Madrid Nocturno. Madrid Literario.

            Un día que empieza con una obra de arte en las portadas de varios periódicos de tirada nacional se convierte ya en una jornada excepcional. Lamentablemente siempre es del mismo (parece que sólo Leonardo hubiera sido un hombre del Renacimiento, que hubiera existido ni Leon Battista Alberti, a veces ni siquiera Miguel Ángel). En cualquier caso la mañana empezaba con una imagen de Arte donde suele haber muerte, hambre, catástrofes, guerra, vulgaridad o política de escasa altura. Era un comienzo soberbio.
            Y luego el frío, ese frío intenso, ese aire fino que, traspasando el cuerpo (parece que lo hiciera) me devuelve a la conciencia del pequeño trozo de masa corpórea que realmente soy, barro, polvo mojado por el líquido inconstante y caprichoso de la sangre, diapositiva repetida que emula el movimiento. Un viento que “barría” la noche de Madrid y me permitía encontrarme con la ciudad en la belleza de la noche, desde el fantástico Quevedo sobre su pedestal de musas, mirando a la calle Fuencarral y dando la espalda a Bravo Murillo, con las vistas generosas de las anchas calles y la fuente parada; hasta el Antiguo Hospicio, recientemente reformado, con su barroca fachada digna de la mayor de las imaginaciones.
            Tengo, desde hace años, la idea de empezar una serie de artículos sobre las bellísimas esculturas que adornan esta ciudad, pero luego la pereza o la vorágine de una vida que quiero que dé para varias, me puede, y dejo un proyecto tan grande siempre para un mañana que espero que no se eternice. Pero cuánta historia contenida en estas obras de los olvidados artistas como por ejemplo el soberbio Agustín Querol o el emotivo Ángel García Díaz… La tarea de este tipo de genios ha sido eclipsada por la omnipresencia de la pintura, pero su contribución a las ciudades es mucho mayor de la que pensamos habitualmente.
            El destino de mi paseo no era otro que la presentación de dos libros: La sexagenaria y el joven de Nora Iuga e Interior de Constantin Fântâneru, presentados por Gustavo Dessal, Alberto Estévez y Miguel Ángel Alonso en un entorno con exquisito gusto como es la Librería Tipos Infames, Libros y Vinos, situada en la castiza calle de S. Joaquín. Empezaré por hablar precisamente por el entorno que proporcionaba el lugar: paredes blancas, cristal, estanterías, libros, mesas blancas, sillas blancas: todo un entorno de luz y claridad que contrastaba con el rojo oscuro, con el negro rojizo de los vinos y sus botellas. Un magnífico lugar para adquirir un libro, pedir una copa de buen néctar y empezar a leerlo allí mismo, sin esperar a llegar a casa, con la impaciencia del niño que siempre se es cuando se inicia una lectura, cuando se está a punto de descubrir un nuevo mundo, el que constituye el otro, el escritor. En el sótano también una sala de paredes blancas, impolutas, con una exposición de cuadros contemporáneos pero figurativos. Óleos con la suavidad del pastel en los contornos y algunas narraciones contenidas en ellos: personajes que ven con sorpresa cómo una mano los pinta y les pone un fondo, hombres que parecen salidos de un cuadro de Sorolla por su vestimenta y la luz, pero que van hablando por el móvil, una familia “en torno” a unos papeles sobre la mesa… La Literatura estaba en el ambiente.
            Durante la presentación sabias palabras de sutiles lectores con amplios y profesionales conocimientos sobre el alma/psique humana y un editor (tres editores) a quien deseaba conocer cara a cara desde hacía tiempo. La Editorial que organizaba el evento era El Nadir, una de esas a las que me gusta volver de forma fiel por su apuesta por libros diferentes, por terminar de hacer mortal la pirueta de una profesión “destinada a desaparecer” como decían ayer mismo los presentadores. El editor, al que llamaré B., con unos ojos que miraban hacia un horizonte muy lejano hablaba de “reparar olvidos” sobre cierta Literatura centroeuropea como la rumana, buena Literatura, pero considerada “marginal” frente a la reputada obra húngara. Ah, cuántos “viajes” no habré hecho yo de la mano de estas publicaciones, incluido el que realicé a las cruzadas protagonizadas por niños, hacia una Jerusalén nunca tan real aunque fuera imaginada… y a una Transilvania rural y costumbrista.
            Cuando uno de los presentadores, con su voz y su entonación de radio dice, leyendo un fragmento de la obra: “Siempre me ha gustado hacer el amor con los ojos y las palabras” siento que me ensancho por dentro. ¡Tengo que leer a esa autora! Un poco después extrae otra perla del libro: “Es estupendo poder decir todo lo que se te pasa por la cabeza al lado de otro. Es como estar solo sin estarlo”. No es una obviedad, es una valiente confesión, una honesta y valiente confesión que también tiene que ver con el viaje interior que se hace en los viajes. Viajo de las palabras a las imágenes que me rodean, las cabezas de los asistentes al acto, las risas compartidas. Hay un ambiente literario… aunque la magia se rompe cuando se termina la última de las tres voces que presentan para dar la palabra al público. Nadie pregunta. Nadie comenta. Los críticos han dejado un nivel tan alto de análisis que da miedo decir nada, resultar obvio, decir una necedad…
            El silencio se hace dueño, por un instante de la situación… y maduran las palabras, encuentran su engarce en el momento para que luego pueda mascarlas, contemplarlas mientras el frío viento de la noche sigue limpiando las calles en las que apenas me cruzo con veinte o treinta personas en un paseo de veinte minutos por el centro de la ciudad, un centro urbano que siempre me ha enamorado y que lo sigue haciendo cada vez que miro uno de esas terrazas acristaladas de la Glorieta de Quevedo, con su hierro forjado, reflejando desde las alturas la noche –hoy algo más silenciosa que de costumbre- de este Madrid invernal. Paseo como en una especie de nube, hacia mi cálida casa, observando la belleza de la arquitectura de ciertos rincones, balcones, ménsulas, atlantes, pequeñas torres y fachadas, mientras resuenan los ecos de esa presentación en la que una treintena de personas llenaban la sala (y la totalidad de las sillas, hasta obligar a algunos al suelo o a la posición erguida, como quien se levanta en la misa para los momentos sagrados, o como quien contempla un lienzo centenario de belleza atemporal). Estoy ebrio de Literatura, ya que no he probado el vino, y me tambaleo mentalmente de camino a casa, de una reflexión a otra, sabiendo que la soledad y el silencio de este paseo terminarán en breve.
            Cerraré con otra sentencia extraída de La sexagenaria y el joven: “Más allá de las glándulas todo es Literatura”.

ALOCUCIÓN

Ninguna vía de reintegración puede tener preocupaciones de orden político; los revolucionarios no intentan escapar a su propio condicionamiento; al contrario consideran que el peso de la sociedad no es bastante grande que hay que aumentarlo.

Nos sometemos a lo que suscitamos en la medida que nos identificamos con ello.

Postularse en la indiferencia es mucho más emancipador que proponer una indignación teledirigida y mendaz.

“Dejad de ser monos o descendientes de monos y abrazad vuestra serpiente interior. Nada es eterno si estáis muertos.”

La condición humana, la del Último Hombre, es la condición de los imbéciles.

Basta con cerrar los ojos.

El fotógrafo llegó antes.

El fotógrafo llego antes, y al poco lo hizo el escritor. El estudio era estrecho, bien equipado y estaba situado en el centro de la ciudad, casa antigua reformada con una asepsia incapaz de borrar los vestigios de encanto pasado como la chimenea no tapada o el enrejado de los balcones de lo que había sido el salón.
Al poco sonó el timbre. Era la maquilladora con sus ojos grandes, de un verde complejo, futurista, gatuno y oliváceo al tiempo. El último fue el modelo, con gesto de haberse perdido, algo azorado pero puntual.
El escritor miró al modelo: la envidia.
La cosa empezó de forma ágil. El fotógrafo recordó a la maquilladora lo que habían hablado sobre los efectos que se debían conseguir y ella empezó a trabajar con destreza de pintora, como un Anguissola que pintase un retrato del monarca sobre un rostro en lugar de sobre una tela.
La maquilladora miro al modelo: la concentración.
El fotógrafo miro a la maquilladora: el escrutinio.
El escritor miro a la maquilladora: la envidia.
El modelo cerro los ojos.
Una vez listo el estilismo se empezaron a hacer pruebas de luz. Fotómetro por aquí, focos por allá. Alturas, ángulos, fondos, sombras, perspectivas… un muestrario de luminosidades capaces de multiplicar la realidad.
Se colocó la cámara y empezó a enfocar. El fotógrafo miro al modelo a través del aparato: la búsqueda.
El modelo miro a la cámara: el camaleón.
La maquilladora miro al fotógrafo: la curiosidad.
El escritor miró al fotógrafo: la envidia.
Después de unos cuantos disparos procedieron al primer cambio. El modelo quedó medio desnudo, vaqueros y tirantes sin camisa. La cámara lo miró: el chispazo.
Tuvo que cambiar mucho los materiales para darle el aire que un estilo de ropa mucho mas antiguo exigía, mezcla de cine mudo y dandi muy masculino. Afortunadamente siempre llevaba un maletín grande con sombras y maquillajes muy distintos capaz de dar matices muy variados. La maquilladora miró al modelo: la satisfacción. El modelo miró al espejo: la sorpresa.
Las últimas fotos resultaron muy especiales, una mezcla de osadía y siglo viejo. El fotógrafo miró al modelo: la felicidad.
Se despidieron amigablemente. La envidia me hizo escribir este cuento.

El control del déficit público

14-enero-2012 · Imprimir este artículo

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Tras mucho tiempo donde se exhibía la defensa del gasto público para reactivar la economía, hemos llegado a una situación en la que se impone el control del gasto público. Ahora estamos ante una realidad donde se observa el efecto distorsionador y peligroso de los déficits sostenidos.

La relación de apasionados defensores del gasto publico sería muy extensa. Si Dorothy Pickles afirmaba que “nada triunfa tanto como el éxito”, también se podría decir que nada atrae más apoyos y simpatías que realizar el gasto público. Al gasto público no le han faltado nunca verdaderos entusiastas. Y no era sólo patrimonio de una posición política. Sería una reducción injusta relacionar el afán por el gasto sólo con una posición política o ideológica.

El problema del gasto público recuerda algo que contaba Anatole France con sentido del humor, lo que le ocurrió a la bella Analise de los Goncourt, que fue a inscribir su matrimonio en el registro civil y el funcionario que la atendía le preguntó el nombre del novio. La bella Analise respondió con ingenuidad, «¡Ah!, ¿pero eso no lo pone la municipalidad?»

Los excesos y descontrol del gasto nos han traído a una situación en la que es imposible mantenerlo. Como decía David Hume, “La causa más simple y mas obvia que puede asignarse a un fenómeno es probablemente la verdadera”. Resulta llamativo que muchos que han exhibido su pasión de gasto público con proyectos faraónicos e innecesarios, ante la realidad adversa, crítica y peligrosa que vivimos no tienen el coraje de decir “sí yo también impulsé tanto despropósito”. Los errores en la política nunca parecen tener paternidad conocida.

Los que antes eran firmes defensores del gasto público guardan un discreto silencio. Lo que demuestra que es más práctico y realista juzgar las posiciones políticas por sus hechos. Y la cuestión de la proclividad al gasto público es una nota reveladora de las verdaderas pasiones políticas que se mueven. Platón y Aristóteles ya advertían de los peligros de los demagogos. El gasto y su defensa es un factor distorsionador de las posiciones políticas, ya que permite encubrir bajo su manto la realidad efectiva de la posición política.

Han sido muchas las pasiones que ha levantado el gasto público. Como es natural, con tantos partidarios, fue en aumento con gran rapidez hasta convertirse en un gran problema. Pero lo que no se ha realizado a través de un efectivo control del gasto en una vida económica sana de un Estado, ahora hay que hacerlo con cirugía, en momentos de peligro para la economía nacional. Con medidas drásticas que causan crisis, angustia y que pueden provocar respuestas sociales. Es un problema que no sólo lo padece España, lo que no es precisamente un motivo de consuelo. La sujeción del gasto público recuerda el mensaje que con frecuencia repetía Adolfo Suárez cuando era presidente del gobierno y que consistía en “hacer normal en la política lo que es normal en la sociedad”. Parece natural que el control que ejercen los ciudadanos sobre su gasto lo ejerzan las administraciones públicas sobre el suyo. Porque el futuro puede venir condicionado por los excesos del presente, como nuestro presente ha sido consecuencia de los errores y los aciertos del pasado. Pues resulta evidente que las actuaciones que cada ciudadano y cada familia realizan para el control de la vida, el Estado las elude con absoluta impunidad, aunque dejen arruinada a una o varias generaciones. Es evidente que era necesario someter al Sector Público en sus distintas administraciones a un control exhaustivo del gasto público. Sean los Ayuntamientos, las Comunidades Autónomas o el Estado. Se ha dado un paso importante en este sentido con la reforma de la Constitución Española para el control del Gasto y del Déficit, pero es muy posible que no sea suficiente.

El Estado como Cerebro de la Sociedad en la Teoría Organicista

A finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX la teoría orgánica analizó la hipótesis de un supuesto muy singular, el del suicidio del Estado. Partían de asemejar el organismo fisiológico con el organismo social y político. Aquella teoría tuvo diversos defensores que analizaban el objeto de estudio desde perspectivas muy diversas, como la sociología, la psicología, la física, la biología o la economía. Se trataba de equiparar el funcionamiento de la sociedad y el Estado con el organismo físico o biológico. La “analogía”, como la denominaban los organicistas, era analizada desde muy variadas perspectivas. Y fueron muchos los autores que abordaron los distintos supuestos de la llamada sociedad según el organicismo. Algunos destacados representantes fueron Burke, Savigny, Ward, Bagehot, Tarde, Spencer, Novicow, Lilienfeld, Jager, Bordier, Huxley, Fichte, Schelling, Krause o Giddings, entre otros muchos autores. El sentido que tuvo la teoría orgánica fue corregir la teoría del pacto social en el siglo XIX, según lo apreció Santa María de Paredes. El organicismo se manifestó como una protesta frente al atomismo individualista, se mostró como oposición a una concepción idealista de la vida y de la Ciencia. Así, por ejemplo, Litttré efectuaba y valoraba las diferencias entre los organismos físicos y sociales respecto a la duración de la vida, porque el ser físico tiene vejez y muerte, mientras que afirmaba que el ser social es perpetuo, no le alcanza ni la vejez ni la muerte. Lo afirmaba con claridad: “El individuo perece y la sociedad no”. Litttré también se refería al mantenimiento de lazos morales aun en situaciones cambiantes. Por ejemplo, al lazo que unía a una madre con su hijo por encima de la distancia que los separase. Y se refería a una “comunidad de fin”, que estaba por encima del espacio y del tiempo. Por su parte, Fouillée, afirmaba que lo que importa es la fuerza del lazo.

Uno de sus más destacados defensores fue Burke y éste expresaba el sentido de la teoría orgánica de forma clara y concisa: “la sociedad es la asociación, no sólo de los que viven, sino de los que han muerto y de los que aun no han nacido, un ser misterioso cuyas partes están unidas entre si por lazos morales invisibles”. Describía así una sociedad intangible a la que se salvaguardaba de que los miembros –por supuesto vivos- de una sociedad decidieran por si y ante sí.

Por su parte el sociólogo ruso Novicow aportó un supuesto de interés para la concepción orgánica: Las sociedades tienen un organismo de dirección (función de mando). Con ese planteamiento se incorporaba un cierto componente elitista. Novicow decía que los neozelandeses y los ingleses forman hoy parte del mismo organismo social, aun estando, como se sabe, a una gran distancia. También este mismo autor afirmaba que dos sociedades separadas en el espacio pueden mantener perpetuas relaciones unas con otras, lo que consideraba una circulación vital, esto es, venía a significar la unidad orgánica.

Dentro de la teoría orgánica se dieron una serie de equivalencias, como situar al Gobierno como una élite. En esa concepción la función de la minoría (también llamada élite o “crema”) cumpliría la función del cerebro de la sociedad orgánica así considerada. Aparece de nuevo un aspecto elitista dentro de la teoría orgánica. Dentro de esa lógica, la minoría social ejerce la función de cerebro. Pero el supuesto no se puede pasar por alto, ni desdeñar su valoración. Posee una gran importancia porque, en la relación del cerebro con el resto del cuerpo, la función cerebral es decisiva, hasta el extremo de que no se puede mover una extremidad sin que sea con la orden del cerebro. Se trata de una asimilación gruesa -sin duda-, pero que guarda un principio de orden y obediencia inesquivable. Se trata de un poder irrefrenable. Hasta el extremo de resultar irresistible. Es el cerebro quien dirige al organismo en su totalidad. Cada miembro o parte del cuerpo no posee autonomía ninguna dentro del cuerpo. Se impone por lo tanto una relación de orden y obediencia hasta el menor de los extremos. La teoría orgánica resaltaba la relación de mando hasta una obediencia sin resistencia alguna, un poder omnímodo. El cerebro cumple una función de mando y de coordinación hasta en los menores detalles. No existe capacidad autónoma alguna. En España, por ejemplo, Antonio Goicoechea afirmaba la comparación de la función del cerebro con la que ejercía la minoría social. Se refería a la relación entre el cerebro y el cuerpo. Se trataba de una analogía, pero era una analogía muy significativa, porque demostraba la relación de mando y obediencia entre el cuerpo y el cerebro. Venía a afirmar que la relación de mando y obediencia es superior en el cuerpo, porque el cerebro ejerce una función de mando sobre los miembros mucho más potente sin duda que una élite con el pueblo. Y especificaba que “el Estado no es al cuerpo social lo que el cerebro es al individuo”. El propio Antonio Goicoechea afirmaba que esa asimilación entre el cerebro y el cuerpo social es de las más groseras.

Si trasladamos esta función de la teoría orgánica al campo de la política y se la compara con una dictadura, deja a ésta como una relación ventajosa respecto a la tiranía impuesta por el cerebro sobre el cuerpo. Se trata de una relación de mando y obediencia sin límite alguno. La simple mención tiene un alcance político trascendente fuera del organicismo. Desde esa perspectiva de concentración de las funciones de mando, hasta ese extremo, permite considerar cualquier dictadura de forma más benévola o flexible. Huxley decía que “si la comparación entre el cuerpo político y el fisiológico tiene algún valor, de ella se deduce una intervención del gobierno mil veces mayor que la que hoy existe”.

La comparación es verdaderamente terrible. Se trata de un supuesto que facilita considerar a cualquier función política de mando y obediencia desde unos supuestos menos rígidos. Situados en ese extremo, cualquier concentración de poder, por brutal que sea, puede tener poros más flexibles y benévolos. La teoría orgánica así considerada aportaba un supuesto que trasladado al ámbito de la política podía presentar un balance que frente a la tiranía del cerebro pudiese considerarse de forma benévola. La posición de la teoría orgánica permitía una gruesa asimilación: el cerebro dirige al cuerpo como la élite a la sociedad. La comparación es terrible.

La teoría orgánica llegó a considerar plausible comparar el trabajo de los centros nerviosos del cuerpo humano con las investigaciones de los pensadores y de los sabios: “El lento trabajo de los centros nerviosos equivale a las pacientes investigaciones de los pensadores y los sabios”. Era todo un ejercicio de exhibición de un elitismo tosco y burdo. Dejaba al lado, sin consideración alguna, la existencia de la libertad, como si no fuese un aspecto decisivo al considerar la vida humana. Resultaba evidente que desde tales parámetros, cualquier comparación con una dictadura era beneficiosa para tal supuesto. Asignaba dos funciones: la fuerza y la dirección. Como era de esperar, la fuerza la aportaba la mayoría y la dirección la minoría. Esa “dirección” no era otra cosa que la élite o cerebro. Ante tal supuesto, cualquier dictadura puede ser considerada como más permisiva y flexible. Porque el supuesto se fue a colocar en el máximo de concentración de poder. Desde ese extremo hipotético no es realista la valoración de un régimen político. Porque el supuesto es un extremo verdaderamente brutal.

El supuesto del suicidio del Estado

Dentro de los campos de estudio a los que se aplicó la teoría orgánica se llegó a considerar la diferencia de la duración de la vida entre los organismos físicos y sociales, como hiciese Littré. La aportación era importante para el organismo social porque, según la consideración de este autor, el organismo físico poseía entre sus características la consideración de la vejez y la muerte. La duración de la vida es un parámetro que forma parte inexorable del ser vivo. Pero no así en el ser social. Exceptuando situaciones extremas, como la aportada por Esparta, donde prefirieron la muerte antes que la esclavitud. Siendo realistas, son muchos los pueblos que han preferido la esclavitud. Y muchos más los que han preferido situaciones intermedias. Otros, por ejemplo, han preferido la concepción de la democracia semántica, como si en esta materia tan nombrada no fuese evidente que la democracia es un producto institucional de paternidad inequívocamente norteamericana, como bien pudo comprender Tocqueville, al darse cuenta de un hecho nuevo que nada tenía que ver con la democracia directa propia de la antigua Grecia, sino con la democracia norteamericana representativa.

El supuesto de la duración de la vida trasladado a una sociedad con su respectivo Estado no permite jugar con la hipótesis de la muerte o suicidio de la sociedad y su Estado. No es preciso remontarse a un supuesto de la historia antigua, basta considerar cómo las sociedades, si no están gravemente afectadas por alguna extraña enfermedad que las haga preferir la muerte, buscan la mejor defensa de su existencia. Según Hume, “La seguridad del pueblo es la ley suprema. Todas las otras leyes particulares están subordinadas a ella y dependen de ella”. Podríamos considerarlo como una disposición natural del individuo y de la sociedad cuando no están afectados por alguna grave patología. Lo natural es la defensa de la vida en toda su extensión, de la individual y de la colectiva. Pero, además hay que considerar que un organismo sano y una sana sociedad quieren vivir y además aspiran a una buena vida. Todo Estado, por motivos existenciales, se procura la seguridad de su existencia y no se deja arrastrar a la indefensión poniendo en riesgo su vida. Su seguridad es una razón vital de primerísimo orden. Se puede tener gran confianza en la razón y en la voluntad humana para entenderse y poder convivir en paz, pero sólo un pacifismo malentendido puede dar la espalda a la seguridad y a la posibilidad de conflicto que se halla en la naturaleza humana. Y ésta como se sabe, por desgracia, es resistente a la razón, por lo cual conviene asegurar la paz aceptando que pueden existir conflictos que no puedan ser resueltos por vías pacíficas.

La credibilidad de los recortes del Gasto

El supuesto extremo de una guerra resulta hoy, por fortuna, una hipótesis remotísima dentro de Europa. Y a este respecto hay que recordar que Europa fue vacunada de forma terrible contra la guerra, por haber padecido en el transcurso del siglo XX dos guerras mundiales muy crueles. Pero los peligros para la vida de una nación o unas naciones-como es el caso de Europa- no sólo proceden de conflictos militares, sino de problemas que sin llegar a tales extremos pueden poner en peligro la vida buena a la que aspira una sociedad sanamente constituida. Nos referimos a los peligros de crisis económica provocada por un gasto excesivo de las administraciones públicas. Máxime cuando las naciones europeas como España se han incorporado a la moneda común y no pueden apelar a su propio banco emisor para efectuar una devaluación que posibilitase mantener el volumen de la deuda de las Administraciones Públicas. Ante esa realidad, el principio de necesidad obliga a mantener un control firme de la deuda y a no gastar más de lo que se ingresa. Aunque se pueden considerar situaciones excepcionales que pueden requerir, en momentos extraordinarios, un aumento de la deuda. Para ello se debiera requerir un posible aumento de la deuda con un acuerdo amplísimo de la clase política.

En lo que respecta al control del Gasto, el Estado y sus diversas Administraciones tienen que estar sometidas al imperativo económico. Y hoy, nos guste o no, no se puede mantener la tendencia al gasto como se ha mantenido hasta ahora, porque la realidad es distinta y no existen los mecanismos y recursos de antaño. Parece una nota de sentido común para la salud de cada miembro de la sociedad, como para el Estado, en lo que atañe a la vida pública. Y en esto no hay que llamarse a engaño, ni disimular la realidad, porque a nadie le gusta ceñirse a una disciplina estricta que se acomode a su situación presente. Pero los peligros tienen que ser superados, porque es un imperativo vital que es preciso afrontar con realismo. Es fácil reconocer que no es una tarea grata, Y en esa tarea no aporta nada una confrontación de reproches. Porque, además en todos los partidos políticos existen más o menos entusiastas del gasto público. Pero es deseable que impere el realismo y postergar las críticas para momentos más favorables. La demagogia sin gasto tiene en peligro su existencia.

En materia política hay que distinguir los deseos de las realidades, de las buenas razones, porque priman los intereses y éstos dejan naturalmente su huella. Por eso no es fácil que sea aceptada la reducción del déficit de las Administraciones Públicas. Son muchos años los que se han dedicado a practicar un gasto excesivo y algunos, como ha dicho Miguel Roca, han llegado a considerar que dicho control del déficit rompe el acuerdo de la Transición. Porque los pactos de gobierno, cuando es preciso un acuerdo para complementar una minoría, se facilitan extraordinariamente acudiendo al aumento del déficit para satisfacer las demandas del partido que presta su apoyo. Es el intercambio del apoyo a cambio de la contrapartida en beneficios económicos. Recuérdese la cesión del 15% del IRPF a las Comunidades Autónomas en 1993 como exigió CiU. Tres años después, en 1996, el precio que exigió CiU fue mucho mayor, pasando del doble. Y naturalmente la presión de la necesidad hizo su efecto de nuevo. Pero esa realidad debiera evitarse cambiando las reglas de juego para acabar con la compra-venta del apoyo a cambio del gasto público. Los grandes partidos saben el problema y lo han tenido que soportar cuando se han quedado sin alcanzar la mayoría absoluta. Es decir, que con dinero de todos se ha pagado un apoyo político que es de parte.

Esa realidad es conveniente superarla con una reforma adecuada de la Constitución que evite que la mayoría se alcance pagando el apoyo exigido por grupos minoritarios. Sea en partidas presupuestarias o en otros aspectos, que pueden ser más costosos en otras materias al margen de los presupuestos. El principio político que se aplica para los pactos es simple y conocido: “lo que pueda pagarse con dinero, páguese con dinero”. Ese problema no aparece en condiciones de mayoría absoluta, pero cuando surge la mayoría relativa el partido que ha ganado las elecciones queda pendiente de poder gobernar si no obtiene el apoyo de algún grupo minoritario, que naturalmente pone un precio de mercado muy alto dictado por la necesidad política. Ese tipo de problemas no sólo es conocido por los partidos políticos, sino que los dos partidos mayoritarios han sufrido las consecuencias del lema exhibido por CiU en 1993, (“Ara decidirem”). Y en efecto, ambos (como se dijo entonces) tuvieron que «pasar por el aro», el PSOE en 1993 y el PP en 1996. Sería muy conveniente cerrar la brecha constitucional a ese tipo de acuerdos que permiten jugar con la economía y con la transferencia de competencias para satisfacción de pequeños partidos que no pueden soñar con ganar unas elecciones sino que su sueño se cifra en hipotecar al partido que ha ganado sin alcanzar la mayoría absoluta. En definitiva, su triunfo y aspiración consiste en ponerle precio al apoyo parlamentario que prestan. Que no es sólo un precio económico, sino que alcanza a otras medidas políticas como la transferencia de competencia o la eliminación de leyes bajo el imperativo del deseo de pequeños partidos que obtienen el beneficio vendiendo su apoyo a través de medidas políticas de su interés. Esa brecha debe ser cerrada porque es radicalmente antidemocrática. Y ahora, además, puede poner en riesgo la estabilidad presupuestaria y el gasto público. El líder de CiU Durán y LLeida ha comprendido y expresado con toda rapidez que el control del déficit por la reforma constitucional efectuada este verano pone en cuestión los acuerdos de la Transición. Pero el Sr. Durán no dice que aquellos acuerdos elevaron el gasto a las nubes y que hoy serían imposibles porque estamos en el Euro y no disponemos del Banco Central para efectuar las devaluaciones que nos vimos obligados a realizar. Los tiempos de la llamada Transición han pasado hace muchos años. Tenemos las consecuencias delante con sus peligros correspondientes. Ante esta situación y el cierre, al momento presente, de la vía de los incrementos presupuestarios para pagar los apoyos políticos, es muy posible que se prosiga la escalada independentista, como apuntan los discursos nacionalistas.

La Disyuntiva sobre el recorte del Gasto

En un momento de crisis como el presente, es conveniente reflexionar sobre aquellas partidas del gasto que pueden suprimirse. Pero no se debe olvidar, como apuntase Olson, que la política es la política. Y una cosa es recortar prestaciones del Estado, y otra reducir el gasto de las instituciones políticas. El análisis de la política no puede permitirse frivolidades en el análisis. De momento no podemos saber qué se hará con el recorte del gasto público, ni hasta dónde se desarrollará. Pero es evidente que los recortes tienen un amplio espectro de posibilidades.

La sociedad política y sus actores no tienen por qué quedarse fuera de las necesidades a las que se ve sometida la sociedad. No parece probable que se vaya a operar un recorte profundo del gasto que afecte a la estructura política del Estado. Con una mínima dosis de realismo se puede afirmar que se efectuarán los recortes que afecten a la sociedad que se consideren necesarios, pero no así a la sociedad política.

En otra crisis anterior Felipe González defendía que había que realizar reformas porque había que reducir la “grasa” del Estado. Era todo un concepto singular y divertido el del «Estado graso», pero cuesta mucho pensar que se operaría un recorte efectivo que redujese el gasto público de una manera eficiente y profunda, reduciendo en verdad gastos superfluos que hoy no tienen sentido. Por ejemplo los siguientes:

-Se podría cuestionar el mantenimiento del Senado. Como es natural requeriría una reforma de la Constitución. Y no se trataría de un capricho, ni de una crítica falaz porque se puede incluso reconocer que el Senado ha aportado tiempo para una reflexión más pausada, porque hay que reconocerle que introdujo reformas necesarias y que ha podido aportar reflexión para incorporar una legislación mas estudiada.

-La organización de la forma de Estado también podría ser reformada. Porque más de treinta años después de ser fletada sigue presentado problemas. Y, cuando menos, reducir las Comunidades Autónomas Uniprovinciales. Quizá podría entenderse la especificidad de Navarra, pero no parece que la clase política se halle inclinada a realizar reformas que reduzcan el gasto de la Forma de Estado adoptada, aunque sería muy conveniente una racionalización de esta materia tan lejana a la razón y tan cercana a los intereses políticos de los partidos que la han creado. En este aspecto se puede recordar que un partido como el PSP se refería a Madrid como “Madrid-región”. Aun un partido en la clandestinidad no concebía otra posibilidad que una región. Nadie en el PSP hubiese podido prever que se convertiría en una llamada Comunidad Autónoma. La realidad actual sería impensable para aquellos miembros del PSP.

-Se podría eliminar el gasto público que provocan los partidos políticos y los sindicatos. No es preciso discutir sobre si en algún momento pudo ser necesario o no financiar los partidos políticos y los sindicatos. Hoy, tanto unos como otros, se hallan en una situación de normalidad. El principio es muy simple y claro. Militar en un partido es una libertad que debe ser pagada por las cuotas de los militantes. El primer principio de una organización política sería la de vivir bajo sus propios ingresos procedentes de aquellos que libremente deciden militar en un partido. Pero resulta un exceso sin sentido que los ciudadanos tengan que pagar organizaciones en las que no están insertos. El principio vital de una organización política es la de vivir de sus propios ingresos. Porque se trata de una libertad que no tienen que pagar quienes no están asociados a ellos. Es una antigualla que no se puede defender hoy, como es la de los partidos de Estado, mantenidos por los presupuestos públicos. Quienes ejercen la opción de militar en un partido son quienes tienen que sufragarlo. Es una “grasa” –como dijese González- que se puede reducir con toda tranquilidad.

-Los sindicatos no tienen qué seguir estando subvencionados por el Estado. Cada trabajador tiene la libertad de sindicarse o no. Pero en esta materia, como en el caso de los partidos políticos, son las personas asociadas a un sindicato quienes tienen que sufragar los gastos del sindicato. Son sindicatos de clase rentistas del Estado. Son una especie de nuevos señoritos. Tantas críticas que alumbraron los llamados sindicatos verticales, y hemos llegado como sublime modernidad a los sindicatos de Estado pagados y mantenidos por el Estado. Toda una situación que puede ser reformada para atajar un gasto que es completamente innecesario. Hoy no hay que dar a conocer a los sindicatos, son sobradamente conocidos y va siendo hora de que se sufraguen por las cuotas de sus afiliados. Nicolás Redondo decía de los sindicalistas que “quien más y quien menos, tenemos callos en las manos”. A lo que el magistrado Joaquín Navarro respondía con sentido del humor diciendo: “será de aplaudir”. Los sindicatos son libres de aplaudir a quien estimen oportuno, ejercer la crítica que mejor consideren u organizarse según les permite la legalidad que les concede amplia libertad. Pero también debían pensarse que no tiene que salir de los bolsillos del contribuyente el mantenimiento de los mismos. Además, siendo sindicatos, parece absolutamente lógico que vivan de su trabajo, no del dinero del contribuyente.

-Se podría reformar la Constitución para eliminar el Tribunal Constitucional, que sólo tuvo el precedente de la Segunda República como salvaguarda de las “garantías constitucionales”. El Tribunal Constitucional se estableció en la Constitución por importación de una fórmula extranjera y por desconfianza a la posición ideológica de los jueces del Tribunal Supremo a la hora de aplicar la Constitución. Si se pretendiese ahorrar en verdad en materia que afectase a la política y sus intereses, se podría suprimir el Tribunal Constitucional incorporando una Sala de lo Constitucional en el Tribunal Supremo. Se volvería de esa forma a la tradicional fórmula jurisdiccional ejercida por el Poder Judicial, culminando en el Tribunal Supremo aunque, a pesar de su denominación, de hecho es el Tribunal Constitucional el verdadero Tribunal Supremo. Terminando con las incompatibilidades de jueces y magistrados que no todas ellas operan en el Tribunal Constitucional.

Es evidente que se pueden efectuar recortes, pero para ello es preciso una voluntad política que antes de recortar prestaciones del Estado empiece por eliminar gastos superfluos. Éste es, en mi opinión, el verdadero test de la credibilidad política, y si no se cumple es posible que nos veamos inmersos en conflictos que tengan su pálpito en la calle. Ya se pueden leer en la prensa comentarios como este: “Tampoco es recomendable presentarse ante la opinión pública con recortes en la sanidad o en la educación sin haber agotado antes todas las dietas de adelgazamiento de la Administración. Lo anterior sirve para Mas y para Rajoy. Los ciudadanos entienden bien la necesidad de recortar gastos públicos; pero entienden todavía mejor que la tijera debe respetar prioridades”. Lo que de verdad entenderían los ciudadanos que están soportando tan dura crisis es que los poderes públicos dieran ejemplo. Que se redujesen un porcentaje de los sueldos, que devolviesen ordenadores y teléfonos móviles y se pagaran los suyos. Que fueran en sus coches particulares o en transporte público. Que usasen la sanidad pública y supieran como funcionan las ambulancias. Esto evitaría discursos explicativos y se entendería a la perfección. La necesidad sería creíble y la dimensión de las medidas demostraría la voluntad de repartir las cargas económicas de manera razonable y que por añadidura evitarían conflictos innecesarios. Tenía razón Thomas Paine cuando afirmaba que “el sistema está mejor respaldado mientras mejor se le entiende”.

CONCLUSIÓN

Es una referencia clásica afirmar que de falsos bienes pueden sobrevenir verdaderos males. Ahora nos encontramos con sus efectos y es lógico que la clase política, que ha sido la responsable de haber llegado a esta situación, debata sobre la responsabilidad por lo que se ha hecho. Pero no se debiera de olvidar que la sociedad no es culpable, y que sería una injusticia añadida que la clase política no aporte el ejemplo para hacer creíble la necesidad de recortes presupuestarios con el correspondiente reparto de las cargas. Sería lógico que empezase la clase política a dar ejemplo y abandonar los gastos y privilegios que pagan los ciudadanos. Sería un factor muy positivo que facilitaría extraordinariamente el apoyo de la sociedad a las reformas que se precisan. Y no sólo ayudarían a hacer creíbles los sacrificios en forma de recortes económicos presupuestarios, sino que colaboraría a desarmar la crítica creciente y la injusticia de que exijan sacrificios quienes no dan ejemplo reduciendo los gastos innecesarios, como los que se pueden señalar. El contraste de las restricciones sobre la sociedad con el mantenimiento de gastos injustificados de la política puede aportar una mayor tensión, que puede evitarse realizando las reformas políticas que supriman gastos innecesarios. Éste sería un dato muy favorable en los tiempos de crisis que vivimos. No se debiera de olvidar que el cálculo político de que la sociedad aguanta todo puede provocar conatos de respuesta inesperada. Y la política debe evitar los conflictos innecesarios. Sería deseable que no apareciesen problemas añadidos, ya bastante tenemos con la espada de Damocles sobre nuestra cabeza, pero también es cierto que una sociedad que se ha dejado golpear en sus intereses mas directos durante tantos años es muy difícil que reaccione. Resulta esperable que las reformas no alcancen los intereses de los políticos, y también es esperable que surjan reacciones de crítica ante esa situación injusta. Veremos si la política tiene la inteligencia y el aprecio por la justicia suficientes para evitar situaciones de tensión añadidas. Se trata de un buen deseo. Somos conscientes de ello. Pero hay que ser conscientes también de que lo que mueve la política son los intereses, y estos tienden a realizarse con mayor facilidad cuando el ejercicio de su poder sobre la sociedad se ha ejercido con gran éxito para los intereses políticos, aunque fuera al alto precio de tener que soportar graves crisis. Es un principio conocido en la física cuando se afirma que todo cuerpo sometido a una fuerza tiende a conservar su dinamismo siempre que otra fuerza no le obligue a cambiar la trayectoria. “La política es la política”, dijo Olson, y no se equivocaba. Teniendo un mínimo de realismo, nada apunta a que la clase política vaya a proceder a efectuar recortes que afecten a sus intereses. Tampoco se puede esperar una resistencia sólida por parte de la sociedad que demande una carga equilibrada para salir de la crisis.

El deseo, por espléndido que sea, no cotiza en la política. Sería muy extraño y singular que se actuase en contra de la trayectoria. Desde ésta, el pronóstico no puede ser muy alentador, aunque sería magnifico equivocarse, me gustaría profundamente cometer ese error.

La deriva en los espacios abandonados/sombra.1

No podías desfallecer. Las cosas se estaban poniendo chungas. Los demás ganaban terreno. Tenías que dar el paso. No sólo sería un golpe de efecto. Era necesario, vital. Decidiste consultarlo. Una pasta pero merecía la pena. Llegarías desde atrás, les rebasarías dejándoles clavados. Mirándote el culo. Como ese ciclista en el Tourmalet. Buena táctica la del psicólogo. Te había felicitado. Por fin habías asumido que eso te hacía sufrir. No podías permitirlo. Nunca más te sentirías ninguneado. Se iban a enterar, sí.

Te costó un poco ir verbalizándolo. Seleccionar a los afines. Es un paso muy importante en tu vida, necesitas el apoyo de los tuyos. Huye de las críticas, eso te dijo el psicólogo. Así lo hiciste. ¡Dios! Qué cambio en el espejo. El rictus de los elegidos. Como esa luz que ilumina el rostro del héroe en las películas. Los más avezados del curro lo notaron. Alguna taquillera te preguntó pero no dijiste nada. Hasta la gerente te miró con incertidumbre. Bien. El terreno estaba abonado. Pronto, todos querrían saber tu secreto. Lo dicho, ibas a ser el puto rey.

Lo demás fue fácil. El psicólogo te envió a un amigo suyo. Un profesional. En los foros hablaban maravillas de él. El crédito de quince mil euros te lo metían con la hipoteca. Los bancos son los benefactores del estado del bienestar.

Pediste todas las vacaciones juntas. Nadie se opuso. Más horas y más dinero para los demás. Aunque ibas a necesitar más tiempo. El psicólogo te dio una carta para el de cabecera. O eso o una depresión. Coló. Ibas a estar jodido unos dos meses. Tres días en la clínica. Dormir boca abajo. Una semana y pico sin sentarte. Cinco semanas sin poder moverte. No fuese a ser que se desplazase. Tenías que hacerlo bien. De esta te nombraban jefe de equipo, seguro. Ya te veías manejando información. Reunido con la gerente. Y treinta napos más todos los meses. Hacer tú los cuadrantes. Que te la chupasen para conseguir días, ¡Dios!, eso: dios, así te veías.

Estabas nervioso. Deseabas volver al curro. Horas y horas delante del espejo. Ensayando todas las posturas. Había quedado de puta madre. Bueno, tenían que mirarte la cicatriz. Y quizá, te parecía, uno había quedado más bajo. Algo natural, según el médico. Depende de la musculatura. Pero con el uniforme quedada de lujo. Acojonados se iban a quedar.

El día del alta, fuiste directo a saludar a las chicas de recepción. Te apoyaste en el mostrador enseñando tu culo a todo el mundo. Pero nadie se fijó. Todo en ti se hundió menos las prótesis de silicona. Y así varios días. Nadie te miraba el culo. Como siempre, el psicólogo te dio la solución: decírselo a todo el mundo. Un lujo de tío… caro, pero un gurú.

El tema funcionó. Al principio, algunos se cachondearon, pero las opiniones femeninas prevalecieron y tuvieron que claudicar. Les habías ganado. Fue tema de conversación durante una semana. La hostia. Por muchos móviles, ordenadores y subwoofers con que contraatacaron, no te hacían sombra. Te habías postulado como el líder y, poco a poco, ibas teniendo una camarilla a tu lado.

Hasta que llegaste a mí y no te hice ni puto caso. No te pregunté cuánto te había costado. Ni los sacrificios que hiciste en aras de la sociedad. Ten cuidado con el jefe, a lo mejor quiere rebotar sobre él, te dije en broma, intentando, sí, quitarme a otro engendro de encima. 

Sabía que me había creado otro enemigo pero me daba igual. Nunca lo entendísteis.

Te hicieron jefe de equipo, fuiste feliz en el reflejo.

Han pasado diez años y me dicen que tienes problemas. El paro, el banco que se ha quedado con todo. Los sucesivos implantes de silicona podrida te han jodido, y bien. No pregunto más. Quizá ahora sí necesitas un psicólogo. De los de verdad. Lo siento, tío. Sólo eres una sombra en estas calles abandonadas.

Y EN EL FIN DEL MUNDO TODOS

Veo una foto por internet en el que varios indios amazónicos, muchos de ellos con espectaculares tocados de plumas, indicando con orgullo que son reyes y jefes de tribu, aparecen con cara de sorpresa. En el centro de la imagen, uno, más anciano que los otros, cabizbajo, tapa su cara con una mano y en un gesto de congoja, llora. Es un jefe indio Kayapó y llora porque la presidenta de Brasil ha dado luz verde a la construcción de una planta hidroeléctrica en mitad de la selva amazónica, justo donde viven esos indios, y que anegará el equivalente en kilómetros cuadrados de la comunidad de Madrid. Más allá del dato o incluso del sentimiento de pena que nos puede generar (o no) una cosa es evidente: A esa gente le ha llegado su particular Fin del Mundo. No hace falta que lo diga Nostradamus, Los Mayas, el Horóscopo de Maria Teresa Campos o que un meteorito aparezca en los radares de la Nasa en rumbo de colisión con nuestro planeta antes verde y azul. Es su Fin. Y además por agua, como manda la tradición judeo cristiana. No se podía esperar otra cosa de un país dónde un enorme Cristo preside una de las ciudades más violentas y desarraigadas del planeta: Río de Janeiro. Por si a alguien le queda alguna duda, y si sobrevivimos al 2012, el Papa Ratzinger dará un concierto de los suyos por allí en el formato JMJ. Por supuesto, no hará nada –no lo ha hecho aún- por ayudar a esa pobre gente que será expulsada de sus casas y de su selva y de la que morirá contagiada por los virus de los que allí vayan en masa a trabajar en la fábrica o de aquellos que mueran hartitos de agua sin saber porqué, porque ni siquiera han visto nunca a un ser humano blanco. Pero eso sí, Brasil va bien. Es un de los países que más crecerá en el futuro y hasta está ayudando a la crisis de deuda europea… con el armario –en este caso la presa- llena de cadáveres…
Y mientras que estas cosas pasan hay gente que se pregunta si el Fin del Mundo es este año que acabamos de comenzar. El Fin del Mundo ha ocurrido ya, pero no nos hemos dado cuenta. Lo que pasa es que estamos distraiditos, como si fuéramos niños que no nos quisiéramos sentar a comer y nuestros papis nos pusieran la tele para ver si entretenidos con los dibujos animados dejamos de darles el coñazo y terminamos la sopa. Y esto que acabo de decirles no es un ejemplo baladí, es una metáfora mucho más real de lo que parece. Cuando la prioridad de todo el planeta, repito, de todo el planeta, es llegar a fin de mes, pueden pasar, están pasando, las pesadillas más infames. Y esperamos, con los ojos muy abiertos, que alguien mueva la varita mágica y saque no sé que mierdas de que infame chistera que nos devuelvan la fe en el ser humano o al menos algo de dinero a nuestra cuentas corrientes. E incluso votamos por esas opciones políticas, para, al poco tiempo, descubrir que no existe ni varita ni chistera ni conejo y que el truco nos lo conocemos de principio a fin. Es imposible que alguien nos devuelva el orgullo de ser humanos, el sentido común de una raza que se dice superior o que simplemente pare la inercia en la que nos hemos metido todos, de España a Brasil, porque hemos sido nosotros mismos los que hemos renunciado a esos valores mientras escuchábamos a otros decirnos que eran ellos los únicos válidos para dárnoslos. Ahora es tarde y esos cabrones nos han fastidiado pero bien. Y este es nuestro Fin del Mundo. Bienvenidos a él, porque hemos luchado mucho para alcanzarlo y no hemos parado hasta conseguirlo.
Quizás alguien piense que se puede hacer algo. A lo mejor si. Unas cuantas tribus de las que van a sucumbir al agua han dicho que se van a levantar en pie de guerra. Supongo que será más bonito morir cuando tu lo elijas defendiendo lo justo y lo tuyo que cuando otros te lo impongan en aras a hacer un mundo “más feliz” a las agencias de calificación. Ese si que será un gran Fin del Mundo.
Enrique Freire

Locución de Federico García Lorca

 

Locución de Federico García Lorca al Pueblo de Fuente de Vaqueros (Granada). Septiembre 1931.”Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. ‘Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre’, piensa, y no goza ya del espectáculo sino …a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión.

Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada.

No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.

Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?

¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: ‘amor, amor’, y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: ‘¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!’. Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.

Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: ‘Cultura’. Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz.

Limpieza de bajos/ La deriva en los espacios abandonados

Pre-ambulo entre sombras‭

El humo de la hierba se lleva las palabras.‭ Escucho. ‬Bebo.‭ Hoy me ha tocado el ciego autista, me temo. Algo me ha desestabilizado. Puede que tanta gente. O la colega que al abrazarme me mete mano. Supongo que para animarme. No sé qué transmito. Me da igual. Otro día desahuciado de mí. No soy capaz de hablar. Llevo toda la noche repasando grietas, algo se derrumba en mi cabeza.‭ Esa que no registra nada,‭ pues ‬sólo busca cerveza que todo lo arrase.‭ ‬Sin embargo,‭ ‬escucho…‭ ‬y sigo buscando en mí saliva con que escupir algún cadáver de entre los escombros.

Pese a todo miro a los ojos y percibo el miedo.‭ ‬Es algo atávico que reverdece entre restos de máscaras.‭ ‬Miradas de nostalgia se dirigen al retrete.‭ ‬Se van acabando las rayas continuas de la carretera,‭ ‬cada vez son más y más largos los espacios del vacío que decoraban…‭ ‬Es más,‭ ‬ya no existe carretera alguna. ‭ ‬Somos como zombis maqueados,‭ ‬recién salidos de la morgue.‭ ‬Oigo que la guerra siempre la han contado los cobardes.‭ ‬Y pienso en qué parte de mí es la más cobarde.‭ ‬Que se siente a escribir de una puta vez.‭ ‬Necesito acabar con esto, sobrevivirme:

No hacer nada es tan funesto como hacer mal‭; ‬pero es más cobarde.‭ ‬El más imperdonable de los pecados mortales es la inercia.‭

‬Eliphas Levi.

Estoy de pie entre el humo.‭ ‬Quizá sólo soy un cadáver que ha quedado de pie tras el derrumbe. Sin escupir.‭ ‬Satisfecho por haber donado otro día a la inacción. En ese momento ‬empiezo a hablar.‭ ‬No sé quién es el interlocutor.‭ ‬Pero a la vez que lo hago sigo escuchando,‭ ‬escuchándome.‭ ‬No conozco a quien habla.‭ ‬No me reconozco.‭ ‬Lo hace de otros tiempos.‭ ‬Tiempos que no recuerdo.‭ ‬Todo está distorsionado.‭ ‬Eso,‭ ‬lo tengo claro…‭ ‬Entonces,‭ ¿‬de qué estoy hablando‭?

Algunas veces he conseguido salir de mí.‭ ‬Quizá esa es la función de los enteógenos.‭ ‬Hacernos trascender,‭ ‬conectarnos con la divinidad que yace aborregada en nosotros.‭ ‬Esa que todo lo ve,‭ ‬todo lo escucha…‭ ‬y se descojona.

Y me veo rajando de un tiempo que no fue,‭ ‬de una novela que no escribí.‭ ‬De las sombras de unas imágenes que se deslíen en la niebla.‭ ‬Del vacío…‭ ‬el que existe en esos instantes alrededor del que habla, ‬pues yo ya no estoy con él:‭ ‬ese títere que se auto justifica,‭ ‬que es parte integrante de todo esto que vivimos,‭ ‬pues todo lo ha hecho por omisión,‭ ‬primero de sí mismo,‭ ‬como el hombre vacío,‭ ‬sin atributos,‭ ‬que anticipó Musil.

Me callo.‭ ‬Me toco los atributos, no vaya a ser que… uff, puta maría.‭ ‬Creo que alguien lo toma como una grosería.‭ ‬Me hablan pero ya ni escucho ni respondo.‭ ‬Me busco entre la niebla de polvo.‭ ‬Oscilo entre cascotes,‭ ‬no bailo.‭ ‬Tengo que hablar conmigo.‭ ‬Si me encuentro.‭ Si queda algo dentro de mi cabeza.‭ ‬Llevo demasiado tiempo evitándome.‭

Las palabras dichas,‭ ‬las que oí de mí,‭ ‬se están ulcerando en la masa de polvo y humo.‭ ‬Las pierdo.‭ ‬He de huir de la masa para recuperarlas.‭ ‬Las masas siempre están equivocadas.‭ ‬Lo decía el viejo indecente,‭ ‬tú,‭ ‬yo,‭ ‬todo aquel que sea capaz de situarse fuera de la visión general…‭ ‬coger un poco de perspectiva.‭ ‬Las masas están equivocadas pues,‭ ‬aun ciegas,‭ ‬siempre son dirigidas.‭ ‬Y sí,‭ ‬son cobardes. Aunque nunca escriben la historia. No lo sé. Una frase es una frase.‭ ‬Quizá lo único que tengo claro es que prefiero ser una anomalía.‭ ‬Sólo las anomalías distraen la monotonía.‭ La cambia. ‬Pienso que es muy difícil ser masa,‭ fingir que no se tiene una opinión, ‬ulcerarse y pudrirse hasta desaparecer. ‬

Al escribir siempre he sondeado en lo invisible,‭ ‬por ver‭ ‬ si encontraba algo,‭ ‬lo clarificaba,‭ ‬lo hacía palpable…‭ quizá ya estoy ciego. ‬Ese era mi propósito:‭ ‬aprender.‭ ‬No estoy aquí para nada más. Pero, ¿por qué pretendo racionalizar lo invisible?

Me fui lejos evitando esa pregunta,‭ ‬aunque sabía su respuesta.‭ ‬No resolví nada.‭ ‬Quizá,‭ ‬acabo de comprender,‭ ‬eso me compete sólo a mí…‭ ‬en cuanto me reúna…‭ ‬pues estoy perdido entre el humo de la hierba.

Todo imágenes difuminadas entre la niebla.‭ ‬Sombras.‭

Me las encuentro paseando en la noche.‭ ‬Las calles medievales son buenas para desdoblarse en un traspiés.‭ ‬O juntarse en el rebote.‭ ‬En ellas encuentro espacio para conversar con las sombras,‭ ‬las mías:

-‭ ‬Se puede vivir la vida como un hoax.‭ ‬Repítelo.‭ ‬Se puede vivir la vida como un bulo.‭ ‬Replicar un vacío infinitamente.‭ ‬Ocultar en la repetición la única verdad,‭ ‬la de uno mismo…‭ ‬su miseria.‭ ‬Hacer de una cadena,‭ ‬de sus vacíos replicados,‭ ‬la única verdad.‭ ‬Repítelo: eso es Occidente.‭ ‬Hacer del muro una simulación de avance replicando el muro donde encierras la única verdad: el vacío.‭ ‬Se puede vivir la vida haciendo de la ilusión,‭ ‬en su repetición,‭ ‬la apariencia de la verdad…‭ ‬pues todo nace de un engaño.‭ ‬Sin ti nada es verdad en la cadena.‭ ‬Repítelo.‭ ‬Se puede vivir la vida como un engaño.‭ ‬Replicar la nada.‭ ‬Decorarla hasta el fin.‭ ‬El fin de nada.‭ ‬Pues nada es verdad en la cadena…‭ ‬sin mí.

-‭ ‬Sin réplica.‭ ‬Pues ya está hecho. Soy hijo de occidente.

Esa es la respuesta del orgullo.‭ ‬El que me ha silenciado durante tanto tiempo.‭ ‬Creerme que todo lo que está pasando lo había visto en esa novela que hace diez años no escribí.‭ ‬Paso por paso.‭ ‬Y que no merece la pena escribir sobre algo que ya sé que iba a pasar.‭ ‬Lo repito:‭ ‬orgullo.‭ ‬El mismo que ha hecho que deje de sorprenderme y deje de vivir al dejar de aprehender la realidad.‭ ‬De la que me he exiliado.

Mi camino es solitario.‭ ‬Lo emprendí hace ya demasiados años.‭ ‬No sé escribir una historia apta para la masa.‭ ‬Soy parte de óxido y vacío de un eslabón de la cadena que no quiero que se replique.‭ ‬Por eso me lo repito.‭ ‬Nací en la última fricción,‭ ‬la canción de mi vida es un chirrido.‭ ‬Y busco algo de mí que no esté oxidado.‭ ‬He de seguir avanzando.

En estas calles frías,‭ ‬la niebla pronto será hielo en el que,‭ ‬quizá,‭ ‬algo de mí se refleje.‭ ‬Modulo palabras de niebla de alcohol.‭ ‬Llevo toda la vida buscando la puerta que me saque de la dimensión de esta realidad impuesta que se hunde a cada paso en mi cabeza.‭ ‬He abierto ya muchas.‭ ‬Las he olvidado como el tiempo se olvida a sí mismo al comprimirse en la resaca.‭ ‭ ‬Pero sólo conozco la niebla.‭ ‬Soy como el gozne que chirría al unir unos mundos que desconozco…‭ ‬pues no está en ninguno.‭ ‬Sí,‭ ‬la banda sonora de mi vida es el chirrido.‭ 

Son las cinco de la mañana.‭ ‬Hace unos días también eran las cinco de la mañana en Cuzco.‭ ‬Allí amanece.‭ ‬Los pájaros caen en picado en vuelo rasante sobre los tejados.‭ ‬Algunos me piden que me aparte.‭ ‬Estoy en la terraza de una casa desde donde se observa la plaza de armas.‭ ‬Cada tres minutos estalla un cohete.‭ ‬Retumba por todos los valles.‭ ‬Es eco que se expande y cuando regresa a morir estalla otro.‭ ‬El nacimiento y la muerte de los ecos se entrecruzan.‭ ‬Con el saludo al sol que despierta a los valles,‭ ‬se escucha el himno de la alegría.‭ ‬Lo canta un coro de niños en el patio de un colegio.‭ ‬La niebla cede ante la luz.‭ ‬Quizá sea esa la magia que busco.‭ ‬Hoy es el‭ ‬11-11-11.‭ ‬Es la Ciudad del Sol.‭ ‬Cusco.‭ ‬También la de Campanella.‭ ‬Pues es faro que irradia luces de diversos colores:‭ ‬su bandera es el arco iris.

Pero aquí,‭ ‬en estas calles,‭ ‬la niebla se perpetúa con el frío.

Estuve buscando.‭ ‬Necesitaba preguntar algo pero no lo hice.‭ ‬Al menos no me lo pregunté a mí mismo antes.‭ ‬Pero no buscaba respuestas.‭

Un puto año de silencio.‭ ‬Es así.‭

No supe que,‭ ‬pese a todo,‭ ‬y sin preguntar,‭ ‬se me había dado la respuesta…‭ ‬hasta esta noche.

Ahora sé que oigo pero no entiendo.‭ ‬Veo pero no retengo.‭ ‬No sé interpretar nada.‭ ‬Estoy desconectado del lenguaje de la Naturaleza.‭ ‬Así se nos achaca a los occidentales.‭ ‬Y tienen razón.‭ ‬Mucha razón.‭ ‬Y me duele escribir esto desde el lenguaje del raciocinio.‭ ‬Pues si no deseas desde el interior nada sucede.‭ ‬Estoy educado para interpretar,‭ ‬diseccionar y descomponer.‭ ‬Observar para destruir,‭ ‬no para crear.‭ ‬Apóstata de boquilla del dios científico que clona el vacío e impone máscaras.‭ Eremita en la cueva de nuestras magníficas neuronas, si alguna queda.‭ ‬Programado para pensar que en ellas está el dios que hemos matado.‭ ‬Que podemos replicarlo en el laboratorio.‭ ‬Pues nosotros somos los dioses, nos creemos.‭ ‬La sombra de los dioses, más bien.‭ ‬Y destruimos al destruirnos.‭ ‭ ‬Nos hemos equivocado desde el primer eslabón al vaciarnos.‭ ‬Desde que nos pudo el orgullo al creernos superiores,

somos una puta escoria cagada en mitad de un centro comercial, lugares comunes refugio de soledades decoradas, barras fluorescentes donde se lucen culos de silicona, culos que ahora se derriten, caras de payaso triste con maquillaje perpetuo vencidas por la gravedad, máscaras hinchadas, descompuestas, por el suelo, envoltorios que provocaron el cáncer en el vacío, es plaga en el suelo, el odio en sus ojos de cuentas perdidas, sombras, que buscan fuego para bailar con las llamas y desaparecer…

por ello, a veces es necesario prender el fuego, arder y desaparecer, tan sólo por ver si queda algo en el rescoldo de nosotros mismos y la suerte que trae el viento se lleva una chispa al infinito, algo, que nos regrese a nosotros mismos…

pero es más fácil estar tirado en la cama que aprender a hablar de nuevo, dejar pasar la vida con los fuegos fatuos de la propaganda del fin de todo, del fin de las máscaras, de todo si sólo somos eso, distraer el tiempo infectado, no hacer nada, arder en silencio y ser contagiado por el odio, sentir la pulsión de inmolar tu palabra para que todo reviente de una vez, eso es lo fácil, quemar los gritos como se quema un pedo, sentir la putrefacción y buscar tierra donde olvidarte, así llevo más de un año, buscando la palabra que es humo en mi garganta, sin intentar aprender a hablar de nuevo…


no todo es blanco o negro, yo sigo teniendo las mismas ansias que cuando tenía once años y escribí: ansias, ansias de colores, pero el tiempo me ha demostrado que lo mío es el gris azulado de la luna entre la niebla… aún así busco la luz primigenia para que se descomponga en mis ojos…

para beber del magma hay que bajar a los infiernos, lo hice con la Cámara de Niebla y el vacío casi me arrastra… los que nunca lo han hecho calientan agua y disuelven un sopicaldo, el estilo se aprende, cada cual a lo suyo, sabemos qué partes de nosotros estamos dispuestos a quemar, los hay que son unos virtuosos de la estética, interpretan y adaptan piezas ajenas de lujo, me quito la chota ante ellos, pero yo no puedo ser así, sigo buscando en mis entrañas el eco del grito de la primera hostia que me cayó, cuando todavía era alguien, sabía algo, estaba lleno…

quizá estoy equivocado, pues ya sólo tenemos estómago para los colorantes, y la palabra vacía yace muerta… si eso es así, no queda nada auténtico en esta sociedad… nadie…

Estáis llenos de nada,‭ ‬me dijo un Inca

hoy, el fuego ya está prendido, cada vez hay más exégetas ardiendo, muchos puntos de vista, eso es bueno si aprendemos, reporteros desde la plasticidad de la llama, gonzos a lo gonzo... bienvenidos, ahora puedo irme con el humo, pues como escritor soy antes y después de las llamas, como persona ardo en el lugar común del fuego, es mi hogar en occidente, y en eso ya sólo aspiro a las cenizas, pues seguimos en nuestra propia combustión interna, la luz del fuego no sirve, sólo ilumina ombligos untados con silicona putrefacta, y como observador me interesa el inicio y el final, la chispa y los rescoldos, lo demás es humo con el que me voy a otro inicio pues soy chispa y en mí llevo el fuego en el que ardo… simplemente, la exploxión no es uniforme… algunos hemos estallado antes…. ahora, manchamos con nuestras cenizas un espacio en blanco…

y sí, me equivoqué, nunca debí callarme, los gritos se ulceran, no soy poeta, no soy revólver, sólo tengo una cuchara de repetición oxidada y mucha montaña por delante para abrir un paso, voy solo, no me gustan las multitudes, algo me dice que cuando todos se unan, lo harán en lugares comunes delante de un pelotón de fusilamiento, en ese lugar común llamado matadero, o centro comercial, ya me es indiferente…

ya no me interesa el suicidio de los que no quieren mirarse en el espejo ni tan siquiera en el de las llamas, no somos niños castigados con escoria, el año que viene carbón, al siguiente una muñeca de vudú zombi, quizá una maquinita que rece los rosarios por ti, no, vienen a por nosotros, no quiero ser bueno si ser bueno significa sólo consumir, que me toque la lotería para comprarme un iphone-reloaded hasta el infinito, no, somos una sociedad de viejos vacíos absurdos y pederastas en botes herméticos viciados a punto de estallar, queremos poseer todo, primero lo que hemos vendido de nosotros, figurar sin ser, fantasmas abocados al baile de las llamas, es lo que buscan, saben que los borregos no reconocen la mierda al tragarla al tragarse, suicidaos, pues, si no sois capaces de cambiar el punto de vista, es trabajo de cada uno, ahora ya sabemos que los reyes hacen magia con el incienso y la mirra para decorar cadáveres, el oro se lo quedan, cada uno de nosotros es el circo el gladiador la bestia que se come a sí misma la hogaza el grito la miseria la sangre la decadencia el hambre la muerte el suicidio el fin que construimos con el día a día de sumisión al prostituir nuestra esencia… lo que ya no nos queda…

la revolución se hace con el tanto por ciento en que nos valoremos, el 99% es el rebaño mirando el prado de las rebajas a través del cristal, segregando saliva que no alimenta, la revolución empieza por uno mismo… las revoluciones programas por la mercadotecnia siempre han generado ismos y genocidios para seguir en lo mismo… bajo el yugo del uno por ciento…

creo que en occidente una vez tuvimos magia, nada que ver con lo que se compra en los mercados capitalistas, todavía la llevamos dentro, quizá un simple rescoldo en algunos ojos, no en los míos… es lo único que busco en mí… 

nos hemos empeñado en matar lo que de nosotros una vez nos hizo grandes y originales… y ese algo, como miembro amputado, duele, y los psicólogos del sistema sólo nos han enseñado a odiar y pisar a los demás para no seguir sufriendo en silencio por no ser tú mismo, pues nunca han enseñado al ser humano a desarrollar sus capacidades, a Ser lo que somos en potencia… no es socialmente correcto para quienes están por encima del bien y del mal… sí, ese 1%… sería la Anarquía… ya ves, qué miedo…

siempre es difícil ir a contracorriente, primero de una parte de ti… esa que te impele a mandarlo todo a tomar por el culo… o irte o callarte o suicidarte… es lo que buscan… para autentificar la copia han de hacer desaparecer el original, aquello que les recuerde que, quizá, nos hemos equivocado al vendernos a lo fácil… a lo que hace todo el mundo… el sendero de los borregos… si intentas disentir, los que tienen miedo al campo abierto vienen a por tí antes que los perros del amo… el uno por ciento no engaña a nadie, siguen su plan abiertamente paso por paso… los borregos saben que van a ir al matadero, les jode que alguien intente  buscar un hueco en el redil para escapar…


no han pasado los tiempos en los que he estado herido, lamiendo mis heridas en la trinchera… pero el encierro en uno mismo genera que los gritos que abortas se ulceren y las alambradas crezcan hasta que piensas en desistir, te sientes viejo, rodeado de ovejas ladrando y cadenas que te vas poniendo… corres el riesgo de entrar en su juego y empezar a odiar… no quieres, pero poco a poco empiezas a odiarte y, sin paradojas, nace el orgullo… es fácil seguir en el rebaño y creerte único y exclusivo… de hecho, todo el rebaño es así…

necesito coger distancia y la única distancia que conozco es la que tengo dentro… la que va desde mis entrañas a mi boca al vomitar sombras…

estoy lleno de nada, sí, tiene toda la puta razón‭ ‬el gachó feo, ese principio puede ser el fin de todo esto… solo soy el eco de un grito que no recuerdo, me duele la chota con tanto retumbe, soy como el sueño congelado de una bacteria inerte, o un gusano que se ahoga en el capullo habiendo olvidado cómo construir sus alas… sí, un capullo…

por ello no me quedan más cojones que levantarme si quiero avanzar, regresar a escribir sobre las brumas,‭ ‬como siempre… hacer en mí lo que tanto critico de occidente, por ver si queda algo de pólvora dentro, y en el fuego estallo y me najo y surge de mí otro eco que me enseñe a tejer unas alas para coger perspectiva…

continúo, pues, con esta Limpieza de Bajos…‭ ‬regreso a mí una vez más,

Volver aunque sea‭

para no tener que volver.‭

Sofía S.‭ ‬Giraldez

 

sabiendo que ya todo son sombras en los cruces de los caminos:

tenemos que irnos

leo a MJ Romero:

Escribir siempre supone un retorno.
Y muy raramente un retorno hacia el futuro.
Cuando no hubo lugar de retorno, Rimbaud se calló.
Se negó a escribir su retorno hacia el futuro.
¿En qué punto sucede la bifurcación, el doble?
MJ Romero. Teoréticas

El fin de año, el nuevo libro…

31-diciembre-2011 · Imprimir este artículo

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De nuevo frente al calendario. Ese círculo imperfecto de segundos que nunca cuadra. Ese examen de conciencia más allá de la religión. Ese reflejo de nuestros actos que se nos presenta inevitablemente. Terrible por imperativo, por insoslayable. Uno puede no darle paso a la reflexión, pero el fin de un ciclo aceptado colectivamente -por la sociedad occidental- se manifiesta de muchas formas. Es casi imposible escapar a la propaganda que se hace del momento. ¿Qué hemos hecho con los trescientos sesenta y cinco días que nos dieron? ¿Cuántas horas hemos estado realmente despiertos, concientes de nuestro estado privilegiado, de la vida que se nos concede?
Y, por supuesto, la vista puesta en los nuevos días que esperamos que nos den, que esperamos vivir, y lo que queremos hacer con ellos, de ellos. Los famosos propósitos de año nuevo.
Un espejo que se nos proyecta o proyectamos, cuya luz nos ciega o nos alumbra el camino que queremos abordar. Predicciones mayas de por medio, y con la exposición londinense sobre el Apoocalipsis (http://www.tate.org.uk/britain/exhibitions/johnmartin/default.shtm) quisiéramos romper los malos presentimientos y defender que cada nuevo día es un universo de posibilidades que no puede ser desaprovechado… o al menos no debe. 2011 ha sido un año completo, complejo y desbordante para mí, y deja una herencia que parece se extenderá durante el 2012 en lo fundamental y en lo accesorio. No puedo quejarme. Demasiados regalos como para que pueda hacerlo. Deseos cumplidos y otros en camino de realizarse. Lleno, en tantos aspectos, tengo un propósito fundamental para el 2012. Y no es, desde luego, viajar tanto como lo hice en 2012 (será difícil) o celebrar tanto (tan importante será imposible). Se trata de un propósito que tiene mayor dificultad que dejar de fumar -aunque yo no fume- o dejar de zampar bollos -cosa que debería hacer teniendo en cuenta mi diabetes. Lo que realmente quiero es seguir profundizando en el conocimiento de mis seres queridos, aumentar la empatía y la inteligencia aplicada a la misma. Comprender lo que motiva, lo que hace funcionar de una determinada forma a aquellos de quienes me rodeo y cuyo amor es lo principal en la vida. Y a partir de ahí saber profundizar en lo que realmente necesitan, diferenciar entre lo que piden y lo que su realidad realmente carece y precisa. Y, sobre todo, en saber cómo explicásrselo, como facilitárselo, y cómo hacer que lo acepten, que vean el beneficio de todo ello. Poco menos que pedir la inspiración divina, lo sé. Pero quisiera tener la paciencia y el conocimiento para quererlos de la mejor manera posible, combinando el sentimiento con la cabeza, el corazón con la reflexión, la profundidad psicológica con la acción adecuada.
La paciencia, la asertividad, el amor y el saber. Ahí va mi carta a los Reyes Magos.
Seguida, por supuesto, de un gran apéndice o epílogo de agradecimientos por cuanto me han traído en el 2011: mucho amor, sobre todo amor, descubrimientos, viajes, libros, aprendizajes, y una cantidad tremenda de pequeños caprichos satisfechos en su mayoría de forma inmediata. Los Reyes Magos, como los ángeles, adoptan formas diversas, y me siguen regalando a lo largo de todo el año: pueden tener barbita, como es su imagen tradicional, aunque también variarla con un peinado con cresta; o pueden modificar su sexo sin cirugía y reducir su tamaño como si hubieran comido pastel de Alicia; pueden tener gustos orientales por las telas y las joyas exóticas; o pueden haber recién dado a luz a niños preciosos que son todo sonrisas; pueden adoptar máscaras de sumisión o mostrarse muy apasionados; pueden ser fanáticos de la obra de Luis Cernuda o realizar fotografías que parecen de otro mundo por su profundidad y perfección; pueden regalar cosas tan diversas como entradas para ver espectáculos musicales o de danza, exquisito aceite en finas botellas de cristal, libretas encuadernadas a mano, trajes y pañuelos de papel; o pueden velar porque mis viajes sean lo más cómodos posibles. Incluso pueden adoptar las figuras de mendigos que me regalan la bondad de sus miradas. Ah, tengo tanto por lo que sentirme dichoso que resulta difícil aceptarlo.
Y, como guinda del pastel parece que el próximo año os citaré a todos en torno a mi nuevo libro, del que os doy el título como primicia: Pequeños laberintos masculinos. No apto para todos los gustos, ni siquiera para todos los públicos. Espero que me pongan muchos rombos. Os iré adelantando más a medida que avance 2012. También pediré, de paso, que estéis ahí cuando el momento de que vea la luz llegue, aunque sé que a muchos no tendré ni que mencionároslo, estaréis allí, lo sé.
Y vosotros, ¿qué pediréis?
¡Feliz 2012!

LONDRES. La revisión del tópico; el renacer de un clásico.

19-diciembre-2011 · Imprimir este artículo

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Dónde radica la diferencia entre un tópico y un clásico en las ciudades es cuestión de opiniones… y de actitudes a la hora de mirarlos. ¿Es algo previsible visitar la Casa de Dulcinea en el Toboso, la Torre de Londres en la capital británica, la Puerta de Alcalá en Madrid, el castillo en Praga y la Sagrada Familia en Barcelona? Sí, en general lo es, a tenor de las hordas de turistas que pasan casi literalmente por encima de todos ellos. Y sin embargo la previsibilidad puede romperse.

Tras nueve años visitando la ciudad de Jack el Destripador (o la de la reina Victoria, según se mire), aún no había penetrado el recinto de la citada Torre. De hecho ni siquiera había pasado muchas veces por esta zona de la urbe. ¿Por qué? Conjunción de astros en el azul del cielo o sencillamente conjunto de circunstancias y decisiones, mezcla en el tiempo del azar y la voluntad. Diremos que vista desde fuera, al menos durante dos o tres años, me engañaba a mí mismo diciendo que no tenía ningún interés por ver las Joyas de la Corona Inglesa y hacer colas interminables para ver los signos de la realeza con los que se abre el Parlamento cada año. Pero, por supuesto, este lugar es mucho más que eso. Una vez despertada mi pasión por la figura de María I y la convulsa era Tudor mi interés aumentaba, puede decirse, casi por momentos. No veía el momento de ver las tripas del entramado de edificios desde el que había partido el cortejo de coronación de la desafortunada hija de Catalina de Aragón y Enrique VIII o donde había sido ajusticiada por traición Ana Bolena. Pero esperaba la ocasión propicia. Quería compartir este gran momento personal con la persona adecuada para hacerlo. Por eso la visita iba tomando, a medida que pasaba el tiempo, más y más significado, y vaciándose de los tópicos al uso. Empecé a investigar sobre la historia del edificio, leí una biografía de la reina, esposa de Felipe II, y fui enriqueciendo mi amor por la Torre al basarlo en el conocimiento. Vista por dentro la Torre Blanca parecía mucho más grande, y la capilla de San Juan mucho más silenciosa y trascendente de lo esperado: los turistas huían de este lugar mágico como si de un discurso político se tratara, algo los expulsaba de aquí. Su carácter sagrado trascendía los siglos que había sido usada como archivo. Todo este disfrute significativo venía potenciado por tener a mi lado a la persona con quien podía compartir la experiencia personal que estaba viviendo, por poder transmitirle mi profunda satisfacción, la vivencia de tocar las piedras que tanto habían visto de una Historia tan humana como brutal.

Por supuesto, había leído también la leyenda de los cuervos, la media docena de cuervos (hoy siete) que no deben abandonar estos muros o la Isla volverá a ser conquistada (como bajo los romanos y los franceses de Guillermo el Conquistador, que por cierto dio inicio al proyecto de la Torre Blanca, auténtico corazón de la fortaleza). Pero fue frente a ellos cuando aprendí cómo el tópico no sólo se convertía en un clásico, sino en una nueva experiencia. Los cuervos resultaban más grandes, y en concreto gruesos, de lo que esperaba o las fotografías me habían llevado a imaginar. Y aunque conocía su generosa dieta basada en carne, galletas bañadas en sangre y otras delicatesen similares, no había hecho el razonamiento lógico sobre su rebosante anatomía y su impresionante fuerza. Los vi realmente oscuros, agresivos, expectantes, violentos, fuertes y al mismo tiempo aristocráticos en su estado salvaje. Nosotros estábamos allí de paso, ellos eran los representantes de una estirpe antigua, habitante de la Torre por derecho propio. Fue el detenimiento de quien me acompañaba para observar y retratar a estos sorprendentes pájaros tan “góticos” lo que me permitió volar más allá de las palabras que constituían la mencionada leyenda sobre la que había escrito un cuento hace más de una década. Estas y otras circunstancias me hacían olvidar la presencia de turistas (en realidad no tantos) y el sambenito de “visita obligada” o “must see” marcado en todas las guías.

Mi sueño se hacía realidad y se revelaba nuevo, como planta que germinase nueva y efímera pues nuestra Torre sería sólo nuestra Torre, y no la Torre de Londres de las guías.

¿Qué puedo decir a estas alturas de la ciudad sobre la que tanto he hablado? Lo diré sin rodeos: que verla con quien puedes descubrirla de nuevo y compartirla íntimamente la convierte, la propulsa, la materializa en un nuevo milagro para ser vivido desde cero, desde los cimientos mismos, descubriendo el mercado de Camden Town como algo más que una sucesión de tiendas alrededor de un canal, con saris, inciensos y botas con tachuelas. Comprar aquí se convirtió en algo decimonónico, mucho menos en serie de lo que había sido hasta entonces. El regalo perfecto. La prenda diseñada para ser vestida por esa persona y nada más que por ella. Incluso la noche que apenas permitía adivinar las formas se volvía una aliada perfecta para encontrar un nuevo mercado donde antes estuvo el predecible “Rastro” de multitudes que suben y bajan las calles como un río desbordado y acéfalo.

Y así hasta el último momento, transformando una fotografía disparada millones y millones y millones de veces, en algo real, más allá de lo visto en los libros y las pantallas de televisión, pasando por el Londres irreal, falso, que conmemora la ciudad que un día fue: el Globe, magnífico fruto del empeño de un americano más amante de Shakespeare que muchos, que muchísimos británicos. Cierto es que este nuevo edificio ni siquiera está levantado en el lugar donde estuvo el teatro en el que se estrenaron las inmortales obras de William, sino a doscientos metros, por no decir que posiblemente ni uno solo de sus elementos constructivos procede de aquel antepasado glorioso. Y sin embargo, ¿qué mayor homenaje a aquello que fue que traerlo a nuestro presente para perpetuar su espíritu, es decir las famosas palabras pronunciadas una vez más por actrices y actores frente a un público probablemente tan entusiasta como el contemporáneo del autor inglés? Aquí uno puede ver como la astucia femenina salva el desastre seguro en El mercader de Venecia, como Marco Antonio arenga a las masas por la muerte de Julio César y Bruto se arrepiente, o cómo la sangre corre corroyendo la mente de Macbeth, hasta tal punto en que es posible olerla.

Y el clásico prevalece por encima del tópico si uno se toma el tiempo y el amor necesarios. Pues el clásico permanece vivo al renovarse continuamente y el tópico aburre por repetición. Y en este caso Londres está para mí más vivo de lo que lo estuvo nunca y lo estará de nuevo tan pronto como esos otros ojos me permitan verlo con la luz de quien va siempre más allá de las apariencias y los lugares comunes.

¡Volveremos!

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