24 horas por la paz

26-Mayo-2008 · Imprimir este artículo

Por Koldo Aldai

Estella se llenará de energía solidaria. Será en el encuentro interreligioso “24 horas por la paz” a celebrar el 28 y 29 de junio. Mens sana in corpore sano.

Vendrán de diferentes rincones del Estado. Vendrán con sus petates llenos de la ilusión por el otro mundo posible; con su mochila cargada de pan integral y olor de anchas praderas; bolsas repletas de planos de utopías, de mapas de Itaca, de visiones y sueños… y las abrirán en Estella, bajo la cúpula de cristal de la Casa de la Juventud, María Vicuña.

Vendrán quienes trabajan por la justicia social, a favor de los más desheredados ya en el asfalto cercano, ya en la geografía más castigada del Sur, quienes respetan y aman la Tierra y la sienten Madre, quienes cultivan jardines, huertos y eriales, quienes abogan por una alimentación sana y natural, una vivienda más saludable y accesible, por unas ciudades a escala humana y la multiplicación de comunidades y ecoaldeas, por un comercio e intercambio sin abusos, una producción artesanal y economía alternativa y solidaria, por una energía noble y sin humos, por un consumo responsable, una educación que facilite el despliegue total del ser, una salud y medicina más natural e integral, una existencia más armoniosa y consciente… Unas y otras gentes, movimientos y redes se reconocerán en su complementariedad y trabajarán en el esbozo de una visión común del otro mundo posible.

Claude Eatherly

Se llamaba Claude Eatherly. La mañana del 6 de agosto de 1945 pilotaba el avión B-29. Dejo caer sobre Hiroshima una bomba atómica de 13 kilotones. Murieron 200.000 personas. Pero Claude Esatherly no vivió el resto de su vida como “smiling hero”, una insignia nacional… Al contrario, inició una carrera por demostrar su culpabilidad.

Eatherly se puso a atracar gasolineras, es decir, hizo acopio de crímenes menores, actos delictivos por los que la opinión pública podría al fin reconocerle culpable. No soportaba vivir con una máscara de inocencia. “recuerdo que se despertaba noche ttras noche”, declaró su hermano, “decía que sentía como si el cerebro se le estuviera quemando. Decía que podía sentir como gente ardía en fuego”. Al tiempo que los psiquiatras emitían sus informes (”neurosis grave y complejo de culpabilidad.”), un filósofo, Gúnther Anders (1902-1992), iniciaba un carteo con Eartherly. Anders, que fue compañero sentimental de Hanna Arendt, era un intelectual preocupado por el atolladero ético al que nos avocaban los hallazgos técnicos, especialmente los bélicos. Él abrazó el sentimiento de culpa de Eatherly (”quien ante ciertas cosas no pierde la cabeza, es que no tiene ninguna que perder”) y, en base a su caso, desarrolló el concepto de “desnivel prometeico”. El desnivel prometeico se refería a los efectos indirectos de la acción directa. La acción directa de Eatherly fue, ni más ni menos, activar una palanca (era el último movimiento de un gigante engranaje que él no podía intuir); los efectos indirectos, 200.000 muertos. En la era técnica, en la que complejas máquinas median entre nuestras acciones y sus defectos, somos incapaces de hacernos cargo de las consecuencias de nuestros actos. el de Eatherly es un caso extremo. Pero cada uno de nosotros, cada uno de los días de nuestras vida, somos “inocentemente culpables”.