La España clientelar se vuelve porteña
19-enero-2011 · Imprimir este artículo
Por Arnau Fuentes
Más o menos a menudo nos cruzamos con algún argentino. Ya saben, aquellos que te recuerdan a la más mínima ocasión, que cualquier comparación es inútil: lo suyo vale más, es más bonito, sabe mejor e incluso huele mejor. Algunos de ellos, pocos, hasta lo reconocen: no tienen abuela, ni falta que les hace.
Argentina es lo más. Lo último. Pero una de las cosas sorprendentes es que un pedazito de terruño va con el argentino por doquier, hasta el punto de encontrarnos con la paradoja de un cambio estacional erroneo en el hemisferio contrario: “ya llegó la primavera”, decía uno en Madrid a mediados de octubre.
Ya sea por los altos números de italianos con ascendencia argentina que fijaron su residencia por estos lares, o por una conjunción astral digna de las mejores producciones de Hollywood, España se ha argentinizado. Perdón, se ha porteñizado, que es muy diferente. Y no, no me refiero a que ahora se hable con deje, ni a un cambio masivo en el uso de persona verbal o las múltiples alusiones a la agudeza visual de nuestro interlocutor. Resulta que en España, empezamos a no necesitar a las abuelas. Y eso es malo. Muy malo.
Toda sociedad civilizada ha otorgado, durante más o menos tiempo, un especial reconocimiento a los mayores. Sin ir más lejos el Senado Romano estaba compuesto, ya en los orígenes con Numa Pompilio, por los más sabios. Y la sabiduría, que no el conocimiento, lo otorgaba la edad. Y de la senectude, vino el senatus.
Y es que los mayores en general, y los abuelos en particular, saben ver nuestros defectos y virtudes. Cierto que ven mejor las virtudes que los defectos, supongo que por la pérdida de agudeza visual de la edad, pero cuando nos pasamos demasiado de listos, siempre están ahí para darnos la correspondiente colleja.
Y también es de todos sabido que España es una tremenda red clientelar fractal. Es la forma de trabajar “por defecto”, desde los inicios. Lo que se estila es montar un chiringuito y usarlo para redistribuir la riqueza ajena hacia sus propios bolsillos. El Paraíso de los Amiguistas y Conseguidores.
Técnicamente, y pensándolo fríamente, el modelo tiene su rollo. Pero uno de los problemas viene cuando decides no formar parte de ninguna de las múltiples redes clientelares: estás solo y te caen mamporros por todos lados. Al no tener Familia, nadie cuida de ti.
Pero para los que deciden formar parte, hay tallas para todos. Desde unos pocos millones de personas hasta una sola, en lo que podría ser una nueva clase de empresa: La Sociedad de Chiringuito Unipersonal. Pero el tamaño estándard es de unas pocas decenas de personas. Entre 20 y 40 es un buen número. Puedes montar un buen sarao, y tener una cierta repercusión. Si encima tienes algún amiguín por ahí, seguramente logres salir en algún medio.
Pero lo que es insuperable, es que puedes montar un pequeño sarao de 50 personas, retransmitirlo por Internet a otras 400 o 500 más, aparecer en algún suplemento de cualquier periódico en línea, y seguidamente, sin ningún pestañeo previo, pedir… que digo pedir, ¡exigir! que las autoridades correspondientes empiecen a tomar nota sobre lo tratado.
Como decía al inicio, cuando nos encontramos a un porteño que nos cuenta cómo son de especiales las bisagras de los taxis en Palermo, seguramente sonriamos. Pero cuando, al menos yo, oigo asegurar al administrador de una Sociedad de Chiringuito Unipersonal que ha montado un sarao al que ha asistido un 0.00001% de la población del país, que son representativos de algo y que el país debe pararse y hacerles caso, lloro. ¿Pero sabéis por qué lloro? Porque seguramente venga alguien y les haga caso, ya que en vez de senectud, lo que tienen nuestros mayores es senilidad.
Identidad sexual performativa
10-enero-2011 · Imprimir este artículo
Por María Velasco

Ni celeste ni terrestre te hicimos, ni mortal, ni inmortal, para que tú mismo, como modelador y escultor de ti mismo, más a tu gusto y hora, te forjes la forma que prefieras para ti (…) ¡altísima y admirable dicha del hombre! Al que le fue dado tener lo que desea, ser lo que quisiere. – Giovanni Pico della Mirandola, Oración acerca de la dignidad del hombre (1484).
Con “identidad sexual performativa” no nos referimos al paisaje humano de una de Almodóvar, a Toni Cantó vestido de Lola (Todo sobre mi madre), ni tampoco al reciente reconocimiento de la justicia española de parte de los derechos de gays, lesbianas y transexuales. No sólo a eso. Se trata de una cuestión mucho más antigua, que alcanza al Renacimiento, la época de Pico della Mirandola. Estamos hablando, quizás, del último peldaño del Individualismo.
Una cita -muy manida- de Simone de Beauvoir dice que “no se nace mujer, se llega a serlo”. Dos conclusiones pueden sacarse al respecto. La primera es que nadie nace con un género, el género es siempre adquirido. Podemos admitir ciertos condicionamientos biológicos (nada contra lo que no pueda la “cirugía de reasignación”, vulgarmente llamada, “cirugía de cambio de sexo”), pero lo que ya está totalmente demostrado y reconocido es que el género es un artificio, una ficción; es performativo y se fabrica mediante un conjunto de actos aprendidos, conductas repetidas, gestos y otros medios discursivos. Resulta de un proceso de imitación y trabaja, únicamente, en la superficie del cuerpo (Judith Butler, El género en disputa). Va a estar restringido por unas circunstancias dadas, sociales y políticas. El sexo de los griegos (proclives a la homosexualidad y la pederastia) no era igual al sexo de nuestros padres, que aún recordarán la “ley de vagos y maleantes” y la de “peligrosidad social”, hostiles a homosexuales y transgénero. No es casualidad que Foucault escribiese su Historia de la sexualidad de seguido, después de Vigilar y castigar. Vigilan y castigan nuestro cuerpo, nos roban el género con frases como “ya no eres una niña”, “haz el favor de cruzar las piernas”, “no seas marimacho”…
La segunda conclusión, en relación a la cita de Beauvoir, es más optimista. Si el género es construcción, podemos inventarnos a nosotros mismos: “como modelador y escultor de ti mismo, más a tu gusto y hora, te forjes la forma que prefieras para ti”. Consiste, todo esto, en un salto cualitativo, del “CONÓCETE A TI MISMO” al “INVÉNTATE A TI MISMO”. Dejamos de reconocer la biología como destino. Matamos la biología. No nacemos ni hombre ni mujer; no somos, por mandato divino, varón o hembra (diga lo que diga Ana Botella). DEVENIMOS… Gilles Deleuze y Félix Guattari empleaban este verbo, “devenir”, para proponer una construcción del sujeto alternativa a los imperativos de lo masculino y lo femenino, esta máquina dual que tiene su más ingenua expresión en el color de los patucos (azules para ellos, rosas para ellas).
La sexualidad es una producción de mil sexos, que son otros tantos devenires incontrolables. – Deleuze y Guattari. Mil mesetas, capitalismo y esquizofrenia.
El arte de los últimos tiempos ha dado testimonio de un profundo malestar con relación al cuerpo (humano). Antonin Artaud fue el primero en “declarar la guerra a los órganos”, en concebir “un cuerpo sin órganos”. Decía: “Pues atadme si queréis, pero yo os digo que no hay nada más inútil que un órgano”. Esta guerra armada a la anatomía encubría una problemática asociada a la identidad. Artaud nunca aceptó su sexualidad, su anhelo era “dilatar el cuerpo de su noche interna”. Su posición, su difícil relación con un mundo fagolocéntrico, con un canon heteronormativo, se perpetúa y da lugar a una crítica a la propia estructura física, a la constitución biológica del cuerpo. El arte no quiere los límites de la piel, suprime los orificios. El rostro se convierte en espacio vacío. La carne, condenada a la podredumbre, anhela la consistencia de lo metálico. El arte sueña un cuerpo electrónico. Nacen las Bad Girls; el Cyberfeminismo, que vindica un cuerpo posthumano que es el cyborg, “híbrido de máquina y organismo, criatura de realidad y ficción”. Asociaciones entre el hombre y la máquina diversas, excitantes y peligrosas (herramientas tecnológicas como extensiones del cuerpo, experiencias con robótica…), como las que desarrollan el australiano Stelarc o el catalán Marcel.li Antúnez. Todas estas elucubraciones en el campo de las artes suponen o han de suponer una redefinición de lo sexual y demuestran que “los géneros también pueden volverse total y radicalmente increíbles”.
Puede parecer que todo esto no son sino blasfemias contra natura, pero no dejo de pensar, como Lord Henry (El retrato de Dorian Gray), que “la naturalidad también es afectación, y la más irritante”. Es común el miedo a rebasar la escala humana, un “temor frankestenianao” a jugar con el cuerpo… Tecnofobia aliñada con “pellizquitos” de homofobia y una “puntita” transfobia; un sentir apolillado que nos impide rediseñarnos y entender el género como “artificio libre de ataduras en pro del pleno desarrollo de nuestra personalidad”. Todo cambio es una amenaza, mas “de donde nace el peligro nace la salvación también” (Hölderlin). La salvación (al menos en este mundo, hecho de carne y fragilidad): superar los estereotipos identitarios y quitarnos, de una vez por todas, esos patucos-grillete de las categorías sexuales.
Dos sexos son ya pocos, dada la vastedad y variedad del mundo. – Virginia Woolf, Una habitación propia.
Para nosotros no hay uno ni dos sexos sino muchos: hay tantos sexos como individuos. – Gilles Deleuze y Félix Guattari, El Antiedipo.
Mi cuerpo es mi escultura. – Louise Bourgeois
La circuncisión de Peter Pan
10-enero-2011 · Imprimir este artículo
Por David Lastra
Ni el paro, ni el terrorismo, ni mucho menos el grado de dificultad 3 de los Sudokus. Hoy en día existe un drama aún mayor en la existencia del ser humano. Mucho más antiguo y aterrador, una condena que atenaza y marca de por vida: la cría y educación de los hijos. El anticristo en pañales. El día después de nacer, estos niños y niñas cometen su primer desliz. Un pecado mayor y menos divertido que el de Onán: crecer. Desde ese momento, el infante será visto como un error, no de cuentas u otras pruebas caseras anti-embarazo, sino como un verdadero criminal. Lejos de ser castigados con la muerte o con el billete de vuelta al útero, la sociedad les dará una única opción para ser adaptados: pasar por el aro. Entra en juego el valor humanista de la educación, lo que no es ni más ni menos que una especie de corrección del error primigenio que es el comportamiento del menor. Otra nueva batalla contra la naturaleza. La educación debe sacar de su estado de salvajismo al infante para convertirle en un hombre/mujer del mañana. Estas medidas educativas las llevan a cabo los progenitores (sea uno o trino) a través del mítico sistema motivacional del palo y la zanahoria. El progreso, el miedo al fracaso y la vocación de ‘llegar a ser alguien’ estarán marcados por unos modelos de conducta que los menores tomarán del hogar (risas enlatadas) y de otro tipo de influencias exteriores, ya sea de sus coetáneos en el patio de la escuela o en otros lugares de reunión, o de los medios de comunicación. Obviando las videoconsolas y el Flokyl, las herramientas básicas de apoyo para estos primeros años serán básicamente dos: los juguetes y los cuentos.
Pese a que su etimología provenga del mismo iocus que ‘juego’, los juguetes no poseen la función de divertimento sino más bien son un instrumento educacional instructivo. No dejan de ser una reproducción mimética a pequeña escala de las labores profesionales que el menor llevará a cabo en su futuro trabajo (casi siempre desembocando en una vocación frustrada). Pero es ante este tipo de situaciones en las que la naturaleza juerguista del infante sale a relucir. Su juego no se asemeja al concepto adulto de la palabra. Los pequeños se entregan al juego de manera incondicional, por el puro ejercicio de dejarse llevar, mientras que el adulto lo ve como una especie de pérdida menor de tiempo. Un ejercicio egoísta con el mero descanso como finalidad principal. La perversión del juego infantil se termina convirtiendo con el tiempo en lo que conocemos en la madurez como ocio.
Con el juego, el niño desmaterializa el mundo en el que vive. La solemnidad grandilocuente del consensuado ‘mundo real’ se diluye en una realidad paralela personal mucho más grave y heroica. En ella no tienen cabida lo molesto ni lo grotesco, el infante lo suprime e idealiza su propio universo. Un hechizo invocado mediante acciones absurdas llevadas a cabo en la ‘realidad’ a través de las cuales el menor intentará salvar su ideal narcisista de haber hecho algo extraordinario en la suya propia. Un paraíso artificial al que el adulto intentará regresar a través de todo tipo de tranquilizantes y estimulantes que le darán momentáneamente una pequeña sensación de recuerdo que, lejos de acercarle a su malakut, no harán sino alimentar el monstruo de la nostalgia.
La mitomanía infantil encuentra su vínculo perfecto con el mundo adulto gracias los libros. En ellos son los mayores los que mediante un ejercicio introspectivo intentan acordarse de un idioma y costumbres que hace décadas dejaron de practicar. La reanimación de estos signos y recuerdos ha tenido como fruto no sólo obras didácticas sino grandes mitos de la literatura. Menores como Alicia o Peter Pan se han convertido en figuras básicas para la iconografía popular. La lectura (y la no-lectura más) de cuentos infantiles marcará la existencia posterior del niño. La disolución imaginativa del niño será diferente si ha aprendido a leer con Hoffman o si sus primeros balbuceos literarios han sido con Christopher Robin y su osito Pooh. Por supuesto que estas lecturas no llevarán consigo que el efebo se convierta en Michael Haneke o en Julia Roberts, pero ayudarán a la construcción de su identidad.
La elección del acompañante de juegos durante las primeras lecturas no debe ser tomada a la ligera y ni mucho menos dejar que una persona como Ana Botella se encargue de semejante papel. Su selección naif de cuentos ni se acerca a los jardines de Kensington, ni mucho menos a la transgresión carrolliana. Puede que sus hijos no hayan leído obras perpetradas por un asexuado (J.M. Barrie) o por un pederasta presumible opiómano (Lewis Carroll), si acaso habrán echado un vistazo al cuento ultranacionalista de los Estados Unidos de Oz (L. Frank Baum). El error de no tomar distancia entre el autor y la obra puede ser fatal en este caso. Si fuese por el juicio de las perversiones, puede que no nos quedásemos sin todo el arte literario, pero sí sin el más interesante. Dejen a las obras vivir su vida, sobre todo cuando sus autores hace tiempo que reposan bajo tierra.
La elección de la droga siempre vendrá de la mano del niño y el primer chute siempre será con alguien de confianza. La elección del héroe (en gran parte de los casos, heroína) se convierte en la clave. Dar el primer dedal (léase ‘beso’) a la vivaz Alicia o a la maternal Wendy no es ninguna trivialidad. Habrá alguno que prefiera a la pavisosa de Dorothy (más conocida como Dorita por estos lares), pero el rey siempre será Peter Pan. El niño terrible por excelencia, una representación del mismísimo demonio que fue perdiendo su perfidia a medida que su éxito se fue acrecentando. ¿Cuál de estos niños prefiere que sea el primer instructor de sus vástagos? El mundo infantil está basado, en principio y por principios, en la libertad. Por esa razón, nunca deberá ser condicionado por el mundo adulto, ni apenas supervisado. Tratar de descubrir qué hay debajo de las faldas de Alicia o de sexualizar al Conejo Blanco es estúpido. ¿Para qué coño queremos circuncidar a Peter Pan si su polla es un simulacro?
La res pública
10-enero-2011 · Imprimir este artículo
Por Jesús R. Cancela
Hace algo más de un siglo el poeta portugués Antero de Quental, patriota y socialista desencantado con su propia vida, con la situación de su país y con el rumbo que tomaba el mundo de su tiempo, se descerrajó en la sien en el jardín de un convento sobre cuyos muros podía leerse la palabra “Esperanza”. A fecha de hoy, esta Esperanza ha dejado de ser una trágica emoción para transfigurarse en una peripatética desfacedora de los entuertos matritenses, que pisa cabezas al mismo tiempo que insulta a propios y extraños con los calificativos más crudos.
Nadie la culpa, en medio de un piélago de escándalos hay que salvar la cabeza y se impone la ley del más fuerte. Porque, por lo visto, un nuevo fantasma estremece a Europa: el fantasma de la crisis, y de ella quieren sacar provecho en santa jauría todos los politicastros del viejo continente y de la oxidada USA neocon.
Mientras, los banqueros y economistas especuladores más ideologizados, los mismos que fueron los primeros en abandonar el barco para refugiarse en las Caimán, ahora regresan para dar consejos paternalistas. Al fin y al cabo -nos recuerdan-, ellos no son taumaturgos ni adivinos, tan solo meros analistas de la realidad económica pasada y presente. Pero el FMI advierte: “España tendrá que bajar los salarios”, de tal manera que aumente el ahorro, baje el consumo, las industrias autóctonas se vayan al traste y tengamos que pedirle un préstamo -¿por qué no?- al FMI. Y si después todo falla, siempre podemos culpar a la inmigración de todos nuestros males.
Se dice ahora que cuando veas las barbas de los helenos cortar, pongas las ibéricas a remojar. Forma parte de pertenecer al selecto club de lo que los anglosajones llaman países “pigs”, club compuesto por naciones enteras que parecen revolcarse en la zahúrda de un sistema económico que en su tiempo aceptamos con regocijo, pero que está destinado a padecer crisis cíclicas agravadas por nuestra típica tendencia endógena al latrocinio. Aunque hay soluciones para todo: algunos prebostes germanos proponían que Grecia vendiera islas, quizá para adquirirlas ellos mismos y sentirse al mando de su propia ínsula de Barataria. De la misma manera los italianos podrían vender parte de su patrimonio artístico y los españoles casas, que nos sobran; y jamones a granel, por aquello de ser parte puntera de la latina tribu de los chanchitos. Acaso los británicos aprovechen así las próximas canículas para hozar ufanos en el estiércol hispano.
Extramuros europeos, a los estadounidenses el mundo no les va, se les va en decenas de falúas que navegan a la deriva cargadas de amenazas. El hecho de fundar un sistema económico que tropieza cada pequeña sucesión de décadas crea monstruos, y la “Pax americana” del McDonalds en la Plaza Roja y el Burger King en Afganistán se tambalea. “La bala va alocada, sólo la bayoneta mata”, decía Kutuzov, y en un siglo XXI preñado de criminales adelantos militares, los milicianos de las regiones más depauperadas del mundo vuelven a este aforismo decimonónico, como si David resucitara cada madrugada para enfrentarse contra un Goliat menos omnímodo a cada momento.
Y es que el fin de la Historia que preconizaba -con ciertas pinceladas de ironía- Fukuyama, fue mal digerido por los grandes halcones que, ebrios de éxito con la caída soviética y las tormentas del desierto, fueron incapaces de prever la amenaza de que nuevos kaijus (China, Rusia, India), estaban despertando, al tiempo que se desempolvaban inmemoriales rencillas de tintes religiosos. Grandes naciones pseudocontinentales que funden lo peor del capitalismo con nuevas formas de nacionalismo extremo, hordas de fanáticos monoteístas que amenazan a ambos lados del territorio estadounidense y la aparición de sectores críticos internos, incapaces de comprender cómo se le puede vender la democracia a un preso al que se está torturando en cárceles inmundas y masificadas, son las nuevas menudencias que amenazan la estabilidad imperial.
Democracia, mercado, globalización, capital, Estados Unidos, Europa, Asia, Latinoamérica o incluso África son conceptos o emplazamientos que pasan ante nuestros ojos en ráfagas de contenidos informativos cuidadosamente seleccionados y masticados para que, a nosotros, simples náufragos de un mundo tan complejo, no nos atragante la comida un exceso de entropía. Parece que nada más podamos hacer ante este contexto que aplaudir con el espectáculo o contemplarlo horrorizados y en silencio. Los países son entidades geoestratégicas de usar y tirar para las empresas, la res pública es un animal exprimido y escuálido, las masas son quistes de carnada con necrosis y los arranques de romántica desesperación como el del poeta Quental son hoy patologías individualistas dignas de frenopático.
Pero si te tomas un momento y miras a tu alrededor, seguro que el ambiente apocalíptico que te vendo en algunos cientos de palabras ya casi se te ha olvidado porque, al fin y al cabo, la realidad no es tan fiera como algunos la creemos. Quizá porque tampoco somos la excepción de un mundo sin discernimiento, quizá porque más allá de los muros de un convento mantenemos cierta esperanza.
Y es que ya hace tiempo describió Pío Baroja con inigualable claridad este sentir tan humano que, en ocasiones, a algunos nos ronda: “El cómico, el de la funeraria, el prestamista, el general, el cura; todos me parecían sin conciencia y, además de éstos, el abogado que engaña, el comerciante que roba, el industrial que falsifica, el periodista que se vende… Y, sin embargo, pensé después, toda esa tropa que roba, que explota, que engaña y que prostituye, tiene sus rasgos buenos, sus momentos de abnegación y sus arranques caritativos. La verdad es que semiángel o semibestia, el hombre es un animal extraño”.
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Ilustración de Miguel Brieva, profeta mordaz de la crisis.
Explotáis, luego existo
8-enero-2011 · Imprimir este artículo
Por Rubín de Celis

Prometo, como Orson Welles al comienzo de su hermosísima Fraude, que, a pesar de tratar de simulacros, ficciones y otras imposturas, lo que sigue es totalmente cierto y está basado en rigurosos hechos reales, pero solo hasta cierto punto.
Las cosas son así: cada día es más difícil saber quién es quién, quiénes somos. Como en el sueño de Chuang Tzu ya no estamos seguros de si somos nosotros mismos o el sueño que alguien tiene de nosotros. Una pérdida de identidad que ha alimentado las obras de Kafka, Roland Topor, Kôbô Abe o Philip K. Dick y que parece no querer quedarse solo ahí. Baudrillard ha expuesto largamente la lógica de la simulación, la sustitución de los hechos por precisos modelos previos a la realidad. Bienvenidos a la era del simulacro, la de Matrix y el ciberpunk, aquella en la que los avatares virtuales del Second Life pronto parecerán más reales que la propia realidad, puesto que de simulacros vamos a hablar.
La lógica deleuziana de que el Poder no quiere ser medido por el rasero de la Historia sino por el tamaño de sus enemigos resulta más que evidente en la sociedad en la que vivimos. Es el uso del conflicto como fórmula de publicidad pret-à-porter. De ahí el resurgir mediático de un terrorismo internacional que tan bien les sirvió a Reagan y Thatcher para regir el mundo con mano de hierro. Pero en esta era de la información ya no se trata tanto de inventar enemigos (como en el caso de los fascismos o las dictaduras totalitarias) como de magnificar a los contrincantes de uno. Imaginémonos a los managers de un púgil que primero agrandan el currículo de su adversario para luego, al haberle derrotado, ensalzar homéricamente la figura de su pupilo. Las generaciones futuras, al revisar quién fue George W. Bush, lo más parecido a un siniestro alcaide de película carcelaria del Hollywood de los años 40, encontrarán su nombre inevitablemente engarzado al de otro. Es más, mediarán su cruzada salvífica contra el terror a partir del terror mismo. Osama Ben Laden, aquel que osó desafiar la paz y el orden del mundo libre, será pues, históricamente, su némesis. Para siempre.
Pero, detengámonos un momento a calibrar a ese enemigo. Parafraseando el comienzo de la primera entrega del Fantomas de Souvestre y Allain, podríamos responder a la pregunta “¿Quién es Ben Laden?” con un idéntico “No es nadie… ¡y sin embargo es alguien!”. Su identidad es esquiva: es lo que los medios nos han contado de él. Los retazos conocidos de su biografía (su origen acomodado, sus estudios en Oxford, su colaboración con la C.I.A.) poseen un poderoso hálito romántico subrayado por el hecho de ser un personaje condenado a una eterna huida. En cuanto a su profesión, ésta es evidentemente ―como en el caso del “genio del crimen”― la de “dar miedo”. Desde la cúspide de al-Qaeda, lo más similar a una gran multinacional del terrorismo (pensemos en la Spectra de James Bond o en la férrea organización criminal del Dr. Mabuse), atemoriza al mundo no islámico con una guerra de religión al estilo del Siglo XXI. También como Fantomas, en él habitan dos mitades extrañamente complementarias: la del dandi (jinete avezado, con una estilización que parece sacada de las pinturas de El Greco, elegantemente vestido, distinguido incluso disparando su ametralladora) y la del bandido. Precisamente el límite de su dandismo, como han apuntado Philippe Azoury y Jean-Marc Lalanne, no es otro que su furioso activismo contra la sociedad occidental. Una comparativa detallada entre ambos, de su gusto por la espectacularidad a su dominio de los medios de comunicación (copando las portadas de los periódicos y telediarios, con una cadena de televisión ―Al Yaseera― transmisora de sus designios) da vértigo. ¿Será posible que la figura del villano esté tan firmemente aferrada al imaginario colectivo planetario que, incluso alguien como él, tan distante de la cultura occidental, no puede evitar reproducir ciertos estereotipos? ¿O será, bien al contrario, que detrás de su figura existe un diseño premeditado? ¿Cómo saberlo, si Fantomas siempre consigue evitar las manos prestas a apresarle?
Un brindis por el nuevo hombre
27-diciembre-2010 · Imprimir este artículo
Por Javier Esteban
La gran pantalla emite la (misma) imagen de un extraño centro de incubadoras. Un contador va restando segundos al acontecimiento más esperado de todos los tiempos. Se superponen imágenes de Times Square, La Plaza Roja, La Puerta del Sol. Como en una Nochevieja universal, la humanidad vibra finalmente a un solo grito: SEVEN, SIX, FIVE…TWO, ONE…
(Fundido en rojo)
Sobre un altarcito, en el mismo centro de incubadoras, cuatro enormes huevos de avestruz que se rompen por momentos. Salen de ellos cuatro adolescentes totalmente iguales.
Distintas imágenes nos muestran la fiesta global. Estamos en la Nochevieja, no por casualidad, del año 666 de la Nueva Era.
Los nuevos hombres salen de los huevos como patos mareados: tienen cuerpos de hermafroditas, caras de humanos y alas de ángeles de cristal.
Quince sesudos hombres, testigos de distintas épocas, observan el acontecimiento desde su mesa de congresos (en primer plano).
Algunos aplauden mientras otros lanzan anatemas. El follón es impresionante.
ALQUIMISTA.- ¡Eureka! Llevamos siglos tras la criatura.
RABINO ORTODOXO.- (con aspavientos) Esa criatura de la que usted habla es obra del demonio, y el tiempo se encargará de ella.
SATÁNICO.- Un respeto, camarada. Son precisamente ustedes, los monoteos sociedad limitada, quienes llevan soñando años con un rebaño de hombres perfectos… así que ahora no se hagan los estrechos. No creo que estos seres se crean sus milongas por más tiempo.
SACERDOTE CALDEO.- Haya paz entre los intermediarios de buena voluntad. Al fin y al cabo, somos del mismo gremio de miedos y sumisiones. No nos quedaremos en paro… Puesto que el Nuevo Hombre tendrá sus necesidades, digamos, espirituales.
CIENTÍFICO.- (levantando una copa y ofreciendo un brindis) El experimento, pese a quien pese, ha sido una éxito. Es hora de que la humanidad se libere de una vez por todas de las viejas supersticiones…
ENCICLOPEDISTA.- (Alzando la copa) ¡Inmortalidad, igualdad, fraternidad! La libertad la perdimos voluntariamente, allá por las postrimerías del siglo XXI… pero esa es una vieja historia y no quiero aburrir a nuestro selecto público.
FILÓSOFO GRIEGO.- Estoy aquí para dejar claro que nosotros no nos sentimos padres del invento: No es esto, no es esto (tirándose de los pelos).
RAELIANO.- (dirigiéndose al público) Querida humanidad: El Nuevo Hombre posee una capacidad sexual ilimitada y carece por completo de complejos morales. ¿Alguien da más? El nuevo hombre es amor en estado puro universal categórico.
TROSTKI.- El hombre-chip contempla una nueva sociedad con toda su potencia revolucionaria transformadora. ¡Socialización de las fisiologías ya!
NIETZSCHE.- ¡Pandilla de tarántulas y sarcófagos alitosos! El fin será el Superhombre, que cabalgará sobre vuestro rebaño. ¡No a una humanidad disecada! Es pasto de supermercado.
HUXLEY.- Los horrores de la Utopía pretenden clonar el alma humana… y se están aproximando a pasos agigantados.
SAINT-SIMON.- (ebrio, abrazándose a Trostki como un fútbolero). ¡Se nota, se siente, la granja social y espiritual está presente!
JÜNGER.- Ahora que la telepatía es un hecho, la humanidad marcha como un reloj daliniano que se derrite por segundos.
JODOROWSKY.- Al cielo no podemos llegar cada uno con nuestro automóvil. La humanidad, sin embargo, resulta inmortal.
ARRABAL.- Nuestro pasado siglo
está más que repleto
de asesinatos
y hasta de genocidios
Y sin embargo luce
de progreso sin fin.
CIENTÍFICO.- Por favor, por favor… Les pido un minuto de silencio. Supongo que la instalación del chip con la memoria de la humanidad completa, en la que están incluidos los discursos de todos y cada uno de ustedes, es cuestión de minutos. Desde entonces dejarán de tener sentido sus viejas ilusiones de portera humana. Por tanto, repito, no es necesario que atosiguen al público con sus onanismos. La originalidad es sólo una pieza de museo. Quiero, por tanto, hacer una declaración sin interferencias. La haré en esperanto, con traducción simultanea al euskera y al gaélico, por si las moscas.
(Saca un arpa y da un toque de atención con la misma, después, prosigue leyendo, ya con los demás en silencio… frente la expectación de todo el mundo).
“Queridos terrícolas (las plazas del mundo están llenas, tal y como vemos en la gran pantalla). El más viejo sueño de la humanidad se ha cumplido (aplausos de toda la humanidad por la pantalla). Cada uno de estos cuatro bebés utópicos representa millones de años de evolución. Cada célula de los mismos contiene toda la información del Universo. La técnica de gestación por eyaculación de conciencia culmina miles de años de evolución, marcados por los límites y el miedo (se ven en la pantalla imágenes de inquisidores, Semanas Santas y terremotos).
¡Un Nuevo Hombre ha nacido! Un Nuevo Hombre en donde estamos todos reunidos y somos Uno y cuatro. Este Nuevo Hombre no habría sido posible sin los viejos profetas (imágenes en la pantalla de Bin Laden, Lenin, Jesús y Hitler). Pero este Nuevo Hombre nos convierte, además, en dioses con crédito ilimitado.
Una nueva Matria humana ha sido alcanzada. Una fragua intemporal que viene a matar el tiempo y a desadministrar la muerte, nuestra leal compañera. El tiempo, repito, no será ya ningún obstáculo, los pensamientos serán universalmente compartidos y la telepatía será un hecho. Esta obra es la obra de todos nosotros, y por tanto no tiene más autor o copy-right que el humano. Que nadie se sienta excluido. Hemos vencido la enfermedad moral y física, la fealdad y el miedo.
Ya no estamos atados a una raza ni a un sexo, no dependemos de materia orgánica alguna ni necesitamos condiciones ecológicas precisas. Nuestros sueños se realizarán en un umbral entre la realidad y la virtualidad en un lugar hasta ahora desconocido para la mayoría de la ganadería humanista. La libertad no será un problema, porque entenderemos nuestra necesidad y ello nos hará finalmente libres”.
(La humanidad aplaude a través de las pantallas)
“Creo, como último representante del viejo hombre, que los viejos representantes de lo humano debemos desaparecer para dejar paso al definitivo Nuevo Hombre. Su camino, lo sabéis, está lleno de familiares fosas comunes y horrores utópicos que no volverán a suceder (imágenes del 11-S, el GULAG, los campos de exterminio y del desfile del 12 de octubre). Propongo, por tanto, que los aquí reunidos concluyamos esta ceremonia virtual, como gente seria y finita que somos… Es decir, mediante la tradicional ingesta de cicuta que porta esta botellita de licor franciscano”.
(Rumor y comentarios en toda la mesa)
ALQUIMISTA.- Ha nacido el hermafrodita, que yacía inerte en las tinieblas…
En cuanto a nosotros, nuestra obra está acabada: ¡Solve et Coagula! (bebe la cicuta y se desploma).
SACERDOTE CALDEO.- ¿Acaso imaginan que sin custodios de los secretos esas criaturas podrán caminar?
RABINO ORTODOXO.- (despectivo) Como si una criatura engendrara lo divino. ¡Qué obscenidad!
TROSTKI.- Sin la vanguardia del Partido serán ciegos autómatas. Pronto volverán a necesitar de nosotros, son menores de edad.
SATÁNICO.- ¿Quién les llenará la boca de deseo a esos desgraciados transgénicos desnatados?
CIENTÍFICO.- Eso que llaman ustedes criaturas son la línea del horizonte de la evolución: no padecen ni necesitan de sus putrefactos cuidados, ¡amas de cría venenosas!
NIETZSCHE.- No sé si resulta más patético el errante paso del rebaño o la decadencia de sus tradicionales pastores violadores. Ustedes han convertido la Ciencia en una execrable religión agropecuaria.
RAELIANO.- Ya puestos, nosotros mismos debemos ser inmediatamente gemados o clonados, sin tener que desaparecer de un modo tan romántico y antiguo. Ni pasar a esos seres a través de un chip…
CIENTÍFICO.- Todos ustedes forman parte de lo humano, y todo lo humano está contenido en estas cuatro criaturas.
HUXLEY.- ¡Caramelitos, Soma, LSD! Quien los prueba resulta inmortal… Está escrito en los Vedas, ciertamente.
ENCICLOPEDISTA.- El hijo de la modernidad es un monstruo y yo soy su padre putativo.
HOUELLEBECQ.- Al menos la Nueva Era buscaba algo que necesitábamos. Fuimos una especie parecida al mono, que sin embargo tenía aspiraciones nobles. (Pega un trago enorme)
(En la pantalla se observa cómo un científico coloca un chip en la frente a cada uno de los cuatro hermafroditas).
JÜNGER.- Es difícil imaginar que a uno le despierten de la inmortalidad sólo para ver esto. Un poco de dignidad, caballeros.
(Coge la botella de cicuta y la bebe)
HUXLEY.- Déjeme a mí también y tome uno de estos caramelitos de la eternidad…
FILÓSOFO GRIEGO.- Espere, yo me voy con usted… Esto será un ágape (agarrando los tripis que han quedado desperdigados).
(Caen al suelo, después de tomar la cicuta con LSD).
CIENTÍFICO.- Espero que los demás sigan el camino de los héroes. Nuestro tiempo ha pasado definitivamente.
(Por la pantalla se ve a los cuatro hermafroditas observar el espectáculo atónitos. Lloran y vuelven a sus huevos, donde se introducen para no salir jamás).
El experimento ha fallado una vez más.
NIETZSCHE.- Con estos materiales (señalando a los demás) no es posible un Hombre Nuevo. Pero el viejo hombre debe morir.
SAINT-SIMON.- Entonces yo brindo con cicuta por una nueva humanidad.
TODOS.- ¡Nosotros brindamos con cicuta por una nueva humanidad!
(Todos elevan su cálices y beben la sagrada cicuta.
Suena el Himno de la Alegría y unos ángeles comienzan a recoger en ataúdes a los caídos, preparando el funeral a los acordes de Beethoven, que aparece en escena como un giróvago).
(NO CONTINUARÁ)
Un penoso deber
5-diciembre-2010 · Imprimir este artículo
El pasado 20 de octubre fallecía en Soria Miguel Moreno y Moreno, antiguo Jefe Provincial del Movimiento y director de la Casa de Observación, dependiente del Tribunal Tutelar de menores. Su memoria es infausta por ambas cosas, aparte de su labor como adláter del franquismo desde las páginas del trisemanario Campo Soriano. Pese a ello el ayuntamiento socialista ha manifestado su deseo de poner su nombre a una calle. El artículo que se adjunta fue enviado al Heraldo de Soria el pasado 21 de octubre y nunca apareció. El 26 del mismo mes su directora, Silvia Garrote, manifestó a su autor que no iba a ser publicado, aunque compartiera su contenido, por indicación del editor del medio. Es por ello que lo enviamos por este medio al mismo tiempo que pedimos una movilización de la sociedad soriana para impedir que la memoria, una vez más, se traicione. Por favor, transmítelo.
Últimamente me ha tocado hacer tres necrológicas casi seguidas (que recuerde: la de Dámaso Santos Amestoy, la de Ulises Blanco y la de José Antonio Labordeta), lo cuál, a mi edad, comienza a ser preocupante. Los antedichos eran mis amigos, pero también se mueren quienes no lo fueron. No es el caso de Miguel Moreno y Moreno, que acaba de fallecer. Quiero decir que no era mi enemigo, al menos no mi enemigo personal, aunque sí me declaro aquí y ahora enemigo de lo que representaba y de lo que fue en vida.
Puede que desde un punto de vista piadoso lo mejor sea callar ante una persona que ya no está entre nosotros y que, como todo el mundo, tendrá familiares, amigos, etc. que le aprecien y lloren. Pero es que Miguel Moreno y Moreno, además de una persona es un símbolo y es al símbolo al que yo ahora quiero referirme.
Quienes sufrimos la pasada dictadura le achacamos (aparte del retraso social, cultural y económico al que sometió al país) el envilecimiento espiritual de todo un pueblo. Las demás lacras, con el tiempo, han ido desapareciendo o nivelándose, pero la condición servil de los españoles continúa siendo la misma, aproximadamente.
Podríamos decir que Franco nos emasculó (a unos más que a otros) e implantó entre nosotro un espíritu de servidumbre voluntaria que no lleva camino de desaparecer. Decía Manuel Azaña que la libertad no hace mejor al hombre, lo hace, sencillamente, hombre. Por la misma razón su ausencia le impide serlo.
Cuarenta años de represión nos hicieron peores, nos hicieron acostumbrarnos a la humillación, nos ahormaron a los caprichos de la autoridad. Cambiaron nuestra condición taurina (a la manera que quería Miguel Hernández) por la ovina, que tanto lamentaba don José Ortega y Gasset.
Aquella época, de una mediocridad insufrible, no hubiera podido existir de no ser por toda una clase social que se encumbró y medró a la sombra del dictador. Aquello que se llamó –años después- el franquismo sociológico. Fue la complicidad de cientos de miles de personas la que permitió que el franquismo se extendiera y fuera interiorizado –como lo ha sido- por la masa social. Porque ninguna dictadura puede durar 40 años sólo por la fuerza. Incluso el mismo Franco (asesorado no sabemos por quien) llegó a decir que aspiraba no sólo a vencer, sino a convencer.
Y este “convencer” es quizá lo más ominoso de la dictadura, porque para conseguirlo tuvo que maniatar a la disidencia, abolir la libertad de expresión y dejar hablar sólo a los de su cuerda. Fue ese gota a gota de permeación totalitaria la que algunos llevaron a cabo durante años, décadas enteras. Mientras tanto los demócratas teníamos que callar y cuando nos atrevíamos a alzar la voz, se nos silenciaba por la fuerza. Así se fue creando una imagen, una idea de España que, en buena medida, sigue vigente.
Cuando otras dictaduras terminaron sus publicistas fueron a menudo ejecutados sólo por serlo (Rosenberg en Alemania, Brasillach o La Rochelle en Francia, y eso que eran grandes escritores). Aquí el dictador murió en la cama y sus adláteres pudieron reciclarse en demócratas sin que nadie les persiguiera ni molestara.
Que yo sepa pocos o ninguno pidió perdón por haber sido el vocero de los sayones.
Personas sin las que el franquismo no hubiera podido seguir existiendo y funcionando van a pasar a la historia como poco menos que adláteres de la democracia. Recordemos a Gabriel Cisneros del que ya nadie conoce su clara trayectoria fascista. Mientras los verdaderos demócratas sufríamos la violencia policial, la cárcel o la preterición social otros desarrollaron una carrera profesional exitosa.
Creo que decir esto era mi deber
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El racismo, una pasión que viene de arriba
25-noviembre-2010 · Imprimir este artículo
Por generacion.net
Versión extractada del discurso del filósofo Jacques Rancière con ocasión del simposio Los romaníes, ¿y quién más?”, celebrado el pasado 11 de septiembre en Montreuil, cerca de París.
Me gustaría proponer algunas reflexiones en torno a la noción de «racismo de Estado» que se oponen a una interpretación muy extendida de las medidas adoptadas recientemente por nuestro gobierno, desde la ley sobre el velo integral hasta las expulsiones de los romaníes. Dicha interpretación ve en estas medidas una actitud oportunista que busca explotar los temas racistas y xenófobos con fines electoralistas. Esta pretendida crítica lleva implícita la presuposición que hace del racismo la reacción temerosa e irracional de las capas más retrógadas de la población. El Estado es acusado de faltar a sus principios al mostrase complaciente de cara a estos sectores.
Ahora bien, esta disposición adoptada por la crítica «de izquierdas», es exactamente la misma que aquella en cuyo nombre la derecha lleva promulgando desde hace ya veinte años toda una serie de leyes y decretos racistas: diversas molestias causadas por los inmigrantes y clandestinos pueden desencadenar reacciones racistas si no ponemos orden.
Se trata de un juego que consiste en dar a las políticas racistas de Estado una coartada antirracista. Va siendo hora de dar la vuelta al argumento, porque en realidad es la razón de Estado la que alimenta el racismo, confiándole la gestión imaginaria de su legislación real.
Hace unos quince años propuse el término racismo frío para designar este proceso. El racismo que hoy nos ocupa es, en efecto, un racismo frío, una construcción intelectual y una creación del Estado. La naturaleza misma del Estado es la de ser un Estado policial, una institución que fija y controla las identidades, los lugares y los desplazamientos, una institución en lucha permanente contra todo excedente del recuento de las identidades que gestiona. Este proceso se ha intensificado por el orden económico mundial. Nuestros Estados son cada vez menos capaces de contrarrestar los efectos destructores de la libre circulación de capitales, en tanto que no tienen el más mínimo deseo de hacerlo. Así las cosas, toman como objetivo específico el control de esa otra circulación, la de personas, y como meta general la seguridad de los nacionales amenazados por estos migrantes, es decir, la producción y la gestión del sentimiento de inseguridad.
De ahí se deriva un uso de la ley que cumple dos funciones esenciales: una función ideológica, que consiste en dar un cuerpo al sujeto que amenaza la seguridad; y una función práctica, que consiste en reordenar continuamente la frontera entre lo de dentro y lo de fuera, creando sin cesar identidades flotantes. Legislar sobre la inmigración ha significado crear una categoría de infra-franceses, hacer caer en la categoría flotante de inmigrantes a gente que ha nacido en Francia de padres nacidos franceses. Legislar sobre la inmigración clandestina ha significado hacer caer en la categoría de clandestinos a «inmigrantes» legales. Es la misma lógica la que ha ordenado la noción de «franceses de origen extranjero» y la que apunta hoy contra los romaníes, creando, contra el principio mismo de libre circulación en el espacio europeo, una categoría de europeos que no son verdaderamente europeos. Para crear estas identidades en suspenso el Estado no se sonroja ante sus propias contradicciones. Por un lado, crea leyes discriminatorias y formas de estigmatización basadas en la idea de la universalidad ciudadana y de la igualdad ante la ley. Pero por otro lado, crea en el seno de esta ciudadanía igual para todos, discriminaciones como la que distingue a los franceses «de origen extranjero». Así que por un lado todos los franceses son iguales, y ojo con los que no lo son, y por el otro no son todos iguales, y ay de aquellos que lo olviden.
Las últimas campañas racistas no llevan en absoluto la impronta de la extrema derecha llamada «populista». Han sido organizadas por una intelligentsia que se reivindica de izquierdas, republicana y laica. Se argumenta en nombre de la lucha contra el «comunitarismo», de la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley y de la igualdad de género. Con esta forma de argumentar se pretende crear la amalgama entre migrante, inmigrante, retrógado, islamista, machista y terrorista para identificar al indeseable. El recurso a la universalidad opera en beneficio de su contrario: para establecer un poder estatal discrecional a la hora de decidir quién pertenece y quién no a la clase de aquellos que tienen derecho a estar aquí. Ese poder tiene su correlato en el poder de obligar a los individuos a ser en todo momento identificables, a mantenerse en un espacio de visibilidad integral frente al Estado. Vale la pena, desde este punto de vista, volver sobre la solución que el gobierno ha dado al problema jurídico planteado por la prohibición del burka. Era difícil hacer una ley que apuntara específicamente a algunos centenares de personas de una religión determinada, así que el gobierno hizo una ley que prohibía en general cubrirse el rostro en un espacio público. El pañuelo se convierte así en el emblema común del musulmán retrógado y del agitador terrorista. Para esta solución, adoptada (como muchas otras medidas sobre la inmigración) con la benevolente abstención de la «izquierda», es también el pensamiento «republicano» el que ha dado la fórmula.
Mucha energía se ha gastado contra una cierta figura del racismo –la que ha encarnado el Frente Nacional– y una cierta idea de este racismo como expresión de los “white trash”, blancos xenófobos de las capas sociales atrasadas. Una buena parte de esa energía ha sido recuperada para construir la legitimidad de una nueva forma de racismo: un racismo desde arriba.
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Traducción: Álvaro García-Ormaechea
Vía | MediaPart
Sobre la infelicidad de la obra
24-noviembre-2010 · Imprimir este artículo
Por Cristian Cámara
Todavía es posible imaginar, cuando la escuchamos quizá en el metro tocada por algún músico ambulante, la felicidad absoluta que debió acompañar a la creación de una obra como, por poner un ejemplo muy conocido, la Primavera de Vivaldi. La palabra “acompañar” es sin embargo aquí inexacta: mucho más que añadirse, tal felicidad debió ser el acaecimiento mismo, el desplegarse fisiológico de la melodía. En efecto, como en ocasiones se ha señalado, las reglas no fueron durante el clasicismo la ocasión de un constreñimiento, una limitación o una imposición que adviniese desde fuera a la construcción de la obra. Fueron, de hecho, mucho más, la felicidad de la obra, su armonioso reticulado de retornos, su respiración misma o la urdimbre inmóvil de su milagro.
Todo eso es lo que habremos perdido. Si hay todavía una felicidad de la obra, cosa dudosa, al menos para las obras realmente importantes, esta felicidad ya no coincide con la obra, no encuentra ya su momento ahí, sino en otro lugar, antes o después o a un lado, pero en todo caso en un enclave al que la obra no puede acceder sin haber cesado. Dice F. Kafka: “Es seguro que todo lo que he ideado anticipadamente, con buen ánimo, palabra por palabra, o bien de modo incidental pero con palabras precisas, al intentar transcribirlo en mi escritorio, queda seco, alterado, inmovilizado, molesto para cuanto me rodea, pero sobre todo fragmentario, aunque nada haya sido olvidado de la idea original. En gran parte esto se debe a que sólo ideo algo bueno cuando estoy libre de papel, sólo en el momento de exaltación, más temido que deseado, por mucho que realmente lo desee; a que luego, sin embargo, la plenitud es tan grande, que debo renunciar, o sea que sólo extraigo de esa corriente torrencial lo que puedo tomar a ciegas, azarosamente, de suerte que lo obtenido, al escribirlo con reflexión, no es nada comparado con la plenitud en la que cobró vida, es incapaz de dar salida a esa plenitud, y por ello resulta malo e incómodo, porque atrae inútilmente” (15/11/1911).
En este caso la felicidad de la obra parece que está antes de la obra, el momento de un entusiasmo eufórico y henchido que, sin embargo, a la vez, presenta algunos rasgos inquietantes. Si se trata de algo desmesurado, de una plenitud o exaltación, también es algo temible y aterrador, “por mucho que realmente lo desee”, según dice, y una fascinación que a la postre resulta inútil y hostigante. Finalmente, se trata de algo vano y vacío, algo en lo que coinciden la euforia torrencial y el vértigo de la nada. O más bien, ocurre que fundamentalmente es un movimiento irreductible a la reflexión y a la obra, aquello que la obra comienza por traicionar y que no puede decir, pese a que en ella “nada haya sido olvidado”. Hay la previsión o la promesa de la felicidad, pero que sólo se da a costa de quedar interrumpida. Hay el anuncio o el brotar espontáneo de algo que parece prometer o prometerse a la obra, a la realización, como hecho de la misma sustancia que ella, “palabra por palabra”, sólo habría de acoger y desplegar o reflejar, pero que en cambio no se deja “transcribir”, resiste a la obra y permanece, acaso, en ella, pero tan sólo como lo que no ha dicho.
La plenitud es entonces a la vez un hiato, un esguince, una interrupción. La felicidad es lo que no tiene continuidad ni comunicación, el riguroso afuera de la obra. Si comparece en la obra, es para arruinarla. Esta exigencia nueva del exilio, de la página en blanco o del fragmento, es lo que ha desplazado al sistema de retornos en el que lo dicho encontraba, a cada momento, su lugar. En esta interrupción de la obra, en esta obra imposible, infeliz, es donde comparece ahora la literatura: en la posibilidad para ciertas obras de asimilarse a la ruptura que les ofrece ocasión, y de la que asumen, en adelante, una consistencia plenamente exterior. La felicidad como tal es lo fragmentario, “sobre todo lo fragmentario”. Todo lo que define a la obra, la completitud, la unidad, la organicidad, y en cierto modo todo lo que ella vehicula, es infeliz y traiciona y falsea su verdad. Sólo la interrupción radical de la obra es, puede ser, feliz, pese a ser inútil y vacía, fascinante.
Ciudadanos de Segunda
13-noviembre-2010 · Imprimir este artículo
Por María Velasco
“Las expulsiones van a seguir”, insistió Sarkozy…
¿A dónde nos ha llevado el viejo deseo ilustrado de crear una república cosmopolita? ¿Qué universalidad es aquella a la cual alude la elite política que ni siquiera es capaz de integrar la diferencia y que necesita, a consecuencia, convertirla en amenaza?
Los negacionistas se cuentan hoy con los dedos. Por lo general, todos nosotros, bienpensantes, nos echamos las manos a la cabeza ante las imágenes de las deportaciones de judíos y de los campos de concentración; aquello que sucedió en la Alemania de los años treinta nos consterna y nos repugna.
Advertencia: los millones de alemanes que votaron a Hitler y lo apoyaron hasta el final, aunque fuera mostrándose ignorantes o ajenos de lo que sucedía, no eran más enemigos de la humanidad que nosotros. No eran demoníacos ni monstruosos, como dice Hanna Arendt, eran más bien “padres de familia”.
La perspectiva histórica y la eficiencia numérica de la máquina de exterminio nazi nos conceden una mayor clarividencia sobre el bien y el mal que los discursos políticos de hoy, llenos de buenas palabras y titulares paternalistas que aseguran la protección de los ciudadanos (franceses) frente a los seudociudadanos (franceses de origen extranjero) o a los que escapan del malogrado molde de la universalidad (ilegales).
“Los campos de concentración sobre los que se levanta nuestra tranquilidad de conciencia europea son demasiado grandes para rodearlos con alambradas. Nos sale mucho más rentable rodearnos a nosotros mismos de alambradas: encerrarnos en una fortaleza inexpugnable, materializar con púas y cuchillas la ‘solución final’ de nuestras leyes de extranjería, y dejar que la economía internacional se encargue por sí sola de perpetrar el exterminio”, dice Carlos Fernández Liria (Occidente: Razón y Mal).
Yendo al fondo del asunto, no podemos juzgar de desproporcionada la comparación expuesta por la luxemburguesa Viviane Reding, vicepresidenta de la Comisión Europea, entre las repatriaciones de gitanos y las deportaciones del nazismo. Sarkozy dice ofenderse “por unas referencias históricas que han herido profundamente a los franceses”, pero los franceses debieron ofenderse antes… Convertido en verdulera, el Presidente de la República Francesa, de ascendencia húngara, utilizando un razonamiento propio de la white trash (blancos xenófobos de las capas sociales atrasadas), le propone a Reding que se lleve a los gitanos a Luxemburgo. ¡Sorprendente que un mandatario político se refiera a centenares de seres humanos como a una “patata caliente”!
No hace mucho visité la capital francesa. Me alojaba en casa de un amigo, cerca de la majestuosa Avenida de los Campos Elíseos. A nuestro alrededor, los establecimientos Gucci y Versace, de los que, seguramente, la ex-modelo y Primera Dama francesa de ascendencia italiana, Carla Bruni, es compradora habitual. Mi amigo abrió la puerta de su infra-vivienda. “¡Vaya, vaya, aquí debía ser donde los señoritos se tiraban a las criadas españolas!”. Me confirman que sólo viven inmigrantes en esta parte del edificio. “¡Todo esto podría arder con una sola cerilla!”.
La razón del mercado ha nublado toda razón política. Al mercado, en esto no hay diferencia respecto a los totalitarismos, le conviene “un sistema en el que los hombres sean superfluos” (Arendt). Nuestro deber moral ante un racismo que viene de arriba (véase el discurso del filósofo Jacques Rancière, página 6) es dejar de serlo.
En los prolegómenos del 68, pensadores como Marcuse, anticipaban que la revolución ya no surgiría de un cuerpo como el proletariado, adaptado al sistema. La conciencia revolucionaria se desplazó en aquella ocasión del lado de los privilegiados, los estudiantes. Los disturbios que en 2005 tuvieron lugar en diferentes áreas de Francia, a consecuencia de la muerte de dos jóvenes musulmanes de origen africano, me hicieron pensar que la próxima revolución estaría impulsada por aquellos injustamente desterrados a la condición de ciudadanos de segunda.
Foto | Esta es tu obra






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