Animalismo, una causa humana.

5-octubre-2007 · Imprimir este artículo

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galgoPor Ruth Toledano
El animalismo es la defensa de los derechos de los animales no humanos, un movimiento social emergente en todo el mundo. Consiste en devolver a los animales lo que les pertenece desde su condición de seres sintientes: el derecho a la vida, a no ser secuestrados, torturados o utilizados como objetos. Parte de un sentimiento de compasión, del respeto a la alteridad y de una visión del mundo no especista, es decir, que no contempla la supremacía de la especie humana frente a otras especies. La misma visión que abomina de la supremacía de las razas, los géneros o las tendencias sexuales humanas, es decir, del racismo, del machismo o de la homofobia. Una sociedad éticamente avanzada debe concienciarse de la necesidad de liberar a esas criaturas de otras especies a las que la especie humana inflige terribles sufrimientos (un auténtico holocausto), así como de la oportunidad de acabar con estas injusticias que nos brinda el enorme potencial demostrado en el siglo XX por otros activismos.

Peletería: su piel les pertenece y sólo es bella sobre su cuerpo
Miles de crías de foca son asesinadas a palos cada año en Canadá para que alguien como Jennifer López luzca un abrigo confeccionado con su espantoso dolor: tras atontarlas a golpes, la piel se considerará de mejor acabado si es arrancada cuando el bebé aún está vivo. Cientos de miles de otros animales, millones, viven encerrados en jaulas minúsculas en granjas de la industria peletera hasta que alcanzan el tamaño considerado adecuado. Su existencia es espantosa y su muerte, brutal.
Los visones, cuyo hábitat natural es la orilla de arroyos y ríos, permanecen en cautividad en jaulas en las que apenas pueden darse la vuelta; el estrés les enloquece y tienden a la automutilación. Se les mata retorciéndoles el cuello manualmente, encerrándolos en cajas con monóxido de carbono donde tardan más de 30 minutos en morir por asfixia o se les inyecta un narcótico en el corazón, aunque difícilmente se atina a la primera. Los zorros viven en condiciones semejantes. Para no dañar su piel, los cuelgan vivos del cuello con un gancho, les introducen un electrodo en la boca y
otro en el ano con una barra metálica que suele atravesar las paredes del intestino y los electrocutan. Si aún es necesario, se recurre a la lenta agonía del monóxido de carbono. Con el terrible sufrimiento de visones y zorros, alguien como John Galliano o Elena Benarroch confecciona preciadas estolas. Para un abrigo de visón son necesarios entre 60 y 80 ejemplares; para uno de zorro o nutria, 15; para uno de marta, 55. El astrakán procede de las crías de ovejas de Afganistán. Se necesitan 35 ejemplares para hacer un abrigo, por lo que mueren más de 30 millones de crías al año. Cuando aún están vivas, se les arranca la piel empezando por una pata trasera, donde se introduce una caña de bambú por la que se sopla para que se despegue mejor. El animal aún se mueve mientras es desollado.
Para aumentar las camadas, y por tanto la producción peletera, en las granjas se recurre a una manipulación hormonal que provoca en los animales desequilibrio y descalcificación y los convierte en máquinas reproductoras. El negocio peletero también recurre a la caza con trampas y cepos, de los que los animales intentan inútilmente escapar desagarrando sus miembros y donde acaban muriendo con indecible angustia y dolor. Sólo en EEUU, 2,7 millones de animales mueren en las granjas peleteras y 3,5 millones de animales destinados a la peletería mueren a manos de los tramperos. En España se crían 400.000 visones en cautividad, el 80% en Galicia. En China matan cada año 2 millones de perros y gatos cuyas pieles son exportadas a EEUU y Europa. Mueren ahorcados y apaleados y su piel se destina a la elaboración de muñecos, llaveros, guantes o juguetes.

Alimentación: “Me niego a ingerir agonías”, Marguerite Yourcenar
El foie gras (literalmente, “hígado gordo”) es el hígado enfermo de una oca o un pato que ha sido obligado a ingerir comida varias veces al día, tragando gran cantidad en pocos segundos a través de un tubo metálico que va de su garganta a su estómago. El ave enferma de esteatosis hepática: mientras que un hígado sano pesa 50 gramos, para que un hígado alcance la denominación de origen de foie gras la industria alimenticia exige un peso mínimo de 300 gramos. El ave lucha por liberarse cuando se le introduce el tubo por la garganta, sufre vómitos y diarrea y el crecimiento del hígado le impide respirar y le produce dolores extremos. Para facilitar la manipulación, a muchas aves se les corta el pico con unas tenazas, sin anestesia. Ya de camino al matadero, y tras una vida en cajones donde apenas pueden moverse, la mayoría sufre fracturas de huesos. Mueren 30 millones al año. Esta vida de esclavitud, angustia y dolor es la que da prestigio a ciertas mesas, carentes de la más mínima consideración ética.
En las granjas avícolas, las gallinas ponedoras criadas en batería viven en un hacinamiento extremo, no disponiendo del espacio mínimo necesario para moverse, anidar o asearse. Muchas mueren de asfixia. Forzadas a mantenerse en pie sobre los finos alambres de las jaulas, sus patas sufren deformaciones, heridas y fracturas. Sometidas a un agudo estrés, se automutilan o se atacan unas a otras, lo que se evita cortándoles en vivo un trozo del pico, por lo que, incapaces de comer a causa del dolor, muchas mueren deshidratadas. Aparte de una razón ética, los huevos de estas gallinas concentran una enorme carga de sufrimiento que al ser ingerido formará parte de nosotros si no estamos atentos a consumir huevos identificados como de producción ecológica o camperos.

Vivisección: cruel y obsoleta experimentación con animales
Es la disección, amputación y/o mutilación en vivo, con frecuente resultado de muerte, que se practica sobre un animal sano para hacer estudios o pruebas experimentales de productos destinados al consumo humano en el sector de la medicina, alimentación, cosmética, colorantes, higiene, limpieza, tejidos, alimentación de mascotas, ingeniería genética, armamento convencional, nuclear, biológico y bacteriológico. Vivisección significa literalmente “cortar”, pero se ha convertido en un término genérico para designar todos los experimentos con animales aunque no supongan intervención quirúrgica, como los test de toxicidad. Alrededor de 8 millones de animales mueren al año en los laboratorios europeos destinados a estos fines. Más de 100 millones son utilizados al año en laboratorios de todo el mundo (unos 11 millones en EEUU).
Para la experimentación se utiliza una amplia gama de especies. Las ratas y ratones, porque son fáciles de manejar y baratos de mantener, ocupan poco espacio y tienen muchas crías, a las que espera el mismo destino. Los conejos se utilizan para pruebas de ojos por su fácil manejo y su dificultad para expulsar sustancias de los ojos. Las cobayas van mejor para pruebas de piel. Los perros (principalmente de raza beagle, por su buen carácter y su tamaño manejable) y los primates (chimpancés, babuinos, macacos y titís) son utilizados para pruebas de toxicidad, investigaciones cerebrales y prácticas odontológicas y de cirugía. Antes de proseguir, recordemos una vez más que todas estas pruebas se realizan en vivo. También se utilizan gatos, aves, cerdos, caballos, peces ovejas, hamsters y otros.
Todos los experimentos causan dolor y sufrimiento y casi todos los productos que los humanos usamos y consumimos a diario en todo el mundo han sido testados en animales en algún punto del proceso. En un laboratorio, un animal puede ser envenenado; privado de comida, agua o sueño; recibir productos irritantes para los ojos o la piel; lo pueden dejar paralítico; mutilarlo quirúrgicamente; aplicarle radiaciones; quemarlo; gasearlo; darle alimentación de manera forzada; electrocutarlo. Cuando nos ponemos un producto cosmético testado en animales nos embadurnamos de semejante sufrimiento. Los experimentos militares prueban en animales los efectos de gases venenosos, de la descompresión, daños por armas explosivas, quemaduras y radiaciones, así como el umbral del dolor en ciertas técnicas.
Aparte de las razones éticas, la extrapolación de resultados entre especies completamente distintas biológica y psicológicamente no es un hecho fiable. Los experimentos realizados en animales dan información sobre animales, no sobre humanos: la aspirina es mortal para los gatos; los antibióticos matan a las cobayas; la insulina, imprescindible para humanos diabéticos, provoca terribles deformaciones en ratones, conejos y pollos. Una sustancia nunca es segura hasta que no se han hecho ensayos clínicos en humanos. Sólo en EEUU mueren cada año alrededor de 100.000 personas por reacciones adversas a alguna medicina previamente testada en animales.
Actualmente existen técnicas de investigación que no requieren la utilización de animales, como cultivos celulares, modelos de ordenador o sistemas artificiales. Existen compañías, como la británica Pharmagene Laboratories, que sólo recurren a datos humanos, tejidos y ordenadores, y que crean medicinas seguras. Muchas empresas de productos cosméticos o de limpieza (de la calidad y el prestigio de Chanel, Clinique, Estée Lauder o Revlon) realizan sus productos sin experimentar con animales.

Tauromaquia y fiestas populares: vergüenza nacional
Miles de toros mueren cada año en España secuestrados, acosados, martirizados y asesinados en el ruedo, un espectáculo sanguinario regulado por la Administración Pública. La llamada “fiesta nacional” es el paradigma de la crueldad institucionalizada: antes de ser obligado a saltar a la arena, y para provocar al toro de manera que se defienda envistiendo, se le somete a golpes en riñones y testículos, y se le clava en la espalda un arpón con los colores de la divisa. Una vez en la plaza, la puya y las banderillas le desgarrarán tejidos internos, por lo que quedará debilitado e incapaz de levantar la cabeza, y la espada de hasta un metro de largo le destrozará pulmones, hígado, diafragma o corazón. Si la espada no es suficiente se le clavará el “descabello” y probablemente también la “puntilla”, armas que penetran entre las cervicales e intentan seccionar la médula espinal y dejar al toro incapaz de mover ningún músculo, siendo común que llegue aún vivo al matadero.
Pero su calvario no se produce sólo en la plaza. Cientos de pueblos españoles celebran sus fiestas populares y patronales maltratando animales, principalmente toros y vaquillas. Los más célebres, el “Toro de la Vega”, en Tordesillas (Valladolid), donde es perseguido por jinetes que alancean todo su cuerpo hasta la muerte; el “Toro de San Juan”, en Coria (Cáceres), donde se le lanzan dardos hasta ocupar todo su cuerpo, clavados incluso en los ojos y en las fosas nasales, por lo que es conocido también como “toro del acerico”, en alusión a las almohadillas donde los sastres clavan sus alfileres; el “Toro Jubilo”, en Medinaceli (Soria), donde se le colocan en los cuernos unas bolas con material inflamable que al encenderse le envuelven en fuego y de las que chorrea material inflamable que le abrasa los ojos y la piel. Toros embolados, toros ensogados, toros al agua, toros del aguardiente, encierros, capeas, cortes, recortes… Es ensordecedor el largo etcétera de sus lamentos.
Sólo Canarias prohíbe los espectáculos taurinos sin excepción, a través de su ley autonómica de protección animal, pero ya Barcelona, a la que han seguido decenas de localidades, se ha declarado ciudad antitaurina y se ha fundado el PACMA (Partido Antitaurino Contra el Maltrato Animal), que supone un paso cualitativo en la apreciación política del movimiento. La ministra Narbona está dando los primeros y valientes pasos (la alusión) para acabar, a través de la Ley, con esta ignominia que nos avergüenza frente a Europa y el mundo, pero, en un país donde son abandonados al año más de 300.000 perros, se encuentra con importantes obstáculos: una idea de la tradición que identifica tortura con cultura (las tauromaquias de Picasso no pueden justificar el crimen, como el canibalismo alegórico en el arte latinoamericano no justifica la antropofagia ni los fusilamientos de Goya han de suponer una apología de la guerra; tradicional es, en ciertos lugares, la ablación del clítoris, indefendible mutilación genital femenina); los enormes beneficios económicos generados por el negocio ganadero; y el apoyo a estas salvajadas de la iglesia católica y de las instituciones públicas, empezando por el Rey.

Caza: el placer de disparar

Llaman deporte a disparar por diversión contra animales de otras especies, acción que ejercida contra individuos de la especie humana está considerada, naturalmente, un crimen. A quienes practican tal entretenimiento no les tiembla el pulso apretando el gatillo para matar corzos, jabalíes, zorros o conejos, en sanguinarias batidas que mueven ingentes cantidades de dinero, que rompen el equilibrio ecológico (las rapaces, el lince ibérico o el lobo se alimentan en su entorno natural de las especies de caza deportiva) y provocan la extinción de ciertas especies. Actualmente, algunos cazadores justifican sus agresivas prácticas autodenominándose ecologistas. Son quienes provocan, por ejemplo, el plumbismo, envenenamiento del campo y de los animales que lo habitan por el plomo que desperdigan los millones de cartuchos y perdigones empleados para la caza.
Además de la muerte, éticamente injusta y violenta por definición, de miles de animales, la caza conlleva una extrema crueldad, dado que muchos de ellos no mueren en el acto, al ser heridos pero no rematados, o agonizan durante días atrapados en cepos, redes o lazos. La caza con liga, aplicada principalmente contra pájaros, supone que queden apresados en un producto, pegajoso en extremo, que les impedirá batir sus alas y les causará una muerte segura pero angustiosamente lenta. El “tiro de pichón” consiste en disparar a una cría de ave que es lanzada a presión desde una caja metálica. Una vez abatidos a perdigonazos, los pichones se tiran a la basura, algunos aún moribundos. En España existe la “Copa del Rey de tiro de pichón”, aunque en algunas zonas del territorio nacional, como Cataluña, esta práctica está prohibida por ley.
Durante la caza, muchos otros animales son destrozados por las destelladas de unos perros hambrientos y azuzados que, a su vez, suelen vivir hacinados y maltratados, y ser abandonados por sus explotadores cuando son viejos o no les sirven para seguir cazando. Es tristemente célebre el destino de miles de galgos, ahorcados por los cazadores al final de la temporada. Lo llaman “ponerlos a tocar el piano”. Este salvaje sistema consiste en dejar a los perros atados, de pie, con una soga corrediza al cuello, abandonados sin alimento ni comida; cuando no resisten más el agotamiento y la inanición, ellos mismos se ahorcan al sentarse. Mientras caen rendidos y agonizantes sobre sus cuartos traseros, intentan apoyarse de nuevo en sus patas delanteras, realizando con ellas unos movimientos desesperados e inútiles que a sus desalmados verdugos les recuerdan el noble e incomparable gesto de unas manos sobre el teclado.
Para satisfacer los patológicos placeres que provoca la práctica de este autodenominado deporte no sólo se persigue, acosa y abate a animales salvajes, sino que determinadas especies son criadas en granjas de forma masiva con el único fin de servir en su momento de víctimas de los escopeteros. Por otra parte, ciertos cazadores con dinero matan en otros países (generalmente pobres o sin ley) especies que no pueden abatir en nuestro país. El monarca español, por ejemplo, participa en cacerías de osos o bisontes (protegidos en la Unión Europea y en peligro de extinción) en lugares como Rumanía, Polonia o Rusia.

Fuente principal: Fundación Altarriba (www.altarriba.org)
Otras fuentes: Liberación animal, Peter Singer, Ed. Trotta; www.animanaturalis.org; www.equanimal.org; www.bienestar-animal.org

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Comentarios

2 comentarios en el artículo “Animalismo, una causa humana.”

  1. Yolanda Casas Carrillo en 28-julio-2012 1:49 pm

    Soy animalista y no comprendo cómo el ser llamado “humano” no entiende lo que significa la palabra “humanidad”, pues a cada momento demuestra su salvajismo, su total desprecio por otras especies, por el mundo en el que vive, donde maltrata, tortura y asesina animales porque no alcanza a entender que todos los seres vivos, animales y plantas, tienen el derecho a la vida, el derecho a ser valorados y respetados… El hombre con ello no demuestra su superioridad en la naturaleza, al contrario, demuestra ser el último escalafón, pues su incivilización y falta de respeto hacia los demás seres vivos le convierte en un monstruo del que la naturaleza debería más a menudo hacer ver que la que manda es ella, con terremotos y desastres naturales que hacen mella en el ser humano y su egocentrismo.

  2. fer en 30-noviembre-2012 6:44 am

    que se pudran los dueños

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