Todos, por suerte, locos
27-Abril-2009 · Imprimir este artículo
Por José Cervera

Locura es la condición de quien no está dentro de los parámetros de la normalidad; del diferente, del original, del alternativo
Locura es ver el mundo de una forma diferente, pensar cono nadie lo hace, no ser como los demás.
Por eso la creación original es una forma de locura necesaria. Por eso la Red, el nuevo paraíso creativo donde todos los diferentes pueden encontrar consuelo y apoyo, es un universo de locos.No pensar y hacer como los demás es una necesidad absoluta para quien desea crear algo nuevo y original.
Es imposible inventar lo ya inventado, y es sencillo crear lo ya creado. Pero lo original, lo nuevo, exige separarse del resto en visión, en proyectos y en sueños. Quien desea crear debe ser diferente. Debe abrazar algo que se parece a la definición de locura. Y como loco perseverar en su locura.Tradicionalmente también tenía que abrazar la soledad. Las ciudades, imperios de anonimato, siempre han sido hospitalarias con los creadores porque toleran la soledad y permiten aliviarla al ofrecer otros locos, más gente creativa con la que compartir el aislamiento necesario para la originalidad. Pero hasta las ciudades tienen límites.
Y los verdaderamente originales, los que lindan con la locura, han estado siempre solos, con el sufrimiento y las dudas que eso conlleva.Pero ya no es así. Hoy en la Red están todos; los amantes extremos del piercing y la modificación corporal, los tejedores de objetos imposibles, los aficionados al más recóndito anime, los fabricantes ‘amateur’ de enciclopedias, los músicos queridos por sus fans, los aficionados a la ornitología. Cualquiera que sea tu locura creativa o coleccionista puedes encontrar gente como tú, creadores como tú, locos como tú
Cualquiera que sea tu manera de ser diferente, puedes encontrar quien te ofrezca el respaldo de saber que no eres el único, que no estás solo, que tu locura es compartida. También la ayuda, el empujón, el consejo. Pero sobre todo el alivio de la soledad. Una bendición para todos nosotros.Y es que ¿no estamos todos, por definición, un poco locos?“Hoy en la Red están todos; los amantes extremos del piercing y la modificación corporal, los tejedores de objetos imposibles, los aficionados al más recóndito anime, los fabricantes ‘amateur’ de enciclopedias, los músicos queridos por sus fans, los aficionados a la ornitología. Cualquiera que sea tu locura creativa o coleccionista puedes encontrar gente como tú, creadores como tú, locos como tú:
Enlaces:
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Teatro completo de Fernando Arrabal
15-Abril-2009 · Imprimir este artículo
Por Raúl Herrero

En el año del Señor 1997 se publicó por vez primera el Teatro Completo de Fernando Arrabal en dos gruesos tomos, en papel biblia, con más de 4000 páginas. Entonces lo editó Espasa Calpe en colaboración con la Ciudad Autónoma de Melilla, que conmemoraba su V centenario, en una hermosa edición ya agotada y dentro de la colección “Clásicos castellanos”. Por fortuna sonriente en este año 2009 ha retomado el proyecto la editorial Everest, en colaboración con Junta de Castilla y León y el Instituto castellano y leonés de la Lengua. En esta ocasión la edición también resulta espléndida, cuidada, con dibujos del autor que preñan las páginas también de papel biblia y con un apéndice repleto de fotografías, collages, carteles y otras curiosidades del universo Arrabal. En esta nueva edición se han incluido las obras posteriores a 1997: Carta de amor, Claudel y Kafka, Faustbal (el libreto de la ópera recientemente estrenada en el Teatro Real de Madrid con música de Leonardo Balada)…
Tanto en la publicación de 1997 como en la presente del Teatro Completo el catedrático de la Universidad de Murcia y poeta Francisco Torres Monreal ha desarrollado un extraordinario y colosal trabajo de investigación, de explicación de los diversos ciclos por los que circula la obra dramática de Arrabal, además de una selección de publicaciones, etc. Un trabajo ingente que demuestra la extraordinaria repercusión, presencia y la importancia capital del dramaturgo español más representado en el mundo. Para la contraportada de ambos volúmenes se ha elegido la entrada del Diccionario de literatura de la editorial Bordas que reza:
“Fernando Arrabal es autor de un teatro genial, brutal, sorprendente y gozosamente provocador… Un potlatch dramaturgico donde la chatarra de nuestras sociedades ‘avanzadas’ se carboniza en la pista festiva de una revolución permanente. Hereda la lucidez de un Kafka y el humor de un Jarry; por su violencia se asemeja a Sade o Artaud. Quizás es probablemente el único en haber llevado la irrisión tan lejos. Gozosamente lúdico, rebelde y bohemio, su obra es síntoma de nuestra época de alambradas; una forma de mantenerse alerta”.
Fernando Arrabal ha repetido, a las personas que sabierónle escuchar, que nunca ha pretendido provocar, ni él, ni Dalí, ni Breton, ni Duchamp, ni sus amigos han aspirado jamás a nada semejante, que la provocación viene a significar “trampa en la que se cae” y que ninguno de sus colegas, ni él mismo, incurrirían en algo tan baladí.
Pero ¿qué se entiende por provocar? A pesar de los esfuerzos que realice nuestro autor en aclarar ciertos puntos siempre le insistirán a babor y estribor con la consabida “provocación”. Es natural. La provocación, en su caso y en el de los nombres que él mismo cita, procede del sujeto que la siente como tal, y que tiene a bien carcomerse en ese gustirrinín porque acepta los bozales, los goznes y los silencios opacos que la sociedad le impone. En una aldea caníbal, ¡cuánto escandalizará el que se abstenga de saborear la carne humana! ¡Cómo escandalizó a los nazis que uno de los mayores compositores de nuestro tiempo, Arnold Schönberg, regresara a su fe judía tras un lapso in albis! ¡Cuánto escandalizó a las mentes reaccionarias de izquierdas el catolicismo de José Bergamín! ¡Cuánto escandalizó a muchos fervientes del régimen franquista el fascismo idealizado de Ernesto Giménez Caballero! ¡Cuánto escandalizó a los beatos el Jesucristo Superstar hippie! ¡Cuánto escandalizó en los salones bien pensantes Beethoven con sus primeras sonatas, de las que se decía que a las jovencitas vírgenes les hacía sentirse arrobadas por un regato de pasión! ¡Cuánto escandalizó a los tullidos mentales la “Consagración de la primavera” de Strawinsky! ¡Cuánto escandaliza al matarife la oveja descarriada que se escapa antes de ser contada, pesada y degollada!
La grandeza de Fernando Arrabal se pone de nuevo a la vista de todos con la edición del Teatro Completo. Pero, al que no desea ver, al censor, al que condena, sólo le interesan los grilletes. ¿Durante cuánto tiempo se recordará a Fernando Arrabal por un guiño, un gesto, una palabra repetida entre dientes, por una entrevista, por un debate! ¿Y si recordáramos también a Cervantes sólo porque se supone era manco? (Los lectores del libro Un esclavo llamado Cervantes, de nuestro autor, sabrán que la manquedad del autor del Quijote resulta algo discutible).
Arrabal ha cruzado a nado, como un Lord Byron de hoy, los mejores quehaceres del mundo de su tiempo: el postismo, el surrealismo, los beatniks, el pop-art, los patafísicos, el hippismo, la contracultura, el free jazz (presente en algunas de sus obras dramáticas, como en El cementerio de automóviles, tal vez en otro momento explique este punto con más detalle)…
Los temas de la obra de Arrabal son los mismos que se encuentran en San Agustín, en Shakespeare, en Sófocles: el amor, la traición, el ¡ay! de los vencidos de Tito Livio, la crueldad y, todo ello, enmarcado en la senda del conocimiento. Arrabal constituye el ejemplo de aquel que con su vida y su época superpone los cimientos de una identidad en constante perfeccionamiento hasta alcanzar los niveles de la genialidad, de la misericordia, de la paz universal.
Leo a Giovanni Papini y recuerdo el caso Arrabal en España:
Los críticos italianos de principios del Trescientos —tanto los clérigos como los laicos— no veían a Dante con buenos ojos. Es más, algunos le tenían verdaderamente en gran dispitto. Pero, como quiera que las obras del florentino eran buscadas y leídas en toda Italia, no podían por menos que ocuparse de él, aunque fuese a regañadientes y con desgana.
Y para no estrujar demasiado sus delicadas meninges escogieron una “fórmula” tan cómoda como simplista para deshacerse rápidamente de aquel importuno Alighieri que les atacaba los nervios. Y sentenciaron, de una vez para siempre, que nuestro Dante era “autobiográfico” y “polémico”, todo lo más con algún ribete “lírico” e “idílico”.
Y todos los críticos de aquel entonces repitieron, como un coro de urracas domesticadas, esa fórmula y esos epítetos, cada vez que salía a la luz una obra de Dante. En la Vita Nuova y en las Rimas —decían— prevalece lo autobiográfico, en el De Monarchia y en el Convivio, domina, en cambio, “la polémica” mézclanse y elázanse continuamente, exceptuando unos cuantos intermedios líricos y retóricos. Hasta en lo más alto del Paraíso ese condenado florentino exponía su persona abandonándose a deplorables “excesos polémicos”.
La historia, hoy, no registra ni los nombres de los tales críticos del Trescientos, mientras las obras “autobiográficas” y “polémicas” de Dante se leen y se admiran en todos los idiomas del mundo.
Y así sea. ¡Vale!
Palabra de Lincoln
15-Abril-2009 · Imprimir este artículo
Por Ximo Brotons
He estado leyendo estas tardes algunos de los discursos políticos que el diario “El Mundo” puso a la venta el pasado año. No pude conseguir los de Cánovas, Azaña, Clemenceau o Kennedy, como me hubiese gustado. Pero la cosecha fue provechosa. Empecé por Lincoln, que desde siempre ha sido mi referente político último y principal. Continué con Pericles y su afamada “Oración fúnebre”, de la que el “Discurso de Gettysburg” no deja de ser una lejana pero más lograda continuación, aunque Lincoln fuera republicano y Pericles demócrata en sus respectivas democracias. He leido los discursos de Gil-Robles durante la República española, que pueden servir para entender algunas cosas y conocer el papel del centro-derecha, o mejor dicho en este caso, de la Derecha clásica española, en aquel paréntesis mayormente extravagante dentro del gran paréntesis dictatorial que va desde 1923 hasta 1976. También he leido el enorme discurso de F. D. Roosevelt en la famosa inauguración del “new deal”, repleto de llamadas al esfuerzo, a la disciplina, y aun al sacrificio, esas cosas que la Izquierda clásica española no entiende o desprecia. Después, Churchill, y De Gaulle. Finalmente Suárez, al que tengo, mejorando la estela de Argüelles, por el mejor político español desde el principio de nuestra democracia en 1812.
Reagan merece un aparte pues, junto a F. D. Roosevelt, forma la pareja de presidentes más importante de los EEUU del siglo XX: mientras éste gobernó durante 12 años en circunstancias excepcionales y en su primera reelección solo perdió en los Estados de Maine y Vermont (Estado natal de John Dewey que ha sido gobernado en los últimos tiempos por Howard Dean, el mayor bastión demócrata en la reciente elección de Obama con resultados inversamente proporcionales a Oklahoma, aquel Estado de las uvas de la ira de los años 30, hoy bastión republicano), Reagan ganó en su reelección en todos los Estados salvo en Minnesotta, Estado natal de su adversario demócrata en aquella campaña y que luego ha llegado a estar gobernado por el Partido Reformista de Ross Perot de la mano de Jesse Ventura. Es cierto, por otra parte, que Kennedy no pudo presentarse a ninguna reelección, pero dada su apretadísima primera elección contra Nixon, no deja de ser dudoso que pudiera haber arrasado en su supuesta reelección de 1964 como lo hicieron F. D. Roosevelt en 1936 y más aún Ronald Reagan en 1984. Sin embargo, aunque no los he mencionado, los éxitos y los fracasos del siglo XX americano no se pueden entender sin sus dos presidentes más relevantes de los inicios de la centuria, Theodore Roosevelt y Woodrow Wilson, y sin, por así decirlo, el engarce de su centuria, que es Dwigth Eisenhower.
Quería dedicar todo el comentario a glosar las figuras de estos grandes políticos a través de sus frases más acertadas según el sentido y contexto de sus discursos. Pero aun estoy con Mandela y me queda Clinton, de modo que de momento solo me referiré a Abraham Lincoln.
Dicen que Lincoln era conocido como “el gorila”. La prensa demócrata, que cerró parcialmente durante la Guerra Civil, en concreto la de Chicago, lo tachaba de patán e imbécil. Era autodidacta, de una familia de segunda fila, rural, desplazada a Illinois procedente de Virginia, Kentucky e Indiana. Sin embargo, contrajo matrimonio con una señora de buena familia en Illinois, y allí hizo carrera, como abogado y parlamentario. Se cuenta una anécdota de cuando su mujer, enamorada, quiso casarse con él. En la calle, encontrándose de frente mientras caminaba con alguien que le preguntó por el suceso, Lincoln contestó: “Estoy muy sorprendido”.
La prosa de Lincoln, si es que él, como dicen, escribía sus discursos, es anti-retórica. Es sobre todo una prosa que dice lo que piensa profundamente y sobre todo piensa lo que dice: es una prosa pensante, que se detiene en meandros y en minucias, de la enormidad que luego Chesterton nos hizo entender. No es una prosa bella por estética, es una prosa compleja pero inteligente e inteligible, con poco que se haga el esfuerzo de entender la raíz de lo que plantea. Así pasa con sus discursos previos a su elección como Presidente. Es una prosa que procede por principios y por preguntas, esto es: los principios de los EEUU, sus valores superiores, que no son, como pretendía el entonces “The New York World”, los recogidos en los artículos de la Confederación previos a la Constitución de 1787, sino su Declaración de Independencia. Y las preguntas: sentado el propósito original de la nación americana, ¿son la política de los Estados y del Gobierno Federal y las decisiones del Tribunal Supremo acordes con este propósito? No es solo una pregunta retórica. Lincoln pone ejemplos concretos -el último, el caso Nebraska-, e imagina lo que se puede esperar de estos ejemplos. Lincoln debate, aunque con la firmeza de su elemental convicción. Contrapone estos ejemplos con el propósito de la Declaración de Independencia. Tiende la mano con sinceridad calculada. En esto sigue al pie de la letra el mandato de Vauvenargues: la honestidad radica en la claridad. Sabe que la guerra es una opción, e incluso la busca, por reducción al absurdo. Quiero decir que su propósito no es pacificador ni conciliador en primer término, y aun así, en la inauguración de su discurso, vuelve a tender la mano, cuando ya el fuego había sido encendido. La guerra estalla. Lincoln no la rehuye, está preparado, tanto para la guera, como para el después de la guerra. Lo principal del caso son las medidas, bajo capa de un soberanismo confederal que rechaza en nombre de la Constitución, en la práctica esclavistas, contrarias por lo demás al propósito inicial de la Declaración. El Reino Unido había abolido la esclavitud en 1808. Lo último, no obstante, es la unidad nacional, el país, por encima incluso del anti-esclavismo. Pero resulta que según el propósito original de la democracia americana lo uno no se da sin lo otro.
Sin su victoria en la contienda civil, muy posiblemente los Estados Unidos de América tal como los conocemos hoy, y el mundo que conocemos hoy, no existirían. Por eso Lincoln, aunque solo gobernó durante cuatro años y en guerra -fue reelegido, en los estertores de la guerra, que como se ve no puso fin a la libertad de elegir, pero en seguida asesinado-, es el presidente más importante de la historia americana, con el permiso de George Washington y de los Padres Fundadores. Pues él es el refundador de la nación, bajo el amparo de Dios, concebida en Libertad.
¿Cuáles hubiesen sido las consecuencias de su derrota? La esclavitud no solo se permitía en los Estados sureños sino que se estaba expandiendo por otros nuevos Estados. Una Confederación así solo tenía dos salidas: o convertirse de nuevo en colonia -en colonias- más o menos autónomas del Imperio Británico, como Canadá y Australia, o en convertirse en países más avanzados pero tan frágiles como los actuales países del Cono Sur del continente americano, sin descartar la opción de algún tipo de dictadura. En el primer caso, puede imaginarse que la democratización imperante en el Reino Unido hubiese acabado por introducirse en la Confederación, pero ni era el caso entonces, sino todo lo contrario, ni esto hubiese sido suficiente para hacer frente a lo que se estaba cociendo en el centro del continente europeo de la mano del nacionalismo expansionista alemán. Del segundo caso, entonces, para qué hablar. La Armada Invencible de Felipe II no pudo invadir Inglattera, y Napoleón ni siquiera se atrevió, pero, ¿quién hubiese parado de cualquier modo a Hitler sin la ayuda de los EEUU? Digo Hitler porque precisamente la doctrina Wilson, el primer presidente demócrata sureño elegido casi cincuenta años después de la muerte de Lincoln, fracasó estrepitosamente en Europa con su política de apaciguamiento, de “ni vencedores ni vencidos”, y de buena voluntad con el nacionalismo germánico a través de una Sociedad de Naciones ilusa y, para dentro de las democracias ya existentes, confederalizante. Entre los puntos que hace enorme el discurso posterior de F. D. Roosevelt, presidente demócrata, está el haber tomado muy buena nota de este fracaso. Y lo que hace aguas en Kennedy y en los demócratas posteriores, hasta Obama, es su insistencia en un cierto neowilsonismo. Esto es lo que sabía Reagan, quien estuvo al menos dos veces en Berlín para expresar algo más que buenas palabras a los alemanes y, por supuesto, también a los rusos y vecinos, quienes en la estela del nacionalismo germánico inverso de Marx, gozaban de la patente del totalitarismo que aun hoy se comercializa, aunque ya al por menor. He dicho “hasta Obama”, pues cabe la esperanza, como se ha dicho en la prensa, de que pueda resultar un Reagan de centro-izquierda.
Todo esto tiene, por supuesto, una moraleja para el caso español. El contradictorio caso español. Un Pi y Margall defendiendo la abolición de la esclavitud pero al mismo tiempo una confederalización al estilo norteamericano que es precisamente lo que sale definitivamente derrotado en la legislatura de Lincoln. Un republicanismo -como forma de Estado, no como ideario político al estilo del partido norteamericano de Lincoln- confederalizante, esto es, que alienta privilegios hereditarios o no se atreve a historizar su lejano rechazo moderno en sus territorios (me refiero básicamente a Cataluña, y en otra medida al llamado País Vasco). Por otro lado, un Cánovas que refunda el partido moderado en un gran Partido Conservador por medio de una unión liberal al estilo de Lincoln, pero que no entiende en toda su profundidad la abolición de la esclavitud que firma en 1886 ni el sufragio universal que firma en 1890, pues también firma la confesionalidad no ya judeocristiana sino exclusivamente católica del Estado, que por tanto ve reducida e ineducada su libertad de expresión en sus mismas instituciones, y el mantenimiento de unas colonias ya periclitadas, y definitivamente perdidas en una guerra contra precisamente los EEUU. Cierto es, sin embargo, y triste, que el derrotero posterior de la Izquierda española no solo no corrigiera su contradicción sino que la acentuara tanto con nacionalismos de cuño germánico como con el socialismo soviético. La Derecha española pagó la prueba de la República española, y hasta del “Cirujano de hierro” militar, cuando ya había aceptado el principio regionalista en tiempos de Dato, tarde y mal, para luego cobrarse el precio total por medios de todos conocidos, hasta el encuentro y el acuerdo básico de 1978 de la mano de Suárez -de familia “republicana”- y el Rey.
Pero vuelvo a Lincoln. Veamos qué es aquello que decía Lincoln y que tanto escandalizaba a buena parte de la sociedad norteamericana de aquellos días.
En la Convención de su partido, antes de las elecciones: “Esta necesidad no se dejó de lado y se estipuló (…) en la notable argumentación de la `soberanía de los residentes de un territorio´ y en el `sagrado derecho al autogobierno´ en el que aquélla se formula y, aunque exprese la única base legítima de todo gobierno, estaba tan pervertida en esta aplicación particular que venía a decir que, `si un hombre optaba por esclavizar a otro, un tercero no tenía derecho a oponerse´. Este argumento fue incorporado en el proyecto de ley de Nebraska de la forma que sigue: `La intención y el significado de esta ley no es legislar la esclavitud en ningún territorio o estado, ni excluirla de ellos, sino dejar que su población sea perfectamente libre para formar y regular sus instituciones propias a su modo, estando sujeta solo a la Constitución de Estados Unidos”. Nótese por qué un siglo más tarde Reagan dirá que “creemos en los Estados”. Pero en lo que no se cree es en la perversión de su fundamento y de su funcionamiento. ¿No suena todo esto del proyecto de ley de Nebraska, por otra parte, tanto tiempo después, tristemente, al “derecho a decidir de los vascos”, a “la soberanía de la nación catalana”, etc., etc.? La comparación no puede ser exacta, pero se le parece demasiado.
Veamos el discurso de inauguración de su primera presidencia, que empieza con un “Ciudadanos de los Estados Unidos”. Dice Abraham Lincoln: “A mi juicio, la ley universal de la Constitución supone que la Unión de los estados ha de ser perpetua, por más que no se exprese esta palabra en la ley fundamental de todos los gobiernos nacionales”. No deja de ser curiosa y hasta por un momento inquietante la expresión “de todos los gobiernos nacionales”. No parece referirse, sin duda, con “gobiernos nacionales” a los Estados de la Unión -aunque aun esta interpretación haría plausible la llamada a la perpetuidad de la Unión-. Lo que en esta frase de Lincoln hay es la sempiterna tensión entre la ciudadanía nacional y su, por democrática, fundamentación universal, por así decir, propia del régimen democrático desde la Grecia del siglo V a. C. También hay, por tanto, una cierta idea del universalismo que los mismos Estados Unidos que pregona Lincoln asumen. Por eso, no deja de ser mucho menos “imperialista”, si es que podemos utilizar esta palabra con algo menos que una frívola inocencia, esta ley universal, fundamental, de todos los gobiernos nacionales, pregonada por Lincoln, que el derecho de autodeterminación de los pueblos pregonado, aun en el mejor de los casos para el colonialismo anterior a la 2ª Guerra Mundial, años después por Wilson.
Continúa Lincoln: “Una mayoría sujeta a las limitaciones constitucionales y que cambie fácilmente conforme a los cambios de la opinión popular es el verdadero soberano de un pueblo libre; el que la deseche cae en la anarquía; la unanimidad es imposible; rechazando el principio de la mayoría, solo queda ya el despotismo…”.
Luego viene todo el argumentario contra la Secesión. Me gusta mucho, porque siguiendo a Spinoza más de una vez he utilizado la expresión “geométricamente hablando”, el inicio de uno de estos párrafos del discurso, que reza: “Físicamente hablando, no podemos separarnos”. Lincoln apela después a “este gran tribunal que se llama el pueblo americano”. Lincoln señala que como Jefe de Gobierno hará valer la Constitución, pues este es el mandato que le ha otorgado el pueblo; que si el pueblo quiere, puede separar los Estados, pero nadie sería tan necio para no tener una confianza ciega en la justicia del pueblo, cuyo mandato viene expresado en y por la Constitución, el Gobierno y las elecciones. Habiendo necios, lo único que quedará después de esto, será, en efecto, la guerra.
En el segundo discurso de investidura Abraham Lincoln es breve y conciso. Salvada la Unión, mantenida y perfeccionada la unidad nacional, habla del “escándalo” del esclavismo en términos bíblicos y acaba diciendo: “Sin rencor hacia nadie, con caridad hacia todos, con firmeza en lo que es recto y justo, tal como Dios nos hace ver qué es justo y recto, esforcémonos en poner fin a lo que nos ocupa, en vendar las heridas de la nación, en cuidar de aquel que ha soportado la batalla y de su viuda y de sus huérfanos, en hacer todo cuanto permita alcanzar y mantener una paz justa y duradera entre nosotros y con todas las demás naciones”.
Para que de este modo el gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo, no desaparezca de la faz de la tierra.
Gorbachev
1-Abril-2009 · Imprimir este artículo
Por Armando Morcillo
Figura admirada y denostada a partes iguales tanto dentro como fuera del país. Aparecer como imagen de marca de lo peor -¿acaso de lo mejor?- del capitalismo; o como amable vecino y mejor amigo de los yanquis quizá haya contribuido a acercar al gigante desconocido al siempre ingrato occidente. Lo que seguro ha hecho ha sido alejarle de su pueblo y cimentar el muro de indiferencia, en el mejor de los casos, y rechazo a su figura levantado, un suponer, por esos nuevos rusos que necesitaban un cabeza de turco a quien culpar de todos los abusos que ellos estaban dispuestos a cometer.
El pueblo ruso nunca le perdonará ser la figura al mando cuando el imperio pasó de superpotencia mundial a mercado emergente en apenas unos años.
De orígenes humildes (como debía ¿debe? ser), fue el miembro más joven en formar parte del Politburó para, en seis años, convertirse en Secretario General del Partido. Nada más llegar al poder entendió que, por fin, había llegado la hora del cambio. Tanto por el desastre económico en el que ahondó la presidencia de Brezhnev, como por la distensión que el propio Leonid Brezhnev preparó e impulsó. Por esta razón, tras hacerse con el mando del Partido y, por tanto, del imperio, anunció que una reorganización de la Unión Soviética era necesaria.
Las reformas introducidas por Gorbachev en los siete años que se mantuvo al frente de la Unión Soviética se basaron en dos pilares fundamentales: перестройка y гласность . En 1986, durante el XXVII Congreso del Partido la perestroyka vio la luz. La intención de sus promotores fue la de descentralizar y abrir la economía, impulsar la iniciativa privada (por primera vez desde tiempos de Lenin se permite la propiedad privada), modernizar la industria y los modelos de gestión, así como luchar contra la corrupción o el alcoholismo. En 1988 se habló de glásnost, de libertad de expresión, libertad religiosa, libertad de prensa y pluralismo político. Miles de presos políticos fueron puestos en libertad y las críticas al gobierno se hacían desde los propios medios gubernamentales.
A finales de los ochenta las sesiones del Politburó se retransmitían por televisión. Al líder se le podía criticar. Ferozmente. Y a ello se lanzaron los rusos de uno y otro signo con el entusiasmo y la crueldad de un niño con un juguete nuevo. Los reformistas criticaban la lentitud de los cambios. Los conservadores su velocidad y amplitud. Sin poder contentar a nadie, cada vez más solo y traicionado una y otra vez por supuestos aliados, ella sola se murió.
Cuando Gorbachev fue depuesto -escribe Tatyana Tolstaya en The Time- por alguna razón todo el mundo pensó que era algo bueno. Los conservadores estaban encantados porque, a sus ojos, él fue la causa de la desaparición del régimen (y estaban en lo cierto). Los radicales estaban felices porque, en su opinión, él era un obstáculo a la independencia de las repúblicas y demasiado cauteloso a la hora de promulgar las reformas económicas y políticas (también estaban en lo cierto) [..] Por raro que parezca, nadie pensó nunca que Gorbachev fuera particularmente honesto, justo o noble. Pero tras su marcha, el país se vio anegado por la deshonra, la corrupción, la mentira y el bandidaje descarado.
En 1996 se presentó a las elecciones generales pero apenas cosechó un 1,5% de los votos, convertido ya, en el mejor de los casos, en ídolo Pop de juventudes ávidas de hedonismo; o simplemente en una caricatura de la que burlarse.
La nueva Rusia, que arranca con Putin, fue vista en un principio con buenos ojos por Gorbachev. No en vano es un ruso más : “Apoyo abiertamente a Putin por la simple razón de que su primera etapa como presidente nos trajo estabilidad y mayor capacidad de maniobra. Proyectos positivos se han puesto en marcha bajo la presidencia de Putin. Se ha hecho un gran trabajo en el desarrollo de un estado democrático con una economía de orientación social” pero también fue criticada su deriva totalitaria
“las autoridades rusas han vuelto la espalda a las reformas estructurales y en su lugar se han dedicado a satisfacer sus propio anhelos, inventando el mito de «superpotencia energética». Los recursos son dirigidos, no a la protección de los intereses de la mayoría de ciudadanos sino a salvar las propiedades de un estrecho círculo de influyentes empresarios”
Cuando pensé en escribir acerca de Gorbachov (como se ha traducido en España) ya tenía el final pensado. Acabaría con una cínica sentencia que me dejaría a un abismo del personaje, alineándome con los que se burlaban. Es un fracasado, pensaba ufano. Al final la empatía ganó el pulso y el poso es de respeto sincero a uno de los grandes personajes de la Historia.
Suena Dumb Poet, de los Immaculate Fools.
La democracia como régimen trágico
30-Marzo-2009 · Imprimir este artículo
Por Ximo Brotons

Voy a hablar de la democracia considerada como régimen político trágico tal como expongo esta tesis en mi libro Idea trágica de la democracia. Me centraré en la parte del libro más extensa, en el tercer capítulo (La democracia, en serio), pues del segundo capítulo (Nosotros, los mortales) ya he escrito suficientes textos complementarios (“Lógica del sentido común”, resumen de mi anterior Ensayo sobre el sentido común; “Los fantasmas del sentido común”; “La imaginación creadora”: “Filosofía trágica también para la ciencia”; y “Ética de la intelección”: todos ellos, como he dicho, dedicados a elucidar y aclarar los aspectos más complejos de las tesis expuestas en el segundo capítulo de Idea trágica de la democracia, relativo a cuestiones cosmológicas, gnoseológicas y éticas). Voy a centrarme, pues, en las cuestiones políticas de la idea trágica de la democracia que sostengo en este trabajo.
Para empezar, como es sabido, el término tragedia viene del apelativo de “macho cabrío” dado a Dionisos. Dionisos es “el nacido dos veces”, y además es un dios extranjero. Ya sabemos lo que decía Nietzsche sobre el politeísmo griego: solo en él podría haberse inventado “el individuo”. No hace falta subrayar el primordial papel de Dionisos en este politeísmo, tanto más cuanto que venía a reforzar el carácter mortal, esto es, trágico, de este “individuo”.
Pero hoy entendemos por tragedia el género teatral inventado en Grecia sobre el 540 a. C., un siglo después de Tales de Mileto y casi paralelamente a la invención de la democracia por Clístenes a partir de las reformas de Solón sobre el 500 a. C. La invención de la tragedia consistió en introducir unos personajes antes y durante la representación del coro, rompiendo con la tradición del papel único del coro. Tespis y Frínico -luego Esquilo, Sófocles, Eurípides y los comediantes, y la tragedia y comedia romanas- fueron los que introdujeron estos personajes, que empezaban la función antes que el coro y que durante la función llevaban el peso de la representación, rompiendo con la unidad del coro encarnada en el jefe del corifeo. Estos personajes, los héroes, individuos tout court, eran los hipocrites, “personajes o actores” que llevaban una máscara (de donde procede la palabra persona). La aparición en escena de estos héroes rompía al coro en dos y subsumía al jefe del corifeo en el mismo corifeo. Estos personajes podían ser uno, dos o tres, y con Frínico empezaron a ser también femeninos (luego está otro Frínico, el comediante, rival de Aristófanes y autor de El solitario). Cuando eran tres, solo podían hablar dos entre ellos; el tercero permanecía mudo o monologaba.
Me parece que aquí se ven claramente un par de cosas relacionadas con la política (y con la lógica que he defendido en otros textos). Los héroes, los individuos, lo que luego serán los ciudadanos (extendiéndose más tarde hasta los “ciudadanos del mundo” ), rompen el coro en dos y eliminan al jefe del corifeo. Esto es tanto como decir que se funda la república -politeia, en Grecia, es decir, la democracia- al mismo tiempo que aparecen dos partidos políticos o dos bloques de partidos políticos. Unos treinta años después de Tespis, como he dicho, Clístenes funda de facto la primera democracia de la historia humana, la de Atenas, en la que la filosofía no solo se desplegará como matemáticas y ciencia natural sino como saber práctico relativo a la vida en democracia, esto es, como lo que podemos llamar muy ampliamente política. La gran política de Demócrito.
La segunda cosa que se ve claramente encarnada en los personajes es lo que he llamado lógica trivalente (Lukasievitz), que es la lógica del pensamiento -filosófico- que descubre la posibilidad de la democracia y la instituye. No hay un mero diálogo entre dos, como de ping-pong, en la escena de la tragedia. Hay un tercer personaje que o bien está mudo -pero no ciego- o bien monologa, como un susurro de fondo entre el diálogo de los que hablan entre sí. Esto en lógica trivalente es el tercio no excluido. Este tercer personaje es monotropós, como un solitario, o como un idiota -en el sentido de los diálogos del idiota de Cusa, del autodiálogo de Unamuno o de la idiotez de lo real en Rosset-, pero no monofronós, un único poseedor delirante del juicio, mal por excelencia éste en la democracia.
En suma, lo que la tragedia griega muestra es que las cosas se pueden discutir y decidir racionalmente, como había enseñado la filosofía, en tanto interrogación ilimitada, desde Tales de Mileto (quien, no obstante, aun era rey). Hay dos partidos, como dos tipos de voz en el coro, y dos personajes en escena que razonan sobre las cosas en torno a la afirmación y la negación, pero hay un tercer personaje, mudo o monologante, pero no ausente ni excluido, que viene a representar al coro sin identificarse con ninguno de los dos bloques (hemiciclos) del coro mismo, sustituyendo al desaparecido jefe del corifeo por el genuino rumor de fondo coral que, entre la afirmación y la negación, sigue susurrando en todos nosotros quizá. Y un quizá es lo que será prima facie la ley (nomos) en tanto ley democrática en la, por esto, autonomía de Atenas.
Ahora avancemos y profundicemos en esto. Para ello me voy a servir sobre todo de las tesis de Hanna Arendt, exiliada alemana de origen judío en EEUU, a partir de la idea de que la pluralidad de los puntos de vista, introducida en el pueblo por el pensamiento filosófico a semejanza de la aparición de los héroes y de la división del coro en la tragedia, es el rasgo definitorio de la democracia.
Para empezar, sostengo que el hombre es un animal fracasado como animal (Sloterdijk), es un puente, un tránsito y un ocaso, un animal inacabado (Nietzsche). El hombre, de hecho, tampoco es un animal político, porque, como dice Arendt, “la política nace en el Entre-los-hombres, por lo tanto completamente fuera del hombre. De ahí que no haya ninguna sustancia propiamente política. La política surge en el entre y se establece como relación” .
Por tanto, la pluralidad consiste en la puesta en relación de los puntos de vista, en los puntos de vista puestos en relación. Escribe Arendt: “Solo hay libertad en el particular ámbito del entre de la política”. La libertad, el sentido de lo político o lo que llamo en mi trabajo el sentido político de la sociedad, consiste en tratarse y relacionarse unos con otros “más allá de la violencia, la coacción y el dominio, iguales con iguales”, mandando y obedeciendo solo en momentos necesarios -en la guerra, o en el trabajo, pero en los dos casos conservando y para conservar dicha posibilidad de trato igual y libre-, y en los que no, regulando todos los asuntos comunes hablando y persuadiéndose entre sí.
Y es que el sentido político de la sociedad implica el rechazo de la falacia de lo indecible, asumida sin verdadera crítica por la lógica identitaria que quiere ser toda la razón. Wittgenstein postulaba que de lo que no se puede hablar hay que callar: así es como puede establecerse la homogeneidad del ser absolutamente conocido o practicado. Así es como la justicia encarnaría la verdad del ser haciendo efectiva la episteme que lleva al conocimiento. Pero no es que haya algo de lo que no se puede hablar sino que es ello lo que intenta hablar y comunicarse, solo que de la única forma en la que, entre los hombres, puede hacerlo: de forma compartida y relativa. Lo incomunicable mismo intenta comunicarse, por decirlo así, introduciendo la diversidad del mundo en el pensamiento y éste la pluralidad en la ciudad. Esto coloca a los hombres meso to, en un entre-sí inesencial. No es justicia la verdad del ser que determinaría categóricamente el ajuste del caos inicial, del abismo sin fondo del abismo humano, igualando el ser y el sentido, el origen del mundo y el origen de la institución. La justicia, el sentimiento de justicia, empieza por rechazar las pretensiones de esta razón única (monos phronein), como vimos en el origen de la tragedia. Esto es lo trágico. La democracia como régimen trágico. La libertad.
La pluralidad, la multiplicidad de los puntos de vista puestos en relación, es decir, pugnando por comunicarse, es la multitud. “La democracia es el poder de la multitud”, señala Spinoza. La multitud que habla y se persuade entre sí. Los muchos, iguales y libres. “Lo político en este sentido griego”, escribe Arendt, “se centra, por lo tanto, en la libertad, comprendida negativamente como no ser dominado y no dominar, y positivamente como un espacio solo establecible por muchos, en que cada cual se mueva entre iguales. Sin tales otros, que son mis iguales, no hay libertad” .
Y dice Arendt: “Lo decisivo de esta libertad política es su vínculo a un espacio”. El ágora. Pero no se trata de un espacio categórico y atemporal ni homogéneo: el espacio es espaciamiento temporal, la democracia consiste en la creación de lugares relativos a los hombres, y esto en un triple sentido: creados de, por y para la relación política entre los hombres, o sea, ciudadanos. “Para nosotros”, señala Arendt, “esto es difícil de comprender porque con el de igualdad unimos el concepto de justicia y no el de libertad, malentendiendo así, en nuestro sentido de igualdad ante la ley, la expresión griega para una constitución libre, la isonomia” . Isonomia no significa que todos tengan los mismos derechos, sino que todos tienen el mismo derecho a la actividad política. Esta actividad es preferentemente la de hablar los unos con los otros. Isonomia es, para empezar, libertad de palabra (libertad de lenguaje), lo mismo que isegoria. La igualdad de derechos no consiste en tener los mismos derechos sino en tener igual derecho que los demás a compartir la ley, la plaza y la razón. Polibio las llamó a ambas isologia.
De manera que, según Arendt, “hablar en la forma de ordenar, y escuchar en la forma de obedecer no tenían el valor de los verdaderos hablar y escuchar; no eran libertad de palabra porque estaban vinculados a un proceso determinado no por el hablar [hablar-hacer] sino por el producir o el laborar. Las palabras en este sentido eran solo el sustituto de un hacer que presuponía la coacción [la coerción, mejor dicho, porque en democracia lo que es coactivo es la ley, institución de la libertad] y el ser coaccionado” .
En cambio, la libertad de hablar los unos con los otros, que solo es posible en el trato con los demás, consiste en “darse cuenta de que nadie comprende adecuadamente por sí mismo y sin sus iguales lo que es objetivo en su plena realidad porque se le muestra y manifiesta siempre en una perspectiva que se ajusta a su posición en el mundo y le es inherente. Solo puede ver y experimentar el mundo tal como éste es `realmente´ al entenderlo como algo que es común a muchos, que yace entre ellos, que los separa y los une, que se muestra distinto a cada uno de ellos y que, por este motivo, únicamente es comprensible en la medida en que muchos, hablando entre sí sobre él, intercambian sus perspectivas. Solamente en la libertad del conversar surge en su objetividad visible desde todos lados el mundo del que se habla. Vivir en un mundo real y hablar sobre él con otros son en el fondo lo mismo” . Solo en esta diversidad del hablar sobre algo se adquiere la experiencia de cómo van verdaderamente las cosas en el mundo.
Hablemos por tanto de la verdad. Hay dos tipos de verdad, la científica y la deliberativa. La científica se alcanza por medio de lo que Aristóteles llama en su Ética a Nicómaco “contemplación”, que es lo que proporciona, a ratos, una vida feliz. Es la verdad suprema. La verdad deliberativa por excelencia es la verdad práctica (la otra es de índole técnica), que por su parte proporciona a medio plazo una vida buena, y que se alcanza por medio de la virtud que Aristóteles llama “prudencia”. La prudencia ordena la vida práctica en la forma que en seguida acabaremos de ver. La prudencia es una verdad prioritaria, pero la ciencia posee la primacía de la verdad. Lo mismo que la medicina no tiene supremacía sobre la salud y, “en efecto, no se sirve de ella, sino que ve el modo de producirla”, la prudencia “da órdenes, por tanto, por causa de aquélla, pero no a aquélla”, señala Aristóteles (Ética a Nicómaco, Libro VI, 13).
La virtud deliberativa por excelencia es la prudencia porque la prudencia, y en su más alto grado la prudencia práctico-política, es la virtud que pone en juego la libertad de hablar los unos con los otros sobre lo real en que consiste la política, la vida práctica común, la democracia. Para Arendt la prudencia consiste en “la facultad de ver los temas desde distintos lados, lo que políticamente significa que cada uno percibiera los muchos puntos de vista posibles dados en el mundo real a partir de los cuales algo puede ser contemplado y, mostrar, a pesar de su mismidad, los aspectos más variados (…) Puesto que para los griegos el espacio político-público es lo común en que todos se reúnen, solo éste es el territorio en que todas las cosas, en su completud, adquieren validez. Esta capacidad, basada en último término en aquella imparcialidad homérica que solamente veía un asunto desde el contraste de todas sus partes, es peculiar de la Antigüedad y hasta nuestros días todavía no ha sido igualada en toda su apasionada intensidad” .
Por eso la democracia es la forma suprema de convivencia. Convivencia es otra palabra para la libertad política vinculada a un espacio, pero no al tipo de espacio de la ontología heredada que he criticado en otros textos, sino a un tipo de espacio creado por esa misma convivencia libre y por tanto a un espacio-tiempo propiamente político. La convivencia no se da en un espacio en el que el tiempo fuera únicamente su imagen móvil cuyo destino consistiera en darle perpetuo cumplimiento; el destino de la convivencia de los hombres libres en un espacio-tiempo relativo a esos mismos hombres es, en cambio, la misma convivencia libre que crea, a partir de la escisión intrínseca del coro que vimos al principio, en una temporalidad que es por-ser y a-ser, ese espacio propiamente político: el ágora (a-chora). El destino de la comunidad política, pues, es la misma comunidad que envuelve a sus ciudadanos, la simple convivencia, como vino a decir Zambrano en Persona y democracia. Respecto de esta libertad política, Arendt sostiene: “Ahora bien, esta libertad de movimiento, sea la de ejercer la libertad y comenzar algo nuevo e inaudito, sea la libertad de hablar con muchos y así darse cuenta de que el mundo es la totalidad de estos muchos [antes que cualquier otra cosa; recordemos que la conciencia es “un haz inextricable de remisiones a otra cosa que” (Castoriadis)], no era ni es de ninguna manera el fin de la política -aquello que podría conseguirse por medios políticos; es más bien el contenido auténtico y el sentido de lo político mismo. En este sentido política y libertad son idénticas y donde no hay esta última tampoco hay espacio propiamente político” .
De modo que después de todo la prudencia es trágica porque “la facultad de mirar el mismo tema desde los más diversos ángulos reside en el mundo humano, capacita para intercambiar el propio y natural punto de vista con el de los demás junto a los que se está en el mundo y consigue, así, una verdadera libertad de movimiento en el mundo de lo espiritual, paralela a la que se da en el de lo físico. Este recíproco convencer y persuadir, que era el auténtico comportamiento político de los ciudadanos libres de la polis, presuponía un tipo de libertad que no estaba inmutablemente vinculada, ni espiritual ni físicamente, al propio punto de vista o posición” . Esto es lo trágico: que no hay realmente un punto de vista propio o posición absoluta de un sujeto, ni por tanto verdad absoluta o propia de un sujeto. Hay algo absoluto en cada cual, dirá Zambrano, a lo cual sin embargo no se está inmutable ni indeciblemente sujeto, pues esto es precisamente lo que quiere decir y lo que se quiere mover: relativamente, subjetivamente, comúnmente.
La prudencia, la phronesis, escribe Arendt, consiste en “aquel discernimiento del hombre político (del politikos [del ciudadano], no del hombre de Estado, que aquí no existe), que tiene tan poco que ver con la sabiduría [científica] que Aristóteles incluso la remarcó como opuesta a la sabiduría de los filósofos [en nota a pie se ve qué dice exactamente Aristóteles ]. Discernimiento en un contexto político no significa sino obtener y tener presente la mayor panorámica posible sobre las posiciones y puntos de vista desde los que se considera y juzga un estado de cosas. De esta phronesis, la virtud política cardinal para Aristóteles, apenas se ha hablado durante siglos. Es en Kant en quien la reencontramos en primer lugar, en su alusión al sano entendimiento humano como una facultad de la capacidad de juicio. La llama `el modo de pensar más extendido´ y la define explícitamente como la capacidad `de pensar desde la posición de cualquier otro´, pero desgraciadamente esta capacidad política kantiana par excellence no desempeña ningún rol en el desarrollo del imperativo categórico; pues la validez del imperativo categórico se deriva del `pensamiento coincidente consigo mismo´, y la razón legisladora no presupone a los demás sino únicamente a un yo-mismo [Selbst] no contradictorio. La verdad es que en la filosofía kantiana la facultad política auténtica no es la razón legisladora sino la capacidad de juzgar, a la cual es propio poder prescindir de `las condiciones privadas y subjetivas del juicio´” .
De todo esto es de lo que trata mi libro Idea trágica de la democracia, apelando por lo demás a un autor moderno que Arendt no menciona: a Spinoza. Y es que la capacidad de juzgar kantiana tampoco puede ser como tal sin más propiamente política, justamente porque prescinde de las condiciones privadas y subjetivas del juicio, en una operación inversamente simétrica a la de la razón legisladora (en este caso, pues, dando lugar a la especie posmoderna del monos phronein). El remedio al nihilismo (pasivo) de la razón legisladora kantiana (fantasma absoluto del sujeto) no puede consistir en prescindir de tales condiciones -tan económicas, por lo demás, como le reprochó Marx a Hegel, aunque, ay, tan hegelianamente-, cosa obviamente imposible, para empezar, y que solo puede dar lugar precisamente a la absolutización de tales condiciones por el expediente de someter absolutamente el juicio a las mismas y de suprimirlo (Hegel, Comte, Marx, los nacionalismos particularistas, el relativismo posmoderno). El remedio al nihilismo pasivo estriba únicamente en el nihilismo activo, en poner en práctica de la forma más adecuada posible tales condiciones privadas y subjetivas del juicio, como por lo demás explica muy bien Arendt en todas las citas anteriores.
Y es así como este discernimiento coincide con la libertad política en su figura más elevada al mismo tiempo que presupone la pluralidad relativa de los puntos de vista, y no ni un único punto de vista ni, por decirlo así, puntos sin vista precisamente en común. Dice Arendt: “En el sentido de la polis el hombre político era en su particular distinción al mismo tiempo el más libre porque tenía en virtud de su discernimiento, de su aptitud para considerar todos los puntos de vista, la máxima libertad de movimiento. Ahora bien, es también importante tener presente que esta libertad de lo político depende por completo de la presencia e igualdad de derechos de los muchos” . Puede haber una suerte de objetividad científica de lo real, y este conocimiento teórico aporta felicidad como una especie de inmortalidad para mortales; en lo político la objetividad real solo puede darse como una universalidad subjetiva entre-otros-e-iguales, por así decir, que aporta meramente, si se quiere, pero nada menos, que una vida buena. Tan buena que a veces se la ha llamado también felicidad -en este caso, práctica.
Por tanto la democracia como régimen trágico de la libertad política es “una forma determinada de organización de los hombres entre sí y nada más” (Arendt). Dice Arendt: “Su lugar de nacimiento no es nunca el interior de ningún hombre, ni su voluntad, ni su pensamiento o sentimientos, sino el espacio entre, que solo surge allí donde algunos se juntan y que solo subsiste mientras permanecen juntos. Hay un espacio de la libertad: es libre quien tiene acceso a él y no quien queda excluido del mismo. El derecho a ser admitido, o sea la libertad, era un bien para el individuo, bien no menos decisivo para su destino en la vida que la riqueza o la salud” . Todavía en Roma, en donde ya hacia el año 250 a. C. empiezan a escribirse tragedias (Livio Andrónico), el significado de este “espacio de la libertad” era determinante para el concepto de lo político, la cosa pública, la res publica o república.
Pero, vuelvo a repetir para acabar, no se trata de representar-decir “la cosa”, sino de interrogarla, alterarla y crearla. La actividad práctico-política (nuclearmente ética) implica menos la construcción de una cosa pública absolutamente homogénea o siquiera absolutamente transparente cuanto la creación de un espacio relativamente público de conversación ilimitada (libertad de lenguaje) y de saber compartido (ciencia, técnica y conocimiento práctico). La objetividad visible de lo real no puede dejar de ser políticamente para nosotros sino universalmente subjetiva (una sobjetividad), esto es, concretamente -prácticamente- racional, sentido común trágico que abre el “espacio entre” y elimina el “secreto de Estado” como enemigo de la democracia sobre todo cuando el Estado mismo se torna secreto en tanto Sujeto que lo dice todo pero que es radicalmente indecible.
Obama y la madre del cordero.
7-Marzo-2009 · Imprimir este artículo
Por Frank G. Rubio
“Nosotros no somos imperialistas, solo deseamos aportar un modo de vida.” Richard Nixon.
“Estamos en crisis y en guerra.”
Barack Obama.
Dado el rumor, infundado pero cuidadosamente diseminado, de un presunto y “seguro” mega atentado el día de la toma de posesión del 44º Presidente de los Estados Unidos conviene reflexionar sobre quién hubiera tomado el poder de darse este fascinante y ya, quizás por desgracia como pueden mostrarnos los acontecimientos venideros, imposible evento. Leemos en prensa:
GATES, EN LUGAR SECRETO
El Secretario de Defensa, Robert Gates, que ha ocupado el cargo en la Administración Bush y seguirá ejerciéndolo en la de Barack Obama, se perderá el histórico acontecimiento. Según anunció ayer la Casa Blanca, Gates estará ausente en la investidura porque ha sido el elegido para asumir la Presidencia en el caso de que se produjera un atentado o cualquier catástrofe que tuviera como víctimas al Presidente y todos los que le siguen en la línea de sucesión. Durante la ceremonia, Gates deberá permanecer en un lugar secreto. El Secretario de Defensa “ha sido elegido como sucesor para garantizar la continuidad gubernamental”, explicó la portavoz de Bush, Dana Perino. Según detalló el portavoz del Pentágono, Geoff Morrell, Gates estará “en una instalación militar fuera de la capital y de su región.
Ex director de la CIA en la época que fue Presidente de los Estados Unidos un antiguo Director de la Compañía: el inefable George Bush sénior, Gates es una destacada muestra del continuismo al que asistiremos en la política exterior y de defensa norteamericana.
El mismo día de la toma de posesión y sobre los cielos de Albacete tres pilotos del Ejercito español del Aire murieron en un accidente de dos aviones Mirage1 F-1 cuando realizaban sendos vuelos de entrenamiento. Dado el fuerte incremento de “nuestra” participación en el conflicto afgano, decidida recientemente por el gobierno, me atrevo a avanzar los peores pronósticos para esta Presidencia entusiásticamente proclamada por los “mass media” a escala planetaria. En concreto: barruntar los más tristes augurios sobre el destino de nuestra nación. Involucrada esta última, de manera tajante por las derechas y las izquierdas, en un seguidismo suicida de las políticas mundialistas que tanto la Unión Europea como los Estados Unidos (netamente complementarias a pesar de las apariencias) implementan día a día. Como veremos en muy pocos meses el mayor peligro para nuestra supervivencia se encontrará en nuestra política exterior. Por favor, no maten al mensajero, tiempos veredes que ya están aquí.
Y es que: “las mayores decepciones nacen de las mayores esperanzas” como ha dicho bastante sabiamente el “peligroso” Vladimir Putin.
El número 44 gemátricamente, y con ello añado leña al fuego de manera explícita, significa, entre otras cosas, lo siguiente:
1 cautividad, 2 asesinato, 3 flotar juntos, 4 usar artes secretas o brujería, 5 Padre de la Fuerza, 6 babilonio, 7 absorber y 8 oprimir. Entre otros significados.
Me extrañaba que dos millones de imbéciles in situ y dos mil millones de psiconautas pudieran no equivocarse. Al inefable Ted Kennedy, que portaba para el acto un sombrero similar al de Gorbachov, le dio un jamacuco. Y es que, al margen de los elogios de los que no pueden hacer otra cosa que elogiar pues viven de eso, el discurso de marras fue más bien: previsible, difuso, “bien intencionado” y mediocre. Una auténtica “declaración de paz” al mundo.
Termino, aunque continuaré, con una curiosidad de corte también numerológico y pesimista:
En su último Informe de Coyuntura, Flexibility wins, Andrew Garthwaite, estratega global de Credit Suisse, va un paso más allá al afirmar que España es la nación menos capacitada para capear una coyuntura como la que actualmente está afectando a muchas de las principales economías del mundo. Y, ya se sabe, todo lo circunstancial que no se resuelve en tiempo y forma tiende a adoptar, con el paso del tiempo, signos de estructuralidad. La comparativa, que se extiende a 44 países, entre los que se encuentran la mayoría de las regiones desarrolladas o en vías de desarrollo.
44 de 44, todo un record. Y es que el que no se pone contento es porque no quiere.
OBAMA 44 “The Multirracial Pope”
2-Marzo-2009 · Imprimir este artículo
Por Frank G. Rubio

Tal y como señala el congresista republicano de color, Keith Ellison, existe en los Estados Unidos un voto emergente potencial musulmán que oscila entre tres y nueve millones de personas. En las elecciones del 2000 Bush Jr. consiguió la amplia mayoría de los votos islámicos aunque luego, con el 11S, llegó lo que llegó. Kerry recibió un apoyo superior al 90 por ciento del voto musulmán en el 2004.
En las actuales circunstancias resulta divertido el esfuerzo de Obama por desmarcarse de su supuesta condición de musulmán. Hijo de una mujer blanca, cristiana y feminista, de Kansas y de un keniata procedente de la etnia luo, de religión musulmana, esta cuestión puede resultar decisiva en los actuales comicios. El padre del padre de Obama se convirtió del catolicismo al islamismo. El padre de Obama, que abandonó a su mujer (y fue polígamo) y a su hijo a la edad de dos años, era musulmán aunque no especialmente practicante.
Y es que una gran parte de las personas adscritas, o que se adscriben, a credos religiosos mantiene una relación con estos muy distante del fundamentalismo. La gente ajusta sus creencias y prácticas a sus necesidades y peculiaridades psicológicas. La religión ocupa un lugar en la vida de cada cual pero muy raramente un lugar preponderante. Salvo que los poderes públicos o la sociedad actúen de manera decidida para imponer determinada configuración dogmática de manera intensiva. Por ello determinadas posiciones “laicas”, al menos para los espíritus sutiles, resultan mucho más religiosas e intolerantes. Piénsese en el ateísmo oficial de los países comunistas y su persecución sistemática de las religiones.
La madre contrajo segundas nupcias en Yakarta, donde se trasladaron a vivir, con un indonesio de religión musulmana. Más tarde Obama volvería de nuevo a Hawai donde cursaría estudios y viviría con sus abuelos maternos, una familia de clase media alta.
Nuestro hawaiano por nacimiento tiene difícil apelar directamente al voto islámico pues puede costarle muy caro. De ahí lo patético que resultan sus apelaciones a su cristianismo y su rechazo compungido e insistente a haber sido musulmán en ningún momento de su vida. El cálculo político y la hipocresía tamizan ya su intento de acceso a la Presidencia. Hasta aquí un político más, ni siquiera hemos de añadir: “norteamericano.”
Asistió a una escuela musulmana dos años y a otra católica otros dos años. Otra cuestión es que su grado de vinculación con el Islam fuera mínimo. Pero nació hijo de musulmán y recibió educación religiosa musulmana durante una parte de su vida. Lo que tiene cierta trascendencia teniendo en cuenta el fanatismo con el que muchos musulmanes consideran el abandono de “su única y verdadera religión”. Un apóstata en el Islam, “murtadd”, es alguien marcado. Aunque como ha podido verse en el caso de Menem en argentina el asunto depende de su uso político. También la edad en la que ocurre la decisión tiene trascendencia. La religión musulmana está tan vinculada a la política y a los intereses personales como la que más. Religión de comerciantes, oculta, tras el manto retórico de una dedicación severa, un interior dúctil muy sensible a ser aclimatada a los intereses comerciales y personales. A la religión hay que tomársela en serio sociológicamente pero nunca doctrinalmente. Las doctrinas van y vienen pero lo que cuentan son los flujos de poder y los incentivos psicológicos y tangibles. En el amanecer del Islam, cuando estaban más frescas las aseveraciones más delirantes, la jihad llevaba aparejada el “contrapeso” pragmático del botín. No es preciso hablar de las Cruzadas, la predicación cristiana en América o la caza de brujas para percibir los incentivos materiales armonizados con las vivencias idealistas o fanáticas, como cada cual quiera calificarlas. Cristianismo e Islam son religiones urbanas de masas que vehiculan en gran medida los intereses de determinados clanes y redistribuyen a través del Estado el producto de sus saqueos en la sociedad. La pasta manda y no es extraño como árabes y occidentales comercian amigablemente con el petróleo para mayor gloria de muy pocas personas y la servidumbre económica del resto. La admiración de numerosos británicos de elite por el Islam nace de la afinidad entre criminales y del parentesco eterno entre piratería y comercio. Lo demás son palabras vacías o secretos vinculados al control psicológico de masas, camuflados hábilmente como “iniciáticos”.
Quizás más interesante que su supuesto islamismo sea su pertenencia a la confesión cristiana en la que dice militar. Y seguimos con la religión que es la continuación del latrocinio y la hipocresía, aquí y en todas las sociedades posibles, por otros medios. Pero si miramos en otro lugar que no sea el pasado religioso de Hussein, donde sólo percibimos confusión, si dirigimos nuestra mirada hacia el presente de Barack, veremos que este se ha refugiado de las acusaciones que se le hacen de ser musulmán diciendo que es cristiano y miembro practicante de la Trinity United Church of Christ. ¿Qué diantres es esta organización?. Un cónclave racista de sesgo “afro”. Dicen ellos de sí mismos: We are a congregation which is Unashamedly Black and Unapologetically Christian… Our roots in the Black religious experience and tradition are deep, lasting and permanent. We are an African people, and remain “true to our native land,” the mother continent, the cradle of civilization. God has superintended our pilgrimage through the days of slavery, the days of segregation, and the long night of racism. It is God who gives us the strength and courage to continuously address injustice as a people, and as a congregation. We constantly affirm our trust in God through cultural expression of a Black worship service and ministries which address the Black Community.
Si sustituimos “black” por “white” el KKK se haría presente. Gunnar Myrdal señalaba hace muchos años en su obra seminal An American Dilemma que la cultura negra en los Estados Unidos era una mala caricatura de la blanca. Quizás haya por eso habido tanto interés en las élites norteamericanas por potenciarla. El Reverendo Jeremiah Wrigth ha puesto en un brete a su pupilo con unas declaraciones en las que se justificaba el 11S como una justa retribución por las injusticias cometidas contra los palestinos y los sudafricanos. La conocida papilla retórica para bajos IQs y altos índices de frustración y resentimiento con la que se solazan las masas del Tercer Mundo. Obama, prudentemente, se ha distanciado, como hizo anteriormente de su supuesta condición islámica. Buena técnica, hay que añadir, para generar subliminalmente la idea de que es un moderado. ¿Lo cual es inquietante porque si lo fuera para qué utilizar estas tretas?.
Antes de pasar a mirar en la trastienda, y dejarnos de detalles personales que ocultan la mirada de dirigirse a los auténticos puntos clave, señalemos que el voto musulmán significa tener en contra el voto judío y que el voto negro significa alienarse, en los Estados Unidos al menos, el voto latino y el asiático. Obama es poco más y nada menos que un experimento mediático y va dirigido al electorado blanco, fundamentalmente. ¿Hasta donde tragará la gente? That is the question.
Ted y Caroline Kennedy, George Soros, Maria Shriver, Zbigniew Brzezinski y la corporación Exelon, entre otros, apoyan fervientemente a Barack Hussein Obama. Esto resulta bastante más significativo que los debates sobre las creencias espirituales del candidato o su condición afroamericana (es blanco en un 50 por ciento y no ha nacido, ni se ha criado, en entorno africano ni negro americano alguno). Camille Paglia le considera su candidato y le ve portando la misma “elegancia patricia” que a JFK. Brillante ¿verdad? Los cuadros mediáticos y académicos norteamericanos (y europeos) rezuman, además de autocomplacencia (algo muy difundido entre los nuevos ricos), un grado casi ilimitado de imbecilidad. No en otra cosa se manifiesta la decadencia de las civilizaciones. Concentración de poder en unos pocos, cada vez menos, y bastardización sistémática de la cultura. Michael Moriarty, protagonista de la serie de TV Law and Order, con un poco más de sentido común y uso del órgano cerebral, le ve como un Gorbachov norteamericano. Inquietante comparación que no desarrolla pero que, unida al apoyo del antiguo asesor en cuestiones de Seguridad nacional de Carter1 a nuestro “ukelélico” candidato, añade pimienta a la salsa haciendo el asado netamente indigerible.
¿Liquidará Obama la Unión-USA, como hizo su supuesto correlato ruso con la URSS? La actual recesión global iniciada en América, que para algunos analistas avisados pone punto final al “siglo norteamericano”, podría generar, unida al paradigma del cambio climático en el que Obama es un acrítico creyente, la ventana de oportunidad para este simulacro. La globalización se demuestra /demostrará en Eurasia. América es ya cosa pasada.
Reconstitucionalizar la democracia.
16-Diciembre-2008 · Imprimir este artículo
Por Ximo Brotons

El presidente del Gobierno ha manifestado que las siguientes generaciones, incluida la suya, verán muy posiblemente la reforma de la Constitución de 1.978 (en adelante CE78). Pero el Presidente del Consejo de Ministros podría haberse esperado un poco, y no haber promovido y aprobado la reforma de los Estatutos de Autonomía en un sentido -y esto sin mencionar el caso del Estatuto de Cataluña- que Alemania e Italia han rechazado, y que sigue resultando inimaginable en Francia y aun en el Reino Unido. Podría haber acometido, con la ambición que dice haber tenido para al cabo vulnerar, en mi opinión, la Constitución del 78, la reforma constitucional verdaderamente pendiente aun desde 1.978: la del Senado.
El Senado podría ejercer, en efecto, como Cámara de representación territorial, podría ser la cámara de segunda lectura con veto cualificado para los asuntos de competencia autonómica o compartida, la cámara en la que el patrimonio plural de culturas de España (mencionado en el Preámbulo de la CE78) pudiera ser escuchado, atendido y debatido. Pero ahora mismo nos encontramos en una situación paradójica, o más bien absurda: en una especie de unicameralismo jacobino de tinte despótico en cuanto última ratio cuasi no deliberativa de los asuntos que previamente han sido abordados por los parlamentos autonómicos blindados no solo al Gobierno central sino también a sus propios municipios y ciudades. Más grave que la querella competencial es la vulneración de derechos constitucionales en algunas de estas comunidades, y su propósito, más bien delirante como vamos a ver, de soberanía compartida, y esto en el mejor de los casos.
El ilustrado español de la segunda mitad del siglo XVIII, Ibáñez de la Rentería, fue uno de los pocos en asumir ya entonces plenamente el significado de la democracia: “La excelencia de este género de gobierno está principalmente en ser más inmediato a su constituyente, que es la universalidad de los Ciudadanos, a quienes todo gobierno representa y en que cada Individuo con la capacidad universal para elegir los miembros de gobierno ejerce en algún modo por sí mismo la soberanía en esta continua creación. Por consiguiente este gobierno es más lisonjero al pueblo, más igual y más moderado, pero no carece de defectos” (citado por Mario Onaindía en su imprescindible libro La construcción de la nación española, pág. 238). Este significado y no otro es el que requiere a mi modo de ver ser reconstitucionalizado, aunque el Presidente actual nos haya ofrecido en verdad más dificultades que oportunidades de hacerlo bien, o incluso, en algún caso, y esto es lo más grave, simplemente de hacerlo, a falta de sentencia, cuando escribo esto, del Tribunal Constitucional.
El Senado fue uno de los puntos calientes del debate de los constituyentes de 1808-1812. Jovellanos era un firme defensor de su existencia. Un buen funcionamiento del Senado, hoy como entonces, hubiese permitido una efectividad sin malentendidos ni opresiones del término nacionalidad, que junto a las regiones aparece en el artículo 2 de la CE78 integrando la nación española. Como es sabido, el término nacionalidad proviene en la tradición española de la obra de Pi y Margall, cuyo problema fue mezclar a Proudhon con Hegel y dar pie a que un discípulo suyo, Valentí Almirall, fundara en Lo catalanisme el nacionalismo catalán, antecedente del vasco, con el nombre de particularismo. El sueño utópico de los Pi y Margall, Garrido y la primera generación del krausismo no tenía ninguna viabilidad: en EEUU el partido confederal había sido derrotado ya en 1861-65 en unas elecciones y en una guerra que refundaron la nación que hoy sigue siendo la más radical y admirable democracia del mundo entero. No sé por qué en España al confederalismo se le siguió llamando, aun en la 2ª República, federalismo, aunque ahora bien se le añade lo de asimétrico. Además, el primer proyecto de República implicó el asesinato de Prim, inaugurando una tradición que tambien se llevó por delante a Cánovas, a Canalejas, a Dato y en fin a la misma democracia española que a trancas y barrancas se había ido configurando durante todo el siglo XIX hasta la Constitución, restauradora de una monarquía parlamentaria, de 1.876.
Mucho se ha dicho en negativo de la llamada Restauración. Sin embargo, puso los cimientos de lo que podría haber sido una política española sin dictaduras en el siglo XX. Al asesinato de Cánovas cuando ya existía el sufragio universal masculino le siguió sobre 1.920 el de Dato, que finalmente antecedió a la dictadura obrerista de Primo de Rivera, y ésta a la República de los “trabajadores de todas las clases” que no aceptaron el primer cambio de gobierno del régimen. Sin duda la Restauración presentaba graves carencias, muchas de ellas como herencia histórica que la política española del siglo XIX surgida a partir de la Constitución de Cádiz había intentado amortizar de forma diversa. Entre ellas cabe destacar la principal, que aúna, más allá de la expulsión de los judíos y la Contrarreforma, la confusión del orden político con el religioso-eclesial producida por el fallido proyecto tardomedieval o protomoderno (según como se mire) de la monarquía hispánica universal, en tiempos de Felipe II, con la consiguiente ausencia de solidez en la revolución científica, tecnológica, económica y finalmente política en que consistió propiamente la modernidad europea y occidental a partir de 1.600.
No se trata de que España fuera católica, o tuviera que serlo, como aún prescribía la Pepa, ni que tuviera que dejar de serlo, como anunció Azaña. Tampoco de profesar la fe del vicario saboyano. Se trata de que las instituciones y la sociedad civil en general habían perdido el tren de la velocidad moderna. A principios del siglo XVI el Rector de Salamanca, Pérez de Oliva, publicó un Diálogo de la dignidad del hombre al modo del escrito años antes por el florentino Pico della Mirandola. No hay nadie durante todo el siglo XVIII en España ni en Portugal que escriba al modo de Locke o Voltaire una Carta de la tolerancia. Si se escribe sobre la libertad de conciencia o de culto se hace solo como “libertad de escribir” (Foronda), o bien más a menudo en su contra. Tampoco el proyecto de una academia de ciencias al modo de la Royal Society de Londres (creada en torno a 1.660) llegará a buen puerto sino ya en 1.840, y en forma tan rígida como para que a finales del XIX una figura como Cajal le pasara desapercibida.
Aun con todo esto, la Constitución de 1.876, obra política de un siglo que empieza en Cádiz después de haberle recortado las uñas a la Inquisición española durante la Ilustración (Voltaire dixit de la obra de Aranda), fue y sigue siendo digna de tener en cuenta. Las medidas de modernización incluyeron, a pesar del mercadeo turnista (práctica que cabe imaginar generalizada en todo el mundo occidental), el ya mencionado sufragio universal masculino en 1.890, y ya en el siglo XX: el ministerio de educación; un puñado de leyes laborales; la asunción del programa de derechos civiles elaborado en el siglo pasado; y también la creación de la Mancomunidad de Cataluña como un primer paso de descentralización autonómica y municipal en toda España.
Quedaba, por supuesto, el problema militar de un país que había dejado de ser una potencia internacional mucho tiempo antes de lo que él mismo estaba dispuesto a reconocer. Este problema, junto a los nacionalismos catalanista y vasquista, y la cuestión de la jefatura del Estado, desembocaron, en unos contextos de crisis mundial, en las dictaduras españolas de todos conocidas. Nuestra democracia actual empieza a padecer también serios y ya conocidos problemas, ahondados en la última legislatura del Presidente Rodríguez Zapatero, pero por fortuna, de momento, el contexto internacional es muy diferente. No solo existe la Unión Europea sino la hegemonía de los Estados Unidos de América. Nuestra Monarquía, por otra parte, parece haber entendido por fin, tras el largo periodo sin rey de la dictadura franquista, aquel lema del reino de Aragón que Spinoza decía admirar y mediante el cual era el pueblo el que venía a elegir al rey, otorgándole el visto bueno de forma condicional. Sin embargo, nunca está de más repetirlo: el Rey reina pero no gobierna. El Ejército, por su parte, va a la guerra si lo mandan las Cortes Generales, y si lo mandan éstas vuelve como se fue. Al pueblo no lo representa el Ejército, que lo defiende, sino el parlamento.
La Constitución de 1.978 puede seguir vigente durante muchos años. He hablado de la perentoria (aunque tal vez demasiado tardía) reforma del Senado. Podría ser una primera vía de reconstitucionalizar nuestra democracia, de democratizar nuestra vida en común. Otras materias también merecen ser revisadas, y aun desandadas: el poder judicial y la misma división de poderes, incluyendo a los medios de comunicación; el sistema de partidos y la ley electoral; el sistema de educación y formación en relación a nuestro modelo productivo de economía y a la calidad de nuestro conocimiento; la religión y su lento ajuste en el pluralismo moral de la sociedad; y en fin, la política exterior y nuestra relación con Suramérica. En aras siempre de una hispanidad cívica en el marco de una sociedad libre, recordemos para acabar las palabras de Spinoza en su Tratado político: “La democracia es la asociación general de los hombres que posee colegialmente el supremo derecho a todo lo que puede”.
Creacionismo
12-Diciembre-2008 · Imprimir este artículo
El reciente artículo de Juan Manuel de Prada para el diario ABC, en el que se declaraba seguidor y poco menos que firme defensor del Creacionismo, es sólo una demostración de que dogma y criterio son incompatibles. Me siento sin embargo obligado a permitirme considerar como enteramente inadecuada la respuesta internauta que ha recibido el citado artículo. No cabe responder al dogma con más dogma, completamente incompatible con el método científico que presumimos de defender. En De Prada hay calidad literaria, hay inteligencia y hay sensibilidad. Y con De Prada y con cualquiera que comparta sus planteamientos tan conservadores estamos deseosos de establecer los debates áticos que sean necesarios para mejorar nuestra sociedad. No piensas como yo, luego apestas, no es ni de lejos la forma de hacerlo. En el número de septiembre del New Humanist, A.C. Grayling, profesor de filosofía del Colegio de Birkbeck de la Universidad de Londres, da un vistazo mucho más útil y profundo a los planteamientos creacionistas y a la forma más razonable de intentar refutarlos desde una perspectiva humanista. La teoría del Diseño Inteligente es el proyecto de establecer «por los medios científicos habituales de apelación a la razón y a la evidencia» que el mundo y la vida en él fueron diseñados a propósito por un agente tan competente y extremadamente inteligente como para poder crear un universo entero. Este es el primer punto. Merece la pena recordar aquí que el Creacionismo es sólo una de las formas de enumerar la teoría del Diseño Inteligente; aquella en la que el agente creador es Dios. Desde el punto de vista práctico, las consecuencias de aceptar la teoría del Diseño Inteligente son las mismas si el agente es Dios, una civilización extraterrestre o Mercedes Milá —excelente en su papel de diosa de su televisivo microcosmos—. La siguiente propuesta del Diseño Inteligente es que va «más allá¡ de la revolución científica acontecida en Occidente a partir del siglo XVII». Al fin y al cabo, tras la investigación científica hay también una creencia; la de que la naturaleza puede ser comprendida por completo. El científico quedará así reducido a discípulo de San Agustín, para quien el hombre es capaz de comprender el universo única y exclusivamente porque ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Este es el segundo punto. El tercer punto habla de que, por definición, no existe nada llamado «consenso científico». Es entonces falso que la Teoría de la Evolución pueda plantearse como resultado acumulado de progreso científico alguno. Por último, «no se ha ofrecido alternativa plausible que justifique el uso de la ciencia como forma de buscar el conocimiento sistemático y definitivo de la realidad» que no sea la creencia en un Dios creador, y que además «el ateísmo no ha hecho nada por la ciencia». Este es el cuarto punto. Las respuestas de Grayling pueden resumirse así. Sobre el primer punto; la teoría del Diseño Inteligente no funciona en absoluto «por los medios científicos habituales». Por el contrario, comienza con la conclusión, fija y definitiva, y después trata de inventar las evidencias para soportarla. En la ciencia se comienza con una hipótesis, se trata de demostrarla, y es abandonada si las evidencias la demuestran incorrecta. «Hay un universo de diferencia entre la auténtica ciencia y los esfuerzos de los teóricos del Diseño Inteligente y los creacionistas por encontrar hechos y presuntos hechos que sirvan de propaganda para sus convicciones a priori». Sobre el segundo punto; más de mil años antes de San Agustín, ya Tales y los presocráticos como Platón y Aristóteles, los estoicos y los epicúreos, manejaban formas científicas y precientíficas de explicar la naturaleza y el funcionamiento del universo, presumiendo ya que la inteligencia humana es lo suficientemente competente como para comprenderlo. No hizo falta entonces San Agustín para presumir que dicha capacidad no requerirá invocar creencias sobrenaturales de ningún tipo. «Es de hecho una característica de la forma de pensar de Tales y sus sucesores no partir de creencia alguna, sino de basar su forma de pensar en la observación y en la razón». Sobre el tercer punto; Grayling sugerir como «resultados acumulados» los siguientes: La geología de Lyell, las observaciones de Darwin de las especies de las Islas Galápagos, los guisantes de Mendel, la combinación de las teorías genéticas con el entendimiento de la selección natural y artificial, los registros fósiles, la anatomía y la fisiología comparativas. Y un largo etcétera. Es además una característica del pensamiento científico la habilidad para manejar una absoluta ortodoxia aún sin consenso, y los científicos son capaces de sobra de manejar sus propias contradicciones utilizando lo que todos conocemos como método científico. Sobre el punto cuarto; toda persona que reconociera no ser religiosa en Europa o en América en cualquier momento anterior al siglo XIX estaba en el mejor de los casos invitando a su propia exclusión social, o a su ejecución en el peor de ellos. Todo el mundo, así pues, «era religioso». La educación de todos era «educación religiosa». Los niños occidentales aprendían a leer recitando la Biblia, tal y como aún hoy en Pakistán aprenden leyendo el Corán. Las aportaciones del ateísmo a la ciencia pueden desde luego considerarse innumerables: Elimina el riesgo de que cualquier científico sea ejecutado en la hoguera por exponer descubrimientos que crean controversia con la verdad revelada por Dios. Elimina también la necesidad de tener que distorsionar observaciones, hechos, resultados experimentales y observaciones para ajustarse a una doctrina previa. «Recuérdese el momento en el que pudieron verse por primera vez las lunas de Júpiter, en un tiempo en el que La Tierra era el centro del universo y el hombre y su religión lo más importante en él, con el Papa y la Inquisición requiriendo amablemente que no pueda pensarse de otra forma». Ha liberado la mente y las posibilidades de investigación de la humanidad. Ha reducido al mínimo la hegemonía religiosa e incrementado rápidamente el conocimiento técnico y científico. «Cuanta menos religión, más ciencia. Cuanta más ciencia, menos religión. Y éste es un fenómeno universal». Desde los planteamientos humanistas, que buscan que el hombre pueda disfrutar de su existencia en un mundo mejor, sin necesidad de esperar a su muerte para visitar paraíso alguno, cabe desde luego, y para terminar, parafrasear al propio Grayling, afirmando que la creencia en las teorías del Diseño Inteligente no son sólo equivocadas. Son irresponsables.
Dionisio Ridruejo
12-Diciembre-2008 · Imprimir este artículo
Por Armando Morcillo
Lèa me manda un artículo de La Vanguardia que es una crítica acerca del último libro publicado en España sobre la vida de Dionisio Ridruejo. Ahora ando sumergido en sus memorias.
Estos días vaga, paseando por el Montseny, recuperándose de la afección pulmonar que le obligó a dejar temporalmente la Jefatura del Servicio Nacional de Propaganda unos meses antes del fin de la Guerra Civil. Y también unos meses antes de su ruptura con el Régimen, por razones de desencanto con una situación que, lejos de acercarse al falangismo propugnado por Jose Antonio Primo de Rivera y defendido con la ceguera propia de los veinte años, se alejaba sin remisión. Convertido, en fin, en lo que acabaría siendo el Franquismo.
La impresión que me queda después de leer el artículo es la de que el libro se ha escrito a mayor gloria de un status quo podrido, hablo, claro sin leer el libro. En la reseña -por tanto suponemos que en el libro- están todos los tópicos que ha destilado una oligocracia que lo único que ha hecho realmente bien ha sido inutilizar con los tentáculos del clientelismo y el inestimable apoyo del dinero público cualquier apoyo de una hipotética contestación social, especialmente los medios de comunicación.
En el texto de Jordi Gràcia encontramos, claro, que “el PSOE era el núcleo de una democracia futura” y que eso era algo que Dionisio “vio lúcidamente”. Aparte de las reuniones, nada secretas por otra parte, en las que tomaba asiento entre otros muchos opositores Felipe González, poco o nada se puede concluir al respecto en sus memorias, en el libro de Manuel Penella o en el libro publicado meses después de su muerte. En una entrevista a Multipress, semanas antes de su muerte, lo que sí vio lúcidamente fue la otra cara del PSOE: “[..] ¿que un socialista cobra de los grandes poderes económicos o condesciende con los que encarcelan a sus correligionarios? Pues no es socialista”. También hay una cita del libro, que supongo literal, “Ridruejo cargó el peso de su monstruoso error original y sabía que nada lo iba a reparar”. Aquí también tiene el interesado algo que decir “¿tenía mala conciencia? No, no tenía mala conciencia, ni buena. Tenía conciencia clara [..]” entrevista de Ana García Entrerría, poco antes de morir. La cuota nacionalista está en “estuvo en el fascismo totalitario con absoluta convicción pero el entorno liberal de la revista Destino y sus lecturas le facilitaron una transición a la lucidez” Algo que simplemente no es cierto, esa transición se produjo tiempo después, fundamentalmente en su exilio italiano. Quien sí hizo algo por Destino fue él, estimulando su conversión de revista falangista dependiente del régimen a publicación “moderadamente liberal, aliadófila y catalanista” . La desmemoria histórica también tiene su hueco: “Franco lo trató con respeto y, a pesar de que lo normal hubiera sido fusilarlo, no quiso crear un mártir. Y admiraba de él su valor y su capacidad oratoria.” Antes de 1950, fecha que podemos considerar como el punto de inflexión aproximado en el activismo democrático (siempre evolutivo, nunca revolucionario o radical) de Dionisio Ridruejo ( y para la desmemoria histórica causa probada de condena a muerte), el número de ejecuciones se cifran entre 23.000 y 28.000, el 80% de ellas antes de 1942. Después de 1950 se suelen citar las de Grimau, Delgado, Granados, Puig Antich y las últimas cinco, de miembros del FRAP y de ETA. De los libros citados anteriormente, o de sus múltiples encarcelaciones relativamente breves, no se concluye en ningún momento que Ridruejo temiera por un desenlace siquiera cercano a una ejecución.
Por último y seguramente por ese afán estúpido de aportar algo personal, nuevo y genuino a la humanidad siendo uno una medianía más ,concluye el profesor Gràcia que “a pesar de que le hayan colgado la etiqueta de poeta es, ante todo, un prosista, uno de los grandes memorialistas del siglo XX”. Le hayan colgado. Al final de esta entrada pueden leer quién le ha colgado esa etiqueta.
Hay formas y formas de abordar la historia, las sociedades, los individuos. Una es la del burro con orejeras que no ve más que la zanahoria que le ponen delante. Otra es la de la honradez intelectual, que en ningún caso está reñida con una posición ideológica más o menos firme. Es por eso que se puede recomendar el artículo de El País de Víctor Pérez Díaz, catedrático de la Universidad Complutense:
Su arrepentimiento de haber sido fascista forma parte de esa misma coherencia, y contrasta con la falta de arrepentimiento de sus adversarios del primer momento (la Guerra Civil, el primer franquismo), convertidos en sus panegiristas en un segundo momento (el de la disidencia política del franquismo). Cuando Dionisio se enfrenta con su pasado, sus antiguos adversarios le alaban pero no se percatan de que el gesto de Dionisio contrasta con la ausencia de un gesto similar por su parte.
Y se puede censurar el de Xavi Ayén en La Vanguardia y por extensión el libro del Profesor Gràcia de la Universidad de Barcelona.
Simplemente no está a la altura del personaje biografiado:
¿Preferiría usted triunfar como escritor o como político?
Yo soy un castellano viejo y como castellano viejo estoy ligeramente tocado de estoicismo y como hombre ligeramente tocado de estoicismo considero que las glorias varias del mundo son vanidad de vanidades. Así pues, mi triunfo me interesa poco. Mi realización, como persona dentro de mí mismo, me interesa mucho. Me interesa poder morir con la conciencia a punto. Con la evidencia de haber obrado con sinceridad, con honradez y con solidaridad. Y si me da Vd. a elegir entre el destino de un poeta cuyos versos serán repetidos dentro de cinco siglos y el de un ciudadano que haya ayudado a que sus vecinos vivan un poco mejor, elijo, aunque parezca mentira, esta última aspiración.








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