chupatintas ni contables. Y, por último, formación de nuevos científicos especialistas.

El profesionalismo y la especialización eran, a los ojos del filósofo español, las dos caras de la nueva barbarie que asolaba Europa. Pensaba él que el hombre europeo era un integrum roto. La profesión y el saber especializado debían ser «compensados» por la cultura. Cabe cuestionar, sin embargo, esta última prescripción. Cuando un cirujano me opera a corazón abierto lo único que deseo es que verdaderamente sepa de lo que se trae entre manos; sus reflexiones sobre el puesto del hombre en el cosmos me son del todo indiferentes. Y cuando un profesor enseña química lo primero y primordial es que sepa química, cuanto más mejor, no que sea un buen padre o tutor. Cabe dudar, sobre todo, de que una de las misiones de la Universidad haya de ser la compensación cultural. Tal vez ésta sea más propia de una enseñanza media o secundaria.

Enseñar lo que se puede aprender

El diagnóstico de Ortega es en extremo simple: la Universidad vive una crisis porque pretende enseñar lo que no puede aprenderse. Más simple si cabe es el remedio: «En vez de enseñar –escribe- lo que, según un utópico deseo, debería enseñarse, hay que enseñar solo lo que se puede enseñar; es decir, lo que se puede aprender…» Extremadamente simple, el diagnóstico, y, desde nuestra perspectiva actual, extremadamente optimista: «con inconcebible obcecación –se queja-, la enseñanza partía del saber y del maestro». Había, pues, maestros y había el saber. El error radicaba, a los ojos de Ortega, en no haber tenido en suficiente consideración al alumno. Vuelve su mirada a Rousseau. Y, efectivamente, en el Emilio encontramos una pedagogía natural y paidocéntrica, es decir, centrada en el aprendiz y ajena –esto último tiende a obviarse con pasmosa facilidad- al encierro escolar: ne substituez jamais le signe à la chose. (Y traduce Luis Aguirre Prado para la editorial Edaf: «no sustituyáis nunca el signo por la cosa». ¡Todo un síntoma!).

Las reformas educativas que ha conocido y sufrido mi generación se han hecho todas en nombre del paidocentrismo. En aras de esta tendencia pedagógica se aprobó en 1983 la LRU (Ley de Reforma Universitaria) que acabó con el predominio de la cátedra y el protagonismo de las asignaturas en los planes de estudios universitarios. Se respondía así al fenómeno de la masificación que, en apenas dos décadas, de 1960 a 1980, había multiplicado por más de nueve el número de alumnos universitarios, pasando de 71.000 a 650.000. Hacía cinco años que el Estado había renunciado «constitucionalmente» a intervenir en la ordenación y planificación de la educación superior. ¿Acaso no tenía ya necesidad de «buenos profesionales»?

Paidocentrismo hemos dicho. Pero entonces la crisis de la Universidad es antes que nada la crisis de la Enseñanza Media, hoy llamada –y con razón- «Enseñanza Secundaria». Si hay que adaptar el nivel de exigencia universitaria al nivel real del alumno que estudia en la Universidad, habrá que preguntarse entonces por qué todas las reformas educativas promovidas por el Estado desde finales de los años 60 hasta hoy han ido encaminadas certeramente hacia la destrucción del nivel académico del bachiller, es decir, de aquel que accede a los estudios universitarios. Dicho de otra forma: ¿por qué desde 1970 el Bachillerato, esto es, la vía general de acceso a la Universidad no ha hecho otra cosa que acortarse, pasando de los siete años que duraba antes de que fuese aprobada la LGE (Ley General de Educación) a los insuficientes dos años que dura hoy? Para contestar esta pregunta es necesario dar antes un pequeño rodeo.

La intervención del Estado en los procesos educativos se remonta en España a 1857, año de promulgación de la Ley de Instrucción Pública, propuesta por el ministro Claudio Moyano, que prescribía por primera vez la escolarización obligatoria. Se trata de una intervención de iure. De facto, esta intervención estatal comienza con el impulso ministerial de Romanones en los albores del siglo XX: «de lo que estamos faltos –decía el conde- es de obreros inteligentes, de obreros que tengan ese grado intermedio de cultura entre el que no sabe nada y el ingeniero facultativo, que no puede descender a las operaciones secundarias». El Estado buscaba entonces mano de obra cualificada. Aún no se había iniciado la revolución informacional.

La Ley Moyano prescribía tres años (desde los seis años de edad hasta los nueve) de enseñanza primaria obligatoria. En 1909, la escolarización forzosa afectaba a todos los niños entre seis y doce años. Desde 1945, se distinguía entre primaria «general», cuatro años (de 6 a 10), y primaria «especial» (de 10 a 12). Lo relevante es que a los diez años de edad, el alumno ingresaba (o no) en un proceso no obligatorio de formación y selección orientado fundamentalmente hacia la Universidad. Siete años de Bachillerato, que conoció diversas formas. En plena Guerra Civil, en 1938, siendo ministro Sainz Rodríguez, se instauró un Bachillerato «humanista» (o no «de ciencias») muy ideologizado que, no obstante, culminaba con un severísimo examen, el Examen de Estado, que era el que abría las puertas de la Universidad. Pero la «gran» ley de la cualificación media en España es la LOEM (Ley de Ordenación de la Enseñanza Media), propuesta por el ministro Ruiz-Giménez. Esta ley de 1953 contemplaba un ciclo elemental y común de Bachillerato (cuatro años en total) y un ciclo superior de dos años que podía cursarse en la modalidad de «letras» o en la de «ciencias»; a estos seis años seguía otro, el Preuniversitario.

La llamada «Ley Villar», en honor (más que dudoso) del ministro Villar Palasí, esto es, la Ley General de Educación de 1970 supuso una verdadera estocada a un modelo de Bachillerato perfectible pero en modo alguno revocable. Se acabó de un plumazo con el ciclo elemental de Bachillerato, precipitando sus cuatro años de duración en el indiferenciado mar de la Enseñanza General Básica. La obligatoriedad se había extendido ya (en 1964) hasta los catorce años de edad. El Bachillerato quedaba reducido a tres años de BUP (Bachillerato Unificado y Polivalente) y uno de COU (Curso de Orientación Universitaria). La puntilla la dio la LOGSE (Ley de Ordenación General del Sistema Educativo) de 1990, comprimiendo el Bachillerato en dos años y, eso sí, alargando todavía más el tiempo de escolarización obligatoria, dos años más, hasta los dieciséis.

¡Selección! Palabra maldita

A lo largo de todos estos años de reformas o más bien de contrarreformas se ha pasado, como quien no quiere la cosa, del «intransigente» examen al control «continuo», se ha hablado ad nauseam de la «autoestima» del alumno y han hecho fortuna expresiones muy desafortunadas desde el punto de vista académico. ¿Qué es ESO de «promoción automática»? La Ley de Calidad de la ministra Pilar del Castillo es a todas luces insuficiente y demagógica.

En un momento en que el Estado se ha puesto a régimen, adelgaza o más bien adelgazan sus prestaciones sociales hasta la anorexia, ¿qué cabe exigir al Estado en materia de educación? En primer lugar, cabe exigirle que la enseñanza sea verdadera enseñanza, es decir, un proceso de formación intelectual lo menos formalista posible, pero un proceso intelectualmente exigente y selectivo. ¡Selección! Palabra maldita, con inevitables ecos concentracionarios. Aun así, es preciso repetir y subrayar: selectivo intelectualmente, pues donde parece que no hay selección es porque ésta en realidad se realiza según un criterio exclusivamente económico. En segundo lugar, cabe exigir al Estado la total gratuidad de la enseñanza en todos sus niveles, también en los superiores. ¿Que se dispara el gasto? ¡Déjense de zarandajas! Porque, en tercer lugar, cabe exigir al Estado la drástica reducción del tiempo de escolarización obligatoria. ¡Que la enseñanza no siga siendo la coartada del control!

La removida

23-diciembre-2000 · Imprimir este artículo

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Por Victoria Diges*

La mitificada Movida Madrileña, que de tanto darle vueltas, en lugar de movida, se convirtió en removida, no ha dejado de ser el santo y seña referencial, en los últimos veinte años, cuando se habla de modernidad y cultura en este país. Y esto da que pensar… porque veinte años ¡son veinte años!, y dan mucho de sí como para que el tema de la movida no estuviera ya bien claro y bien zanjado, con todos los correspondientes méritos, condecoraciones y las obligadas menciones especiales para los muertos caídos en el campo de batalla, bien distribuidos entre el batallón de “nuevaoleros”. Pues fíjense que no, porque aquí los que más debieran de callar, son los que más ruido hacen, afanándose en atribuirse los puestos más elogiosos de aquella incipiente modernidad española y tratando de sacarle más punta al “negocio” en el que, los más avispados, han convertido aquellos años 80 que fueron testigo de su primera juventud. En cambio, aquellos que debieran hablar, porque de alguna manera, fueron los auténticos ideólogos (y me consta que esta palabra no es la más acertada tratándose de La Movida), los que aportaron algo más que juventud y ganas de salir por las noches, callan porque ya no están para contarlo, y los que sí que están y pueden hablar, lo hacen de manera esporádica y mesurada porque andan un poco hartos del tratamiento cansino y desmedido, que en muchas ocasiones, se le ha dado al tema.

Pero a pesar de lo visto y lo leído en los muchos testimonios, lógicamente parciales (porque cada uno cuenta la feria según le va), que nos han llegado por distintos cauces: libros dedicados al tema, reportajes dedicados al tema, suplementos dominicales dedicados al tema, artículos dedicados al tema, series documentales dedicadas al tema, entrevistas dedicadas al tema… seguimos sin tener una visión clara y bien estructurada del fenómeno, más bien de la consistencia profunda de La Movida como hecho cultural. Porque como es sabido, un movimiento socio-cultural de la índole y del tipo que sea, siempre se ha sostenido con pilares más sólidos que unas buenas dosis de maquillaje, alteradores de conciencia varios, música de importación y unas copas tomadas en Rockola. Y que conste que todo eso está muy bien, además es justo y necesario, pero no valida a la Nueva Ola como quintaesencia, en esto de los movimientos culturales. Ellos se manifestaban, pero sin manifiesto fundacional, tocaban, hacían cortos, algunos pintaban, los menos escribían, y la mayoría se consagraba al sano asunto de patrullar la ciudad amparándose en razones de alevosía y nocturnidad. Creando entre todos un espectro de tremenda heterogeneidad, lo cual siempre es una riqueza, y contrasta de manera gratificante con los tiempos que corren, en los que la singularidad es una especie en peligro de extinción, e incluso está mal vista por el conformado grueso social. Pero tanta diversidad personal, en aquel entonces, hizo que del grupo surgiera el grupito, y de éste, el grupúsculo; por lo que todavía era más difícil que se organizasen de alguna forma, para vehicular y dar sentido de cohesión al movimiento, que fluía y fluía sin orden ni concierto, ¡perdón! rectifico: sin orden pero con mucho concierto.

Obviamente, algo estaba pasando, y la incontrolable espiral de color que fue La Movida Madrileña, crecía y se alimentaba con unos y con otros, hasta llegar al paroxismo de la convulsión y de la forma. Y después de tantos años y de tantos estertores, contemplamos con asombro que España no olvida a los vástagos de La Movida, o quizás sean algunos de ellos los que se niegan a ser olvidados y relegados al, también mítico, baúl de los recuerdos.

A veces, un concepto se convierte en concepto, o una verdad en verdad, a partir de repeticiones constantes y taladrantes en la conciencia y en la memoria colectiva, y algo de esto ha pasado con el tema que hoy nos ocupa. ¿En qué momento se dejó de considerar a la Nueva Ola como eclosión, para darle un honorable rango de episodio entramado y organizado? Quizás desde que algunos de sus miembros, motivados por un justificable afán de pervivencia y validación, comenzaron a contarnos, una y otra vez, lo que acontecía en esos años desde una perspectiva sesgada, parcial y mitificadora. Cosa que, por ejemplo, nunca hicieron los integrantes de la, siempre dudosa como tal, Generación del 27. Ellos también hicieron cine, pintaron cuadros y escribieron magníficamente, aunque la verdad es que de música iban cortitos y en lo de salir por la noche en plan masivo, creo que tampoco estarían aprobados. Pero lo cierto es que coincidieron en un tiempo y un espacio concreto de pura creación y, paradójicamente, casi ninguno de ellos aceptó la denominación de “Generación del 27”, porque pensaban que lo único que les vinculaba era el hecho de compartir territorio y temporalidad durante unos años, pero nada más. Por eso no querían el respaldo de lo que consideraban una ficticia generación, y tal vez tampoco lo necesitaban, porque creyeron que su obra era aval suficiente para asegurar su entrada en la posteridad. Cosa que quizás no suceda con los pocos, porque son sólo unos pocos, los que se han apropiado de la memoria y la legitimidad de la sufrida y resignada Movida Madrileña.

En cualquier caso, está claro que entre 1980 y 1984 todo el espectro social se alteró, y hasta se sustantivó el verbo mover, para bautizar al fenómeno: “La Movida” que, por cierto, es un gran nombre por su plasticidad y capacidad de captar el espíritu de esta etapa desorganizada, desestructurada, donde nada estaba en su sitio y en ello radicaba su auténtica riqueza y su auténtica belleza. Estamos hablando de esa España del postfranciscazo, donde las ganas de desaprender lo enseñado, y de volver a crear con libertad y nuevos criterios, lo impregnaban todo. Tras cuarenta años de estancamiento, estaba todo patas arriba, todo por hacer, y bien es cierto que La Movida, en muchos sentidos, fue el primer paso para crear el posterior orden que siempre sobreviene al caos. Lo curioso es que los protagonistas de la Nueva Ola, ni siquiera habían nacido cuando la endogamia y el aburrimiento cultural ya estaban confortablemente acomodados en nuestro país pero, sin embargo, si tuvieron la necesaria receptividad para percibir la estéril herencia que nos había dejado el anterior régimen, y entender la urgente necesidad de realizar cambios mas a siniestro que a diestro. Y cada uno desde su ser y su estar se pusieron a ello como buenamente pudieron, quisieron y supieron desde ese ojo de huracán que era el Madrid de la época, y además tenían lo que hay que tener para estos casos: la edad perfecta. La juventud retozona de la época tomaba las calles, iban a locales recién inaugurados, quedaban en el rastro o en el “Penta” para hablar de tendencias, pegaban carteles y escribían fancines, diseñaban ropa de vanguardia, iban a Londres (y de manera automática quedaban convertidos en árbitros de la moda), dibujaban comics, y la música, que quizás es el rasgo de identidad más claro de este fenómeno, llegaba a todos los rincones en una sucesión interminable de conciertos, ensayos de los grupos, discos de importación y creación propia. Por primera vez, los grupos nacionales comenzaron a desarrollar unas corrientes musicales inéditas hasta el momento, y sembraron un caldo de cultivo que permanece vigente en la actualidad del panorama musical.

Todo este paisaje, como es lógico tras un largo período de dictadura, iba acompañado de exhibiciones extremas del uso de la propia libertad, por lo que se salía cada noche en busca de la empatía con el tópico del sexo, de las drogas y del rock and roll. Y muchos circunscribieron su presencia en las filas de La Movida, limitándose exclusivamente a esto último, y dejando el tema de la creación para otros más avispados y sagaces, que fueron los menos.

Podríamos, para ir terminando, decir que el fenómeno de la Nueva Ola, fue algo absolutamente lógico, teniendo en cuenta la coyuntura sociopolítica reinante. ¿Qué juventud no hubiera reaccionado en busca de su libertad y de sus cauces de expresión después de tantos años de imposición? Eran jóvenes, bellos y repletos de esa osadía provocadora que siempre otorga la falta de edad y la ausencia de prejuicios, no tenían nada que perder y todo que ganar, y una ciudad, por fin, abierta al cambio donde quedaban muchas cosas por hacer. Pero el problema viene ahora, cuando los otrora adolescentes de La Movida ya no lo son, cuando gozamos de una democracia más virtual que otra cosa, cuando los medios de comunicación bombardean nuestros cerebros con abyectos subproductos, cuando la tecnologización de nuestras vidas nos han convertido en cómodos animales de sofá y televisión, cuando el pensamiento único y falaz engaña a nuestros cerebros, y la cultura se nos muere a borbotones mientras que la juventud, en lugar de reaccionar y movilizarse como hacían nuestros amigos de La Movida, se contentan con estúpido aletargamiento y complacencia consumista, sin lograr entender que ideología y compromiso son términos que exceden en significado a los viejos panfletos del mayo del 68.

Por todo esto, vamos a dejarnos de movidas y de historias, y los melancólicos del período, en vez de dedicarse a dignificar, a golpe de recuerdo la Nueva Ola, que se dediquen a mantener vivo el espíritu del que tanto predican. Y fomenten la reacción de esta nueva juventud, que más que perdida, está no encontrada.

(Victoria Diges es periodista y directora del programa Musical La Conjura Pirata, que se emite de lunes a miércoles 22-23 horas, en Radio Intercontinental, 918 A.M. )

Dalaï Lama: Hasta que el día llegue

21-diciembre-2000 · Imprimir este artículo

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Por Joaquín Albaicín

Hace unas semanas, Sákyong Míphan Rímpoche transmitía a unos tres centenares de madrileños el mensaje que inspira su enseñanza y da título a su nuevo libro: Convertir la mente en nuestra aliada. Es, en efecto, la mente -esa serpiente traicionera pero indefectiblemente trismegística y, pues, materia de transmutación luminosa- el único auxilio en que el budismo tibetano y la corte exiliada de Lhasa parecen ya poder confiar. Profecías formuladas ya en tiempos de su predecesor señalan al actual Dalaï Lama como último de su linaje.

También el anterior Karmapa anunció antes de morir a varios de su discípulos de más confianza que la entidad espiritual a la que servía de soporte sólo continuaría manifestándose con las vestiduras de Karmapa por tres o cuatro emanaciones más. La cabeza profética del monje guerrero Dja Lama, decapitado por los comisarios bolcheviques en su fortaleza del Gobi Negro y conservada hasta hoy en el Museo Etnográfico petersburgués, ya no parpadea. Los oráculos se secan o comienzan a presentar indicios de haber sido tomados por fuerzas de negro designio… Las raíces de la tribulación tibetana no arraigan, pues, sino en el propio desenvolvimiento cíclico de la tradición espiritual activada por el Buddha, no operando los verdugos de la estrella roja que en las calles de Lhasa embetunan sus botas con el orgullo de los sometidos más que cual ejecutores ciegos e ignorantes de la implacable justicia cósmica, como puros esclavos del karma lo mismo que los funcionarios del gobierno de Dakka que, en las montañas de Bangladesh, proceden desde hace años al exterminio de los chakma, el pueblo del Príncipe Siddhartha, ante la indiferencia y el total silencio de la llamada comunidad internacional. La excusa es la de siempre: “Rehusan integrarse en la sociedad”…

ANTE EL FIN DE UN CICLO
Todo, pues, y ello con independencia de que las diversas cartas astrales del Dalaï Lama consultables online predigan que, tras larga y paciente lucha, éste logrará liberar a su país de la ocupación china, parece indicar que el budismo tibetano está llamado a conocer relativamente pronto su particular De Gloria Olivae. Cuando se asume que no hay reloj sin las horas contadas y se tienen presentes estos Signos de los Tiempos, no puede sorprender la progresiva disolución de los grupos guerrilleros y tropas de montaña que Washington y Delhi entrenaron a lo largo de los años de cara a una hipotética restauración del Dalaï Lama en el Potala, la expresa renuncia por parte de Tenzing Gyatso a la independencia del País de las Nieves a cambio de una autonomía real ni las declaraciones semioficiales surgidas en el marco de la última cumbre sino-india celebrada en Pekín. Chantajeado por la escalada de asesinatos desencadenada por la guerrilla maoísta, también el gobierno de Nepal se ha visto obligado a interceptar e impedir la entrada en el reino a cuantos, con frecuencia encarando arriesgados viajes de varios meses, ganan sus fronteras tratando de huir de la dictadura del proletariado. La República Popular China se ha ocupado de que asimismo las relaciones con Rusia se enfríen, en tanto Estados Unidos se limita a guardar en la manga la carta tibetana para cuando periódicamente interese echar algo de sal en la herida de Taiwan.

Tales fluctuaciones no deben, sin embargo, al menos en los casos de India y Nepal, interpretarse como síntomas de un abandono del Tíbet legítimo a su triste suerte. En rigor, las periódicas concentraciones convocadas por el Dalaï Lama en Central Park representan a efectos prácticos -aunque no mediáticos- bien poco, como todo cuanto pretenda sustentarse sobre la palabra de un establishment americano con el que, todo sea dicho, escasos vínculos unen a Scorsese, Bertolucci, Annaud, Uma Thurman o Richard Gere, en comparación con el sostenido esfuerzo en pro de los refugiados tibetanos liderado durante años por Kathmandu y, especialmente, Delhi. La verdadera capital administrativa, si asi puede decirse, del imperio mahayana continúa siendo Dharamsala, en el estado indio de Himachal Pradesh, y nada sugiere que Lal Krishna Advani, Ministro del Interior y entusiasta de la Hindutva, haya abandonado su proyecto de favorecer la conversión de Bodhigaya en un gran centro de peregrinación equivalente a La Meca, Roma o Haridwar. Ni Delhi ni Kathmandu han perdido nunca de vista la pertenencia de Tíbet desde hace más de dos milenios a lo que Agustín Pániker llama la placa civilizacional hindú.

LA GUERRA DE SHAMBHALA
En este marco de claroscuros diplomáticos y nubarrones de fin de ciclo, el posibilismo -que algunos tildan de traición- de un Dalaï Lama a quien las circunstancias han obligado a ir modulando a la baja su discurso reivindicativo no es más que la pura conciencia de que, para que las Tierras del Dharma sean liberadas del yugo de las naciones impuras, ya sólo cabe esperar al desencadenamiento -en 2425, según las profecías- de la Guerra de Shambhala. Entonces podrán las trompetas de fémur y los tambores de piel adámica convocar a las armas, y afilar los bravos khamba sus cuchillos en las gargantas de los criminales. Antes, como sabemos, estallará otro conflicto menor, cuando en 2030 los pueblos de Agarttha salgan a la superficie de la tierra. Esto fue anunciado ya en 1924 cuand sobre las tablas del teatro Rozmaitosci de Varsovia fue llevada a escena Ziwy Buddha (El Buddha Vivo), versión teatral de Bestias, hombres, dioses de Ferdynand Ossendowski, con Ludwik Solski en el papel del barón Ungern-Sternberg, Jósef Kotarbinski en el del Bogd Khan de Mongolia y Wladyslav Ryszkowski en el de Dja Lama. La segunda parte del drama, como decimos, está aún por representarse, y cuando se alce el telón su escenario será el ancho Occidente, que arderá de extremo a extremo al calor de las antorchas del nuevo Chingiz Khan que lo recorrerá a uña de caballo para encerrar sus confines en un diagrama purificador.

Es de esperar que sea de cara a esa conflagración no prevista por las grandes potencias y que se librará con las armas de la Clara Luz frente a las que nada pueden la tortura, el encarcelamiento y el tiro en la nuca con que las autoridades chinas castigan la menor disidencia, que estén teniendo lugar en el seno de la jerarquía lamaica los reajustes internos y pleitos a que asistimos. Al fin y al cabo, las disputas por soberanías terrenales corresponden a saqueadores de la Naturaleza, secuestradores de niños y doctrinarios de la economía, no a los pescadores de almas a cargo de lanzar los anzuelos que han deliberar del caos samsárico a todos los seres sensibles. En este sentido y con diversas ayudas, el exilio tibetano ha desplegado como principal fuerza ofensiva una tupida red de centros de meditación que se extiende por todo el mundo y frente a la que no estarían en posición de revelar más que impotencia tanto el taikonauta incapaz de quemarse a lo bonzo o de alcanzar en brazos de la mente purificada el Imperio de Tara como un Sendero Luminoso convertido en postrer reducto de la Revolución Cultural allende las fronteras chinas. El retrato del Dalaï Lama, prohibido en Tíbet, adorna enmarcado miles de hogares occidentales en los que Milarepa o Padmasambhava son una referencia. ¿Quién venera por estos pagos uno de Deng Xiao Ping? Será francamente difícil dar en la mayor superficie comercial de Madrid, París o Amsterdam con un disco de algún cantante hoy de moda en China. Sin embargo, se encontrarán los de Yungchen Lhamo, la embajadora musical del Tíbet teóricamente vencido, o el grabado por Steve Tibbets y Choying Drolma con las monjas del convento de Nagi, en Nepal. Y no es en Thailandia, Mongolia o Tuva, sino en la provincia de Málaga, donde se alza el chorten más grande del mundo

CÓMO LLEGAR A TÍBET
A Tíbet, pues, no puede accederse hoy en un vuelo de la CAAC, la compañía aérea nacional china. Sólo hará pie en la legendaria tierra de los devas y las dakinis quien saque un billete para Montreal, Delhi… O se llegue en un bureo hasta el centro de meditación más próximo a su domicilio. como sucede con cualquier patria cuya pueblo vive en el exilio, Tíbet ya no descansa donde dicen los mapas, sino allá donde respira uno de sus hijos.

¡La Guerra de Shambhala! Hasta su estallido, conviene perseverar en la práctica del Dharma, escuchar a los pájaros, bailar con lobos, reestudiar a Jack Palance en Atila, rey de los hunos, leer a Ossendowski y, ¿por qué no?, no descuidar la asidua compañía de la voz agártthica por excelencia de Saban Bajramovic. Que no falte tampoco el tarareo con Susheela Raman de: “Maya, my web of creation/ whispers to me in my solitude./ Maya, my music of elation/ takes me to the heights/ where I can soar”…

El tiempo profundo y el calor grande

20-diciembre-2000 · Imprimir este artículo

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Hemos pasado un verano cañón, que demuestra hasta al más escéptico que lo del calentamiento global es una realidad como un templo. ¿O no? La Calor Grande es una prueba de que estamos estropeando el delicado equilibrio de la Madre Tierra, que para compensar nuestros pecados (de obra y de omisión) nos castiga con sudores dignos del Averno.

¿No nos estaremos creyendo mucho más de lo que somos? ¿No será tanta culpabilidad por el calentamiento global una medida, no de poder, sino de arrogancia? Lo cierto es que en los últimos 20.000 años ha habido épocas más cálidas que la presente, mucho antes de que las hogueras de nuestros antepasados tuviesen la capacidad de emitir más gases de invernadero que una vaca (el metano que generan los rumiantes en su, ejem, digestión, atrapa más calor que el CO2 de chimeneas y tubos de escape). En el último millón de años las oscilaciones climáticas de hasta cinco grados arriba y abajo de la media actual han sido corrientes y, desde luego, no causadas por nosotros. Y en el Cretácico la temperatura media global llegó a ser superior en 10 grados a la actual… No había casquetes polares, ni casi nieve en las montañas del mundo. Y a no ser que los dinosaurios de la época fuesen mucho más inteligentes de lo que hasta Spielberg les achaca, el aumento de temperaturas fue completamente natural.

Es cierto que los humanos somos capaces de mucho, al menos cuando de estropear la naturaleza se trata. Nadie que haya recorrido la costa gallega este año, combatido un incendio forestal o visitado una mina a cielo abierto puede quedarse indiferente al poder que tenemos para destrozar ciertas áreas. Una autopista cualquiera en un atasco, sus miles de tubos de escape escupiendo, hace pensar en el efecto de decenas de millones de ellos acumulados durante años en nuestra pobre y limitada atmósfera… Y luego, claro, viene la calor grande.

Pero lo cierto es que las tendencias climáticas son confusas si miramos el tiempo profundo. Todo el mundo reconoce que en los últimos 150 años la media global de temperatura tiende a subir. Pero justo antes se produjo la Pequeña Era Glacial, entre 1550 y 1700, que llegó a helar los canales holandeses. Claro que antes hubo otro calentamiento, durante el cual los vikingos colonizaron Groenlandia, y en el año 829, al final del Imperio Romano, hasta el Nilo llegó a helarse. Lo cierto es que todavía estamos uno o dos grados por debajo de la temperatura de lo que los científicos llaman el Óptimo Climático, entre el 5.000 y el 3.000 antes de Cristo, la época del nacimiento de las grandes civilizaciones (en China, en India, en Egipto, en Sudamérica). El último millón de años el tiempo en la Tierra ha estado revuelto. Y nosotros no hemos sido.

¿Somos unos destrozones? Sin duda. ¿Tenemos que tener cuidado? Por supuesto. ¿Hemos de pensar lo que hacemos? Sin cuestión alguna. ¿Suben las temperaturas globales? Parece que sí, últimamente. ¿Es cosa nuestra? Tal vez estemos cooperando.

Pero quizá Gaia sea mucho más resistente de lo que pensamos. De hecho es casi seguro que, como tantas otras veces, la biosfera planetaria sobreviva a casi cualquier cosa. El verdadero problema es si nosotros seguiremos formando parte de ella.

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